Archive for 30 octubre 2016

MIOSSEC: DE BREST A LEÓN

30 octubre 2016

Nombrado Cristophe y asumiendo su apellido como sello de identificación, este cantante y compositor nació, cual inmejorable regalo navideño, un 24 de diciembre de 1964 en la portuaria Brest, ciudad ubicada en la región de Bretaña y a la que le compuso una de sus canciones más famosas. Durante su adolescencia abrazó el rock como vehículo artístico y formó el grupo Printemps Noir, para posteriormente dedicarse a otros menesteres, periodismo incluido, que no parecían formar parte de su vocación.

Ya en los noventa, regresó al camino de la música, su hábitat natural, y junto con sus amigos guitarristas Guillaume Jouan y Bruno Leroux, Miossec debutó con el introspectivo Boire (1995), pronto convertido en un clásico de la música francesa de los últimos 30 años, transitando con soltura entre el rock y la nouvelle chanson, con la convicción del primero y la heredada sensibilidad de la segunda. De una guitarra electroacústica a ocasionales metales cual breves torbellinos, y una base rítmica tras bambalinas, las melodías se presentan sin mayores ambages.

Baiser (1997) demostró que el retorno al mundo de las grabaciones discográficas no era ni un pendiente en la lista de cosas por hacer ni ocurrencia de juventudes tardías, sino un proyecto de vida que iba en busca de nuevos derroteros estilísticos. Si bien À Prendre (1998) mostró un bajón en contraste con sus predecesores, sirvió no solo para mantenerse en la palestra, sino para granjearle a Miossec un mayor reconocimiento ante propios y extraños. Brûle (2001), su siguiente álbum, denotaba el propio proceso vital del cantante y, de manera simultánea, la necesidad de renovación que llegaría pronto.

Grabado en compañía de una orquesta sinfónica mientras giraban por el sur de Francia, 1964 (2004) es un disco mayor de intensa emotividad en las que el piano se erige como faro de contenidas aventuras épicas, mientras que L’Etreinte (2006) representó una ampliación de escuchas acaso por su enfoque más accesible y Finistériens (2009) se benefició de la producción y colaboración compositiva de su paisano Yann Tiersen, uno de los músicos más visibles de una nutrida escena que cuenta también con cantautores como Dominique A y Benjamin Biolay, por mencionar los más conocidos fuera de tierras galas.

MAMÍFEROS COMUNES

Con referencia a la novela-poema Une Vie ordinaire (1967) de Georges Perros, integró un cuarteto para grabar Chansons ordinaires (2011), acaso con la finalidad de recordarnos que, como plantea el escritor parisino, paso a paso componemos la red de nuestra vida imaginaria. Un breve silencio fue interrumpido por el sólido Ici-bas, Ici même (2014), mostrando al recién cincuentón en plena forma y con una buena dosis de versatilidad para sumergirse bajo texturas acuáticas: la vitalidad sigue en pie y las ganas de otear horizontes varios se mantienen, como se manifiesta en Mammifères (2016), su más reciente producción.

Miossec apuesta por un tono más folk en instrumentación y estructuras armónicas desde On y va, la elusiva canción abridora que parece marcar la pauta bien seguida por Après le bonheur, abriendo la puerta de algún bar que lleva años recordando, con base en unas cuerdas traviesas, que hay vida después de la felicidad. La vie vole y su acordeón memorioso nos coloca en épocas múltiples, como si nos convirtiéramos en un personaje de Medianoche en París (Allen, 2011). Les mouches arranca con una guitarra efímeramente encendida que se vuelve base del ritmo y Les écailles adopta formas distendidas con un énfasis en la complicidad.

miossecCon La nuit est bleue la atmósfera se torna reflexivamente brumosa, disipada en parte gracias a los silbidos que abren Alouette, bien acompañada por los coros, la mandolina y el acordeón, cual tentaciones para empezar a bailar, seguirse cual especialista espontáneo en Cascadeur, con todo y esos pasajes suspendidos y, ya entrados en gastos, sentirse como monarca improvisado al compás de Le roi. El disco cierra con la bamboleante L’innocence, llena de matices, y en un tesitura melancólica con Papa, aunque al final se escuche cierta algarabía.

Miossec también ha puesto su capacidad letrística al servicio de algunos colegas y figuras tutelares como Johnny Hallyday, Alain Bashung, Axel Bauer, Juliette Gréco y Jane Birkin, con quien también grabó Pour un flirt avec toi. El Forum de nuestra ciudad recibe a este portavoz de la música francesa para que nos conduzca por los sentimientos múltiples que tan bien logran plasmar los artistas de aquellas tierras. Se sugiere combinar con alguna película del Tour de cine francés, exhibiéndose también por estos rumbos.

 

 

THE LIBERTINES: JUVENTUDES EN COLISIÓN

30 octubre 2016

Con el cambio de milenio el rock volteó a su propia historia, como para asegurarse del camino andado, y durante los primeros años del siglo XXI se desarrolló un revival que traía al presente tendencias como el garage de finales de los sesenta, el postpunk de la transición entre los 70’s y 80’s y los sonidos indies de finales de los años ochenta y principios de los noventa. El movimiento apareció en diversos países del planeta: The Strokes y White Stripes en Estados Unidos; The Hives desde Suecia, The Vines por Australia, The 5.6.7.8’s de Japón, The Datsuns por los rumbos de Nueva Zelanda y The Doves y The Libertines en Inglaterra, por mencionar los ejemplos más conocidos.

Éstos últimos, nombrados así en honor al espíritu transgresor del Marqués de Sade, resultaron de la combinación de talentos e intensidades puestos en conflictiva integración por Carl Barât y Pete Doherty, ambos compositores, cantantes y guitarristas, quienes sumaron después de algunos cambios a John Hassall en el bajo y a Gary Powell en la batería, justo para darle la necesaria energía a la base rítmica. Corrían los años de la transición del siglo en Londres, eterno epicentro rockero que genera o recibe pronto las diversas tendencias en la materia que se manifiestan alrededor del mundo.

Con Up The Bracket (2002), producido por Mick Jones, firmaron un debut hoy convertido en clásico, equilibrando la fiereza guitarrera con los despliegues melódicos, vocalizaciones muy propias de barrio, batería llegando siempre a tiempo y un bajo que cobija un sonido ubicado en la tradición del rock inglés con sus variantes (The Kinks, The Clash, The Jam, The Smiths…), pero con un inconfundible aire de novedad que conecta con las nuevas audiencias, como se advierte desde las abridoras Vertigo y Death on the Stairs, sentando bases de un estilo muy pronto identificable con ese juego de espejos de voces y guitarras chirriantes y potentes a la vez.

libertinesHorror Show y la titular Up the Bracket meten el acelerador con estilo a partir de una persecutoria batería que parece provocar a la vocal, pronto anunciando Time for Heroes y Boys in the Band, cual himnos declaratorios de principios, como The Good Old Days en la que se deja claro que los buenos tiempos son los presentes; no exentas de cierta ironía, las letras se inscriben en terrenos sociales, políticos y personales. En solo 36 minutos, el cuarteto londinense se presentó con frescura e intensidad en una escena rockera que ponía buena parte de su atención en el revivalismo estadounidense: ahora la tendría que dividir.

El reconocimiento inmediato y la presión adjunta, además de los problemas de adicción a las drogas de Pete Doherty, sobrevolaron la producción de The Libertines (2004), digno segundo álbum en lo general con todo y la cuota de buen humor, aunque por momentos se emplea cierta reiteración de estrategias o resoluciones sonoras y letrísticas muy vistas, a pesar de un inicio prometedor y premonitorio con Can´t Stand Me Now y cortes como el elusivo The Man Who Would Be King, el calmo Music When the Lights Go Out y la orgánica The Ha Ha Wall.

La esperada ruptura pareció truncar la carrera de una de las bandas más prometedoras del siglo XXI. Sobreviviendo a sus propios demonios, Doherty formó Babyshambles, mientras que Barât hizo lo propio primero con Dirty Pretty Things y después con Jackals. Algunas reuniones para tocar en vivo mantenían la esperanza de un nuevo disco que llegó once años después de su anterior obra: Anthems for Doomed Youth (2015) refleja para bien el proceso de crecimiento, tanto en las letras como en algunas de las composiciones, aún conservando una energía expresada de manera distinta, como a intervalos y a fuego lento.

La sensible canción que da título al álbum muestra que la capacidad compositiva se mantiene a tono, ahora con reflexiones efusivas (Fame and Fortune) y reposadas (Iceman) sobre las nuevas condiciones de vida, justamente como si se tratara de himnos para una juventud condenada a la incertidumbre. La abridora Barbarians muestra de inicio que no todo estaba dicho, mientras que Gunga Din recurre a sutil rítmica caribeña y la balada pianística You’re My Waterloo, composición de 1999, se inserta con pertinencia en este conjunto de sentencias que señalan el fin de un mundo imaginado en los años mozos, pero con miras a un futuro. Incierto, pero futuro al fin.

 

TIMBUKTU: INTOLERANCIA EN LAS DUNAS

23 octubre 2016

Cuando la supuesta voluntad de Dios se utiliza como argumento para hacer daño e imponer conductas y comportamientos a los demás, se cancela la posibilidad de reflexión. En cambio, cuando se plantea como un proceso de oración y de descubrimiento personal en el que se busca la comprensión de los eventos y, en consecuencia, el planteamiento de los posibles caminos a seguir para cumplir una misión propia, se convierte en una fuerza espiritual que impulsa la acción orientada al bien común.

Lo que yo crea que signifique algún designio u ordenamiento divino no debo imponerlo al otro, sino respetarlo en su creencia y aprender a convivir en la diferencia, fuente básica de crecimiento social. Pero qué mejor para los adeptos al control y al autoritarismo que poner como pretexto el dizque deseo de Dios como fuente falsamente legítima a sus reglas, por más absurdas que parezcan: una interpretación mañosamente acomodada de algún texto sagrado para avivar el terror, aunque en contraparte se plantee el amor al prójimo como sustento de toda religión.

Dirigida y coescrita por el mauritano Abderrahmane Sissako (La vida sobre Tierra, 1998; Esperando la felicidad, 2002), Timbuktu (Francia-Mauritania, 2014) es un arenoso relato acerca de cómo la intolerancia y la violencia invade un pequeño poblado, sepultando toda posibilidad de belleza y alegría propia de la gente. Usando el nombre de Alá, ha quedado cancelada la risa como manifestación de vida y cualquier conducta que salga de los estrechos e inverosímiles márgenes establecidos, se pagará con un castigo absolutamente desproporcionado: o sea, justo lo contrario de la idea del Dios-Amor que perdona y reivindica.

Un hombre de espíritu libertario (Ibrahim Ahmed) vive pacíficamente en el desierto junto con su esposa (Toulou Kiki), su encantadora hija (Layla Walet Mohamed) y un joven pastor (Mehdi Ag Mohamed), mientras que en el cercano poblado maliense un grupo de yihadistas libios invasores ha tomado el control absoluto de hábitos y costumbres, dictando sentencia a diestra y siniestra a pesar de la resistencia de algunos de sus pobladores, como un hombre religioso que explica desde otra perspectiva el Corán y una especie de hechicera que se pasea retadoramente con vestidos coloridos, desafiando la solicitada sumisión a las normas esparcidas desde un altavoz.

MÚSICA EN SILENCIO, FÚTBOL SIN BALÓN

Los derechos civiles, como ya exploraba el director en Bamako (2006), quedan no supeditados, sino cancelados ante la intolerancia que termina siendo contradictoria: los guardias hablan de fútbol pero se prohíbe su práctica e incluso fuman en secreto y ocultan su incapacidad para manejar un vehículo; las mujeres tienen que usar guantes, incluso las que limpian y venden pescado, haciendo su labor muy complicada; la música, parte esencial de su cultura, ha quedado silenciada. No hay argumentos ni espacio para la deliberación, sino ocurrencias totalitaristas.

En efecto, las canciones de un pueblo con grandes cantautores de larga tradición como los malienses, se abren paso en la intimidad de los hogares, también invadida por la milicia; el fútbol permanece vivo de manera imaginaria con sincronización notable, combinando estéticamente el balón inaccesible para el nuevo régimen; la danza revolotea a pesar de estar atrapada entre los muros del fanatismo que se cree religioso y la equidad de género ni siquiera se aparece en la racionalidad del poder. Lapidaciones, latigazos, ejecuciones públicas: demostración de fuerza e intimidación como forma de gobierno. La plaza como escenario del horror.

A través de una fotografía que busca contrastar los absorbentes paisajes de particular belleza y fiereza –la huida de la gacela- con la intrusión humana y la fragilidad de la sobrevivencia en contextos de escasez material, el filme plantea la decadencia social desde los simbólicos disparos iniciales destructores de toda cultura posible. Cuando el extremismo toma el poder, por la fuerza o a través de un proceso democrático, los matices que dan vida a las comunidades empiezan a ser aniquilados para la instauración del pensamiento único, como se observa en Corea del Norte, donde ha quedado prohibida la ironía y el sarcasmo, según algunas fuentes de aquel país.

Los planos generales rodados con una cámara astuta y con amplio sentido de la timbuktu-1oportunidad nos introducen en un ecosistema minimalista donde todo parece estar en su lugar, incluyendo a los seres vivos; pero al entrar a las estrechas callejuelas del poblado se respira la irrupción de un sistema ajeno al equilibrio alcanzado, en donde la armonía se rompe y se impone un nuevo orden de las cosas que en realidad no organiza ni construye, sino solo devasta el hábitat físico, social y emocional.

Ahí está el perdón que no llega, a diferencia de la campaña impulsada por Nelson Mandela en Sudáfrica, entendiendo que las espirales de violencia pueden no tener fin hasta que alguien decide detener la ilusión de la venganza como tranquilizadora comunitaria. A los conflictos entre los propios habitantes se les añade una justicia impartida desde la ceguera dogmática que parte de principios en sí mismos injustos que se extienden a procesos abusivos y carentes del más elemental planteamiento jurídico.

La gente intenta seguir adelante con sus vidas, asumiendo las reglas impuestas pero buscando alternativas para no perder su identidad cultural y su libertad. Imposible encarcelar la imaginación en el terreno de juego, lapidar el canto que nace del corazón, detener la comunicación establecida con la tierra ancestral o cercenar de una vez por todas las creencias largamente heredadas. Pero como un cáncer social, los regímenes autoritarios, independientemente del signo y orientación que sean, acechan y amenazan por todas partes con asfixiar las conquistas alcanzadas en materia de derechos humanos.

 

RADIOHEAD: IRRESISTIBLE ALBERCA SELENITA

16 octubre 2016

Con una sólida, propositiva y distintiva discografía que incluye al menos dos obras imprescindibles –OK Computer (1997) y Kid A (2000)- el quinteto de Oxford se dio a conocer con Creep, canción incluida en Pablo Honey (1993) que todo mundo había oído sin importar quién la cantara: léase que estaban en riesgo de caer en el fenómeno llamado one hit wonder. Pero después vendría el soberbio Bends (2005) para dejar en claro que estábamos ante una de las bandas que dejaría huella y estilo en el mundo del rock, trascendiendo su condición de grupo musical para volverse referente de la cultura pop.

Durante el siglo XXI han mantenido presencia con álbumes a la altura de las expectativas generadas como Amnesiac (2001), cual continuidad del chico A; el brillante Hail to the Thief (2003); In Rainbows (2007), desafiando a la industria por la estrategia distribución empleada y King of Limbs (2011), digno pero quizá el menos logrado de todos. A la par, Thom Yorke grabó en solitario el interesante The Eraser (2006) y Tomorrow´s Modern Boxes (2014), además de formar otro proyecto llamado Atoms for Peace junto con Nigel Godrich y Flea, entre otros, con el que grabó el disco Amok (2013).

Por su parte, Jonny Greenwood ha seguido colaborando con el gran director Paul Thomas Anderson en los poderosos filmes There Will Be Blood (2007), The Master (2012) e Inherent Vice (2014), retomando la alucinante novela de Thomas Pynchon. Recientemente intervino en el documental Junun (2015), donde toca con el músico israelí Shye Ben Tzur y el grupo indio The Rajasthan Express, además de contar con la participación de Godrich: se trata de toda una experiencia sonora y visual de sincretismo cultural.

Por no dejar, compuso el soundtrack del documental Bodysong (2003) y de los filmes Norwegian Wood (Tran Anh Hung, 2011), basado en la novela de Murakami, y We Need to Talk About Kevin (Ramsay, 2011), sobre la inquietante historia de Lionel Shriver; colaboró también con Krzysztof Penderecki, uno de los puntales de la música clásica contemporánea e ídolo del guitarrista. Además, revisitó el mundo del reggae con Jonny Greenwood Is the Controller (2007), eligiendo e interpretando sus favoritos del género.

SUMERGIRSE EN UN BELLO DESCONCIERTO

A Moon Shaped Pool (2016) funciona a manera de recuperación y actualización, gracias a la presencia de canciones compuestas a lo largo del tiempo que no habían sido asentadas en un álbum o bien que aparecen aquí reformuladas, además de otras más recién salidas del preciso y orgánico laboratorio auditivo, en donde se gestó una estética transversal que le brinda a la obra un sentido de unicidad tanto temática como estilística. Incluso las canciones están ordenadas alfabéticamente.

Las letras están cargadas de cuestionamientos dolientes pero enérgicos sobre amores agotados, reflejando el estado anímico de Yorke tras su ruptura sentimental, el medio ambiente en vilo, la construcción de la identidad y la conciencia social extraviada; se desarrollan a través de melodías evocativas que, a su vez, sobrevuelan a intrigantes texturas que respiran bajo el agua, a cuya arquitectónica contribuyen el conjunto de cuerdas, la guitarra y voz de fondo de Ed O’Brian, la batería discreta de Phil Selway y el bajo de Colin Greenwood, hermano de Jonny, cerebro armónico del grupo.

El disco abre con las intensas cuerdas de Burn The Witch, corte largamente anunciado que advierte sobre el riesgo social de este tipo de prácticas, para dar paso a una cierta calma con angustia creciente en Daydreaming, con todo y presencias oníricas que no parecen anunciar dulces sueños, sino despertarnos a una realidad difícil en donde la esperanza es un bien escaso, mientras que Decks Dark mantiene una rítmica envolvente que crece sin avisar, como si nos fuéramos acostumbrado a las frías aguas movidas por la luna.

Una engañosamente plácida guitarra electroacústica se escabulle en Desert Island Disk, radioheadresistiéndose a mutar, al tiempo que Full Stop inquieta desde el momento mismo de su inicio a partir de reiteraciones de las que surgen sonidos impredecibles, en organizado caos pero con bajo perfil, dando entrada a una decisiva batería que acompaña las vocalizaciones múltiples. En contraste, Glass Eyes parece volver a un tono de mayor mesura con ese teclado escapista que no tiene problema para fundirse con los juegos de cuerdas.

Una base rítmica ligeramente más optimista sostiene Identikit, salpicada con algunos coros fantasmales cual traslapados llamados al reconocimiento sellados por la agudeza de una guitarra chirriante que se mueve en espacios reducidos. En The Numbers, un piano exploratorio se abre paso entre una maleza expectante, seguido por el resto de la instrumentación y paisajísticas vocales que se quieren extender en el horizonte de los arreglos de cuerdas, entrelazadas con unos expresivos coros femeninos

Present Tense atrapa con los apuntes de la guitarra sobre un ritmo reconocible, relajado y de cierto aliento playero, como si estuviéramos por un instante en Ipanema para después trasladarnos al mundo de John le Carré en Tinker Tailor Soldier Sailor Rich Man Poor Man Beggar Man Thief, transcurrida con una sencilla base de piano y pequeñas explosiones de electricidad que llevan la pauta para apuntalar la vocal.

True Love Waits, cuya primera versión anterior apareció en el EP I Might Be Wrong (2001) con voz y guitarra, cierra el acuático recorrido con unos teclados pausados y la presencia de las cuerdas que sirven de sustento al melancólico canto de Yorke. El disco está producido con el enfoque acostumbrado por Godrich y dedicado a su padre Vic Godrich, fallecido en el 2015. Las imágenes del arte parecieran invitarnos a introducirnos en este magma emocional del que no saldremos ilesos. Para bien.

Una alberca con forma de luna para sumergirse en un viaje lleno de incertidumbre hacia futuros ausentes de respuestas pero con la posibilidad de seguir generando preguntas. De pronto nos podemos sentir como Burt Lancaster en El nadador (Perry, 1968), aquella simbólica película basada en un relato de John Cheever en el que un hombre maduro regresa a casa metiéndose en las piscinas de sus vecinos y amigos, acaso como una forma de reencontrarse en las confusas aguas de la identidad siempre en redefinición.