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50/50: LA VIDA COMO UN VOLADO

30 mayo 2012

Vamos tentando al azar, conscientemente o no, cada vez que tomamos decisiones, o sea, siempre: porque incluso no decidir sobre alguna disyuntiva es, en cierta forma, un tipo de decisión. Pero a veces la vida lanza ciertas coyunturas que nos toman por sorpresa, sobre todo aquellas que implican cambios radicales aún sin tu consentimiento: ahí no queda más remedio que aceptar lo que no se puede cambiar y luchar por aquellos que sí es posible modificar, con la sabiduría necesaria para reconocer la diferencia, según el clásico.
Inspirada en una historia verídica, escrita por el productor televisivo Will Reiser y dirigida por Jonathan Levine (Ecos en la oscuridad, 06; The Wackness, 08), 50/50 (EU, 11) es una cinta que coloca a un joven común de Seattle acercándose a los treinta, empleado de una radiodifusora con novia distante y amigo cercano, en una situación como la que retrató el francés François Ozon en El tiempo que nos queda (05): un cáncer se ha instalado en el cuerpo y la vida puede terminar mucho más pronto de lo que se tenía planteado. Las probabilidades, después de un tratamiento fallido y la necesaria intervención quirúrgica, son del 50%: justo como si en un volado echáramos el resto.
Inscrita en la corriente del cine estadounidense ubicado en la frontera de la independencia y el mainstream, la cinta encuentra el tono justo entre la comedia y el drama, equilibrio siempre complicado porque implica llevarnos de la lágrima a la risa de manera natural y genuina, sin necesidad de una comicidad forzada o tragedias impostadas. Se consigue retratar con sutileza y realismo el cambiante estado de ánimo del protagonista, así como la manera en la que va atravesando las diferentes etapas de su vínculo con la enfermedad.
En particular, destaca el tejido emocional que se va construyendo alrededor de los personajes, cuyo desarrollo los coloca en un lugar suficiente para que el espectador se identifique y, de alguna manera, los acompañe en su aventura vital. Si el humor es cortesía fundamentalmente de la imaginación del siempre motivador amigo, el componente dramático se va articulando de tal forma que uno de pronto ya se ve instalado en él, casi sin percibir cómo se llegó hasta ahí, con la escena clave del abrazo materno.
Las actuaciones de Joseph Gordon-Levitt como el convencional joven al que se le cambia la vida; de Seth Rogen como el amigo efusivamente desenfadado, al pie del cañón; de Bryce Dallas Howard en plan de novia guiada por el deber ser y la culpa; de Anna Kendrick como la novata terapeuta al fin frágil y, sobre todo, de Anjelica Huston como la madre molesta pero única capaz de dar el consuelo definitivo, consiguen darle al relato una buena cuota de cercanía, verosimilitud y relieve, como para que compartamos los momentos con esas personas que desfilan en pantalla.
La construcción de la narrativa mantiene un ritmo constante, entre los sucesos centrales y ciertos apuntes de tramas secundarias (como la del papá enfermo o los compañeros de terapia), bien insertadas al tronco principal: la inclusión de canciones reconocibles, una cámara funcional exenta de vericuetos y, sobre todo los diálogos, contribuyen a centrar la atención en el nudo argumental principal, alimentándolo con referencias constante a la cultura popular (Harry Potter, La fuerza del cariño, Star Trek, He-Man, Dexter, Michael Stipe, Saw, Total Recall…).
Una película sobre la amistad como una forma de acompañamiento vital sin pedir mucho a cambio y de cómo un suceso doloroso puede acarrear transformaciones luminosas, sin grandilocuencias ni intentos de revelarnos grandes verdades: solo lo que está frente a nuestras narices y no terminamos de olfatear.

GANAR-GANAR: LA LUCHA POR LA ESTABILIDAD
También en la tesitura de la “comedrama” y soportada por otra gran actuación de Paul Giamatti, ahora interpretando a un abogado y entrenador de lucha que adopta a un adolescente silencioso con grandes capacidades para la batalla cuerpo a cuerpo, nieto de un cliente, para recibir algo de dinero mientras las cosas se estabilizan un poco, llega en formato de video Ganar-Ganar (Win Win, EU-11), filme que bien vale la pena rescatar del injusto olvido en el que lo puso la cartelera no solo de nuestra Ciudad, sino del País. Una buena muestra de un cine estadounidense que queda un poco tras bambalinas pero que sabe apelar a nuestra inteligencia.
Una trama sensible y una paulatina construcción de vínculos emocionales, sin perder los necesarios pies en la tierra y momentos de humor, particularmente cortesía de los colegas entrenadores y algún alumno poco aventajado, hacen del tercer filme del también actor Thomas McCarthy, responsable de las muy recomendables The Visitor (08) y Descubriendo la amistad (03), una consistente propuesta acerca de cómo los problemas de la vida pueden ir tomando un cauce controlado, si no para resolverlos, sí para sobrellevarlos, entre las exigencias familiares, las de los clientes, los jóvenes aprendices y quien se sume esta semana.

BRAD MEHLDAU: EL PIANO COMO SUJETO JAZZÍSTICO

23 mayo 2012

Antecedido por grandes maestros del piano jazzístico como Oscar Peterson, Duke Ellington, Art Tatum, Bill Evans, Thelonius Monk, Bud Powell, John Lewis, Errol Garner, Cecyl Taylor, McCoy Tyner, Kenny Barron, Herbie Hanckock, Chick Corea y Keith Jarret, por mencionar solo algunos de ellos que han construido una tradición de alcance global, el nacido en Jacksonville, Florida en 1970 e inquieto desde la infancia con el asunto musical, comparte el espacio de privilegio entre los virtuosos contemporáneos del planeta jazz, como sus maestros Fred Hersch y Kenny Werner, y Tord Gustavsen, Vijay Iyer, Marcin Wasliweski Jason Moran, Bobo Stenson, Geri Allen, Joey Calderazzo y Gonzalo Rubalcaba, entre otros muchos que mantienen la tradición de este instrumento indispensable para la síncopa y la creación de atmósferas rítmicas y melódicas.
Ya instalado en Nueva York a los 18 años se integró a la banda de Jimmy Cob para posteriormente formar parte del cuarteto de uno de los maestros actuales del saxofón, Joshua Redman. Se dio a conocer en solitario con el indicativo Introducing Brad Mehldau (95), sólida carta de presentación viajando de un clasicismo asimilado a una búsqueda de fronteras con otros universos sonoros: entre la forma de la ejecución precisa y el gusto contagiante de la improvisación, el apenas cuarentón pianista ha logrado cimentar una trayectoria absorbente e incansable, ya sea como líder, acompañante o parte de grupos integrados por puros pesos pesados. Antes había grabado dos volúmenes titulados New York-Barcelona Crossing Volume 1 / 2 (93) con el trío Rossy y Sambat y When I Fall In Love (93) con los primeros.
Vendría pronto el inicio de una serie de discos dedicados al trío como formación musical de equilibrio absoluto y diálogo de rítmicas múltiples: The Art of the Trio (96), Live at the Village Vanguard (97), Songs (98), Back at the Vanguard (99) y Progression (00), se constituyeron como una muestra notable de la manera en que esta estructura jazzística se mantiene vigente, ya sea en estudio o en vivo, y con enriquecedora capacidad de evolución. Estos cinco álbumes están ahora disponibles en una caja firmada por la prestigiosa disquera Nonesuch en el 2011, con la que se estrenó vía el álbum Live in Tokyo (03).

EL TRÍO Y OTRAS POSIBILIDADES
Entre esta serie dedicada al trío, formación con la que ha seguido grabando en forma consistente, presentó Elegiac Cycle (99), obra en solitario con espíritu clásico y Places (00), que además integraba algunos cortes acompañado por bajo y batería. El nuevo siglo fue saludado con el rompedor Largo (01), salpicado con versiones de The Beatles, Radiohead y Jobim, y Anything Goes (02), álbumes de carácter más explorador y en que se exigía un cambio en ciertos parámetros interpretativos. Volvería a formar un triángulo sonoro en Day is Done (05) bajo el nombre de Brad Mehldau Trio, que fue capturado en vivo a través del notable y energético álbum aparecido en el 2008. House on Hills (06) resultó de reelaboraciones de cortes inéditos grabados un par de años antes.
Para mostrar su amplio registro estilístico, compartió piano con Kevin Hays y Patrick Zimmerli en Modern Music (06). Compuso un par de trabajos pedidos por el Carnegie Hall, The Blue Estuaries y The Book of Hours: Love Poems to God, (05), retomados en el álbum Love Sublime (06) en complicidad con la soprano Renee Fleming. En esta línea, participó en Love Songs (10) un álbum doble de canciones interpretadas por la mezzo-soprano sueca Anne Sofie von Otter, como para no olvidar su vertiente clásica.

Siguió con Highway Rider (10)viaje desarrollado junto a personajes del calibre del viejo conocido Joshua Redman, y del excelso percusionista Matt Chamberlain, además de compartir créditos con su trío integrado por Jeff Ballard (batería) y el cómplice eterno Larry Grenadier (bajo), y con una orquesta, brindándole a este álbum doble un aliento épico en el que el piano se erige como la columna vertebral de un edificio sonoro plagado de texturas armónicas. Como para confirmar que la técnica se mantiene al servicio de la inspiración y no al revés, ahí está el sensible y celebratorio Ode (12) disco homenaje enfocado a explotar las posibilidades del trío como formación y propuesta.
Ha formado asociaciones con gente de la estatura del guitarrista Pat Metheny, de los venerables Charlie Haden, Paul Motian y Lee Konitz (en el finísimo Live at Birland, 11), y colaborado con Michael Brecker, Wayne Shorter, John Scofield y Charles Lloyd, entre otros. Su música ha aparecido en filmes de Clint Eastwood (Medianoche en el jardín del bien y del mal, 97; Jinetes del espacio, 00), Wim Wenders (Million Dollar Hotel, 00) y Stanley Kubriclk (Ojos bien abiertos, 99), además de firmar el soundtrack para el filme francés Mi esposa es una actriz (01).
Una narrativa nítida e intrincada según la exigencia de la partitura; combinación de matices inesperados; pedales que se imbrican con la pulsación del mapa negro y blanco; juego de compases que nos rebasan y la posibilidad de construir abstracciones musicales, son elementos que el pianista y sus amigos desplieguen en vivo, como se muestra en el efusivo Live in Marciac (11), cual muestra que reivindica el cliché: la música en vivo…

UNA VIDA CON MUCHAS EXISTENCIAS

19 mayo 2012

De pronto nos podemos encontrar con cierto tipo de películas que vienen antecedidas por encendidos elogios de la crítica y por la cosecha de varios premios alrededor del mundo. Pero cuando nos sentamos a verlas, nos invade la sensación de que no estamos entendiendo nada o que de plano se trata de una cinta con la que no conectamos, dada su estructura narrativa, su propuesta temática o la ausencia de un argumento más o menos asible. Los bostezos empiezan a presentarse con mayor frecuencia y uno se pregunta si vale la pena continuar o dejar la mirada del film por la paz.
En ese momento podemos tomar la decisión, válida desde luego, de abandonar la sala o detener el disco y pasar a otra cosa, sin por ello sentirnos que no estamos a la altura de la obra maestra que nos prometieron. Pero también podemos persistir en el intento de involucrarnos afectiva y emocionalmente con lo que estamos viendo, abriendo los ojos y orejas de una manera más flexible, de tal forma que al final estemos en condiciones de emitir un juicio con más elementos: no se trata de que a fuerza nos guste, pero al menos nuestro dictamen, siempre subjetivo, será con mayor conocimiento de causa.
Los apuntes anteriores vienen a cuento por la llegada a los cineclubes de la Ciudad de La leyenda del Tío Boonmee (varios países, 2010), ganadora de la Palma de Oro en Cannes y dirigida por el nacido en Bangkok Apichatpong Weerasethakul, arquitecto y artista que se ha convertido en un referente dentro del mundo del cine por su capacidad de emplear el medio para expresarse en términos metafísicos: pronunciar correctamente su nombre implica apenas una de las primeras dificultades para poder vincularse con su propuesta fílmica, centrada en la existencia de mundos espirituales que conviven con éste, y en la posibilidad de desdoblar existencias, percepciones, experiencias, recuerdos y visiones, en contextos naturales de exuberancia vital, tal como se puede apreciar en las cintas Malestar tropical (04) y en Síndromes y un siglo (06).
En lo personal, me ha ayudado apreciar las películas de este director, a quien le podemos decir Joe, ubicarme en la lógica de no esperar una historia coherente y a no intentar entender lo que se me está presentando, al menos en un primer momento; tampoco buscar una secuenciación clásica de sucesos, sino más bien pensar en una especie de collage en el que uno va buscando conexiones sugeridas. Por supuesto, ayuda bajar el número de pulsaciones y entender que estoy frente a una cinta ubicada en la tendencia del slow cinema, tratando de fijarme más que en la acción externa –casi inexistente- en los elementos contextuales y en cómo se van trastocando los personajes.

EL TÍO Y SUS RECUERDOS
La idea de la película y del proyecto llamado Primitivo, conjunto de cintas que se presentó en el Museo de Arte Moderno de París, surgió cuando un monje le entregó al director un pequeño libro sobre un hombre, Boonmee, capaz de recordar todas sus vidas pasadas: “No necesitaríamos el cine, si fuéramos capaces de entrenar nuestro espíritu a ver más allá como Boonmee. Desgraciadamente, la mayoría somos demasiado triviales… somos seres primitivos” (El País, 15/12/09).
Con una fotografía prácticamente al natural que encuentra ciertos planos de gran vigor estético, seguimos un hombre con insuficiencia renal que decide ir, en compañía de su cuñada y su sobrino, a la selva donde tenía una especie de granja y así reencontrarse con sus recuerdos, esas luces del pasado que nos permiten apreciar el presente y vislumbrar el futuro. Cercano a la muerte, el sensible tío empezará a tener encuentros fantásticos con el espíritu de la esposa y con su hijo extraviado ahora vuelto mono fantasmal, de una manera tan natural que parecieran sucesos esperados, como en el mundo de El viaje de Chihiro (Miyazaki, 01) o del cine de Tsai Ming Liang.
En una orientación primitivista, tanto en la forma cinematográfica como en el fondo temático, van apareciendo criaturas y personajes diversos, en apariencia inconexos, como un búfalo en un entorno azuloso, un pez, una vaca y una princesa en crisis cuyo reflejo parece ser un llamado del algún dios líquido que cae en la cascada y se inserta en el agua. Vegetación abundante y diversa; una cueva platónica donde todo empezó; la apicultura y la siembra de tamarindo cual vínculo con la naturaleza: buscar las relaciones invisibles entre los diversos elementos y segmentos parece ser una invitación del tailandés como boleto de entrada a su cosmovisión, de fuerte corte orientalista.
Reencarnaciones, vidas presentes y pasadas, viaje del alma que se transfigura y de pronto, la posibilidad de ser ubicuo: quedarse a ver las imágenes televisivas o retirarse de la habitación como parte de la conclusión (es un decir) del film, en donde el inicio de la trayectoria como monje no está exenta de dudas y disyuntivas. Pero los vasos comunicantes se abren en definitiva: entre los vivos y muertos, entre las criaturas y los humanos, entre una modernidad aplazada y un regreso a las formas básicas. Entre la ternura que fluye cual bálsamo curativo y la reconciliación consigo mismo, mediado por el otro, aparece la mirada hacia una necesaria renovación.

LA VOZ DEL DRAMA: ENTRE LUCES Y LÁGRIMAS CONTENIDAS

12 mayo 2012

Su imagen andrógina se integra a una voz trémula y poderosa a la par, de angustia perpetua y de súplica abstracta: la energía femenina se funde con una masculinidad emergente, a través de lamentaciones insertadas en estructuras de cuerdas agobiadas y pianos melancólicos, como si de un cabaret cargado de explosiones contenidas se tratara, tal como lo expresó a través de Blacklips, un ensamble de performance, dada su formación teatral, formado durante los noventa por este hombre cual Boy George postmoderno. Las orquestaciones como recurso expansivo, acá funcionan para acentuar ciertos estados de ánimo, más cargados hacia la introspección.
Nacido inglés, crecido californiano y mudado a Nueva York, Antony Hegarty (1971) se ha expresado artísticamente desde la ambigüedad sexual no como pose mediática, sino como territorio descubierto para la dualidad y la manifestación afectiva. Formó su grupo a mediados de los noventa y debutó con Antony and the Johnsons (00), justo para romper la entrada del nuevo milenio: con una presencia vocal de profunda emoción, acompañada por una instrumentación rica y pausada proveniente de arpa, clarinete, chelo saxofón y demás, usualmente pertinente para el despliegue de los afectos melódicos. Posteriormente, colaboró con Lou Reed y apareció en Fábrica de animales (00), película dirigida por el actor coeniano Steve Buscemi.
Tras la realización de una serie de EP´s, entre los que destacó The Lake (04), surgió I Am a Bird Now (05) su obra cumbre con la que se daría a conocer masivamente: toda la catarsis depositada en la imagen de un ave enjaulada que quiere escapar, pero cuando se abre la puerta no lo puede hacer, a pesar de tener enfrente la oportunidad de la libertad. Se trató de uno de los mejores discos de aquel año y uno de los imprescindibles de la década, con un pesimismo a flor de piel y lleno de invitados ilustres, entre quienes estaban el propio Lou Reed, Boy George, el freakfolker Devendra Banhart y Rufus Wainwrigh, también recorriendo los territorios de la ambigüedad sexual.
El destino lo llevó a participar con gente como Björk en su álbum Volta y con Leonard Cohen en su documental I´m Your Man, para volver al estudio y producir el EP Another World (08). Su siguiente larga duración, The Crying Light (09), se mantuvo a la altura de su predecesor y quedaba definido muy bien desde su título: un halo de esperanza se escapa en medio de lágrima lapidarias: aunque bañada de llanto, luz al fin. Una mortuoria mujer que en realidad es Kazuo Ohno, mítico bailarín japonés a quien se le dedica el disco, aparece atrapado con su máscara y en su propio canto, invadiendo la portada con el dramatismo escurriendo desde el interior, como si se tratara de un juego de imágenes que se reflejan unas a otras con cada vez menos parecido entre sí.
Swanlights (10) mantuvo la misma tónica, con esa propuesta instrumental que se despliega con elementos reducidos, abriendo espacios y pausas para la introspección emocional, dejando que el dolor fluya entre una vocal que guía la angustia, siempre seguida por una rítmica discreta, que de pronto se abre a propuestas más de carácter orquestal y a ocasionales metales que rompen con el escenario de tristeza, acercándose a un soul jazzeado de cercana vinculación. Devolviendo el favor, la pequeña islandesa prestaría su voz para la canción Flétta.
Antony and the Johnsons se presenta este sábado con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México en el defeño Teatro de la Ciudad. Bien vale la pena el recorrido para derramar unas cuantas lágrimas por los motivos que se tengan: siempre habrá alguno.

ROCK DE MANUFACTURA RECIENTE
Como parte de los festejos de la revista Marvin, nos visitan tres bandas de reciente cuño que se están abriendo espacios en nuestros oídos. Formados en Londres, el cuarteto multinacional The Boxer Rebellion, debutó con Exits (05), álbum que inició ese duro recorrido para encontrar la propia identidad, en medio de un mar de propuestas más o menos similares, enclavadas en un rock que bebe de influencias varias. Con Union (09) la puntería se fue afinando hasta que grabaron en los estudios de Peter Gabriel su tercer disco, The Cold Still (11): un piano elocuente, melodías más punzantes y una instrumentación más enriquecedora, se constituyeron como elementos bienvenidos para su propuesta.
Por su parte Atlas Sound se propone como un proyecto paralelo del ateniense –de Georgia- Bradford Cox, miembro de la estupenda banda Deerhunter, en el que igual cabe un poco de sicodelia que lances pop de trayectoria laberíntica, salpicada de una postura glam que asemeja un viaje por parajes de extraña configuración y colorido, tal como se escucha en Let the Blind Lead Those Who Can See But Cannot Feel (08) y, sobre todo, en los muy logrados Logos (09) y Parallax (11). Mientras tanto, Crocodiles es un dúo de San Diego que se mueve en los ambientes del noise-pop, siguiendo los pasos de Sonic Youth, entre melodías reconocibles y ataques guitarreros: debutaron con el conciso Summer of Hate (09) y continuaron con Sleep Forever (10) y Endless Flowers (12).

PAUL McCARTNEY: HAY VIDA DESPUÉS DE THE BEATLES

5 mayo 2012

Si bien ninguno de los cuatro integrantes del grupo más importante en la historia de la música popular alcanzó en solitario el nivel logrado en colectivo, sus trayectorias no desmerecen en absoluto. En particular, Paul McCartney ha logrado mantenerse en activo durante más de cuarenta años de manera propositiva, no solo viviendo –y cobrando- de las viejas glorias, sino grabando, componiendo y haciendo ruido: no se ha conformado con sobrellevar el peso de ser un ex – Beatle, sino que se ha labrado una carrera solista con más altas que bajas, aún regalándonos algunas joyas pop que bien podrían formar parte del cancionero del cuarteto de Liverpool.
El originario de Liverpool, formó parte de Quarrymen a los 15 años, donde conoció a John Lennon y a George Harrison, banda que resultó ser el simiente del mayor fenómeno rockero a la fecha. Después de haber grabado The Family Way (67), un breve soundtrack todavía como Beatle y tras la ruptura definitiva del grupo, inició su carrera solista con McCartney (70) y Ram (71), un par de álbumes hechos en casa con la sensibilidad compositiva a punto, y que funcionaron como una especie de mensaje personal acerca de que había vida más allá de haberse convertido en piedra angular de The Beatles. Ram mereció una particular versión instrumental bajo el nombre de Thrillington (77).
A finales de 1971 formó una banda conocida como Wings junto con su esposa Linda y pronto presentaron Wild Life (71) y Red Rose Speedway (73), discos sin demasiado que escribir a casa, que más bien parecieron preparar Band On the Run (73), obra maestra cuyo aliento se extendió a Venus and Mars (75), justo cuando el grupo gozaba de mayor popularidad. En Speed Sound (76), ya otros miembros contribuyeron con algunas composiciones, aunque se seguía percibiendo que más bien se trataba del grupo del ahora Sir. La aventura alada, considerando también los numerosos sencillos producidos, terminó con Wings Over America (78), disco en directo, y con Back to Egg (79) digno cerrojazo a la labor setentera.
Volviendo a la soledad, grabó McCartney II (81) sin mayores repercusiones al que le siguió el sólido Tug of War (82) producido por el genio productor beatlesco George Martin y con el sencillo Ebony and Ivory al frente, cantado en dueto con Stevie Wonder. Con Michael Jackson, en plena época Thriller, grabó un par de canciones y una de ellas, Say, Say Say, apareció en Pipes of Peace (83), álbum irregular con dos o tres cortes para ser recordados pero que no alcanzó la consistencia esperada, en contraste con la repercusión que tuvo en términos de mercado.
Para concluir la década, apareció Press to Play (86), con el cual empezó a recuperar el camino y con Flowers in the Dirt (89), en compañía de Elvis Costello con quien colaboró en su álbum Spike (89), terminó de trazarlo para afrontar los años por venir con ánimos renovados. En el ínter, se encargó de la dirección de la película Give My Regards to Broad Street (84), de la que solo vale la pena recordar la pieza One More Lonely Nights (compositor a tus canciones) y la grabación de un disco de viejitas rocanroleras titulado Choba B CCCP (88).
Tras un álbum Unplugged, se unió a la tradición de los grandes músicos ingleses de la historia y grabó Liverpool Oratorio (91), una pieza clásica seguida de Off the Ground (93), regresando al mundo pop con algunos cortes memorables que contrastaron con otros más bien olvidables. Bajo el pseudónimo de Fireman (94), le entró al universo ambient /tecno para regresar al clasicismo con The Leaf (95) y de ahí trabajó en una antología de The Beatles, para regresar a su obra característica con Flaming Pie (97), notable muestra de que aún quedaba acordes para compartir.
Integrado por algunos covers, Run Devil Run (99) pareció ser un escape ante la muerte de Linda, acaecida un año antes. Incansable, el dulcemente experimentado protector de los animales grabó Liverpool Sound Collage (00) en tono electrónico y Driving Year (01), que inauguró otro periodo de bienvenido derroche de talento, expresado en el espléndido Chaos and Creation in the Back Yard (05) con el apoyo del brillante productor Nigel Godrich, y en Memory Almost Full (07), colección de finas canciones con el añejo sello de la casa.
Después de un disco en vivo y la realización del ballet Ocean´s Kingdom (11), el casi setentón recién nos obsequió Kisses on the Bottom (12), cual boleto para realizar un viaje al pasado de la música popular, particularmente en los terrenos primigenios del R&B y del Rock & Roll, que ha servido como base sustancial para el desarrollo del cancionero del multinstrumentista, mismo que forma parte de nuestras andanzas, desde las clásicas de The Beatles hasta las más recientes composiciones, acompañándonos incluso cuando parecía haberlo dicho todo.