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TODOS LOS DISCOS DEL 2015

27 enero 2016

Empezamos nuestro recorrido por los sonidos del año que recién terminó. Como ha venido sucediendo, cada vez se cuenta con mayor acceso para conocer propuestas diversas por vías varias, más allá de los grandes estudios de grabación. Signo de nuestros tiempos, el aporte femenino a la música popular sigue siendo sustancial, tal como se despliega en las siguientes líneas.

LAS MUJERES AL FRENTE

EXPANSIONISMOS

La artista multidisciplinaria Laurie Anderson realizó Heart of a Dog, filme y disco, alrededor del significado del amor, la vida, la pérdida y la muerte, con dedicatoria especial para su marido Lou Reed y en recuerdo de su querido can, cual símbolo de los afectos que escapan a la razón. Después de diez años de silencio, el feminismo descarnado de Sleater-Kinney se mantiene intacto, como se puede advertir en el conciso y macizo No Cities To Love. A partir de su propia ruptura de pareja, Björk sangra y contagia en Vulnicura, donde las cuerdas se tensan hasta mitigar el dolor.

Julia Holter tejió fino en Have You in My Wilderness, disco del año para UNCUT y MOJO en el que el toque arty se enraíza en una particular cercanía que atrapa a las primeras de cambio y por voluntad propia. Por su parte, la arpista Joanna Newsom vuelve a crear en Divers un universo propio, donde el amor es barroco e inescrutable y la quietud, impensable. Deradoorian, en su camino separada de Dirty Projectors, abre el abanico de su incremental apuesta y nos invita a la utopía en The Expanding Flower Planet.

Ya en sus sesentas, Rickie Lee Jones explora impulsos y motivos en The Other Side of Desire con su tradicional combinación de folk jazzeado. Su influencia se ha extendido a cantantes y compositoras notables como los casos de Laura Marling, quien se mantiene como una compositora brillante tal cual se escucha en Short Moving, y en Aly Spaltro, conocida en el medio como Lady Lamb the Beekeeper, autora del encantador After, un segundo disco de atmósferas reconfortantes.

BÚSQUEDAS

Con Art Angels, la canadiense Claire Boucher (a.k.a. Grimes) aprovechó las posibilidades del pop para recrear un mundo de fantasía y, de paso, apoyó a Nicole Dollanganger para grabar Natural Born Losers, cargado de aniñada oscuridad. Megan Remy, a través de su proyecto U. S. Girls perpetró Half Free, absorbente recorrido por el peligro de violencia que se anida en el hogar y Colleen Greene declaró intenciones en I Want to Grow Up, a través de un lo-fi emergente. La canadiense Tamara Linderman, alias The Weather Station, grabó el inspirador y delicado Loyalty, su tercera entrega.

La fashionista irlandesa Róisín Murphy, ya sin Moloko, entregó el diversamente electrónico Hairless Toys, su tercer disco solista y Holly Herndon hizo lo propio con Platform, segunda obra que bucea en las posibilidades artísticas de la lap top como transformadora de sonidos circundantes en el mundo virtual. Torres regresa rockeando al mundo tangible con más confianza en su opus 2 titulado Sprinter, al igual que la neozelandesa Tamaryn y su Cranekiss, en el que sigue volteando decididamente hacia sus zapatos.

Julie Campbell, mejor conocida como Lonelady, entregó su segundo opus titulado Hinterland, enclavado en el Manchester urbano abriendo alguna rendija hermética para acompañar la dura rítmica, casi de corte fabril. Desde Seatlle, las jóvenes de Chastity Belt entregan su segundo disco y a punta de guitarrazos nos dan la orden clara en Time to Go Home.

Katie Crutchfield ha desarrollado una obra alternativa notable como solista bajo el nombre de Waxahatchee, consolidada con Ivy Tripp, su tercer disco, mismo número que Ezra Furman, quien nos obsequia el variado e imaginativo Perpetual Motion People. Desde Noruega: Jenny Hval nos dio aviso de la situación en la que podemos estar Apocalypse, girl, con su característico pop experimental y Susanne Sundfør le cantó a esa mezcla de sentimiento incontrolable y decisión voluntaria en Ten Love Songs.

COUNTRY, POP Y OTROS FELICES ENCUENTROS

En los terrenos del neocountry, como para mantener y engrandecer la tradición, cuatro ejemplos representativos: Kacey Musgraves presentó Pageant Material; Ashley Monroe grabó The Blade; Gretchen Peters, confirmándose como una de las cantantes a seguir en el género, el álbum Blackbirds y Allison Moorer sigue consolidando su trayectoria con discos notables como Down to Believing. Jewel ha mantenido una carrera discreta y constante en el folkpop y este año grabó Picking Up the Pieces. La cantante de Malí Kandia Kouyate demuestra experiencia y sensibilidad ancestral en el revivificado Renascense.

En el ámbito del pop, Adele regresó con más platillo que bombo en 25; Miranda Lambert con el efectivo Platinum; siguiendo su conocida vertiente, Florence + The Machine firmó How Big, How Blue, How Beautiful y Christine and The Queens, con buenas dosis de promesa, levantó la mano con el homónimo Christine and The Queens; la canadiense Carly Rae Jepsen se encaramó en las listas con E-MO-TION y Leona Lewis con I Am; en tono introspectivo que parece ya incorporado, Lana Del Rey contribuyó con el agridulce Honeymoon.

RECIÉN LLEGADAS

Jessica Pratt se presentó con acentos folk salpicados de psicodelia vía On Your Own Love Again y Natalie Prass, originaria de Nashville, recupera tradiciones y las actualiza con sentida dosis de pop en Natalie Prass, su carta de presentación. La australiana con la energía a flor de piel Courtney Barnett, presentó su primer LP oficial Sometimes I Sit and Think, Sometimes I Just Sit, aunque sus EP´s anteriores se editaron en un largo, con la suficiente ironía para que la rabia se expanda con enjundia.

Después de acompañar a Tricky, Francesca Belmonte regaló elegancia electrónica en Anima. Empress Of presenta Me, un primer largo que denota enfoque en los terrenos del electropop por parte de la angelina Lorely Rodriguez. Ibeyi está formado por unas gemelas veinteañeras con sangre cubana nacidas en París y grabaron el ídem Ibeyi, arranque homónimo con un R&B sazonado a partir de cierto aliento alternativo. Rhiannon Giddens, integrante de The Carolina Chocolate Drops, aprovecha la oportunidad en Tomorrow Is My Turn, con el consabido sabor de la música de raíces.

El tecno de la alemana Helena Hauff, que no niega la cruz de su parroquia, se despliega en Discreet Desires, su LP debut aunque ya tenía algunas otras grabaciones. La galesa integrante de The Pipettes conocida como Gwenno, sorprendió con el pulido pop sintético de Y Dydd Olaf y el par de adolescentes angelinas de The Girlpool, bajo y guitarra en mano, se apuraron antes de que fuera demasiado tarde y llegara la adultez en Before the World Was Big.

DEBUTANTES

Benjamin Clementine acomete el piano y canta con un poderío que, reposando en oportunas cuerdas, roba la atención de principio a fin en A Least for Now, mientras que Vince Staples revisa a través de Summertime ’06, revisa la dura experiencia de un joven en los linderos de la delincuencia, eso sí, sin rastro alguno de glamour o ensalzamiento. El trío Algiers apuesta por la hibridación de sonidos en apariencia tan dispares como el góspel y postpunk con resultados sorprendentes, como se advierte en el homónimo Algiers.

Dark Energy del también productor Jlin, disco del año para la revista Wire, es una obra inscrita en el footwork pero de alcance más etéreo, en el que incluso caben ciertos gritos y consignas que se resisten a ser ahogados. Visionist propuso una inquietante electrónica fantasma en Safe y entrando en parajes siniestros, se desplegó M de Myrkur. Floating Points se deslizó por el amplio abanico de la electrónica con el juguetón Elaenia, al igual que Levon Vincent con disco de presentación titulado simplemente Levon Vincent.

Producido por el irlandés Liam Farrell, el colectivo congolés Mbongwana Star, integrado por parapléjicos y jóvenes callejeros que los acompañan, presentó el fantástico From Kinshasa, cual integrativa y vital comunión de sonidos africanos y otra comunidad artística de corte crítico afincada en Bamako, conocida como Songhoy Blues, hizo lo propio con Music in Exile. Donnie Trumpet & The Social Experiment presentaron Surf, con la trompeta liderando la combinación; Shamir se escabulle por diversidad de géneros en Ratchet, teniendo como epicentro el R&B.

El canadiense Tobias Tesso jr. acomete con sutileza el piano como si estuviera aún en los setenta y se presenta con Goon, romántico y nunca empalagoso; también en la línea del revival, Bop English rocanrolea como en décadas pasadas con su Constant Bop. Instalados en el britpop con influencias del rock noventero, el cuarteto de Liverpool conocido como Hoton Tennis Club presenta Highest Point in Cliff Town y desde el norte de Londres, Wolf Alice presume su Love is Cool, entre acotaciones electrónicas con tintes roqueros provenientes de la independencia.

MÚSICAS NEGRAS

Fue uno de los mejores años para el Hip-Hop, empezando por la obra maestra To Pimp a Butterfly, el tercer disco de Kendrick Lamar, en el que sobrevuela por un hip-hop nutrido de la libertad jazzera, R&B abstracto y una narrativa convulsa, como los tiempos que corren. Un monumento de conciencia racial que resultó ser la obra mejor valorada del año por propios y extraños. Uno de los invitados por el de Compton fue Kamasi Washington, quien se destapó con un disco triple que en el título lleva la adjetivación exacta: The Epic. Fusión a borbotones llena de nutrimentos como para recobrar las energías para empezar la cuesta de enero.

Y ya que estamos en plan de buscar los orígenes, ahí está el soundtrack Compton, compuesto por el patriarca Dr. Dre para la película que recuperó la historia de N. W. A., al tiempo que Snoop Dogg sigue en plan verde con Bush. Por su parte, Earl Sweatshirt se pone asertivo sin dejar opciones en I Dont Like Shit, I Don´t Go Outside. A$AP Rocky combina con intuición elementos del blues, la psicodelia y hasta del pop en su hábitat hipopero en At. Long. Last. A$AP., su opus dos. En la vertiente experimental, ahí está el rap furibundo de Death Grips y su álbum doble The Powers That B, como para romper espejos con la cara.

Future planteó DS2, su tercera obra al hilo sin bajar el listón y Drake hizo lo propio con If You´re Reading This is Too Late. Ambos grabaron juntos en algunas sesiones y el resultado se estampó en What a Time To Be Alive. Mientras tanto, Young Thug rimó a placer en Barter 6 y Leon Bridges destiló sentimiento soulero en el enriquecedor y bienvenido Coming Home. Lupe Fiasco recorre las estaciones del año con lograda poética en Tetsuo & Youth y Ceelo Green anima al respetable con Heart Blanche.

Desde la estética del mestizaje, Hiatus Kaiyote deslizó Choose Your Weapon, revisitando el R&B con aires de renovación, campo también visitado por The Weeknd para encontrar hermosura tras las apariencias en Beauty Behind the Madness. En estos terrenos del mainstream, ahí estuvo Mark Ronson y su exitazo Uptown Special, poniendo a todos a bailar por más que lo quisiéramos evitar. Young Fathers lanzó la consigna reconciliatoria en White Men Are Black Men Too, con agudo sentido armónico para regocijarse en las modificables aguas del R&B, cuyos influjos alcanzaron para que Miguel entretejiera Wildheart.

CANTAUTORES

Sufjan Stevens labró Carrie & Lowell, una obra de dolorosa belleza pero de reconciliación absoluta con su madre recientemente fallecida: tras una relación vital difícil con abandono incluido, llega el momento de hacer las paces para toda la eternidad. Sun Kill Moon, el proyecto del incansable Mark Kozelec, propuso Universal Themes, lleno de viñetas y apuntes que permiten ir tejiendo el conjunto. Daughn Gibson sacó a la luz Carnation, su evolutivo opus tres con esa voz nutritiva que viaja entre parajes country con discretos aditamentos electrónicos.

Una productiva complicidad fue la que tuvieron Iron and Wine & Ben Bridewell, líder de Band of Horses, para producir Sing Into My Mouth, ideal para acompañar algún brindis. El multiinstrumentista canadiense Mac de Marco entregó Another One, álbum corto en duración y grande en ideas melódicas, en tanto Robben Ford nos propone entrar a nuestra zona de confort para disfrutar de un día soleado con Into the Sun, adornado con motivos sureños.

Desde la tina, Billy Ryder-Jones lanzó West Kirby County Primary y Riley Walker aderezó su folk con un toque de psicodelia en el impecable Primrose Green, mientras que Matthew E White abrevó del soul para darle forma a sus afectos en Fresh Blood, con todo y homenaje a Philip Symour Hoffman. John Grant buscó diversidad en su tercera entrega, Grey Tickles, Black Pressure, tanteando estilos variopintos con letras que viajan por temáticas disímbolas que mantienen la noción de incertidumbre.

Kurt Vile ya en plena madurez artística compuso como hecho a mano b´lieve i´m going down, en el que se respira apacibilidad natural. Robert Forster confirma su espíritu lúdico con Songs to Play, en el entendido que el juego puede ser por momentos sumamente reflexivo. El folk hundido en raíces cubiertas de césped húmedo de Richard Youngs mira hacia adelante sin soltar amarras en Inside the Future, en tanto Mikal Cronin vuelve más expansivo su sonido en MCIII y James McMurtry sigue abonando la tierra del altcountry, después de 25 años, en el retratista Complicated Game.

POPSICODELIAS Y OTRAS AFORTUNADAS COMBINACIONES

Tame Impala es uno de los grupos centrales de la neopsicodelia como se demuestra en Currents, expansivo tercer disco del grupo comandado por Kevin Parker. Panda Bear, capitaneado por Noah Lennox, plantea un cruce de géneros contenidos en inciertos contornos pop y rítmica imprevista de talante adictiva en Panda Bear Meets the Grim Reaper. Con su habitual tono bombástico de teatro musical, Mika busca un lugar en No Place In Heaven, insertando logradas baladas entre el espíritu desenfadado y celebratorio.

Bajo el apelativo de Father John Misty, Josh Tillman recorre los parajes del folk ligeramente alterado en el espléndido I Love You, Honeybear. Con espíritu ecléctico, Unknown Mortal Orchestra editó Multi-Love. Los suecos de Dungen grabaron Allas Sak con artesanales influjos setenteros y desde Nashville, Promised Land Sound presentó For Use and Delight, su segundo álbum en el que abren los contornos del country rock para dejar entrar ciertas influencias de parajes sicodélicos, sin exagerar.

CONSOLIDADOS

The Waterboys continúan haciendo maravillas por los márgenes del mainstream y ahora entregan Modern Blues, álbum grabado en Nashville, en el que incursionan por los sonidos de aquella región, mientras que Wilco entrega su noveno álbum bajo el peculiar título de Star Wars, transitando por ese country alternativo de inspirados lances creativos que coquetean con la exploración sonora para abrir los cauces estéticos. En esta línea, Giant Sand celebra treinta años de actividad en el escenario con el evocativo Heartbreak Pass.

The Charlatans cumplen 25 años de envidiable consistencia con Modern Nature y FFS es una inesperada colaboración entre Franz Ferdinand y Sparks que dio como fruto el álbum FFS, integrando festividades intergeneracionales de new wave y rock bailable. Noel Gallagher´s High Flying Byrds persigue con fortuna tiempos idos en Chasing Yesterday y Foals propuso What Went Down, buscando una épica que encienda desde el subsuelo.

Con poco más de veinte años en el circuito, Low, grupo de Minnesota reconocido por su slowcore de apagada belleza, deja que el sol se asome un poquito en el esperanzador Ones and Sixes. Borrando límites y proponiendo evocativa inmediatez, Deerhunter lanzó el atractivo Fading Frontier, como los discos de los grandes grupos que confían en su inspiración sin atender requerimientos del más allá y Dean Bejar, vía Destroyer, presentó Poison Season en una tesitura que se mantiene con cierto reposo a punto de ser interrumpido por rítmicas encendidas.

PARA TODO ESTADO DE ÁNIMO

They Might Be Giants le pusieron talento y humor por partida doble en Glean y Why?, en tanto Barenaked Ladies conservó el espíritu infantil e imaginativo en Silverball. The Mavericks destiló rockabilly para recorrer los sonidos de la frontera en Mono, similar región en la que Calexico, formados en Tucson, integraron raíces de aquí y de allá para voltear hacia arriba en Edge of the Sun. Modest Mouse abrió el abanico de influencias para nutrir su pop alternativo en Strangers to Ourselves.

The Mountain Goats celebran sus veinte años en active con el luchador Beat The Champ, en clave lo-fi reflexiva y con un folk de alcoba en completa intimidad, Villagers recorre el amor y su imposibilidad para ser medido en Darling Arithmetic. Se presentó Eric Church y su country pop de cuidada factura en Mr. Misunderstood, alcanzando plena madurez. My Morning Jacket se planteó un estilo más directo, cual caída constante de agua, en su álbum The Waterfall, en tanto Youth Lagoon tejió con azuzado sentido el muy disfrutable Savage Hills Ballroom.

Beirut se adentró más de lo habitual en parajes electrónicos en No No No, su cuarta entrega, mientras que Toro y Moi se pregunta por el sentido de todo el asunto en What For?, incorporando una vertiente más roquera; Death Cab for Cutie produjo el consistentemente liviano Kintsugi, que marcó la partida de uno de sus miembros y Wavves le puso dinamismo a las acciones con V y el dueto Two Gallants le metió intensidad a su folk-blues en el cautivante We Are Undone.

El grupo de Montreal Godspeed You! Black Emperor se hizo presente con el agridulce e intenso Asunder, Sweet and Other Distress, en tanto los daneses de Mew nos trajeron + – con saldo positivo. Editors tuvieron buenos sueños con su postpunk artístico en In Dream y los polacos de Riverside siguen rindiendo tributo al rock progresivo en Love, Fear and the Time Machine; Django Django vuelven a beber de múltiples referencias para producir Born Under Saturn, entre apuntes electrónicos, armonías sesenteras y un estilo atemporal.

GRUPOS MIXTOS

Desde Escocia, Belle and Sebastian vuelve a decorar el mundo con engañosos colores pastel y a narrarlo con poético enfoque y elusivo pacifismo en Girls in Peacetime Want to Dance, mientras que The Decemberists busca el contraste como forma de entender la vida a través de What a Terrible World, What a Beautiful World. The Dead Weather volvió a reclamar su lugar con Dodge and Burn y The Dears logró que su obra Times Infinity, se poblara de sentidas composiciones, inmediatamente apropiables.

Beach House nos sigue poniendo en estado vulnerable sin que nos demos cuenta con Depression Cherry, que terminamos agradeciendo por su inspirada manufactura, mientras que el trío escocés de Chvrches confirma su capacidad para pegar en la diana con Every Open Eye. Best Coast nos invita en California Nights, su tercer disco, a un recorrido luminoso de baja fidelidad, con guitarras a punto de exaltarse y rítmica que se mantiene a temperatura ambiente.

Alabama Shakes pinta con otras tonalidades, además del blues-rock, su segunda obra de carácter confirmatorio: Sound & Color. Cate Le Bon y Tim Presley (White Fence), unen olfatos bajo el nombre de Drinks para proponer Hermits on Holiday, combinatoria experiencia que gusta de caminar por la delgada línea de un folk retrabajado a partir de guitarras chirriantes y descargas rítmicas con fidelidad a ras de suelo.

SOLITARIOS

Jason Isbell compuso con altas cuotas de sensibilidad melódica Something More Than Free, ya en definitiva ruta independiente, y Steven Wilson, sin Porcupine Tree, firmó Hand. Cannot. Erase., en el que recupera con cuidadosos ecos progresivos la historia de Joyce Carol, una mujer de 38 años llena de vitalidad que fue descubierta muerta en su departamento después de dos años, rodeada de regalos navideños. Apenas iniciado el año, el líder de Supergrass Gaz Combes nos regaló Matador, redondo álbum de intrincado e imaginativo pop.

Tan dotados para escribir en el pentagrama como en la hoja en blanco, Guy Garvey, el hombre fuerte de Elbow, se aventura con el poético Courting the Squall y Craig Finn, líder de The Hold Steady, responde con un halo entre crítico y esperanzador vía Faith in the Future. De Arcade Fire, Will Butler aprovecha la soledad para proponer Policy y Sarah Neufel, en compañía de Colin Stetson, nos regaló el nebulosamente hermoso e intrigante Never Were The Way She Was.

Sin The Killers, Brandon Flowers vuelve a provocarnos con su pop entre motivador y emocional en The Desired Effect, mientras Dave Gahan & The Soulsavers regresan en plan salvífico entre seres del más allá para entregar el roquero Angels & Ghosts, línea que aprovecha con énfasis en el pop Chris Cornell, buscando altura con Higher Truth, a través de la exhibición de un sólido nivel compositivo.

LA EXPERIENCIA CUENTA

Bob Dylan ambienta a media luz la sala con recuerdos de Sinatra en Shadows in the Night, ahora en plan de intérprete. Bill Fay sigue prolongando su regreso y acusa recibo en Who is the Sender? sin dejarse de formular preguntas en tono cálido y pausado. David Gilmour, después de bajar emotivamente la cortina de Pink Floyd, entregó el sereno Rattle That Lock; Van Morrison hizo labor de equipo y grabó Duets y Steve Hackett, ahora en compañía de lobos, grabó el absorbente Wolflight. Buddy Guy grabó el explicativo Born To Play Guitar, encontrando el sentido de su vida.

Joe Jackson mantiene afilado el enfoque como se muestra en Fast Forward y a Dwight Yoakam le sigue latiendo su corazoncito country como se escucha en Second Hand Heart, al igual que a Graham Parker and the Rumour, ahora entregando el cohesivo Mistery Glue. Richard Thompson, producido por Jeff Tweedy de Wilco, grabó Still, una muestra más de su gran talento para la composición en la vertiente del folk inglés, mismo que conserva James Taylor, poniéndolo al servicio de Before This World.

Dos integrantes del par de grupos más importantes de la historia del rock propusieron sendos discos: Keith Richards guitarrea cual recién llegado en Crosseyed Heart y Ringo Starr mantiene el aliviane de costumbre en Icon. Jeff Lynne´s Elo disfruta la ausencia de compañía en Alone In the Universe, mientras que el ex Jam Paul Weller sigue imparable con su producción discográfica y ahora presenta Saturns Pattern, sobrevolando por los anillos del rock. Cumpliendo nada más 50 años en el circuito, The Sonics celebran su espíritu innovador con el confirmatorio This is the Sonics.

Ya alejado de los reflectores y habitando un campo solitario, Mark Knopfler entregó el perceptivo Tracker, mientras que en similares ambientes country Boz Scaggs nos obsequió A Fool To Care. El omnipresente y habitualmente experimental Jim O´Rourke se sentó a componer con detalle de artesano Simple Songs, apto para todo público y un par de viejos electrónicos prendieron la luz y enchufaron sintetizadores: Giorgio Moroder volvió para ponernos a recordar con Déja-vu y Jean-Michel Jarre parece iniciar serie con Electronica 1- The Time Machine.

DE VUELTA

Blur fue el regreso del año con el espléndido The Magic Whip, uno de los mejores discos del año fruto de una reunión de brillantes ideas materializadas en canciones al nivel de su propia historia. Más de diez años para que The Libertines se pusiera una vez más en el mapa sonoro con Anthems for Doomed Youth, igual periodo para que New Order nos volviera a sorprender con el sólido Music Complete, en efecto de lograda integridad y actualidad.

A quince años de su anterior disco solista, Don Henley volvió con el sensible Cass County, artesanalmente realizado con toda la calma que da el tiempo y con el talento compositivo de costumbre en completo dominio de los territorios country. Siete años de oscuridad para que Mercury Rev nos invitara a buscar la iluminación interior en The Light In You. Y 18 años para que Faith No More regresara: Sol Invictus los muestra con la energía recargada y a punto, como para no perderse en el camino.

NOSTALGIA

Grupos y solistas que alguna vez estuvieron en la palestra y ahora se mantienen en los márgenes del mainstream. Queensrÿche, ya resuelta la demanda con su exvocalista, presentó Condition Hüman en busca de confirmar estilo y propuesta. De la mano de Jeff Lyne en la silla de productor, el canadiense Bryan Adams entregó Get Up, decimotercer disco en el que parece lanzarse un mensaje a sí mismo. En tanto, Collective Soul, sobrevivientes de la etapa postgrunge, compusieron el fluido See What You Started By Continuing.

Simply Red mantiene ánimo soulero desparramado en Big Love y Duran Duran conserva estilo y tendencia en Paper Gods. En plan noctámbulos, dos actos preponderantes de la electrónica noventera siguen entre nosotros: The Prodigy con The Day is My Enemy y The Chemicals Brothers con Born in the Echoes. El synthpop germano de Camouflage está de vuelta con Greyscale, buscando evitar todo maniqueísmo.

DE TODAS PARTES

El galo Dominique A continuó en la tradición de la chanson con estructuras pop vía Éléor y desde Malí, Bassekou Kouyaté & Ngoni Ba prueba suerte con mayor electricidad e influjos occidentales en Ba Power, sin perder un ápice de familiaridad; de esta misma tierra de grandes músicos, la vocalista Kandia Kouyate tejió Renascence, cantando desde las raíces propias de la humanidad y el colectivo Africa Express recreó la música en lógica africana del genial compositor en Africa Express Presents…Terry Riley’s In C Mali.

El cantante sirio Omar Souleyman, que saltó a la mundialización después de aparecer en bodas, grabó Bahdeni Nami con su habitual sentido para animar la celebración del momento. De origen camboyano y asentados en Los Ángeles, los neosicodélicos de Dengue Fever y su vocalista Chhom Nimol realizaron The Deepest Lake. Ester Rada es una cantante israelí que también le hace a la actuada: este año grabó su prometedor álbum ídem Ester Rada con influjos de R&B y jazz.

LA SOPORTABLE PESADEZ DE LA REBELDÍA

Veteranos que no pierden intensidad. Motörhead entregó el revitalizante XXXX Bad Magic, convertido desafortunadamente en la despedida del legendario vocalista y bajista Lemmy Kilmister, apenas fallecido. Como para no quedarse atrás y para celebrar los 35 años de trayectoria, Iron Maiden perpetró el épico álbum doble The Book of Souls, mientras que Slayer respondió con Repentless, no sin extrañar al fundador Jeff Hanneman, también despidiéndose apenas de este mundo.

Napalm Death propuso el inmisericorde Apex Predator – Easy Meet, lleno de rudeza necesaria y Lamb of Good nos llenó de riffs tormentosos aptos para transformar el estrés en VII: Sturm Und Drans. Locrian cinceló el expansivo y abrasivo Infinite Dissolution, como si el fin del mundo fuera mañana y al filo del término del año Baroness alcanzó a sacar el roquero Purple, aprovechando el sentido de urgencia.

Con New Bermuda, Deafheaven conservaron el nivel alcanzado por su sólido predecesor y Prurient, por no dejar, entrega un disco triple bajo el evocativo nombre de Frozen Niagara Falls, tan intenso e interminable como la caída del agua que divide a nuestros vecinos del norte. The Agent Intellect, el segundo álbum de Protomartyr, continúa describiendo sin paliativo alguno su ciudad natal, una Detroit víctima de la decadencia pero con ganas de volver a circular y High On Fire sigue alumbrando las invasiones bárbaras con intensidad y agresión, ahora vía Luminiferous.

La legendaria banda británica Wire, con más de 35 años moldeando el punk en obra de arte, presentó el homónimo Wire en el que se destila convicción para seguir buscando sonidos ahora en el postpunk. El dueto Sleaford Mods vuelve a la carga con Key Markets, vociferando crítica social desde las banquetas sin concesiones hacia los incautos transeúntes, como tampoco las tienen los Downtown Boys con su políticamente desenfadado Full Communism.

Titus Andronicus se insertó en el concepto de ópera rock a través del energético The Most Lamentable Tragedy; el dueto de Rhode Island conocido como Lightning Bolt perpetró Fantasy Empire a partir de una intensa interacción entre el bajo y la batería, apoyada por algunos aditamentos para fortalecer su consabido noise. Los ingleses de Bring Me the Horizon le dieron al clavo con el revulsivo That´s the Spirit, mientras que Viet Cong combinó con energía elementos propios del noise, ritmos electrónicos, teclados desconcertados y guitarras acezantes para entretejer su poderoso álbum homónimo Viet Cong.

ELECTRÓNICA

Sin The xx como para probarse en soledad, Jamie xx desplegó el pincel con cierto tono retro nunca explicitado para plasmar In Colour, disco que se deja descubrir poco a poco en todas sus dimensiones sonoras. En Mutant, el tinglado digital de Alejandro Ghersi conocido como Arca, nos remite de inmediato a una atmósfera de entrecortado dinamismo, como para poder habitar un planeta en el que somos los extraños.

A través de su proyecto Oneohtrix Point Never, Lopatin sigue desatado como se escucha en el impredecible Garden of Delete, ideal para perderse en los arreglos cada vez que uno lo escucha. Kieran Hebden, con el manto de Four Tet, compuso el dualista Morning/Evening a partir de un tapiz de electrónica por el que discurren vocales armoniosas, rítmicas cautivantes y melodías cálidas. El chileno Matías Aguayo, autodenominado como el rudo del House, grabó como si estuviera en el cuadrilátero Round One & Round Two.

Disclosure nos abre la fiesta con Caracal para una buena dosis de electropop en vertientes diversas con enriquecedores aditamentos: desde Austin, Neon Indian recurre a ciertos apuntes funk para iluminar el aprendizaje nocturno en Vega Intl. Night School; Metric confeccionó Pagans in Vegas (¿hay de otros?) con su dosis de sofisticación; Hot Chip se puso en plan cuestionador con Why Make Sense? y los de Atenas, Georgia conocidos como Of Montreal, grabaron el rockero Aureate Gloom, además de sacar un disco en vivo.

En el quimérico Capitan of None, el músico y productor francés conocido como Colleen nos coloca en una dimensión onírica de la que resulta difícil querer escaparse, como sucede con Disasterpeace y su persecutoria propuesta para It Follows, soundtrack de la mejor película de terror del año pasado. Por su parte, la dupla Ben Salisbury / Geoff Barrow se vuelve a reunir ahora para orquestar Ex Machina, sonidos de cercana ciencia ficción que acompañan a la cinta de Alex Garland, dándole el necesario toque de imperceptible desasosiego.

Cargada de cochambre y como para ponernos los pelos de punta, ahí está la electrónica de Container y su álbum titulado LP (2015), mientras que Rabit explora la estética grime en Communion, con el consabido halo de misterio y ruptura repentina. El supergrupo Carter Tutti Void entrega 𝒇 (x), su inquietante opus dos que nos lleva por recorridos de absoluta y disfrutable zozobra a lo largo de sus seis cortes.

Dan Deacon vuelve a la sencillez y animosidad en Gliss Riffer y William Doyle, conocido como East India Youth, entrega su segunda obra bajo el nombre de Culture of Volume, bordando fino por las rutas un pop que por momentos salta a la pista y en otros busca la media luz, mientras que Nils Frahm le pone la pausa necesaria para la apreciación en Solo, apto para sumergirse en momentos de ausencia.

AVENTURAS SONORAS MÁS ALLÁ DE LA CONVENCIÓN

Los territorios experimentales de los sonidos sintéticos con salpicadas jazzeras fueron desplegados con inteligencia natural por Joshua Abrams en Magnetoception y Coil resucitó gracias al permiso otorgado por Danny Hyde, colaborador cercano del grupo, para traernos Backwards, obra concebida originalmente en los noventa y hasta ahora viendo la luz: mirada atrás de absoluta actualidad exploradora. El trotamundos Sir Richard Bishop acomete con la guitarra sonidos norafricanos en The Tanger Sessions, colocándonos de inmediato en un atardecer marroquí con cierto aire de abandono.

Sunn O))) nos regala desde sus principios doom, cierta misericordia con su obra Kannon, confirmando su estatus en el planeta de la experimentación. De Brooklyn, Zs se mueven entre la frontera del jazz libre y el rock underground: en Xe retuercen el sonido hasta exprimirle todo su jugo para después insertarlo en caóticos circuitos de intermitencias azorantes. Desde San Francisco, Jefre Cantu-Ledesma sigue insertando en el estilo drone-ambient para recrear superficies de rocosa continuidad ahora expandidas en A Year With 13 Moons, cual reminiscente viaje satelital.

Gnod continúa con su tendencia krautrock en Infinity Machines y Helm aporta su persecutorio Olympic Mess. Ben Chasny y su proyecto Six Organs Of Admittance navega entre las continuas transformaciones con base en la interacción establecida entre el rock y el avant garde; en Hexadic juega con la aleatoriedad, buscando sonidos inmediatistas provocados por acechantes guitarras impredecibles. En contraste, Charlemagne Palestine, quien ha estado buscando arte en los componentes mínimos del sonido durante más de 40 años, presenta Ssingggg Sschlllingg Sshpppingg, disco de un corte en el que la vocalización flota sobre el manto de los teclados con reducidas variaciones.

El trío australiano The Necks lleva 20 años de crear ambientaciones entre laberínticas y jazzeras buscando siempre la innovación, como se deja escuchar en Vertigo, álbum de una sola pieza, en todos sentidos, que fluye sin cesar a partir del diálogo entre el piano, los apuntes electrónicos y acordes guitarreros que se entrelazan con imprevistas percusiones de diversa índole. En Colonial Donuts, Bill Orcutt & Jacob Felix Heule integran guitarra y percusiones para conversar a través de la improvisación y una recitación sobrevuela a rítmicas freejazzeras en el aclaratorio We Are Not the First de Hieroglyphic Being.

Un hombre y su banda: Henry Threadgill Zooid, presentaron In For a Penny, In For a Pound en los contornos del avant garde y el jazz donde igual cabe la conversación entre la tuba, el chelo y el trombón. Otros encuentros celebrables fueron el de Mark Fell y el húngaro Gábor Lázár, quienes compusieron, a partir de un continuo metamorfoseo de los patrones rítmicos, The Neurobiology of Moral Decision Making y el de Merzbow / Mats Gustafsson / Balázs Pándi / Thurston Moore para perpetrar el inclemente e intrusivo Cuts of Guilt, Cuts Deeper, álbum doble de cuatro cortes que apuestan por un noise exhaustivo, sin fisura alguna para el descanso de culpas profundas.

Oren Ambarchi & Jim O´Rourke unieron talentos y su tendencia prolífica para componer Behold, integrado por dos largos cortes de sinuosidad acallada y Tristan Perich & Meehan Perkins Duo hicieron lo propio para crear el mínimo Parallels, en el que en efecto, las líneas parecen nunca tocarse.

Max Richter nos acompañó silenciosamente en Sleep, ideado a partir de las fases del sueño para poder reconvertir la realidad siguiendo nuestros deseos o siendo atrapados por ellos y, después, poder mantenernos justo ahí, cuando la etapa REM se extingue para volver al mundo de los despiertos, con todo y sus adorables defectos. Para seguir en el mundo de los sueños, ahí está Sleeping Tapes del estimable actor Jeff Bridges, quien construye una narrativa al respecto de todo lo que rodea al acto de dormir en complicidad con el músico Keefus Ciancia.

Ya entregado a un mundo de abstracciones, Tyondai Braxton calculó HIVE1, mientras que su afamada ex banda Battles, contribuyó con La Di Da Di: en ambos casos se buscan esquemas de repetición secuencial que encuentran momentos de yuxtaposición sonora para crear una espaciada sensación de lógica. Philip Jeck propone en Cardinal una electrónica que sobrevive en la oscuridad y da rumbo al enfoque gótico que por momentos parece asumir, en tanto el prolífico y ecléctico Loren Connors explora con su guitarra el mundo de la abstracción en Blue: “The Drak Paintings” of Mark Rothko.

CHICAS EXPLORADORAS

Matchess es el nombre del proyecto de Whitney Johnson, oriunda de Chicago que a través de Somnaphoria, su opus dos, nos traslada a una especie de atmósfera cienciaficcional con texturas que parecen cohabitar en distintas dimensiones. Por su parte, la guitarrista bostoniana Mary Halvorson desarrolla una exploración entre cuerdas con espíritu renovador, transitando de atmósferas calmas a intensas, a través de Meltframe. La pianista Rachel Grimes encuentra la belleza en The Clearing, a medio camino entre el clasicismo y la música propular.

La canadiense Kara-Lis Coverdale recorre hábitats electrónicos en clave reflexiva con Aftertouches. Las cuerdas encuentran un pasadizo entre la tradición folk y la actualidad gracias a la sensibilidad a flor de piel de Laura Cannell y su álbum Beneath Swooping Talons, en consonancia con Eva-Maria Houben, obsequiándonos Nachtstück, obra en la que el contrabajo se desliza entre ambientes sonoros indescifrables que parecen volverse inteligibles al contacto con la profundidad del instrumento protagónico.

La artista integral originaria de Bruselas Christina Vantzou, que gusta de moverse entre ambientes electrónicos con ecos orquestales, nos entregó No. 3, álbum que plantea escenarios plagados de misterio con buena dosis de magia imperceptible: tan volátil como cautivante; Lena Willikens, DJ asentada en Colonia, revisita el tecno alemán en su EP Phantom Delia y la saxofonista Matana Roberts entregó la tercera parte de la historia sobre la esclava liberada Marie Thérèse Coincoin, plasmada en Coin Coin Chapter Three. River Run Thee, entre inquietantes cánticos que transcurren en el horizonte.

DE PILÓN

Como para apartarse de las tentaciones, qué mejor que dejarse llevar por la sutileza de Lower Dens y su álbum Escape From Evil, zurcido a partir de un pop con subyacentes punteos experimentales. Por su parte, Majical Cloudz abre la ventana para la tristeza y susurra un cuestionamiento para atizar el dolor en Are You Alone?, mientras que Peter Broderick pinta afectos pausadamente en Colours of the Night y James Blackshaw ilumina a fuego lento la estancia con poder de convocatoria en el calmo Summoning Suns.

Ducktails es el proyecto paralelo de Matthew Mondanile, conocido por ser miembro de Real Estate; con St. Catherine continua ensanchando las fronteras del pop con un cierto aliento experimental. Mientras tanto, EL VY es una feliz aventura conjunta entre Matt Berninger (The National) y Brent Knopf (Menomena, Ramona Falls), que produjo el inesperadamente optimista y refulgente Return to the Moon y como para regresar a los felices años del rock’n’roll, ahí está JD McPherson y su Let the Good Times Roll. Bryce Dessner & So Percussion, también integrante de The National, propuso Music for Wood and Strings, conformado por nueve secciones de conversación constante entre la guitarra y el apunte percusivo.

En Schakles Gift, su balanceado segundo disco, los multinacionales de Zun Zun Egui confirman que la combinación de géneros es lo suyo. Bajo el apelativo de Mount Eerie, Phil Elverum explora los procesos de transformación de diversas materias y componentes en el ecléctico Sauna, con piezas nombradas por una sola palabra. Jazmine Sullivan confirma su talento en los terrenos del R&B, ensanchando alternativas, con su tercer álbum titulado Reality Show.

Cage the Elephant hace solicitud expresa en Tell I´m Pretty, apuntando hacia una convincente sicodelia, al igual que el cuarteto Palma Violets y su opus 2 Danger in the Club; Speedy Ortiz hace eco de la onda revivalista en Foil Deer, su bien librado opus dos con guitarras que huelen a espíritu adolescente, como el Painted Shut, segunda obra de Hop Along. A 30 años de la aparición de su disco debut, los australianos The Apartment se hacen presentes con No Song, No Spell, No Madrigal, conformado por canciones de alcance emotivo acendrado por las vocalizaciones con cierto sentido de urgencia.

LOS DISCOS DEL 2015: JAZZ Y OTRAS DELICIAS

20 enero 2016

Kenny Wheeler se despidió de manera íntima con su álbum Songs for Quintet, testamento de uno los trompetistas esenciales de los últimos 45 años. Hablando de músicos imprescindibles, ahí está el pianista Keith Jarrett regalando Creation, disco conformado por piezas interpretadas en diversas partes del mundo; también en plan individual, el sensible músico Fred Hersch grabó el emotivo y personal Solo, acompañado únicamente de su piano, tal como lo hizo Liam Noble en A Room Somewhere.

Entre la decena de discos que sacó en el 2015 John Zorn, se encuentra Forro Zinho: Forro in the Dark Plays Zorn, interpretado por una banda de aliento carioca que apuesta por el eclecticismo, así como Pellucidar: A Dreamers Fantabula, realizado en compañía con el supergrupo The Dreamers. Además, produjo Gently Unfamiliar del veterano Karl Berger aquí en formato de trío. El vibrafonista Chris Dingman, mientras tanto, bucea entre un sutilmente jazzeado ambient en The Subliminal and the Sublime, retratando paisajes ocultos ya sea por subyacentes o consecuentes.

Para celebrar los cincuenta años de The Association for the Advancement of Creative Musicians (AACM), organización formada en la ciudad de los vientos, el veterano baterista Jack Dejohnette, de currículo interminable y estilo inconfundible, en compañía con un grupo de notables, grabaron un concierto que se imprimió como Made In Chicago, en el que lo único evidente es el título. Ya que estamos en asunto de creatividad, ahí está el Break Stuff del Vijay Iyer Trio, en el que el pianista indio, ya reclutado por ECM, deconstruye piezas que en cada escucha parecen transformarse por voluntad propia.

El trompetista Dave Douglas se aventura con High Risk, como si de una intensa expedición con muy confiables acompañantes de sesión se tratara, mientras que el alivianado David Sanborn sigue en delicioso plan soft con el fluido Time and the River. Una reunión de ésas que se ven pocas veces fue la que organizaron Joshua Redman y The Bad Plus para obsequiarnos el exquisito Plus, nombre exacto de acuerdo con los resultados obtenidos. Y desde Italia, el Giovanni Guidi Trio nos prevenía con This is the Day, obra de inspiración pianística de este joven ya trascendiendo el apelativo de promesa.

A manera de homenaje dedicado a Charlie Parker, a quien empezó a escuchar cuando tenía doce años, el excelso saxofonista Rudress Mahanthappa propuso Bird Calls, junto con cuatro cómplices de altos vuelos e integrado por piezas propias pero insufladas por el espíritu del famoso jazzista: escuchar el llamado de Bird para poderse para en los hombros del gigante. Otro de esta estirpe es Charles Loyd, quien presentó su álbum en vivo Wild Man Dance, suite organizada en seis partes con toda la experiencia e innovación acostumbradas.

La Chris Potter Underground Orchestra, plagada de talento creativamente ensamblado entre cuerdas, metales y percusiones, nos lleva a recorridos urbanos más allá de nuestras mejores sospechas con el enriquecedor Imaginary Cities, integrando códigos del jazz con la música de cámara. También invitando un cuarteto de cuerdas, que abre con buena dosis de caos impulsada por energías rítmicas, se grabó el álbum String Theory, tercero en la trayectoria de Partikel, uno de los secretos mejor guardados del jazz británico.

SENSIBILIDADES FEMENINAS Y EXPLORATIVAS

La cantante Cécile McLorin Salvant se inserta en la historia de las grandes voces jazzeras y levanta la mano para tomar la estafeta del siglo XXI a través del irresistible For One To Love. En el piano la acompaña Aaron Diehl, quien en su álbum Space Time Continuum, cual círculo dibujado con virtuosismo que busca nunca terminar, se inserta en la tradición acústica. En su obra Phoenix, el grupo Cyminology discurre con elegancia vocal un jazz aromatizado a partir de discretas esencias del cercano oriente, cobijado por el sonido de la viola y delicada sección rítmica

Firmando como conductora, Maria Schneider integra elementos clásicos con apuntes de vanguardia en el profusa y elegantemente ilustrado The Thompson Fields, en donde cada uno de los ocho cortes cuenta con invitados especiales y reflexiones acompañadas con lucidor despliegue fotográfico. Por su parte, el bajista y director del ministerio de jazz en la iglesia de San Pedro en Manhattan Ike Sturm & Evergreen, se refugia con delicadeza y cierto misticismo en Shelter of Trees.

El Gary Peacock Trio muestra Now This, con ese contrabajo legendario que sabe conversar como pocos y Daniel Wong presenta composiciones propias en la ruta de la tradición en la obra nominada Trio, ensamblado con el contrabajo de Eddie Gomez y la batería de Rodrigo Villanueva. Third Reel, léase el saxofón y clarinete de Masson, la guitarra de Pianca y el piano y la batería de Maniscalco, nos dan oportunidad de disfrutar sin pensar en el tiempo restante vía Many More Days.

Como en plan representativo, John Hollenbeck integró Songs We Like a Lot con la complicidad de las voces de Theo Bleckman, quien también participó en el calmo A Clear Midnight del Julia Hülsmann Quartet, y la cantante Kate Mcgarry, los teclados de Uri Caine, la Frankfurt Radio Big Band y algunas otras presencias que inundan de colorido cada uno de los cortes, entre propios y prestados. Justo con esta gran banda, el saxofonista Julian Argüelles grabó Let It Be Told, en contra del apartheid. Con espíritu reflexivo, Sinikka Langeland nos abrió el paraíso con The Half-finished Heaven.

Por su parte, Tim Berne´s Snakeoil recorre pasajes tan calmos como efusivos en You´ve Been Watching Me, premisa construida sobre el sonido del sax que podría convertirse en un deseado designio. Robert Glasper continuó en la ruta de la mixtura con Covered y el Schlippenbach Trio, conformado por Alexander Von, Evan Parker y Paul Lovens presentó Features, articulado a partir de quince cortes homónimos de resonancias impredecibles; la guitarra de John Scofield, muy bien acompañada, nos invitó al túnel del tiempo y de regreso en el espléndido Past Present.

El saxofonista y flautista californiano Donny McCaslin coloca la perspectiva anticipatoria y propone Fast Future en tono efervescente y contagiante, combinando técnica depurada con dinámicas ideas armónicas. Makaya McCrave suena inmediatista con el macizo In the Moment, de rítmica abrumadora y desde Brooklyn, los Punch Brothers integran música de raíces diversas en The Phosphorecent Blues. Israel: el bajista Omer Avital presentó con aire renovador New Song, álbum en el que participó Avisahi Cohen en la trompeta, quien se dio tiempo para sacar con su trío el álbum From Darkness, paradójicamente lleno de luz interior.

 

 

DAVID BOWIE: LA ODISEA ESPACIAL RUMBO A LA ESTRELLA NEGRA

13 enero 2016

El año pasado, para un trabajo de la materia de arte en el que los alumnos tenían que hacerAladdin Sane un muñeco de algún personaje que les llamara la atención, mi hijo Max decidió elegir a David Bowie (no hubo mano negra, de veras), con la consecuente hinchazón de pecho del orgulloso padre que al menos en este rubro parecía haber cumplido parte de su misión. Se puso a revisar todos los personajes/imágenes del londinense y al fin optó por Aladdin Sane, el personaje creado por el artista en honor a su medio hermano esquizofrénico y representando al Ziggy viajero que se traslada a América con un rayo atravesando su rostro blanquísimo, coronado a su vez por un cabello rojizo en incendio perpetuo.

Ahora está de regreso con todo y su estrella negra, último legado que nos dejó a los terrícolas para que cada vez que escuchemos algunos de sus discos recordemos la forma en la que nos acompañó en nuestra educación sentimental, al igual que lo hará, por lo visto, con las generaciones por venir. A fin de cuentas, todos tenemos alguna anécdota memorable mientras sonaba el Duque blanco, inmiscuido en las propuestas de muchos grupos contemporáneos y posteriores. Como dijera Mark Ruffalo, que descanse en paz el padre de todos nosotros los frikis.

Promovía la implosión de los géneros para reconvertirlos, primero acercándose a ellos y después, cual astuto camaleón, continuar con su labor de deconstrucción. Artista de múltiples rostros, creó personajes diversos entre facetas y alter egos a su alrededor pero emanados desde dentro, como si formaran parte de alguna de sus dimensiones creativas y afectivas, contextualizando épocas, lugares y estados de ánimo, jugando con amplios rangos e intenciones vocales según la situación lo ameritaba e incluso encontrando belleza a partir de la decadencia.

Epítome de la tendencia andrógina dentro del rock, representó la noción de incertidumbre y al mismo tiempo de capacidad adaptativa y olfato para detectar tendencias vigentes y por venir, convirtiéndose en una de ellas. Con gran sensibilidad melódica, un largo colmillo para la construcción de armonías, originalidad para la combinación instrumental y una poética que transitaba de la creación de personajes a la abstracción, consolidó uno de los cancioneros más trascendentes del mundo del pop.

Como si de un extraño Principito se tratara, David Robert Jones (Brixton, Londres, 1947 – Nueva York, 2016) llegó procedente de un pequeño asteroide para caer en la Tierra; con la influencia de su hermano por el gusto hacia la música, formó parte de algunas bandas (King Bees, Manish Boys) hasta que decidió viajar en solitario bajo el nombre de David Bowie, para evitar confusiones con el vocalista de The Monkees. Corrían los años sesenta y la revolución de la música popular estaba en pleno apogeo. Justo sacó a la luz su primer disco en un año crucial para la historia del rock, lleno de obras cumbres.

Fue una salida no tanto en falso, pero sí tanteando el terreno, apenas con ciertos destellos de su creciente talento compositivo y en búsqueda de la identidad artística, aquí con mayor inclinación hacia la escena mod: se entiende dado que recién se estaba acoplando a nuestro planeta. El álbum debut David Bowie (1967) fue una carta de presentación con algunos de los temas que serían recurrentes como la angustia, la decepción y las tonalidades apocalípticas, conviviendo con declaraciones de amor que trascendían el fin de semana.

Después de pasar un cuanto tanto desapercibido, el reconocimiento llegaría pronto de la mano de su segunda obra, la sideral y psicodélica Space Oddity (1969), originalmente titulada Man of Words/Man of Music, coincidiendo con el famoso alunizaje y cuya canción titular nos introdujo al Mayor Tom, un astronauta en busca de libertad espacial que busca respuestas fuera del control en tierra y que ha aparecido en varias canciones de otros artistas y del propio Bowie.

EL HOMBRE QUE VENDIÓ EL MUNDO Y CAYÓ A LA TIERRA

La década de los setenta fue clave para su desarrollo como productor, compositor e ícono artístico que invadía otros terrenos como la moda, la sexualidad y el cine. De entrada, grabó el alocado The Man Who Sold the World (1970) con Mick Ronson y Toni Visconti, dos hombres centrales en su carrera que le ayudaron a iniciar un periodo fundamental no solo para él, sino para la historia del rock. Reposando con elegante vestido femenino como si estuviera en el camerino dentro del contexto de la music hall, el artista empezaba a desarrollar su inaplazable capacidad para el camuflaje y, paradójicamente, para siempre destacar.

Después vendría un cúmulo de clásicos consecutivos que lo confirmarían como uno de los solistas esenciales de la música popular. Abriendo con Changes y Oh! You Pretty Things, transitando por la emotividad orquestal de Life On Mars? (ahí está Jessica Lange interpretándola en American Horror Story) y complementándose con canciones para Bob Dylan y Andy Warhol, Hunky Dory (1971) se estructuró a partir de la diversidad estilística con el piano de Rick Wakeman construyendo escenarios de extraña hospitalidad.

Un rockstar alienígena de sexualidad indefinida vive en un mundo marcado por la decadencia y, ya desde entonces, el culto a la fama. Sin desperdicio alguno, la obra maestra The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders of Mars (1972) se alimenta del rock progresivo en cuanto su naturaleza conceptual y del glam, con todo y su condición de alumno aventajado del mago Marc Bolan (creador del mítico álbum The Slider con T. Rex), por su influjo iconográfico y de provocativa teatralidad. A todo gran ascenso, corresponde una brusca e imparable caída, aunque siempre habrá manera de regresar.

En efecto, Ziggy mutó y apareció Aladin Sane (1973), personaje y título de su siguiente disco en el que se profundiza en la imaginería glam, reflejada en canciones como Panic in Detroit, The Jean Genie y la angustiosa Time. Junto con Roxy Music y Genesis, Bowie se erigía en creador de escenarios donde igual cabe la sofisticación que la mundanidad, el drama que la ironía, el cinismo que la paranoia. Este mismo año presentó Pin-Ups (1973), álbum de covers grabado junto con sus queridas arañas de Marte, y mostró sus dotes como productor en sendas obras de Lou Reed, The Stooges y Mott the Hoople.

Con Diamonds Dogs (1974) recuperó la paranoia orwelliana al tiempo que rockeaba al grito de Rebel Rebel, tal como se deja escuchar en David Live (1974), grabado en directo en Filadelfia y de cuya gira, con el habitual instinto para aprehender estilos, Bowie escuchó el canto de las sirenas del soul con aroma plástico y pronto perpetró el inmediatista Young Americans (1975), sin maquillaje, con la crucial adhesión del guitarrista Carlos Alomar y la inserción de Fame, tema compuesto en complicidad con John Lennon.

Sus estudios de mimo y como actor se fueron poniendo en práctica de manera simultánea. Después de ser Cloud bajo la dirección de Lindsay Kemp y en el filme corto para TV Pierrot in Turquoise or The Looking Glass Murders (Mahoney, 1970), así como aparecer en el fantasmal corto The Image (Armstrong, 1967), representó en pantalla a un alienígena que llega por estos lares para buscar agua y salvar a su agonizante planeta en El hombre que cayó a la Tierra (Roeg, 1976), filme que le significó su primer protagónico con personaje creado como anillo al dedo que hasta a los negocios le sabía.

La diversidad  de los géneros revisitados continuó con Station to Station (1976), uno de los momentos cumbres de su discografía y de la música setentera en general: sus influencias en el uso de los teclados y en la generación de ricas texturas sonoras pueden ser percibidas en diversos grupos posteriores. El delgado duque blanco apareció en el reparto de personajes como una especie de fascista decadente, añorando pasados autoritarios.

Fue una época en la que los abusos de sustancias prevalecieron al punto de que artista y creación parecían confundirse. Integrado por piezas de estos años, se integró el soundtrack Christiane F. Wir Kinder (1981) del filme Yo, Cristina , dirigido por Uri Edel sobre una adolescente atrapada en el mundo de las drogas en el Berlín de los setenta, una ciudad partida y víctima de la guerra fría, en consonancia con el enfoque de la famosa trilogía realizada un poco antes.

En efecto, la trilogía de Berlín tuvo su arranque con Low (1977), brillantemente dúctil en su primera parte, con un pop que rondaba la experimentación vía What in the World y Sound & Vision, y aventureramente instrumental en la segunda con clásicos como Warszawa, imaginados en complicidad con el patriarca ambient Brian Eno, a quien volvería a reclutar para Heroes (1977), la segunda entrega de la etapa berlinesca con influencias del krautrock y el post punk, además de la notoria presencia de Robert Fripp y de la canción titular, gracias a la cual todos nos hemos sentido heroicos al menos un día. O un rato, mientras se escucha la pieza

Lodger (1979) cerró este innovador, peligrosamente extremo, lleno de excesos y al fin fructífero periodo con el que concluyó la década clave de su trayectoria, entre apuntes minimalistas, aromas turcos y la acostumbrada alquimia entre el pop art al alcance de todos y los lances avant garde, expresados en creativas estructuras armónicas y arriesgados cambios de ruta estilística, siempre bajo el cobijo de Toni Visconti y culminando una muy didáctica colaboración con el ex Roxy Music.

LA DÉCADA (NO TAN) PERDIDA

Los años ochenta empezaron en una tesitura intensa y brillante con Scary Monsters (1980), señalando una nueva dirección en el enfoque musical y regresando a un rock más clásico. El Major Tom se ha vuelto chatarra y el mundo de la moda parece invadir todos los escaparates vitales, sin olvidar que terminaremos regresando a nuestra condición de cenizas. Por estos tiempos, además de presentar con Queen la clásica Under Pressure en 1981, protagonizó en teatro El hombre elefante y en cine a un vampiro enamorado de Catherine Deneuve en El ansia (Scott, 1982), dos personajes diferentes y marginales, para no variar.

Llegó al gran público con el new wave bañado de soul de Let´s Dance (1983) y la efusiva Modern Love como estandarte, además de China Girl y la canción titular, con un Bowie mostrando los puños como dispuesto a dar la pelea frente a las críticas, que siguieron con Tonight (1984), no obstante incluir algunos sólidos corte como Lovin the Alien, el hit Blue Jean, God Only Knows en la vertiente de su admirado Elvis Presley y la pieza titular, a dueto con Tina Turner.

Bailó con Mick Jagger en la calle y se dio tiempo para las cámaras fílmicas en Feliz Navidad, Mr. Lawrence (Ôshima, 1983), una de sus mejores actuaciones; en la ochenterísima Fuga al amanecer (Landis, 1985); en el musical Absolute Beginners (Temple, 1986), contribuyendo con la canción titular, como lo hiciera con el estupendo corte This Is Not America en conjunto con Pat Metheny para The Falcon and the Snowman (Schlesinger, 1985), y en la entretenida Laberinto (Henson, 1986), asumiendo el rol de rey de los Goblins.

Vendría un periodo complicado en términos creativos que inició con Never Let Me Down (1987), en donde el filón melódico parecía no estar del todo a punto y que continuó con Tin Machine, un proyecto de rock duro en complicidad con el enérgico guitarrista Reeves Gabrels y los hermanos Sales que generó dos álbumes (Tin Machine, 1989; Tin Machine II, 1991) de los que se rescatan algunos cortes, en particular de la primera entrega.

Asimismo, se lavó las manos representando a Poncio Pilatos dentro de la obra maestra La última tentación de Cristo (1989), dirigida con nervio y poesía por Martin Scorsese. Protagonizó a un empleado de un restaurante que busca robarle a sus empleadores en The Linguini Incident (1991), junto con Rossana Arquette.

VUELTA EN SOLITARIO

David BowieEl camino se empezó a recomponer con el suntuoso Black Tie White Noise (1993), salpicado de influjos de soul y jazz, para después componer el meditativo soundtrack instrumental The Buddha of Suburbia (1994) y dar un salto radical a la intensidad cuasi-industrial de 1. Outside (1995) en complicidad con Brian Eno y con la participación de Trent Reznor. En sus propias palabras, se trata de un “drama gótico no lineal hipercíclico”, y habla acerca de los diarios de Nathan Adler, un detective que investiga una serie de asesinatos artísticos. Para redondear, ahí está el efusivo remix de los Pet Shop Boys saludando al spaceboy cubierto de polvo lunar.

La década noventera concluyó con el consistente Earthling (1996), enclavado en la tendencia electrónica con la incorporación de diversas vertientes como tecno, house y drum´n´bass soportando la astucia melódica habitual, aquí transpirando entre loops, secuencias y sonidos de poderío digital que se entreveran con instrumentaciones musculosas a cuenta de la guitarra y el bajo. Con esta obra bajo la roída gabardina con la bandera inglesa, David Bowie visitó México para dar un concierto dirigido a iniciados, sin complacencias.

La transición del siglo, además de desligarse de la estética electrónica, implicó la realización de tres discos con buena dosis de continuidad y soltura, como si de una mirada al pasado se tratara pero con la perspectiva postmilenaria: Hours… (1999) arranca con la evocativa Thursday’s Child y después de una primera parte de predominio melódico, va subiendo de tono a partir de la guitarra de Gabrels.

Heathen (2002) es una obra inmediatamente reconocible de su autor, incluso en las versiones de piezas de Neil Young y los Pixies, acaso por el regreso de Visconti y Alomar, que puede ir del tono celebratorio al drama, como en la intensa Slip Away; finalmente, Reality (2003) transita por la misma línea, revisitando sonidos propuestos con antelación con todo y el retorno del viejo cómplice Mike Garson en el piano, pero con un toque de ineludible actualidad. Una trilogía que mostraba al tránsfuga de los géneros en plena forma creativa.

SOY UNA ESTRELLA NEGRA

Diez años de silencio musical, salvo algunas contribuciones al mundo del arte como pintor y editor, así como apariciones entre las que se recuerdan la que realizó con sus consentidos de Arcade Fire y cuando se enfundó en la piel de Tesla para el filme de Nolan El gran truco (2006), hasta que se imprimió el nostálgico y sofisticado The Next Day (2013), preguntándose dónde estamos ahora después de asumir tantos rostros y palpitar con Berlín, ya liberada del muro divisorio.

Una especie de epitafio-obsequio para los terrícolas, aprovechando la inminencia de la muerte para convertirla en arte liberador y asumirse ahora como una estrella negra, cohabitando con los misterios que rodean a nuestro planeta y a la realidad tangible que nos circunda. Black Star (2015) es una obra maestra en la que las composiciones se someten a una atmósfera de free-jazz, con un saxo sobrevolando las cambiantes secuencias rítmicas y melódicas, desarrolladas por selectos músicos de estudio abiertos a la síncopa excursionista.

Antes de convertirse en alguna entidad sideral, un hombre con vendas en el rostro ha sustituido sus ojos bicolor por unos botones, acaso para anunciar con más certeza la inesperada despedida inmediata.

 

CINE FUERA DE LAS SALAS 2015

6 enero 2016

En la anterior entrega se daba cuenta de las películas y festivales que habitaron en la cartelera de nuestra ciudad; ahora, como un complemento necesario dada la amplitud de posibilidades con las que contamos hoy en día para ver filmes diversos, se propone un breve recuento de algunas cintas que pudimos disfrutar vía otros medios. Obras notables que desgraciadamente no alcanzan un lugar en la cartelera, merecedoras de mayor difusión: por fortuna ya están al alcance de la mano.

  • Gebo y la sombra, El extraño caso de Angélica y Excentricidades de una joven rubia, Manoel de Oliveira: recién se editaron en video para México estas tres obras del 2012, 2010 y 2009 respectivamente, dirigidas por el venerable director portugués, fallecido en el 2015 después de 106 años de vida y 84 dedicados con maestría y sensibilidad al mundo del cine.
  • Ida, Pawel Pawlikowski: un contrastante recorrido por su pasado antes de tomar la decisión para asumir los votos religiosos; en profundo blanco y negro y fotografía tan austera como bella, la novicia visita un mundo presente y otro que ya se fue, pero que mantiene su influencia.
  • Ex-Máquina, Alex Garland: la humanidad de un robot y la fusión de la persona con la tecnología atrapadas en una casa-laboratorio de aséptico misterio, fríamente fotografiada con todo y una serie de vínculos que surgen entre el genio, el aprendiz y las robots, en plan “Más que humano”.
  • Vicio propio, P. T. Anderson: el universo hippie de inicio de los setenta descrito por el maestro Pynchon se traslada a la pantalla por uno de los principales realizadores estadounidenses; un viaje en todos sentidos con un guía detectivesco siempre extraviado pero atento para estar en el lugar y momento equivocados.
  • Historias de caballos y de hombres, Benedikt Erlingsson: un pequeño poblado en la cabeza del mundo donde equinos y humanos se parecen más de lo imaginado, tanto en su instinto de sobrevivencia como de flirteo; paisajes agrestes donde crecen sentimientos de alcance naturista.
  • Adiós al lenguaje, Jean-Luc Godard: más de cincuenta años revirtiendo y transformando las premisas visuales y sonoras del cine, el genio francés vuelve a despedir la tradición con un collage absorbente, puesto para que cada quien construya sus propios significados.
  • Un toque de pecado, Jia Zhang-Ke: tríptico de historias en las que los individuos se enfrentan desde los márgenes de la legalidad a las fuertes limitaciones impuestas en un país de amplitud imposible y de contrastes permanentes. Retrato radiográfico de una sociedad en transformación.
  • Fuerza mayor, Ruben Östlund: unas vacaciones familiares en un centro de esquí pueden convertirse en una desgracia cuando se presenta una avalancha, pero el verdadero sisma vendrá después por las conductas asumidas frente a la angustia; inquietantemente reflexiva.
  • Solo los amantes sobreviven, Jim Jarmusch: no hay romanticismo heroico ni sensualidad a flor de piel, sino decadencia y nostalgia que solo puede vencerse con sublimación artística y alguna sesión sanguínea; adolescencias, esperanzas y decepciones que habitan para siempre en la oscura Detroit.
  • Turner, Mike Leigh: paisajes, tormentas e incendios escapándose del lienzo con una estética que profundiza en la percepción y el color, gracias al pincel de un hombre huraño, contradictorio y cargado de relaciones conflictivas. Biopic dimensionado de composición precisa.
  • El juicio de Viviane Amsalem, Ronit y Shlomi Elkabetz: la lucha asfixiante y claustrofóbica de una mujer para conseguir el divorcio en un sistema legal que privilegia al hombre; con un desarrollo laberíntico en el que parece no haber resolución, seres humanos atrapados en estructuras que lo invaden todo.
  • Tom en el granero, Xavier Dolan: ante la muerte de su pareja, un joven viaja a la granja de la familia para el funeral; el encuentro con la madre y el hermano detona una extraña diversidad de sentimientos, entre maizales y zonas grises que aguardan para ser recorridos a toda prisa.
  • Lejos del mundanal ruido, Thomas Vinterberg: la clásica historia de Thomas Hardy con un cuadrángulo amoroso en medio de las convenciones victorianas es recreado con maestría por el director danés, colocando el ojo en corazones y escenografías al fin íntimamente relacionados.
  • La leyenda de la princesa Kaguya, Isao Takahata: un poético pincel de trazos sencillos para plasmar una historia ancestral en tonalidades calmas y atmósferas mágicas; la tierra puede ser un buen lugar para nacer, crecer y querer, sin dejar de mirar hacia la luna y atreverse a volver donde la felicidad estaba en la sencillez.
  • Beasts of No Nation, Cary Joji Fukunaga: gran logro de Netflix que recrea la historia de un niño soldado peleando en alguna Guerra civil Africana; ficción terriblemente real con notable producción que fortalece la dolorosa propuesta argumental de una infancia fracturada.
  • La piel de venus, Roman Polanski: el maestro polaco se basa en una obra de David Ives para confrontar a dos personajes en un teatro vacío, cual espacio cerrado que impide cualquier posible escapatoria; un director y una aspirante a actriz en plena lucha de poder.
  • Los canallas, Claire Denis: la gran directora francesa recurre al thriller cargado de matices en el que los personajes no terminan de mostrar todas sus cartas y las intenciones parecen irse modificando de acuerdo con las circunstancias; claroscuros en los que crece la ambigüedad.
  • El amor es extraño, Ira Sachs: notables actuaciones en una historia que explora el otoño de una pareja gay y sus circunstancias; la decisión de contraer matrimonio coincide con la aparición de dificultades como la pérdida de la casa y el trabajo implicará mantener el vínculo en la separación física y por momentos anímica.
  • Mi vida es un rompecabezas, Cédric Klapisch: un escritor francés necesitado de inspiración tiene que viajar a Nueva York para seguir a su ahora exmujer y su hijo; novedades y sorpresas del pasado se irán convirtiendo en una trama ideal para llevarla al papel y juntar todas las piezas.
  • Güeros, de Alonso Ruizpalacios: en clave de road movie con misión incluida en la que unos jóvenes buscan a un músico que hizo llorar a Bob Dylan; como telón de fondo, la huelga de la UNAM y un retrato con dosis de humor de la juventud en estado permanente de espera.
  • Lo mismo pero diferente, Buck: un amor marcado por las diferencias raciales y geográficas que busca mantenerse en la distancia, aún con los tropiezos y las ausencias propias de quienes parecen estar destinados a sobrevivir hombro con hombro.
  • Juego de seducción, Pen-Ek Ratanaruang: relato intrigante y fantasmal con un hotel de fondo y una pareja que asiste a un velorio; una joven se integra, mientras que la infidelidad pasada y futura recorre los pasillos y la ruptura acecha sin explicitarse del todo.
  • Mi vida ahora, Kevin McDonald: fotografía intensa para capturar un romance adolescente entre primos justo cuando estalla una guerra de la que no se sabe mucho; en un mundo de adultos ausentes, un halcón simbólico emprende el vuelo y la protagonista se reconvierte frente a la adversidad.
  • Primicia mortal, Dan Gilroy: la nota roja como jugoso negocio, justo cuando la moral se cancela en aras de la noticia que venda, no que informe; buitres en espera de un poco de carroña para disputarse las ganancias, en ambientes lúgubres siempre protegidos de la luz.
  • Más allá de las colinas, Cristian Mungiu: una amistad puesta a prueba por diferencia de vocaciones entre dos jóvenes en un remoto monasterio; extraños padecimientos que en la severa comunidad se asumen como posesión, al tiempo que la cámara aguarda con paciencia la resolución.
  • Meteora, Spiros Stathoulopoulos: planos prolongados y bellas estampas de las imponentes estructuras rocosas griegas donde se insertan dos conventos; un romance prohibido entre una joven religiosa y un monje que crece paulatinamente con indicativas y simbólicas secuencias animadas.