Posts Tagged ‘Espías’

COMPAÑEROS INESPERADOS

14 junio 2016

Un par de películas que abrevan del buddy film en el sentido tradicional del género con improbables asociaciones, choque de personalidades y química poco a poco construida, navegando entre la acción y la comedia y apostando por las habilidades actorales de sus intérpretes. Mientras que una logra trascender los márgenes propios del género al viejo estilo de las cintas setenteras y ochenteras, la otra depende demasiado de la interacción entre sus protagonistas.

DOS TIPOS DE CUIDADO

En Los Ángeles la fiesta todavía continuaba en los setenta, justo antes de la gran cruda ochentera que trajo al SIDA y un neoconservadurismo totalizador, por mencionar algunas calamidades. Pero un poco antes, todavía quedaban ciertos resabios de la ideología hippie, entre otras cosmogonías sectarias, que trasnochaba con protestas al filo de la banqueta, entre sustancias voladoras y amor libre, donde lo de menos era el motivo de la movilización o la lógica de las demandas.

Como se leía y veía en Vicio propio, novela de Pynchon llevada al cine por P. T. Anderson, eran tiempos de complots cósmicos, grupúsculos deschavetados esperando lo imposible y pequeños conflictos personales, los de siempre, que pueden resonar más allá del ámbito familiar, susceptibles de ser indagados al margen de la ley por detectives privados de dudosa procedencia pero muy a tono con el espíritu de la época.

Escrita y dirigida por Shane Black, más cerca de Entre besos y tiros (2005) que de Iron Man 3 (2013), Dos tipos peligrosos (The Nice Guys, EU, 2016) arranca con elusivo prólogo que nos pone a tono –el niño robando la revista porno del cuarto de sus papás justo cuando un coche cae a su casa con la modelo retratada en ella- en cuanto a que la realidad se puede parecer mucho a su representación, aunque se trate de las fantasiosas publicaciones para adultos. Cómo estarán las cosas que incluso hacer una película XXX puede considerarse como un acto de protesta.

De ahí nos vamos al desarrollo de la trama, en la que un investigador (Ryan Gosling, mostrando dotes no vistos para la comedia física) y padre soltero con hija perspicaz (Angourie Rice) es contratado para averiguar acerca del posible suicidio de una estrella del cine porno; en su camino se cruza un golpeador a sueldo que de paso castiga abusadores (Russell Crowe, dejando los papeles lacrimógenos) y juntos a fuerza tendrán que colaborar para ahora también encontrar a una joven extraviada (Margaret Qualley, la chica de The Leftlovers), que resulta ser la hija de la jefa de la policía (Kim Basinger en el lado opuesto de Los Ángeles al desnudo).

Dos tipos peligrososEn medio de las indagatorias, aparecen grupos y personajes con agendas propias, algún asesino a sueldo (Matt Bomer), una anciana que no ve fantasmas, un adolescente medio vivales y varios enredos que nutren un guion capaz de trascender el mero asunto de la pareja dispareja, logrando desarrollar a sus personajes, encontrar momentos de franco humor negro y crear una atmósfera que remite a una época de una maliciosa inocencia, si cabe el oxímoron. Y en el centro del filme, un par de actores dispuestos a salirse de sus territorios conocidos para crear momentos de bienvenida hilaridad.

Con edición que ayuda a detener y acelerar la trama justo cuando se requiere, evitando caer en una sucesión de piruetas y peleas sin fondo, el filme mantiene su enfoque básico de comedia aderezado con algunas balaceras y persecuciones, pero siempre privilegiando los diálogos sobre los puños. La recreación de la época con sus colores y humores se fortalece con un cuidado trabajo de vestuario y utilería, más como trasfondo y sirviendo a la historia que buscando llamar la atención más de lo necesario.

En cierto sentido, Black actualiza su modelo general de Arma mortal (Donner, 1987), partiendo de un vínculo laboral y afectivo que parte del enfrentamiento para evolucionar hacia el aprovechamiento de las diferencias, orientado a resolver los turbios casos que se presentan e ir salpicando de humor los procesos de indagación, al ritmo de Kool & The Gang, Eart, Wind & Fire, Bee Gees, Herb Alpert & The Tijuana Brass, The Band y America, entre otros sonidos inconfundiblemente setenteros.

UN ESPÍA Y MEDIO

En una escuela nos encontramos con el estudiante popular que todo lo gana y con el que es sujeto de acoso por parte de sus compañeros. El primero es festejado en la ceremonia de fin de cursos y el segundo es lanzado desnudo a la duela, luciendo su exceso de peso. Años después se reencuentran: uno se ha convertido en un contador casado con la novia preparatoriana, escasamente satisfecho con sus logros (como si ello fuera un fracaso) y el otro ha desarrollado un físico impresionante y se dedica, básicamente, a salvar al mundo.

Dirigida en trazo grueso por Rawson Marshall Thurber (¿Quién *&$%! son los Miller?, 2013), Un espía y medio (Central Intelligence, EU, 2016) carece de una historia interesante y se refugia, por una parte, en la interacción de sus dos protagonistas, Kevin Hart en el ajo de su histeria y Dwayne Johnson, explotando su simpatía natural aquí siempre ubicuo, y por la otra, en algunas secuencias de acción que combinan con buen timing la adrenalina con el humor. La presencia de Amy Ryan y Jason Bateman refresca una cinta que juega a lo seguro con resoluciones fáciles, aunque cumpliendo exactamente lo que promete.

UNA BUENA NOTICIA

Después de seis años, la Muestra de Cine en León, ahora en su sexagésima edición, se vuelve a proyectar en una sala cinematográfica, como debe ser. Ahora faltaría que estuviera en más horarios, pero vamos paso por paso. Felicidades a los gestores tanto de Cinemex como del Instituto Cultural de León para que tal cosa ocurriera.

ESPÍAS Y SICARIOS: DE LOS PUENTES A LA TIERRA DE NADIE

8 noviembre 2015

Entre el término de la II Guerra mundial y el colapso de la Unión Soviética, la lógica del poder planetario era bipolar y la lucha por la hegemonía planetaria se realizó, principalmente, de manera soterrada, a pesar de ciertos eventos que estuvieron cerca de provocar una siguiente batalla de la que quién sabe cómo hubiéramos salido librados, considerando el desarrollo bélico. Eso sí: los enemigos eran totalmente visibles, distinguibles ideológicamente y con claras posturas antagónicas sobre temas como el mercado, la política, la organización social y el papel del estado, aunque coincidían en la loca carrera armamentista.

Para el siglo XXI, las reglas no solo han cambiado, sino que algunas de ellas han desaparecido: se inventan pretextos para invadir un país; se recurre constantemente a la tortura; los enemigos no son del todo reconocibles y no necesariamente se ubican en una nación. La mayor parte de las luchas ya no son por la supremacía ideológica, sino por el poder económico y los fines cada vez más justifican los medios; las poblaciones civiles son carne de cañón y ahora ni las familias están a salvo: no quiere decir que antes no sucediera, pero parece ser que ahora es más evidente.

Para ejemplificar estas transformaciones, dos películas notables que muestran las contrastantes características del manejo de los conflictos con una escondida similitud: parece ser que los gobiernos se repliegan y dejan en manos de abogados, asesores, consultores o quien se apunte, la resolución de unas situaciones en las que parecen no querer verse envueltos, aunque estén metidos hasta el cuello. Un caso real en plena guerra fría y una realidad que toca a la puerta, aunque todavía no se introduzca de lleno en nuestra cruenta batalla contra las drogas, hoy cuestionada desde la perspectiva legal, por si hacía falta.

UN HOMBRE DE PIE

En Estados Unidos es capturado un apacible hombre soviético que presuntamente es un espía. Como para mantener cierta imagen, el gobierno norteamericano le pide a un despacho de abogados que lo defienda, a sabiendas que la suerte está echada. Pero resulta que el hombre encargado de llevar el caso se toma en serio su papel y busca dignificar el sistema de justicia estadounidense, evitando que su defendido sea enviado a la muerte, bajo el argumento de que en algún momento puede ser útil. En paralelo, un piloto del famoso avión espía U2, derribado con todo y sus grandes cámaras, es capturado en terreno soviético.

Puente de espías (EU, 2015) es un filme nostálgico en diversos sentidos. El hombre común capaz de realizar una negociación extraordinaria, con una familia cercana y una esposa que prefiere escuchar una mentira con tal de sentirse tranquila. Otro hombre convencido de sus ideales, dispuesto a dar la vida por ellos sin sentirse héroe y con la conciencia de que no sirve de nada preocuparse. Una relación entre ambos de mutua admiración a pesar de representar, aparentemente, bandos contrarios. Sistemas burocráticos que pueden ser vencidos por la entereza individual.

La nostalgia también está en el estilo: siguiendo una larga tradición del cine estadounidense, particularmente del realizado la década de los cincuenta, la narración es pausada y enfocada tanto en los personajes como en los sucesos, con una cámara que busca la funcionalidad combinando planos que van del acercamiento a los rostros, con cierta brusquedad, al nivel puramente descriptivo; la paleta cromática, más bien apagada, acompaña a una puesta en escena rigurosa que se desplaza a través de elegantes transiciones cuyo propósito claro es darle consistencia y clara concatenación a los sucesos. La época se recrea en forma y fondo.

Puente de espíasPara la realización del filme, Steven Spielberg, aquí en la línea histórica de La lista de Schindler (1993), Salvando al soldado Ryan (1998), Munich (2005) y Lincoln (2012), formó un dream team: junto con Matt Charman, los hermanos Coen plantean un guion minucioso y al mismo tiempo abarcativo; Janusz Kaminski cuenta la historia con funcionales imágenes y sus habituales destellos insertados casi subrepticiamente, como si de mensajes dentro de monedas se tratara, e integrados de manera prístina por el también viejo cómplice Michael Kahn.

En las actuaciones, Tom Hanks con la solidez acostumbrada ahora cual caballero sin espada (Capra, 1939), acompañado notablemente por el inglés Mark Rylance, viviendo en un calmo realismo hasta en sus pinturas; ambos soportados por un cuadro actoral como sacado de aquellos tiempos, que incluye a Alan Alda como el jefe del bufete y a Amy Ryan en el papel de la esposa, transitando de la angustia a la confianza en una misma mirada. Sutil y discreto, a tono con las secuencias, se presenta el score de Thomas Newman. Los puentes como metáfora de la negociación.

UNA MUJER ATÓNITA

En la guerra de las drogas las fronteras se difuminan, tanto las de la moral como las geográficas, sobre todo si nos ubicamos en la colindancia entre Estados Unidos y México, zona que ha sido considerada como una tercera nación, con lógicas de hibridación y costumbres particulares que no son ni de aquí ni de allá. El planteamiento reduccionista de que ellos consumen y nosotros producimos ya no alcanza para comprender una dinámica cada vez más compleja que ha rebasado, desde hace tiempo, las estrategias planteadas.

Dirigida con la intensidad acostumbrada por el quebequense ya internacionalizado Denis Villeneuve, como se muestra en los filmes Polytechinque (2009), La mujer que cantaba (2010), Enemigos idénticos (2013) e Intriga (2013), y escrita por Taylor Sheridan, conocido por la serie Sons of Anarchy (2008-2014), Tierra de nadie: Sicario (EU, 2015) es un retrato asfixiante y nada descabellado de lo que podría suceder en esta cada vez menos sostenible batalla completamente bañada de corrupción por todas partes, como se advierte en las novelas de Don Winslow.

Una agente del FBI dedicada a los secuestros (Emily Blunt, notable en su idealismo cargado de fragilidad) es reclutada para una misión especial después de descubrir varios cadáveres en una casa de seguridad que anuncian macabramente los explosivos e incomprensibles terrenos que está por pisar, en los que no se sabe quién es quién y cuáles son las intenciones y propósitos perseguidos. Lo que ella conocía sobre la aplicación de la justicia se pondrá en duda cada minuto y ni siquiera el apoyo de su compañero (Daniel Kaluuya), el regreso al cigarro o algún flirteo evasivo podrán paliar su desconcierto.

Ahora trabajará con un consultor en chanclas (Josh Brolin, desparpajado y anunciando el futuro de esta guerra) y un misterioso hombre latino (Benicio del Toro, siniestro como en todos sus papeles relacionados con el tema), para capturar al jefe del cártel de Sonora, sin tener que dar explicaciones ni preocuparse por los cada vez más relegados derechos humanos. De manera paralela, vamos viendo a un policía cuyo hijo le pide que lo acompañe a jugar fútbol en una cancha de tierra que parece ser un reducto contra la violencia circundante: a pesar de los balazos que hieren al horizonte, el partido debe y puede continuar.

Mientras que el filme se puede ver como un thriller criminal de acción, para nosotros se trata de una película de terror y, por desgracia, cotidiano, a pesar de tratarse de una ficción y de que, hasta donde sabemos, todavía no hay esas incursiones paramilitares estadounidenses en las ciudades fronterizas, en este caso, Ciudad Juárez. La fotografía del gran Roger Deakins captura el estado de las cosas, ya sea desde los cielos o a ras de tierra, en la estrechez de algún túnel o en la lejanía de una urbe que se devora las montañas; además, las constantes secuencias cargadas de tensión se potencian por el inquietante score del islandés Jóhann Jóhannsson, quemando con hielo el desierto de la moral.

 

EL AGENTE DE C.I.P.O.L. O LA MISIÓN IMPENSABLE

26 septiembre 2015

Son los años de la guerra fría. Soviéticos y estadounidenses mantienen una más que tensa calma llena de escarceos, amenazas y desarrollo militar en paralelo, como para mostrar los dientes e inhibir al enemigo. Norman Felton y el especialista Ian Fleming planearon desarrollar una serie televisiva que retomara desde una perspectiva desenfadada y juguetona esta contraposición, siguiendo el modelo de James Bond. Con guion de Sam Rolfe nació El agente de CIPOL, que vivió de 1964 a 1968 con Robert Vaughn y David McCallum en los papeles de Napoleon Solo e Ilya Ilia Kuryakin respectivamente.

Dirigida y coescrita por Guy Ritchie, quien ya había retomado tema conocido en Sherlock Holmes (2009) y la trama de enredos con soltura y centrada en el mundo criminal en Juegos, trampas y dos armas humeantes (1998), Snatch: Cerdos y diamantes (2000) y RocknRolla (2008), El agente de C.I.P.O.L. (The Man for U.N.C.L.E, EU-GB, 2015) es una gozosa recreación de una época en la que todavía existían los secretos y el factor humano pesaba mucho más que en estos tiempos de sistemas, tecnologías y drones donde se libran guerras a kilómetros de distancia desde un resguardado cubículo, como se muestra en Operación letal (Niccol, 2014).

Una intensa persecución con pinceladas humorísticas en los linderos del Muro de Berlín para abrir boca y situarnos en el contexto. Un agente de la CIA y una mujer huyen de un implacable miembro de la KGB dispuesto a no soltar a su presa. Con la premisa de la pareja dispareja que termina siendo forzada a colaborar pese a sus notorias diferencias en formas, costumbres y estrategias, se detona una misión de idas y vueltas con aroma retro y emociones hábilmente repartidas para mantener el interés en el proceso y los resultados, particularmente en la interacción de los dos protagonistas.

Sostenida por un diseño de producción que vale por sí mismo, entre lucidor vestuario cual desfile deAgente CIPOL modas en situación, locaciones para extraviarse y todo un conjunto de objetos y detalles que en efecto nos remiten a los sesenta en su vertiente sofisticada y de la lucha por la hegemonía mundial, la cinta transcurre en consonancia con esta estética desde el punto de vista de la cámara, sus desplazamientos entrecortados y los encuadres de colorido contrastante con las oscuras intenciones de los malosos, aquí encabezados por una rica heredera (Elizabeth Debicki) y su galán (Luca Calvani).

Recurriendo con efectividad a la estrategia cómica de colocar dos tipos de acción contrapuestas en una misma escena (la persecución en lancha, la silla eléctrica), así como la reiteración de situaciones que se suceden en varios contextos (el beso imposible), el desarrollo argumental equilibra con flexibilidad y soltura tanto las secuencias de adrenalina como las de fino humor, sin que unas anulen a las otras. Se advierte un buen aprovechamiento de recursos para jugar fuera de la pantalla y dentro de ella, potenciando sus diferentes espacios y posibles divisiones.

Contribuyen a la precisión del tono las interpretaciones de Henry Cavill y Armie Hammer, como la pareja de espías que reflejan los clichés de sus respectivos países, no obstante que parecía una decisión arriesgada después de sus no del todo afortunados papeles de Superman y El llanero solitario. El tercer vértice es cubierto con gracia y audacia por Alice Vikander, combinando arrojo y distinción en los momentos apropiados. El elenco lo complementa un breve y siempre elocuente Jared Harris; un pausado y convincente Hugh Grant y Silvester Groth como el tío desquiciado.

Ritchie ha logrado actualizar una serie y un contexto retomando su esencia y adicionando un aliento de actualidad: parece que vemos al mismo tiempo una película de hace cincuenta años producida el día de ayer. Estamos ante el inicio de una franquicia que esperemos no termine dando círculos o redundando con el exclusivo propósito de atender a la taquilla. Una misión que podría parecer impensable pero que siempre es posible.

ESPÍAS EN GUERRA FRÍA

1 abril 2015

El imparable desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación ha ensanchado el campo de cultivo para el desarrollo del espionaje, desde la comodidad del bunker o del anónimo cibercafé de la esquina: ahora que todo intercambio, sospechoso o no, deja alguna huella, parece que es más difícil ocultar planes siniestros y pasar inadvertido en un mundo que se desdobla hacia la virtualidad, espacio donde todos somos husmeados o husmeadores, según el caso, sin aparente posibilidad para el secreto o, ya entrados en gastos, para hacer lo que nos plazca sin ser fulminados por el borreguil instinto de superioridad moral.

AMBIGÜEDAD FAMILIAR

Las series televisivas que nos consiguen atrapar a las primeras de cambio no acaban y aumentan nuestra lista de pendientes; si ya tenemos el buró lleno de los libros que van haciendo fila, ahora el mueble de la tele ya le va haciendo competencia. Y para muestra, ahí está Los infiltrados (The Americans, 2013- ), creada por Joseph Weisberg, escritor de algunos capítulos para Damages (2007-2012) y Falling Skies (2011- ), en donde se retoma el ambiente social de tensión política y armamentista, cuando el espionaje era una práctica más de carne y hueso que de habilidades informáticas.

Estamos en los años ochenta, justo cuando la guerra de las galaxias (en la realidad, no la película) estaba en el imaginario de los gobiernos de las dos potencias: corren tiempos de un mundo bipolar (en todos sentidos) y tanto estadounidenses como soviéticos buscaban la primacía del orbe desde una perspectiva ideológica, militar, política y económica, con todo y boicots a juegos olímpicos y valentonadas nucleares: el mundo en blanco y negro, entre cerdos capitalistas y comunistas totalitaristas.

La historia se centra en una pareja de espías soviéticos (Matthew Rhys y Keri Russell, notables en su doble rol) que viven encubiertos en Estados Unidos como una típica familia clasemediera de suburbio con negocio compartido de promotoría de viajes, beneficiaria de la dudosa mano invisible del mercado. Para complementar la mascarada, tienen una hija entrando a la adolescencia en plena confrontación con la madre y un hijo en plena edad de búsqueda de modelos. Pronto tienen que convivir, como buenos vecinos, con un comprometido agente del FBI (Noah Emmerich) y su respectiva parentela.

Ambos se ven envueltos en misiones peligrosas al tiempo que deben mantener a la familia unida, sinAmericans quedar claro cuál de los dos asuntos sea más complicado. Puntual recreación de época y una acertada combinación entre el thriller geopolítico y la intimidad de las relaciones afectivas, así como una constante tensión entre la realidad y la representación de roles sociales, permiten que la serie se mantenga al filo del peligro y la búsqueda de la normalidad, si es que existe, con todo y los esclarecedores flashbacks que redondean el trazo humano de los espías.

La batalla parece estar entre la fidelidad a la patria, cualquier cosa que ello signifique, y el amor a una familia que parece un territorio extraño, pero al fin amado, por más resistencias que se pongan a la propia conciencia moral. Las traiciones y personajes con dobleces terminan por ser una delicia de dudas y afectos encontrados.

AMBIGÜEDAD IDEOLÓGICA

Dirigida por el videoroquero Anton Corbijn y con guion de Andrew Bovell (Al límite, 2010), El hombre más buscado (A Most Wanted Man, RU-EU-Alemania, 2014) se basa en la novela homónima del 2008 de John Le Carré, especialista del género y creador de George Smiley, uno de los personajes de ficción más memorables del submundo del espionaje, ya interpretado por Gary Oldman en la estupenda El espía que sabía demasiado (Alfredson, 2011), por Alec Guiness en la serie televisiva Calderero, sastre, soldado, espía (1979), por Rupert Davies en el clásico Alto espionaje (Ritt, 1965) y por James Mason, nombrado como Charles Dobbs por asuntos de derechos, en Llamada para el muerto (Lumet, 1966).

El hombre más buscado es un musulmán mitad ruso, mitad checheno (Grigoriy Dobrygin) que después de ser torturado, logra llegar de manera ilegal a Hamburgo, en donde se convertirá en el centro de interés de diversos personajes con intenciones distintas: mientras que para algunos representa un peligro terrorista, para otros puede ser un benefactor por el dinero con el que cuenta en algún banco cuidadosamente vigilado por su dueño (Willem DaFoe) o se puede tratar, simplemente, de una persona que busca la paz después del sufrimiento vivido

Una abogada humanitaria (Rachel McAdams) lo empieza a apoyar, mientras es acechado por agencias de inteligencia alemanas con sus respectivas pugnas internas, además de la infaltable presencia estadounidense vía una gélida agente (Robin Wright). Para complicar el asunto, se busca utilizarlo como carnada para atrapar a un prominente empresario musulmán (Homayoun Ershadi) de quien se sospecha su apoyo, a través de sus prominentes negocios, a células terroristas, apoyado por su hijo (Mehdi Dehbi).

El desarrollo argumental consigue vincular con cierto equilibrio aristas políticas, sociales y hasta románticas de manera tensa y creíble, sin necesidad de acción de relleno, estableciendo un constante juego de poder cargado de ambigüedad, al que contribuye la robusta interpretación del enorme Philip Seymour Hoffman, en su papel de despedida (muy recomendable leer la introducción de Le Carré en la edición del 2014 sobre el actor), comandando a un eficaz equipo de espionaje teutón encarnado por Daniel Brühl, Nina Hoss y Vicky Krieps.

Tanto el despliegue fotográfico como la puesta en escena enmarcan el conflicto central del relato y la soledad apremiante de los personajes, siempre al borde de un ataque de laconismo, al tiempo que el trabajo de edición colabora con la necesaria fluidez para acercarnos con interés al desenlace, si bien predecible, cuidadosamente filmado en términos de emotividad y fuerza visual con el telón de fondo de un puerto alemán recibiendo el choque de las olas en la etapa post 11/09.

SABER DEMASIADO

30 octubre 2012

Personajes que se mueven en las oscuras fronteras de la justicia, entre traiciones, proyectos secretos y batallas que transcurren por debajo del radar oficial. De épocas distintas, cuando los enemigos eran claramente identificados, reales o inventados pero visibles, en el contexto de un mundo bipolar, a tiempos en los que la fragmentación y la globalización dificultan saber con claridad contra qué o quién se pelea: los espías ya no son como antes, pero tampoco los sistemas que los (des)cobijan. Las herramientas tecnológicas tampoco.
Dos películas que en diferentes tonalidades colocan a hombres al filo de la legalidad, buscando enfrentar poderes de los que acaso ellos forman parte. Una en los videoclubes que bien merece la pena y un digno thriller de acción en cartelera, como para sumergirse en las aguas turbias de la búsqueda del control y del poder que cuando las dos partes en conflicto los buscan como fines en sí mismos, se detonan los conflictos suficientes como para que todos los que estamos en medio, sin deberla ni temerla, padezcamos las consecuencias (nada que ver con nuestra reciente situación electoral).

ESPÍAS DE TRAJES GRISES Y PORTAFOLIOS CAFÉS
Con una intrincada adaptación de la dupla O’ Connor (q.e.p.d.) / Straughan de la novela El topo de John Le Carré, especialista indiscutible del género y aquí fungiendo como productor ejecutivo, y una dirección a manera de rompecabezas dialogante por parte del sueco Tomas Alfredson, quien ya había explorado con gran fortuna el género vampírico en Déjame entrar (08), El espía que sabía demasiado (Tinker Taylor Soldier Spy, RU-Francia-Alemania, 11) es una cerebral película de tensión contenida en la que el centro del relato es el intento para descubrir a un doble agente insertado en las más altas cúpulas del sistema de espionaje inglés (MI6).
Gary Oldman interpreta a Smiley, personaje intrigante y complejo que encarnara Alec Guiness en la adaptación televisiva de 1979; es un espía de la vieja guardia alguna vez despedido y reclutado de nuevo para desenmascarar al traidor: parsimonioso, de pocas palabras y con nula gesticulación, se aventura en una jaula de leones –sus ex compañeros- para desarrollar las indagatorias correspondientes, en las que empiezan a participar diversos personajes con alguna historia que contar, siempre al filo de la mentira. Las piezas del ajedrez se van moviendo paulatinamente, casi de manera imperceptible.
Alrededor del protagónico, un notable cuadro actoral que se mete en la piel de estos hombres oscuros, aun tomando notas en libretas, volteando a ver a todos lados y ejercitándose en el río, cual refugio único donde la confianza sí puede existir. La intriga política, amorosa y criminal se confunden en un mundo todavía analógico, pero igualmente sometido a la sospecha y a la paranoia como formas de entender las relaciones tanto personales como de poder: asomarse a la ventana para solo ver como se caen las pocas certezas apenas descubiertas.
El filme es básicamente de atmósferas, más que de acción: hay traiciones, complicidades y laberínticos sucesos, pero los contextos que se van desarrollando parecen predominar en la estructura narrativa. Nos metemos de lleno en 1973 con la Guerra Fría llegando a uno de sus puntos más delicados y las tensiones con la Unión Soviética van incrementándose; los estadounidense no quieren dejar de tener influencia en Europa e Inglaterra está metida de lleno en el conflicto, todavía transcurriendo en las cloacas de los sistemas políticos y no entre los ejércitos.
A partir del uso del flashback, tonos entre grisáceos y verdosos, apenas contrastados por una iluminación igual de siniestra que los personajes en los que se deposita –salvo la pared naranja de la oficina que resalta una y otra vez como si de un set de televisión se tratara- y una notable integración de secuencias, por momentos encadenadas con música alusiva, los acontecimientos van abriendo interrogantes absorbentes que exigen del espectador que haga su trabajo. Como en los oscuros ambientes en los que se desenvuelven los personajes, no todo está a la luz ni las respuestas a la mano: hay que hurgar y tejer fino para encontrarlas. Una notable adaptación de una igualmente ejemplar novela de género.

ESPÍAS DE PUÑOS LIMPIOS Y PIERNAS RÁPIDAS
En tono high tech y siguiendo la fórmula de Jason Bourne, notablemente llevada a la pantalla por Paul Greengrass, aparece una historia cual efecto colateral, que sabe ubicarse en una estructura fundamentalmente de acción pero sin perder a sus personajes en el intento, particularmente a su protagonista (Jeremy Renner, convincente), intentando salvar el pellejo junto a una doctora que participaba en el programa (Rachel Weisz) y perseguido por un implacable agente que mucho tuvo que ver en la concepción de la idea (Edward Norton).
Dirigida por Tony Gilroy, (Michael Clayton, 07; Duplicidad, 09), responsable del guion de los filmes del espía desmemoriado, El legado Bourne (The Bourne Legacy, EU, 12) se enfoca al programa secreto conocido como Outcome, del cual Aaron Cross forma parte. Como pudiera pensarse y al igual que Treadstone, el proyecto en el que estaba involucrado Bourne, se convierte en un problema: uso de sustancias experimentales, agentes muertos, información oculta y la prensa al acecho. A la falta de sorpresa general del film, le corresponde una notable edición de las secuencias de acción y una capacidad narrativa para mantenernos interesados en lo que le sucede a este nuevo profesional del escapismo.