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ENTRE DRAGONES, SIMIOS Y HUMANOS: LA DIFICULTAD DE LA CONVIVENCIA

28 julio 2014

Un par de dignas secuelas que consiguen colocarse cerca del nivel de sus predecesoras, manteniendo la esencia argumental y abriendo otras vetas narrativas. Franquicias que nacieron sin demasiadas expectativas y que de pronto se posicionaron como cintas no solo rentables, sino con valores fílmicos ubicados tanto en la propuesta visual y el diseño de producción, como en el desarrollo de personajes y el establecimiento de sus vínculos afectivos, no obstante pertenecer a diferentes especies. Se ubican entre lo mejor de un verano fílmico que resultó ser atractivo, a pesar del predominio de remakes, segundas / terceras/décimas partes y derivaciones temáticas ya tratadas con anterioridad.

SEGUIR O NO AL ALFA, ÉSA ES LA CUESTIÓN
Dirigida con funcionalidad narrativa por el neoyorquino Matt Reeves (El funebrero, 1996; Cloverfield: monstruo, 2008; Déjame entrar, 2010), El planeta de los simios: confrontación (Dawn of the Planet of Apes, EU, 2014) se articula a partir de un reconocible conflicto central que contrapuntea a dos manadas y a sus respectivos líderes entre sí: la necesidad de seguir teniendo luz eléctrica para los humanos, que solo se satisface arreglando una planta ubicada en el territorio ahora dominado por los simios, en el bosque de San Francisco. Mientras tanto, la historia sigue en el camino para entroncar con el clásico sesentero de Franklin J. Schaffner.
Las dos posturas posibles para solucionar el conflicto se expresan en las decisiones antagónicas asumidas por los machos alfa y los aspirantes a serlo: confiar en el otro bando, ceder en determinadas peticiones y seguir adelante; o bien, usar la fuerza para evitar ser dominados por el contrario y someterlo. Entre tanto, se discuten la fidelidad a la familia, la importancia del hogar, el uso o no de las armas, la necesidad básica de la energía eléctrica y, para ambas manadas, la determinación de a qué líder seguir: será más fácil, como suele suceder, alinearse con el estruendoso, complotista y bélico que con el mesurado, confiado y esperanzador.
Planeta de los simios 2014Entre humanos y simios hay una historia con heridas sin sanar, que alimentan la necesidad de venganza y la falta de confianza, tal como se puede advertir en los conflictos de Palestina e Israel, de Rusia y Ucrania o los del África subsahariana, por mencionar algunos que se encuentran, otra vez, en estado crítico. La espiral de la violencia es puntualmente señalada por Cesar, el líder simio (interpretado una vez más con gestualidad sorprendente por el especialista Andy Serkis), asumiendo que si bien ellos empezaron esta nueva guerra, los humanos nunca olvidan ni perdonan.
El filme, a pesar de estar ubicado en la ciencia ficción, consigue capturar esta atmósfera de tensión que tanto se vive en la actualidad y en donde las resoluciones de paz parecen nunca ser definitivas, por la permanencia de una semilla de odio que no consigue ser erradicada del todo y que brota al primer pretexto que se presenta o que si no, se inventa. Aunque se alcanza a profundizar más en los personajes simiescos que en los humanos, queda de manifiesto la posibilidad para la convivencia pacífica y también la facilidad con la que dos grupos pueden terminar en franca batalla campal.
Con un dinámico juego de cámaras que presenta planos abiertos para ver cómo funciona la comuna de nuestros primos (la escuelita) y de qué manera quedó la ciudad californiana de las libertades individuales, nos inmiscuimos ya sea en el bosque o la fortaleza a través de perspectivas diversas, retomando la mirada de los protagonistas o bien presentando los sucesos desde una posición nítida, con texturas salpicadas de verdes nebulosos, grises lluviosos y luces que se atreven a sobresalir entre la oscuridad, ya sea por el fuego conquistado o la electricidad recuperada.
El trabajo de edición le da el tiempo justo a cada momento, en particular durante el logrado episodio de la confrontación física, así como de las definitivas secuencias paralelas, en las que los líderes humanos (Jason Clarke y Gary Oldman, capaz de darle matices a su personaje en una sola toma) y simios (el mencionado Serkis y Tobby Kebell, también jugando con los gestos), contraponen sus alternativas resolutivas. Claro, la tendencia de la manada será seguir la rama más fuerte, con las excepciones de la disidencia, más pensante y procurando evitar las peligrosísimas generalizaciones.

DESOBEDECER AL ALFA, HE AHÍ EL DILEMA
Tras una brillante primera parte presentada cuatro años atrás, Cómo entrenar a tu dragón 2 (EU, 2014) se centra en el proceso de crecimiento de Hiccup cinco años después, una vez más buscando otros horizontes que lo llevarán a un encuentro con su propio origen, mientras que su poblado se ve envuelto en un conflicto de proporciones mayúsculas en el que se involucran humanos y dragones integrando ambos bandos antagónicos.Cómo entrenar a tu dragón 2
Además de un nudo dramático que alcanza a mover sentimientos gracias a un enfático desarrollo de los personajes, tanto principales como secundarios, la trama integra momentos de efusivo humor y vertiginosa acción, resolviendo las situaciones con imaginación y lógica en función de los propios eventos suscitados: la desobediencia de pronto puede convertirse en la única opción para mantener los logros alcanzados.
El director quebequense Dean Deblois (Lilo & Stitch, 2002; Cómo entrenar a tu dragón, 2010) responsable también de Heima (2007), documental sobre los conciertos brindados por Sigur Rós en su natal Islandia, consigue desplegar una propuesta visual cargada de imágenes oníricas, como las que nos llevan por encima de las nubes, y de hermoso colorido, como las del santuario de los escupefuego. Una película animada de amplio registro que se ubica como una de las mejores del año.

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LAS ESTRELLAS MIRAN HACIA ARRIBA

21 julio 2014

Los hombres en algún momento son dueños de su destino:
La culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas,
Sino en nosotros mismos, que somos subalternos
(William Shakespeare,
La tragedia de Julio César, 1599 aprox.).

Los prejuicios pueden acercarte o alejarte de la oportunidad de conocer, comprender y disfrutar de los fenómenos que nos circundan. En el caso de una película, ahora que se cuenta con tanta información entre opiniones de a pie, críticas fílmicas, páginas con todo tipo de puntajes y campañas publicitarias, resulta relativamente fácil dejarse llevar por este mar de comentarios o bien por los propios supuestos concebidos a lo largo de la vida: que si es de tal director, debe ser buena; si sale x actor seguro es pésima; si es hollywoodense va ser lo mismo de siempre; si es europea voy a ver pura pretensión pseudointelectual; si es asiática va a estar aburridísima o va a ser una deslumbrante obra maestra, aunque no le entienda nada.
El asunto viene a cuento porque puse a prueba mis propios prejuicios: una película basada en un libro súper ventas no puede ser buena; si el tema está dirigido a un público treinta años menor que yo, a mí no me interesa, porque se supone que soy un adulto ya pasé por ésas; si es sobre un romance juvenil con fuerte carga lacrimógena, enfermedad terminal de por medio, entonces debe ser una historia manipuladora que solo te quiere arrancar lágrimas, aunque sean de cocodrilo; si la protagonista está de moda por participar en alguna trilogía futurista de carácter distópico, debe ser todo muy prefabricado; si aparece un par de actores de renombre, entonces solo es para darle imagen de solidez al casting; si el soundtrack se integra por canciones de un pop sensible, seguro las van a usar para darle emoción a algunas secuencias que por sí mismas no la tienen. Y así.
En el caso de Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, EU, 2014) la mayor parte de estas ideas preconcebidas acabaron siendo equivocadas. No es ninguna obra maestra pero se trata de una película genuinamente emotiva, que sabe combinar rasgos de humor, romance y drama en dosis adecuadas para construir una relación humana cercana y realista, de tal manera que te va importando lo que les sucede a estos dos jóvenes con los días contados y al amigo en proceso de quedarse ciego (Nat Wolff), sin sentir lástima por ninguno de ellos: padecen algún tipo de cáncer que los afecta de diferente forma, tanto física como anímicamente.Bajo la misma estrella
Con algunos apuntes en off por parte de la protagonista, que nos advierte desde el inicio que no todo es felicidad y que solo tener una hija con cáncer es peor que padecerlo, el guion escrito por la dupla Neustadter / Webber (Aquí y ahora, 2013; 500 días sin ella, 2009) sigue muy de cerca a su par literario escrito por John Green y publicado en el 2012, modificando pequeños detalles pero conservando la esencia que tanto encandiló a jóvenes de todo el mundo, en particular por la facilidad para la identificación con la pareja, más allá de su condición de salud.
Diversas cintas han retomado la situación de los enfermos terminales y la forma en la que viven sus últimos días en cuanto a sus relaciones románticas, pero la virtud de esta cinta dirigida por Josh Boone (Un lugar para el amor, 2012), consiste en trascender este contexto dramático y conectar afectivamente con jóvenes que no se encuentran en esa difícil circunstancia, pero que sí experimentan los sinsabores de las relaciones románticas en sus etapas iniciales.
Las interpretaciones de Shailene Woodley y Ansel Elgort son convincentes y en todo momento consiguen transmitir la sensación de que en realidad se están enamorando (química, le llaman): ella, inteligentemente pesimista, y él, efusivamente contagiante, con tiempo para el humor negro y para apoyarse mutuamente en los momentos difíciles, cada vez más frecuentes. Pero el tono propuesto tiende más al optimismo y a rescatar el efímero disfrute de la vida, incluyendo los pequeños placeres que ayudan a sobrellevar las grandes tribulaciones e incluso a darles cierto sentido.
La posibilidad de conocer al admirado escritor (Willem Defoe, en perfecto plan antipáticamente desquiciado cargado de dolor, escuchando rap sueco) en una Ámsterdam muy bien retratada para promocional turístico, se convierte en uno de esos motivos que tanto se necesitan en la vida para seguir adelante, a pesar de las evidentes adversidades: si el objetivo alcanzado decepciona, se descubre que lo importante estuvo en el proceso, como le sucedió a Ana Frank. Un cigarro se convierte en un arma que tú controlas y una palabra compartida se transforma en símbolo de un vínculo amoroso que aunque se crea para siempre, está sujeto a los avatares de las emociones trastocadas.
El contexto social es más o menos idílico y acaso poco realista: clases acomodadas viviendo en un suburbio de una ciudad funcional; padres al pendiente de los jóvenes (Laura Dern con creíble y permanente rictus de angustia), buscando lo mejor para ellos e incluso planeando el futuro ya sin la hija; alternativas médicas a la mano (no hay problema con las dificultades del obamacare) y de soporte psicológico o religioso al alcance de la mano, con grupos de ayuda que se reúnen sobre el corazón de Jesús bordado en un tapete.
La inferioridad ante las estrellas queda compensada gracias a la posibilidad de llegar a ellas con una historia de amor para ser compartida. Quizá sea un infinito menor que otro, pero infinito al fin.

EL CIELO SOBRE BERLÍN

14 julio 2014

Se decía que en la final del Mundial de México ‘86 (el mundo unido por un balón), un equipo que de ir perdiendo dos a cero se recupera y empata el partido, tiene los méritos para ser subcampeón; pero que una selección que se ve alcanzada con ventaja de dos goles y tiene los arrestos para reponerse y anotar el tercer gol, en lugar de vencerse anímicamente, merece ser campeón. A fin de cuentas, resultó ser uno de los más emotivos desenlaces de una copa con el hermoso estadio Azteca como testigo.
En Italia ’90 los alemanes desparramaron el mejor fútbol del torneo, mientras que los argentinos llegaron a la última instancia por medio de milagros, en particular dentro de las rondas de penales. Un cero a cero muy trabado hasta que un penal aún discutido le dio la oportunidad al ambidiestro Andreas Brehme de sentenciar el campeonato a través, paradójicamente, de la forma en la que los latinoamericanos habían cimentado sus triunfos. Los penales regresaron para definir el triunfo alemán frente a los argentinos en el torneo del 2006 y en el 2010 el partido terminó con triunfo contundente de los teutones.
Ya sabemos que en estos casos la tercera no es la vencida porque la historia de los mundiales se sigue escribiendo. En el estadio de Maracaná, símbolo agridulce de celebraciones y desgracias para los brasileños, argentinos y alemanes se enfrentaron otra vez en el partido que definió al campeón: los primeros buscaban alcanzar su tercera estrella en tierra inhóspita, mientras que los segundos iban a romper la maldición de la sentencia de América para los americanos y anotarse su cuarta copa, para igualar a los italianos en ese departamento, solo superados por el equipo al que habían goleado la víspera.

EL EQUILIBRIO COMO ESPECTÁCULO
Una final intensa, digna y tremendamente disfrutable, coronando uno de los mundiales más atractivos de la historia. Los alemanes salen a poseer el balón y los argentinos esperan, aunque empiezan a tener las llegadas más claras. Si al principio del torneo se temía por la fragilidad pampera en defensa, al final resultó de una solidez notable, particularmente por la organización de Mascherano, uno de los jugadores claves del seleccionado argentino que se rompió el alma y otras partes menos nobles en aras de conseguir el título.
De pronto, Gonzalo Higuaín se encuentra frente al gigante verde Neuer tras recibir un pase inmejorable del brillante medio alemán Toni Kroos, confirmando que también los grandes se equivocan: como no entendiendo bien la situación, el pampero se precipita y, en lugar de acercarse más a puerta, lanza un chorreado disparo que sale por un lado. Para equilibrar el renglón de las oportunidades claras, el defensa del Shalke 04 Benedikt Höwedes realiza un movimiento enérgico para desmarcarse y rematar la pelota en un tiro de esquina; queda solo y su cabezazo se estampa en el poste.
A pesar del mayor tiempo de posesión por parte de los germanos, el partido continuó siendo sumamente equilibrado en la segunda parte, con lances salvadores de Boateng por un lado, y de Demichelis por el otro, además de la puntual colaboración del resto de los zagueros, porque aguantar a Müller, Özil y Klose por los de blanco, y a Lavezzi, Higuaín y Messi, por el otro, era un asunto para iniciados. Los cambios de posición de los teutones y los relevos para abrir el campo fueron bien amortiguados por la experiencia de los argentinos.
Final Brasil 2014En la media cancha la batalla no admitía descanso: Schweinsteiger se convertía en un sobreviviente a cortadas y calambres, mientras que Biglia y Pérez buscaban dominar los territorios del medio campo, cada vez menos habitados conforme avanzaba el reloj porque la población tiende a irse a los polos del campo. El árbitro llevó bien el partido, aunque le faltaron algunas tarjetas tal como resultó ser el sello de la casa durante todo el certamen. Los cambios mandados por los entrenadores no modificaron la lógica del juego, aunque sí el resultado.
La multicitada frase del inglés Gary Lineker vuelve a hacerse realidad: al final, siempre ganan los alemanes. Esta vez, con un soberbio gol de Mario Götze que había entrado errático al campo pero que pronto, muy al estilo de su nación, corrigió el camino para definir el partido en un derroche técnico notable, aprovechando una pequeña confusión de la defensa argentina que lo dejó desmarcado, mientras que al pasador Schurrle lo fueron a presionar tres jugadores. Control preciso con el pecho, media volea cruzada y el balón viaja convencido para sacudir la red, pese al lance de Romero.

DESPUÉS DEL SILBATAZO FINAL
Messi regaló algunas pinceladas únicas, de las que solo él es capaz de plasmar en el lienzo verde, pero no pudo integrarlas en una pintura de largo alcance: las obras maestras se advierten en los detalles, pero también en el resultado de conjunto, justo lo que le faltó al gran jugador argentino. Quizá al darse cuenta de ello, en su último trazo buscó con demasiado ahínco esta consumación, pero la pelota, cual tosco brochazo, se fue muy alejada de una portería bien custodiada por un gigante en todos sentidos: premio justo al mejor portero.
Se ha comentado la influencia indirecta de Guardiola en los dos últimos títulos por su trabajo con el Barcelona, base de la selección española, y con el Bayern Munich de los alemanes. En el caso del equipo campeón en Sudáfrica 2010 parece más evidente, sin restar méritos al gran Vicente del Bosque; pero en cuanto al equipo teutón, parecería que el equipo campeón de Europa del 2013 ya estaba bastante trabajado, aunque sí se advierten ciertos destellos estilísticos que podrían asociarse con las ideas futbolísticas del catalán.
Alemania es una selección que honra el fútbol, al igual que lo hizo Argentina. A pesar de la excesiva mercantilización en la que ha derivado este deporte, da gusto ver a todos estos jugadores muy bien pagados y que podrían caer en aburguesamientos, dejar todo en la cancha por sus respectivos equipos y alegrarse y entristecerse de forma genuina, con todo y las diferencias culturales para manifestar las emociones.
No obstante que le íbamos a Argentina, fue un gusto ver al capitán Philipp Lahm, jugador excepcional, levantar el trofeo como el líder de una de las selecciones más completas de la historia que además sabe ganar fuera del campo: su labor social, el reconocimiento al rival y el respeto por el deporte son muestras de la valía de los teutones. Quisiéramos haber visto a un Ángel sobre el cielo de Berlín, a la manera de la película de Wim Wenders, pero no se pudo recuperar de su lesión. Mientras tanto, los dos Papas y las respectivas jefas de estado estuvieron bien representadas por sus compatriotas.
A pesar de todas las mejoras posibles y los cuestionamientos que se tendrá que hacer la FIFA hacia sí misma, el Mundial en el terreno de juego resultó un magnífico regalo para quienes sufrimos y celebramos el fútbol en sus diversas facetas, instancias y momentos.

MUNDIAL 2014: EL DISCUTIBLE PARTIDO POR EL TERCER LUGAR

13 julio 2014

El partido por el tercer lugar siempre ha provocado entre indiferencia y polémica: para algunos se debiera omitir por parecer un castigo más que un reconocimiento, mientras que para otros resulta una especie de consolación o segunda oportunidad para regalarle a la afición una actuación que reivindique la dolorosa derrota sufrida en el juego anterior.
Me parece que depende de las expectativas que se tengan como selección: si un equipo dio la sorpresa y llegó hasta las semifinales, aun perdiendo en esa instancia, resulta reparador jugar un partido más, tanto para los futbolistas como para sus seguidores; pero si la exigencia sobre el seleccionado nacional es el campeonato o como mínimo llegar a la final, entonces el partido puede resultar más bien bochornoso o un duro recordatorio de que estás en el estadio equivocado.
De pronto un conjunto se siente tan cerca de la final y en menos de lo que se percatan ya están como todos los demás, excepto dos: al final del día, si se mira esquemáticamente, hay 31 derrotados y un ganador: ya sabemos que hay pequeños triunfos y grandes derrotas a lo largo del torneo, salpicando el negro y blanco de diversos matices de gris que dependen, otra vez, de las expectativas depositadas en cada selección.
Para la FIFA y los derechos de transmisión, este encuentro implica un mayor ingreso, asunto que por lo visto se ha vuelto central, antes de pensar en los mejores horarios para el desempeño deportivo, por ejemplo, y no para la televisión. Alguna vez comentábamos que se pudiera plantear que el que ganara el tercer puesto tuviera pase directo al siguiente mundial, al igual que el campeón y el subcampeón: de esta forma, el encuentro tendría una relevancia considerable. Pero ahora ni siquiera el ganador del torneo asegura su presencia dentro de cuatro años y tiene que ensuciar su uniforme con todo y estrellita en las larguísimas eliminatorias.

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
En este caso, dada la abrasadora derrota sufrida por los anfitriones en la fase previa, parecía un chiste cruel que se tuvieran que volver a exhibir frente al mundo. Una dura prueba de entereza y de recuperación casi instantánea de un ánimo que se arrastraba por el subsuelo. Cabría esperar que en lugar de salir a jugar más relajados ya sin nada que perder, los brasileños aparecerían en la cancha con la tensión a cuestas, una vez más obligados a un logro que estaba fuera de sus argumentos.
Así fue. Muy pronto, todavía con el recuerdo intacto de la goleada anterior y sin posibilidades de proponerle otras imágenes a la memoria, ya iban perdiendo por un penal cometido fuera del área que no mereció tarjeta roja: un doble error arbitral que simplemente confirma la necesidad de modificar el sistema de impartición de justicia en el campo, dada la imposibilidad de los colegiados para seguir el ritmo del fútbol actual. Ya no parece un asunto de incompetencia arbitral, sino de fallas estructurales que potencian las confusiones al momento de hacer sonar el silbato o silenciarlo inoportunamente.
Los locales dieron muestras de orgullo e intentaron ir al frente, tenían más la pelota pero carecían de ideas prístinas al momento de intentar arribar a la puerta contraria. Una segunda anotación de la armada holandesa puso las cosas en claro: los tulipanes querían ganar para terminar invictos el torneo (fuera de los penales) y no iban a dejar que la misericordia hacia el árbol caído les impidiera hacer más leña. El resto del primer medio cayó en una especie de parsimonia más producto de la depresión local que del dominio visitante.
Cambios desde la banca para el complemento pero escasa transformación en la construcción grupal y mental del juego. A pesar de que algunos jugadores brasileños seguían dando la cara, estaba claro que el colectivo se encontraba en estado avanzado de esclerosis: escasa comunicación, lances de heroísmo individual, nebulosidad al momento de intentar conectar con el otro y, en síntesis, la antítesis de la tradición brasileña para tratar el esférico como una auténtica comunidad de hechiceros.
Si bien los holandeses habían sentenciado el partido antes de empezar, aunque no lo supiéramos, todavía se dieron a la tarea de clavar una dolorosa puntilla con un tercer gol en lucidora jugada comunitaria, frente a un rival cuya anestesia ante la derrota no termina de funcionar y sigue buscando esa muerte anunciada que quizá devenga renacimiento centrado en una larga tradición, acaso aún viva en los niños y jóvenes que en cuatro u ocho años aparezcan más allá de las fronteras brasileñas.
De esta forma, los holandeses se despiden tras dar un gran mundial como la primera selección que pone a jugar a los 23 integrantes (antes eran 22), haciéndose de enemigos a diestra y siniestra pero también de admiradores más allá de sus contornos, sobre todo por esa capacidad para continuar en los primeros planos a pesar del tiempo. Robben podría ser el jugador del certamen si el fair play no fuera un criterio (no sé si se considera pero debería) y Van Gaal demuestra ser un hombre que sabe jugar desde el banquillo.

PeladaoOTROS TORNEOS
Una curiosidad futbolera llevada a cabo en Brasil se recupera en Peladao (2004), filme dirigido por el realizador alemán Jörn Schoppe, en el que se presenta el torneo más grande del mundo celebrado justamente en tierras cariocas, específicamente en la región del Amazonas: participan más de 1000 equipos y además se cuenta con un concurso de belleza, cuyas participantes tienen el poder de salvar a su respectivo equipo si queda eliminado, pero solo en el caso de que ellas sigan avanzando en su correspondiente certamen.
Ahí está también la Homless World Cup, cuya idea tomó forma en el 2001, gracias a los esfuerzos del escocés Mel Young y el australiano Harald Schmied. El propósito era brindar un espacio para que las personas en situación de calle pudieran reintegrarse socialmente. La primera edición se llevó a cabo el 2003 y la décima se realizó en México, durante el mes de octubre del 2012. Polonia fue el anfitrión del torneo celebrado en el 2013.

MUNDIAL 2014: TAN LEJOS Y TAN CERCA

10 julio 2014

Después del desasosiego de una semifinal que a todos nos dejó perplejos, más allá de filias y fobias, nos encontramos con un partido que nos regresa, de alguna manera, a nuestra zona de seguridad, con un desarrollo marcado por un absoluto equilibrio y 22 sujetos más los que se fueron adjuntando, desparramando su potencialidad en el terreno de juego. Un encuentro en el que cualquier equipo podía resultar un justo vencedor y un digno derrotado, sin nada que reprochar a casa y con mucho que celebrar en términos futbolísticos.
Mucha historia mundialista entre estos dos habituales de las fases finales: en Alemania 74, con Cruyff como gran líder, los europeos barrieron a los americanos, pero cuatro años más tarde, con el empuje de Kempes, los argentinos le ganaron en la final a los holandeses, con todo y el fantasma de la dictadura recorriendo el estadio. En Francia 98, una vez más los de naranja vencieron a los albicelestes en la ronda de cuartos y en el 2006, ambos equipos se anularon con un empate sin goles en la fase de grupos.
El espíritu de Alfedo Di Stéfano se apareció en el homenaje y en la entereza mostrada a lo largo de los 120 minutos, los mejores de Argentina en lo que va de la copa como conjunto y los más discretos en cuanto a individualidades: las dos formas de ganar en el fútbol pasan por el funcionamiento colectivo sin mancha, como lo ha hecho Alemania, o gracias a ciertos iluminados que de pronto aparecen con la playera y resuelven el bucle que implica un enfrentamiento apretado.

UNA SEMIFINAL DEFINIDA POR LA ALTERNANCIA
Todo un partido altamente disputado con un primer medio de ligero dominio pampero y una segunda parte con cierta referencia tulipán, aunque el rasgo central del desarrollo del encuentro fue la alternancia, como si se tratara del mejor camino político para disfrutar de un fútbol no apto para quienes solo valoran los peligros en puerta, sino más bien para aquellos que gustan de apreciar los procesos, más que los resultados. Un ingrediente sustancial para disfrutar un juego con independencia de tener un favorito, tiene que ver con la paridad de fuerzas.
La lucha no solo fue por la posesión de la pelota, sino por los espacios: fue un enfrentamiento más geográfico y territorial que ofensivo; una muestra de que este deporte, en la mayoría de sus ámbitos, sigue siendo de conjunto, salvo algunos casos esporádicos en los que algún genio se aparece para inclinar la balanza de manera irreversible. El campo se convirtió en un logro por conquistar, aunado a tener el balón en los pies y hacerlo rodar por esos terruños que se buscaban asumir como propios.
Escasas llegadas a puerta contraria más por la efectividad en defensa que por la displicencia a la hora de ir a buscar el partido. Dos hombres tenían ante sí los reflectores que parecían no asumir del todo: Robben y Messi; dos hombres jalaron hacia sí las luces como dejando claro que este juego no solo se trata de talento hacia delante, sino de construcción desde abajo y a partir de organizar toda el juego desde las bases: Mascherano y Vlaar.
ArgentinaEl primero dominó el círculo central, se conmocionó y regresó para aventarse una barrida crucial ante el hombre de aceleración imposible, al minuto noventa; el segundo desafió a la lógica evitando que el mejor del planeta se fuera con la pelota hacia el área no una, sino dos veces, al menos. La belleza del fútbol también está en los lances salvíficos y no solamente en los definitorios, porque vale tanto evitar un gol prácticamente cocinado que sacudir las redes para mover el marcador.
El tránsito del juego le dio el momento a los técnicos para jugar a una partida de ajedrez que parecía estar destinada a las tablas desde el silbatazo inicial: si Dios no juega a los dados, la gente de la banca menos, así tengas un futuro promisorio o no vislumbres qué vas a hacer el próximo lunes. Con los cambios agotados para las dos selecciones, el desenlace no admitía ases bajo la manga ni sorpresas al filo del tiempo: con los que estaban había que jugarse la tanda de penales, tan futbolera y tan azarosa, tan propicia para generar héroes y chivos expiatorios: porque los unos, en estos casos, no existen sin los otros.
En efecto, el fútbol siempre da oportunidades inesperadas para el heroísmo o para el escarnio: para eso están los penales. Entonces Sergio Romero, un portero que dejaba dudas desde su titularidad, se convierte en hombre clave para trasladar a su selección a la final de la copa del mundo. El arquero titular holandés, ahora responsable de la portería también en estos fusilamientos, no consiguió hacer lo que su suplente sí apenas hace unos días. Pero también el fútbol abre la alternativa para resarcirse consigo mismo y con el vociferante entorno, sobre todo para tipos como Sneijder y el propio Vlaar, que quizá recuerde más la única que falló, contra todas las que evitó.
Holanda sigue siendo una selección poderosa que no alcanza a dar el salto definitivo, el paso más largo que implica entrar a la liga de los países capaces de ganar un campeonato: se lo merecían en 1974 pero para desafiar a la historia, ahí estuvieron, otra vez, los alemanes. Si continúan así con una dosis de paciencia, el título no tardará en llegar. En el imaginario colectivo, el concepto de la naranja mecánica tiene tres referentes, al menos: la novela distópica de Anthony Burgess, la inquietante película de Stanley Kubrick y un equipo de fútbol que siempre está ahí, viviendo los torneos en los que participa hasta las últimas instancias, esperando una redención distinta a la de Alex, el protagonista de la historia.

EL FÚTBOL COMO EL MUNDO DE LO IMPREVISIBLE

9 julio 2014

Este Mundial se sigue empeñando en destacar una de las condiciones esenciales del fútbol: la imprevisibilidad, sin la cual se perdería buena parte de la gracia. Es como ver un partido cuyos detalles y resultado ya se conocen. En los encuentros aparentemente disparejos del certamen, llegamos hasta el drama del gol en minutos finales, tiempos extra o penales; en cambio, en la semifinal que se suponía equilibrada, con dos gigantes históricos en paridad de fuerzas, el partido estaba decidido al minuto 25 del primer tiempo en favor de los visitantes, que venían de ganar sus partidos apenas con lo justo.
Hubo un momento, después del cuarto gol alemán, en que el partido se convirtió en un drama depresivo para los brasileños y probablemente para algunos quienes no le iban particularmente a los anfitriones: ver tanta disparidad cuando se esperaba una contienda cerrada, con el llanto acompañando la tribuna y el desconcierto generalizado del equipo, no resultaba agradable. Ya sabemos que Alemania juega siempre como si el marcador fuera cero a cero, así que no iban a cuidar el golecito, sino a atacar con toda la batería para amarrar el resultado. Mientras tanto, el naufragio brasileño era ya irreversible, sin sus dos hombres clave a bordo y el capitán rebasado por la inundación germana.
No recuerdo un segundo tiempo de un partido de esta importancia tan carente de sentido. Al igual que en el primer medio, los brasileños salieron más entusiastas de lo esperado y generaron llegadas, pero se toparon con un portero que parece ir un tiempo por delante de los rematadores. Claro que la dignidad se mantuvo en los de amarillo y las ganas de seguir jugando en los de negro, a pesar de que en cierta forma los 22 jugadores estaban sorprendidos y en una representación cuyo guion no se terminaba de asimilar. En este inesperado escenario, el árbitro Marco Antonio Rodríguez mantuvo una buena línea de flotación y conjuró los posibles desaguisados.Alemania
Es difícil ir en contra de tu historia estilística que casi forma parte de tu código genético, y salir victorioso: no hay determinismos ni formas únicas de jugar, pero si se quiere transformar un conjunto, parecería que habría que ir poco a poco y no dar un viraje tan brusco. Porque ver a Brasil recurriendo a la brusquedad, metiendo el cuerpo y jugando con el físico más que con la imaginación, costaba trabajo. Tanto, que sus jugadores más brillantes, Neymar y Thiago Silva, recordaban la vieja escuela y no parecían pertenecer del todo a este equipo de Scolari, que al final ya no logró el objetivo, quizá para bien del futuro del fútbol en general y de Brasil en particular, paradójicamente.
Claro que también está el corazón de Marcelo y David Luz, las intentonas de Oscar y Hulk, así como la entereza de Julio Cesar. Viéndolo en retrospectiva, Brasil pareció un anfitrión desconocido, acaso demasiado presionado por obtener el triunfo, antes de jugar a la pelota: echar el camión para adelante y a ver qué pasa funciona ante ciertos rivales, pero no frente a la selección que al final del día siempre gana y que, dicho sea de paso, jugó su mejor partido del Mundial con un desempeño por nota, casi tan perfecto que ni en los sueños más dulces de los aficionados alemanes se hubiera dado una realidad como ésta.
Klose se convirtió en el máximo anotador de las copas mundiales, dejando atrás a un brasileño en su propia tierra y, de paso, los alemanes saldaron cuentas de la final del 2002: ya le tocará a los sudamericanos la suya, porque si bien el fútbol tiene sus pasajes crueles, siempre abre posibilidades para la esperanza del ajuste y la reconciliación. Justo a partir de perder esa final, el equipo teutón empezó a trabajar en una especie de refundación con el ADN intacto, incorporando jugadores naturalizados o de otros orígenes, para refrescar la sangre, y con un equipo base –Bayern Munich- y un técnico entusiasta y arriesgado: Klinsmann, cuya labor fue continuada por Low.
Es difícil decir que si gana Alemania se puede hablar de una sorpresa, quizá salvo cuando derrotaron a los húngaros en la final de Suiza 1954, después de haber sido vapuleados por el equipo magiar en una fase previa. Pero sin duda que la forma de triunfar y el resultado de este partido constituyen un de los más inesperados de la historia de las copas mundiales: golear a la selección del país más futbolero del mundo, con cinco mundiales en su cuenta, en su propia casa, y en la instancia de semifinales, resulta un logro que jamás se les va a olvidar a los futbolistas alemanes.
A los brasileños tampoco, pero les queda la alternativa de procesar pronto la derrota, convertirla en aprendizaje, regresar a sus bases y volver a mirar hacia la portería contraria. Nada fácil. Nada pronto. Lo hicieron después de perder frente a Uruguay en 1950 también en su patio propio con tintes tan o más trágicos que esta vez. Seguramente lo volverán a hacer, para bien del fútbol.

MUNDIAL 2014: EL PESO DE LA CAMISETA

5 julio 2014

En los otros dos partidos de cuartos de final se mantiene la tendencia que determina el desenlace: la camiseta pesa. Duelos que enfrentaban a europeos y americanos con un triunfo por continente, según lo que se podía esperar si se revisa la historia no reciente –de este mundial- sino desde que se construyeron las mitologías futboleras. Otras dos selecciones que le aportaron brillo al certamen han quedado fuera, al tiempo que permanecen las que saben jugar estas instancias, más allá del momento que atraviesan.

ÁNGEL EXTERMINADO
Un equipo joven que trata bien la pelota, con jugadores talentosos de media cancha para adelante que saben qué hacer en ofensiva y con defensas sólidos de quirúrgicas intervenciones, bien cobijados por un portero que en unos años podrá ser el mejor del mundo, por lo pronto campeón de la liga española. Se enfrentan a una selección de prosapia que ha ido avanzando sin desplegar un gran funcionamiento colectivo, dependiendo de alguna ocurrencia cortesía de sus brillantísimas individualidades.
Pero muy pronto, uno de esos delanteros pamperos de renombre, que no se había mostrado hasta ahora, les anota un gol que rompe el esquema planteado: los belgas se vieron sorprendidos y tardaron demasiado en comprender de qué se trataba estar en los cuartos de final. Puede haber varios supuestos hipotéticos: la falta de experiencia, el calor y la humedad, el miedo escénico, demasiado respeto, mal entendido, por el rival… el caso es que los europeos terminaron brindando su partido más flojo del torneo, quizá más por lo que ellos acusaron que por lo que hicieron los argentinos, quienes siguen navegando aferrados al drama y a la camiseta, sobreviviendo al inexistente desempeño grupal.
Con lances en solitario, Argentina tuvo solo dos claras opciones de gol: Pipita reventó el travesaño con la confianza de quien ya tiene un gol en su contabilidad, y Messi se fue en solitario para lanzar un disparo bien detenido por Courtois, quien parece conocer bien a la pulga cuando se enfila al área. Los belgas generaron algunas llegadas que se quedaron cortas de acuerdo a los estándares que la situación exigía: ante la ineficacia sudamericana, los belgas parecían contagiarse en lugar de sublimarse y aprovechar las circunstancias.
Mientras tanto, el árbitro seguía la tradición mundialista y dejaba las tarjetas en el vestidor, al tiempo que Argentina perdía a su ángel de la guarda: parece que el gran Di María está fuera del certamen. Y más allá de aficiones, resulta una pena que este tipo de jugadores ya no sigan en el campo porque son los que engrandecen este juego y lo llevan a terrenos estéticos que trascienden la destreza física o la mera habilidad con los pies: se trata de prestidigitadores capaces de sorprendernos porque hacen realidad lo que a nosotros ni siquiera se nos había ocurrido en la cabeza.

LA NARANJA ES PURA VIDA
Para confirmar la paridad de fuerzas con desenlace previsible que ha predominado en estas fases mundialistas, el encuentro entre Costa Rica y Holanda mantuvo la emoción a pesar de la falta de gol o quizá gracias a ello. Los costarricenses empujaron el partido frente a Holanda hasta la instancia de penales, si bien fueron dominados la mayor parte del juego, con todo y algunas oportunidades desperdiciadas. Ahí los centroamericanos confiaban en su arquero y su buen tino pero no contaban con el as bajo la manga del técnico Van Gaal: hacer un cambio de portero justo antes de empezar la tanda de tiros desde el manchón, estrategia que resultó, a la postre, definitiva.
No obstante, los ticos lograron tejer algunas jugadas esporádicas de hermosa manufactura que mantuvieron la esperanza de la sorpresa. Por su parte, los lejanos herederos de la naranja mecánica dieron uno de sus mejores partidos en el certamen, sobre todo por la responsabilidad asumida: tener el balón, ir al frente y generar amenaza contra el arco bien custodiado por el arquero sensación del torneo, que ya es mucho decir porque ha sido un certamen en el que los porteros se han convertido en los héroes conocidos.
Costa Rica pudo con los campeones del mundo pero no con el eterno subcampeón (el Cruz Azul de los mundiales), con un Sneijder soltando bombazos para dinamitar los postes, Kuyt recorriendo todos los ángulos del área y la presencia siempre amenazante de Robben y Van Persie. Mayor mérito implica que nuestros vecinos de confederación hayan aguantado metralla y, por si no fuera suficiente, se zafaran la etiqueta de víctima propiciatoria poniéndole drama al final del alargue, cuando el partido parecía resistirse a definirse en los penales.

FUTBOLITO
MetegolTodavía les doy pelea a mis hijos en el campo de juego real. En el mundo virtual (ya sé que también es real) me apalean que da gusto, pero cuando jugamos Subbuteo recupero un poco de la dignidad perdida. Para uno que creció con lógica analógica y futbolitos físicos, ya sea el clásico u otros que vinieron después, incluyendo el mencionado, intentar armar una jugada a partir de manipular un control que mueve imágenes en la pantalla, acaba por ser más difícil que ganarle a Holanda o dominar a los alemanes, que esperemos logren argentinos y brasileños respectivamente.
En este sentido, una película que reconcilia generaciones futboleras, lo comprobé con mi tribu, es Metegol (Argentina-España, 2013), dirigida por Juan José Campanella, realizador de la intensa El secreto de sus ojos (Argentina-España, 2009), filme que ganó el Oscar a mejor película extranjera y que por cierto incluye una notable secuencia en las gradas de un estadio de fútbol, mientras se desarrolla un partido de ánimos desbocados, como suele suceder en el mundo de los clubes argentinos.
Con una estética animada que busca triangulaciones inesperadas tanto de la cámara como de los protagonistas, esta historia retoma el juego como parte de la vida de los pueblos, en contraste con la forma en la que se ha industrializado este deporte con promotores siniestros, futbolistas medio divas y mercantilización alejada de la esencia del fútbol. Porque más allá de los reflectores, sabemos que para los niños sigue siendo el momento de mayor emoción cuando logran evitar o anotar un gol al filo de la banqueta, en el patio del vecino, en el baldío de la colonia o en el terreno cercano a la ranchería.
En esta línea de magia y redención, se puede inscribir la cinta escrita y dirigida por Gil Mehmert titualda Desde las profundidades del espacio (Alemania, 2004), cuya narrativa está contada por un anciano en su lecho de muerte que rememora su afición por el futbolito, siguiendo la forma en la que una figura de hierro cobra vida, después de un trance amoroso de su dueño, para convertirse en un jugador de excepción durante los años setenta.

MUNDIAL 2014: EL MEJOR ATAQUE ES EL DE LOS DEFENSAS

4 julio 2014

Empiezan los cuartos de final con un clásico duelo europeo, más cerebral y ultra dosificado, y uno sudamericano, desarrollado con una dinámica sanguínea y efervescente, con predominancia del caos que, paradójicamente, puede permitir que entre la luz. Por lo pronto y a pesar de las agradables sorpresas que nos ha deparado este mundial, la primera semifinal acaba respondiendo a un guion convencional, lo que no necesariamente es negativo. Resulta que los defensas centrales se convirtieron en los dominadores de ambas áreas, la propia y la ajena.

MUCHA HISTORIA COMPARTIDA
No solo en el ámbito futbolero, sino en el político, económico, social y bélico. Francia venía jugando mejor que Alemania pero ya sabemos que cuando casi todos los equipos europeos se enfrentan a los germanos, bajan su rendimiento, excepto Italia que suele sublimarse. Al arranque del partido, los galos no parecían amedrentados y lucían confiados en su buen juego de conjunto y las habilidades específicas de sus jugadores al frente: un par de jugadas con relativo peligro anunciaban nubarrones para los alemanes y la confirmación de lo que se había visto hasta ahora en el Mundial.
Pero muy pronto apareció ese gran defensa de recia figura conocido como Mats Hummels para, después de un cuerpo a cuerpo con Varane, cabecear un servicio medido y anidarla cerca del ángulo superior con todo y lucidor lance del arquero Lloris. No contento con ello, el defensor se convirtió en jugador clave al coordinar la defensa para evitar los riesgos del funcionamiento en línea y plantarse cual barrera infranqueable para los ataques franceses, primero tibios y después subiendo en intensidad, aunque sin alcanzar la continuidad y profundidad esperada. Por supuesto, no faltaron las lecciones de cómo hay que barrerse en el fútbol impartidas por cualquier alemán que pisa un campo: sin falta, con exactitud milimétrica y con la consabida cuota de intimidación.
Los alemanes no dejaron de inquietar al frente pero desplegaron una estrategia de férreo control, más o menos como el que ejercen para que el euro siga funcionando a pesar de los sobresaltos económicos: en este caso, apenas algunas escapadas del pequeñísimo Valbuena y ya para irnos, Neuer le detuvo un tiro a Benzema a una mano, levantando robóticamente el brazo como si supiera de antemano la trayectoria del balón; el gesto del atacante francés fue elocuente: parece que por más que lo intente, ellos están ahí con el favor de la anticipación. Con todo y el clima que les ha de parecer de otro planeta, los teutones están instalados en la semifinal por cuarta vez al hilo y por duodécima ocasión en su historia: selecciones van y vienen pero ellos siguen ahí.

PERDER GANANDO
Apenas se escuchó el silbatazo inicial del juez español, brasileños y colombianos se abalanzaron sobreBrasil vs. Colombia la pelota como si se tratara de un partido que los remontara a su infancia, cuando todos los pequeños jugadores se olvidan de posiciones, indicaciones y demás ademanes de los técnicos y se ponen a correr en busca de un pedazo de gloria, sin importar mucho lo que suceda en la retaguardia o si el funcionamiento colectivo alcanza la cuota de calidad necesaria: si los especialistas anunciaban el fin del espectáculo y la llegada del fútbol pasado por el cuidado de no perder, aquí estaban estos entusiastas jugadores para desmentirlos.
Entre faltas continuas de todos estilos, algunas marcadas y otras no; robos de balón inverosímiles; una que otra genialidad de antología y pasiones encontradas, el desarrollo del partido durante prácticamente todo el primer medio nos mantuvo gesticulando sin parar: cómo habrá estado el asunto que hasta el habitualmente mesurado Pékerman no podía evitar los manoteos, resoplidos y ojos al cielo: el árbitro dejó las tarjetas para mejor ocasión y no se armó la campal porque el fútbol es grande.
En las antípodas de lo que sucede en el balompié moderno, aquí la media cancha por momentos lucía despoblada, porque todos estaban cerca de las porterías para los fines que a cada quien correspondiera. Los goles a balón parado cortesía de los centrales de Brasil, vueltos símbolos nacionales, y de James Rodríguez vía el penal, sirvió para confirmar su estatus de revelación individual que, dicho sea de paso, también sabe llorar, como David Luiz y varios de sus compatriotas que saben reaccionar ante el triunfo: van a consolar al astro derrotado por ellos, como una forma de reconocimiento por la grandeza de su juego.
Pero Brasil perdió ganando: ante la falta de fluidez colectiva y el abuso del físico por encima de la belleza, se vuelven vitales las individuales con el gen carioca y mientras Thiago Silva estará fuera por doble amarilla, se anuncia que Neymar no podrá jugar el partido que define el pase a la gran final. Los dos hombres clave del equipo tendrán que inspirar a sus compañeros desde fuera del campo para enfrentar a la selección esperada desde que se realizó el sorteo de los grupos: el partido por el título del Mundial del 2002 tiene una reedición en esta semifinal, con un contexto sumamente distinto por incierto.

MUNDIAL 2014: LOS PARTIDOS DURAN 120 MINUTOS

2 julio 2014

Quedaron definidos los cuartos de final con triunfos de todos los líderes de grupo, por lo que se podría pensar que no hubo sorpresas. Pero si ampliamos la mirada más allá del resultado, podremos identificar que los procesos de los cotejos fueron tan inesperados que el dramatismo inundó a la mayoría de las canchas: salvo el de Colombia, los demás se decidieron o en los momentos finales del segundo medio, en tiempos extra o en penales.
Es cierto: los equipos grandes siguen ganando, pero cada vez parece costarles más trabajo y por momentos tienen que echar demasiada mano de su camiseta. Y para estar a tono con esta rebelión en la granja, incluso el torneo de Wimbledon se llena de sorpresas por las que muy pocos hubieran apostado en su momento. Pero claro, volviendo a Brasil, una característica de estos equipos es que incluso jugando en el desconcierto y llevando el tono angustiante hasta las últimas instancias, pueden salir victoriosos.

UN ÁNGEL IMPIDE EL MILAGRO DE BERNA
A diferencia de otros partidos sin anotaciones, el primer tiempo entre suizos y argentinos fue más bien adormecedor para el público aunque intenso para los jugadores, preocupados por quitar el balón más que en saber qué hacer con él. El cuadro albiceleste se notaba más impetuoso que enchufado, adelantando líneas para recuperar el esférico cerca del arco rival e intentar, desde ahí, generar peligro a falta de un proceso de construcción colectiva. No obstante de tener menos tiempo la pelota, los suizos fueron quienes tuvieron el par de opciones más claras de una olvidable primera mitad.
El segundo tiempo ya fue dominado por los pamperos pero no tuvieron el tino suficiente para finiquitar el trámite en los noventa minutos, dejando serias dudas sobre su futuro. En los tiempos extra, aparecieron los dos grandes: Messi se lleva la pelota, cede a Di María que conecta a contrapié del heroico arquero, a dos minutos de aventurarse a los penales y encontrando un justo premio a su enorme esfuerzo individual. Pero el drama no podía quedar ahí: un remate suizo se estrella en el poste de manera tan increíble que confirma la imposibilidad para predecir este juego, por fortuna.
Shaqiri y Mehmedi parecían argentinos disfrazados de suizos por su manejo de pelota, la forma de dar la pausa e incidir en el partido: mientras que el primero también gustaba de la teatralidad mal entendida que habría que erradicar del fútbol (ya se encargará Guardiola), el segundo mantenía el talento en los pies más allá del cansancio. El equipo suizo se repuso de su mal partido frente a los franceses y se despide con la bandera en todo lo alto, brindando una gran exhibición ante un conjunto de brillantes jugadores que todavía no consiguen ser un equipo.

EL MEJOR DE OCTAVOS
El juego limpio siempre ayuda al espectáculo, porque permite que la fluidez y la estética se impongan sobre la marca férrea, el burdo jaloneo y la permanente intención de engañar al árbitro. Cuando nos encontramos con equipos como Bélgica y Estados Unidos, plagado de talento el primero y de eficacia el segundo, lo más probable es que se vaya a disfrutar de dos estilos distintos pero respetuosos del rival, del público y del propio juego.
Otro de esos empates a cero en el tiempo regular en el que sobresalen más los aciertos que los errores, los intentos por anotar que por destruir y la creación de oportunidades que el amontonamiento para evitarlas. Si bien los belgas tuvieron más llegada y bordaron más fino, los estadounidenses no dejaron de seguir fieles a la idea futbolística que tanto han trabajado con Klinsmann, y que implica insistir en buscar la portería contraria, por más superados o asediados que se encuentren.
Incluso todavía en las instancias extras, cuando los equipos suelen cuidarse y jugar casi al gol gana, estas escuadras nos regalaron una emocionante y dramática media hora, superando el agotamiento y el temor a perder, por momentos paralizante o francamente agobiante. Estos encendidos y chispeantes diablos rojos (ojalá fueran del Toluca) demostraron lo mucho que se esperaba de ellos antes del inicio del mundial, ahora frente a un equipo dispuesto a permanecer en el certamen empezando por su portero con récord de atajadas y terminando por el último suplente apoyando desde la banca.
Un cambio inteligente que resultó clave: Lukaku puso pase de gol y anotó el segundo para los belgas que a la postre resultaría clave para el triunfo, dado que Estados Unidos, con esa mentalidad cultural alimentada por el pensamiento alemán, siguieron jugando como si fuera posible ganar y, tras el primer gol también anotado por un hombre de relevo, en este caso Green, estuvieron cerca de lograr una igualada de tintes épicos, sobre todo considerando la superioridad individual de los de enfrente. Un partido memorable con uno de los mejores alargues que recuerde.

ROBERT DUVALL: SOCCER FAN
Robert DuvallClaro que las películas futboleras no son el fuerte de la cinematografía estadounidense; siendo el cine más mediático del planeta, nuestros vecinos del norte han hecho más películas de sus deportes favoritos que del soccer, como ellos lo llaman. Robert Duvall se ha declarado todo un fan del fútbol (soccer hay que llamarlo para evitar confusiones con el americano, como nosotros le decimos), a pesar de no ser el más popular en su país. Además, es un apasionado del tango y tiene una casa en Argentina, por lo que ahora estará en un estado agridulce por los resultados del día.
Curiosamente, ha participado en dos cintas relacionadas con el fútbol: en Camino hacia la gloria (A Shot At Glory, Corrente, EU-RU, 2000), encarnando al gerente de un equipo escocés con presiones por todas partes, tanto en el equipo y su dueño, como en su vida personal, y en la comedia Gritando y pataleando (Dylan, 2003), interpretando a un odiosamente competitivo entrenador infantil que se enfrenta al equipo que ahora dirige su hijo, metido a desastroso coach (Will Ferrel), todavía en rivalidad no resuelta con el progenitor.

MUNDIAL 2014 (18): LAS BATALLAS AFRICANAS

1 julio 2014

Las clases medias se han rebelado, dice con certeza Jorge Valdano en referencia a cómo los equipos considerados chicos han peleado contra los grandes de siempre, quienes han tenido que resolver los partidos hacia el final, agotando todos sus recursos. Muy pocos encuentros del certamen se han decidido con facilidad aunque, en la misma línea propuesta por el gran exjugador albiceleste, directivo, escritor y brillante comentarista, las élites siguen ganando, si bien con mucha más sangre, sudor y lágrimas (de angustia o felicidad) que como solían hacerlo.
Ahí están instalados en cuartos de final los habituales Brasil, Holanda, Francia y Alemania, junto a Costa Rica como la gran revelación del torneo y Colombia como el auténtico cisne negro, por aquello de la anomalía y la finura de su juego. Tres americanos y tres europeos, al tiempo que África se despide de la copa, región que ahora acompaña a los asiáticos para ver las fases finales desde fuera del campo de batalla.

LA RESISTENCIA NIGERIANA
Nigeria desarrolló un partido a la altura de sus posibilidades, arribando con frecuencia al arco del triunfo francés aunque sin inquietar demasiado en la última jugada. Francia no termina de soltarse y parece un poco aterido durante todo el primer tiempo y los primeros 25 minutos del segundo lapso. El equilibrio es la constante, tal como se ha verificado en los partidos de esta ronda, quizá salvo el de Colombia, que no vio peligrar su triunfo de manera cercana. La selección africana insiste en saturar de centros el área gala sin mayores consecuencias y, en cambio, cuando intenta jugar a ras de pasto se percibe más peligroso, como un buen depredador.
Un cambio oportuno enviado por Deschamps y en cinco minutos los campeones mundiales de 1998 generan más peligro que en todo el partido: llegadas continuas y asedio incontenible hasta que un mal rechace del salvador guardameta nigeriano le da a Francia el primer gol, prácticamente definitivo ante la escasa reacción del rival. Para terminar, otro tiro de esquina, jugadita del diminuto y brillante Valbuena que centra al área provocando un autogol que marcó el final de la participación del gigante africano, otra vez quedándose en la orilla sin poder dar el salto definitivo al mundo de las élites futboleras.

LA BATALLA DE ARGEL
Un intenso empate a cero a favor de los arqueros: mientras que el argelino dio felina cátedra debajo de los postes, el alemán puso la muestra de cómo se debe jugar fuera del área, robándole varios metros a la cancha. A pesar de tener menos tiempo el balón, la selección de Argelia nunca dejó de inquietar ni de mantener nerviosa a la potencia germana, que poco a poco fue avanzando sobre territorio enemigo derramando mucho más sudor que el esperado en el campo. La paciencia como forma de acelerar el corazón del aficionado.
Con oportunidades en ambas puertas, los dos primeros tiempos resultaron ser un gran empate sin goles y ya en el alargue, pronto los teutones se fueron arriba con una anotación casi en forma de tirabuzón y, fieles a su ADN, se mantuvieron al frente en lugar de ponerse a cuidar el golecito de ventaja. Los instantes finales ya eran un ejercicio de resistencia que abrió espacios para disfrutar llegadas de suspiro: todavía los alemanes sumaron otro tanto y como para dejar constancia del esfuerzo en pleno mes del Ramadán, los argelinos acortaron distancia con simbólica anotación para despedirse con absoluta entrega de un certamen inolvidable para ellos.

PELÍCULAS: MÁS QUE UN JUEGO
Third HalfDirigida por Darko Mitrevski con base en sucesos reales que involucran a varios personajes alrededor de un equipo de fútbol y sus dilemas en tiempos de alto riesgo, Treto poluvreme (The Third Half, Macedonia-República Checa- EU, 2012), se ubica en la época de la II Guerra Mundial cuando Dimitri, el fundador de un equipo, busca convertirlo en el mejor de la liga de Macedonia, para lo cual contrata a un técnico alemán de origen judío, justo cuando los nazis hacen su aparición; además, el drama de época se adereza con un poco de romance entre la estrella del equipo y una joven rica. El fútbol otra vez visto como algo más que un juego.
En la comedia Fußball ist unser Leben (Football Rules Ok, Alemania, 2000), dirigida por Tomy Wigand, un grupo de amigos tiene en el fútbol a su máximo pasatiempo, al grado de secuestrar a un delantero estrella que resulta ser bastante insoportable, pero la amistad es a prueba de todo. Y en Lange flate ballær (Long Flat Balls, Noruega, 2006), los directores Bjørn Fast Nagell y Harald Zwart siguen a seis trabajadores de un taller mecánico que viajan a Alemania para apoyar a su equipo en el mundial. Ante la crisis, qué tal un poco de aventura futbolera. El filme incluso tuvo una secuela que continuó mostrando a los personajes pero ya sin el fútbol como trasfondo.