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EXCÉNTRICOS Y DISRUPTIVOS: EN SU MEMORIA

21 septiembre 2019

Tres músicos seminales han muerto recientemente, considerados de culto y reconocidos, en ocasiones, más por sus influencias asimiladas por otros artistas que alcanzaron reflectores de mayor alcance. Sus mentes sufrieron deterioros pero aún así dejaron una impronta que se advierte tanto en la obra propia como en la que los entendieron e incorporaron. Lidiaron con sus demonios internos y lograron que la batalla dejara frutos que permanecen en nuestras orejas, gracias a un talento que se sobrepuso a la enfermedad en múltiples momentos.

ROKY ERICKSON: ENTRE LA PIRÁMIDE Y EL OJO

Oriundo de Dallas, Roger Kynard Erickson (1947-2019) se interesó pronto por la música y estuvo en The Spades aún siendo adolescente; a mediados de los sesenta y apenas con 18 años, formó junto con Tommy Hall, entre otros, The 13th Floor Elevators, una de las bandas clave de la psicodelia, expresada desde su nombre: un piso que se omite en muchos edificios por aquello de la mala suerte pero que se puede encontrar en otras dimensiones. De acuerdo con Gonzalo (Rockdelux, julio-agosto, 2019), cuando le preguntaban sobre el significado de la música psicodélica, él respondía de manera gráfica: es cuando su juntan la pirámide y el ojo, justo el concepto que dio origen y título al disco homenaje aparecido en 1990 que le hicieron varios colegas notables.

Blues ácido y guitarras salidas del garage caracterizaron The Psychedelic Sounds of The 13th Floor Elevators (1966) y el abridor de percepciones coloridas Easter Everywhere (1967), dos álbumes clásicos del rock psicodélico que de alguna manera cimentaban la propuesta desde Austin, fuera del radar de San Francisco, cuna del movimiento. Y ya lo advertía desde entonces: You’re Gonna Miss Me, título que retomó el documental sobre su vida presentado en el 2005. La aventura lisérgica, ya disminuida por razones de separaciones y enfermedades, continuó con Live (1968), integrado por piezas previamente grabadas, incluyendo aplausos de utilería, y con Bull of the Woods (1969), obra final del esotérico piso inexistente.

A finales de los sesenta fue diagnosticado con paranoia y esquizofrenia, a partir de que empezó a vocalizar sin sentido y fue tratado con terapia electro convulsiva en el hospital de Houston; estuvo entrando y escapándose de clínicas hasta que a mediados de los setenta formó una nueva banda que terminó llamándose, como cabría esperar, Roky Erickson & The Aliens, producida por Stu Cook (bajo de CCR), más orientada hacia el horror y la ciencia ficción vía un estilo hardrockero, entregando I Think of Demons (1980), The Evil One (1981), Casting the Runes (1987) y Love to See You Bleed (1992), entre ladridos de cancerberos, zombies jugando a las runas, y fantasmas y vampiros pasando lista en tesitura de rock crepuscular.

El resto de la década no fue fácil: desarrolló una extraña obsesión con el correo, revisando el de los vecinos o escribiendo cartas a celebridades vivas y muertas, e incluso tuvo problemas con la ley; no obstante, alcanzó a grabar en solitario el conciso y directo Don’t Slander Me (1986). Retomando grabaciones previas en las que se evidenciaba una energía de otra dimensión, presentó Beauty & the Beast (1993), bajo la firma de Roky Erickson & The Resurrectionists, en efecto, volviendo a la vida roquera.

Tras la salida al mercado de discos en vivo o de versiones alternativas, como para llenar el vacío, volvió a grabar en forma All That May Do My Rhyme (1995), al que le siguió otro periodo de grabaciones previas y recopilatorias, concluido con la inesperada aparición del luminoso True Love Cast All Out Evil (2010), contando con el invaluable apoyo de Okkervil River. Todavía se hizo presente en compañía de sus compinches del elevador en el 2015 para una actuación especial: queda su visión para encontrar esos puntos de intersección entre pirámides sonoras y ojos que parecen ver en colores imposibles.

DANIEL JOHNSTON: EL DIABLO SALIDO DEL CÓMIC

Lidiando buena parte de su vida con problemas mentales relacionadas con la manía depresiva e incluso padeciendo reclusiones por resistirse a seguir los tratamientos indicados, este artista se fue convirtiendo poco a poco en un músico de culto, transitando entre la estética del cantautor y el rock independiente, como se advierte en Songs of Pain (1980), Don’t Be Scared (1982) y The What of Whom (1983), grabaciones primigenias que anunciaban un talento natural para la composición honesta y frontal, inocente y al mismo tiempo profunda sobre el amor, la pérdida y la dificultad para vincularse con los demás.

Nacido en Sacramento, aunque vivió en Virginia y Austin, Daniel Johnston (1961-2019) se distinguió también como dibujante y como una gran influencia ideológica para músicos clave de finales de los ochenta, sobre todo después de grabar obras de culto como Hi, How Are You (1983) y Yip/Jump Music (1983), seguidas de Retired Boxer (1984), Continued Story (1985) y Respect (1985), además del navideño Merry Christmas (1989); entraría en contacto con Jad Fair,líder de Half Japanese, para producir It’s Spooky (1989) y el clásico, Jad Fair and Daniel Johnston (1989), uno de sus más logradas entregas. La asociación todavía alcanzó, años después, para entregar The Lucky Sperms: Somewhat Humorous (2001).

Con ayuda de varios amigos, Paul Leary (Butthole Surfer), Lee Ranaldo y Steve Shelley (Sonic Youth) por poner algunos ejemplos, desplegó su capacidad compositiva a su máximo nivel en los primeros años de la década de los noventa, como se advierte en 1990 (1990), Artistic Vice (1993) y Fun (1994), trío de álbumes que mostraban cómo la música puede vencer las barreras de la condición mental. Vendría otra pausa en cuanto a grabaciones se refiere para volver con Rejected (1999) y el álbum en vivo Why Me? Live Volksbuhne Am Rosa Luxemburg-Platz 6/6/99 (2000), buena muestra de la sinceridad que emanaba en el escenario, como también se puede ver en su emotiva interpretación de True Love Will Find In The End, acaso su composición más conocida (https://www.youtube.com/watch?v=qu0RAMwH20k).

En el siglo XXI continuó integrando álbumes estimables como Rejected Unknown (2001), Fear Yourself (2003), junto con Mark Linkous, incluyendo sus dibujos como parte del arte de los discos; More Songs of Pain (2005), el producido en directo Frankenstein Love (2005); The Electric Ghosts (2006), cual lance comiquero; Lost and Found (2006), en clave roquera; Is and Always Was (2009), quizá el más sólido de estos años; Beam Me Up! (2010), en conjunto con una pequeña orquesta holandesa, y Space Ducks (2012), su última obra con cortes originales. The Devil and Daniel Johnston (Feuerzeig, 2005) es un premiado y abarcador documental para adentrarse en esta figura fascinante de la cultura pop.

DAVID BERMAN: ESCALAR LA MONTAÑA PÚRPURA

Músico, cartonista y escritor que se dio a conocer con Silver Jews, su banda de cajón formada junto con sus colegas de Pavement. Enclavados en el country alternativo cercano a Wilco, nos regalaron álbumes de un nihilismo desafiante durante los noventa, como Starlite Walker (1994), The Natural Bridge (1996) y American Water (1998). No bajaron los brazos y mantuvieron altos estándares en Bright Flight (2001), Tanglewood Numbers (2005) y Lookout Mountain, Lookout Sea (2008), obras que forman parte importante del repertorio del género para entender su evolución en el nuevo siglo.

Originario de Virginia, David Berman (1967-2019) se dedicó también a la escritura dadas sus habilidades poéticas, publicando un par de libros, y apenas en el 2019 regresó al mundo de la música para grabar con una nueva banda llamada Purple Mountains un álbum homónimo, que seguro forma parte de los mejores discos del año. Vivió en Chicago y se separó de su esposa; tuvo problemas de abuso de drogas y había intentado quitarse la vida anteriormente. Se le encontró muerto en su departamento de Brooklyn: un gran talento que se va pronto.

KURSK: NEGLIGENCIA CRIMINAL

14 septiembre 2019

Tras el desastre humano y ambiental en Chernobyl, el sistema estatal soviético siguió su proceso de colapso que estalló a finales de los años ochenta. Poco más de diez años después, en el arranque del siglo XXI, otra catástrofe se vivió ahora en Rusia: un submarino nuclear de 154 metros de largo y poco más de diez de alto conocido como Kursk K-141, se hundió el 12 de agosto del 2000 en el mar de Barents por la explosión de un torpedo sobrecalentado que no se alcanzó a lanzar en un ejercicio de prácticas, mismo que provocó pocos minutos después que otros artefactos similares corrieran la misma suerte, matando a la mayoría de la tripulación, conformada por 118 personas; los sobrevivientes, alrededor de treinta, alcanzaron a refugiarse en la sala 9, esperando ser rescatados y luchando con sus propios medios para prolongar su vida.

Basada en Un tiempo para morir (2002) de Robert Moore, con guion de Robert Rodat y dirigida con solvencia intachable por el versátil danés Thomas Vinterberg (Todo es por amor, 2003; La caza, 2012), quien se diera a conocer con su aclamada La celebración (1998), inserta en el movimiento Dogma 95, Atrapados: una historia verdadera (Kursk, Bélgica-Luxemburgo-Francia, 2019) arranca con la realización de una boda de uno de los marinos que muestra el compañerismo del resto, vendiendo sus relojes para terminar de pagar la fiesta y lanzando brindis y cánticos jubilosos, antes de embarcarse en la inesperada calamidad. La apertura funciona para que podamos identificar a los personajes y en cierta forma conectarnos con ellos, sobre todo para darle mayor fuerza afectiva a las secuencias posteriores.

El realizador de la profunda Submarino (2010), de título premonitorio sobre su actual cinta, aunque en otra tesitura dramática, consigue aprovechar los espacios físicos y emocionales para desarrollar las diversas emociones que flotan en la historia, algunas hundiéndose irremediablemente y otras surgiendo frente a la adversidad; notable es el aprovechamiento de la luz propia de la narración para filmar las escenas al interior del submarino. La edición consigue entreverar con fluidez las secuencias en los dos ámbitos principales donde se desarrollan los acontecimientos: el interior angustioso y solidario, y el exterior controvertido y conflictivo, cargado de incertidumbre. Un score por momentos apesadumbrado y en otros más emotivo, acompaña los sucesos de dolor y esperanza en torno al hundimiento con puntual coherencia.

El reparto cumple con interpretaciones que permiten adentrarse en la tragedia, desde las diversas perspectivas contempladas: Matthias Schoenaerts, a quien el realizador ya había dirigido en Lejos del mundanal ruido (2015), combina el tono heroico con el íntimo, en tanto Léa Seydoux en el papel de su esposa, muestra la desazón y la capacidad de enfrentamiento con el sistema, topándose con pared en la figura del venerable Max Von Sydow, acá como el imperturbable y mentiroso jefe que impide la posibilidad de toda ayuda extranjera. Colin Firth asume el rol del líder de la flota británica en plan apoyador, en tanto Peter Simonischek (Toni Erdmann, 2016) el del comandante ruso que lamenta la situación de infraestructura y política de su patria; el resto del elenco cumple con la representación de las claustrofóbicas y dramáticas situaciones.

Inscrita en el cine de desastres y tangencialmente bélico, si bien particularmente emparentada con filmes como Colosos del mar (Wise, 1958), Al borde del abismo (Harris, 1965), Das Boot (Petersen, 1981), La caza al Octubre Rojo (McTiernan, 1990), Marea roja (Scott, 1995), U-571: La batalla del Atlántico (Mostow, 2000), K-19: The Widowmaker (Bigelow, 2002) y Misión submarino (Marsh, 2018), entre otros, que se han sumergido en los mares desde la realidad o la ficción para adentrarse en los laberínticos submarinos y sus peripecias, la cinta logra mantener la tensión a pesar de conocerse el desenlace de la historia, entre las intentonas de los rusos con su equipo obsoleto –el otro se fue para que los turistas bajaran a ver el Titanic- y la llegada de buzos noruegos y británicos, a pesar de las resistencias de la burocracia.

Por alguna equivocada razón (probablemente para evitar problemas políticos de mayor escala), en la película no se menciona en ningún momento al presidente Putin (sí, el mismo que está ahora), quien optó por irse de vacaciones (en aquel momento), acentuando el desprecio de un sistema por sus propios hombres, considerados solo marineros dispuestos a morir por su patria. El orgullo absurdamente entendido de no pedir ayuda a tiempo, por aquello de no mostrarse falibles y acaso ocultar algunos secretos militares, fue una de las principales causas de la profundización de la tragedia, en similar tesitura al desastre acaecido 14 años antes.

Por supuesto, la mentira descarada se usó como arma –fallida- de contención ante el juicio de un mundo más globalizado y sobre todo frente a la desesperación de los familiares, tratados como ciudadanos de segunda fácilmente manipulables. Elocuente es la mirada y actitud del hijo del protagonista: un sistema que le quitó a su padre no merece recibir un saludo, solo miradas de dolor, desprecio y absoluta incomprensión por cómo un gobierno puede tratar así a su propia gente, tanto a los marinos al pie del cañón, como a sus seres queridos.