Posts Tagged ‘Comedia’

EL AGENTE DE C.I.P.O.L. O LA MISIÓN IMPENSABLE

26 septiembre 2015

Son los años de la guerra fría. Soviéticos y estadounidenses mantienen una más que tensa calma llena de escarceos, amenazas y desarrollo militar en paralelo, como para mostrar los dientes e inhibir al enemigo. Norman Felton y el especialista Ian Fleming planearon desarrollar una serie televisiva que retomara desde una perspectiva desenfadada y juguetona esta contraposición, siguiendo el modelo de James Bond. Con guion de Sam Rolfe nació El agente de CIPOL, que vivió de 1964 a 1968 con Robert Vaughn y David McCallum en los papeles de Napoleon Solo e Ilya Ilia Kuryakin respectivamente.

Dirigida y coescrita por Guy Ritchie, quien ya había retomado tema conocido en Sherlock Holmes (2009) y la trama de enredos con soltura y centrada en el mundo criminal en Juegos, trampas y dos armas humeantes (1998), Snatch: Cerdos y diamantes (2000) y RocknRolla (2008), El agente de C.I.P.O.L. (The Man for U.N.C.L.E, EU-GB, 2015) es una gozosa recreación de una época en la que todavía existían los secretos y el factor humano pesaba mucho más que en estos tiempos de sistemas, tecnologías y drones donde se libran guerras a kilómetros de distancia desde un resguardado cubículo, como se muestra en Operación letal (Niccol, 2014).

Una intensa persecución con pinceladas humorísticas en los linderos del Muro de Berlín para abrir boca y situarnos en el contexto. Un agente de la CIA y una mujer huyen de un implacable miembro de la KGB dispuesto a no soltar a su presa. Con la premisa de la pareja dispareja que termina siendo forzada a colaborar pese a sus notorias diferencias en formas, costumbres y estrategias, se detona una misión de idas y vueltas con aroma retro y emociones hábilmente repartidas para mantener el interés en el proceso y los resultados, particularmente en la interacción de los dos protagonistas.

Sostenida por un diseño de producción que vale por sí mismo, entre lucidor vestuario cual desfile deAgente CIPOL modas en situación, locaciones para extraviarse y todo un conjunto de objetos y detalles que en efecto nos remiten a los sesenta en su vertiente sofisticada y de la lucha por la hegemonía mundial, la cinta transcurre en consonancia con esta estética desde el punto de vista de la cámara, sus desplazamientos entrecortados y los encuadres de colorido contrastante con las oscuras intenciones de los malosos, aquí encabezados por una rica heredera (Elizabeth Debicki) y su galán (Luca Calvani).

Recurriendo con efectividad a la estrategia cómica de colocar dos tipos de acción contrapuestas en una misma escena (la persecución en lancha, la silla eléctrica), así como la reiteración de situaciones que se suceden en varios contextos (el beso imposible), el desarrollo argumental equilibra con flexibilidad y soltura tanto las secuencias de adrenalina como las de fino humor, sin que unas anulen a las otras. Se advierte un buen aprovechamiento de recursos para jugar fuera de la pantalla y dentro de ella, potenciando sus diferentes espacios y posibles divisiones.

Contribuyen a la precisión del tono las interpretaciones de Henry Cavill y Armie Hammer, como la pareja de espías que reflejan los clichés de sus respectivos países, no obstante que parecía una decisión arriesgada después de sus no del todo afortunados papeles de Superman y El llanero solitario. El tercer vértice es cubierto con gracia y audacia por Alice Vikander, combinando arrojo y distinción en los momentos apropiados. El elenco lo complementa un breve y siempre elocuente Jared Harris; un pausado y convincente Hugh Grant y Silvester Groth como el tío desquiciado.

Ritchie ha logrado actualizar una serie y un contexto retomando su esencia y adicionando un aliento de actualidad: parece que vemos al mismo tiempo una película de hace cincuenta años producida el día de ayer. Estamos ante el inicio de una franquicia que esperemos no termine dando círculos o redundando con el exclusivo propósito de atender a la taquilla. Una misión que podría parecer impensable pero que siempre es posible.

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ESPÍAS DESENFADADOS

22 julio 2015

Las películas de espías se han vuelto muy serias, le dice Samuel Jackson a Colin Firth en una tensa y divertida conversación que sostienen acerca de los clichés que pululan en las cintas de acción en general: además, rememoran los primeros filmes de James Bond mientras saborean unas hamburguesas en bandeja de plata y miden fuerzas una vez que han descubierto su inevitable rivalidad.

El subgénero ha dado pie a diversas tendencias que van de un realismo ajeno a cualquier tipo de glamour (La vida de los otros, 2006; Un enemigo en casa, 2007; El espía que sabía demasiado, 2011; El hombre más buscado, 2014) a la comedia que viaja entre la parodia y el homenaje con la serie, no la película, del Súper Agente 86 como referencia principal (Espías como nosotros, 1985; Johnny English, 2003/2011; Austin Powers, 1997/1999/2002), pasando por el tratamiento deliciosamente idealizado justamente con James Bond a la cabeza, aunque recientemente se haya tenido que manchar las manos en las estupendas películas protagonizadas por Daniel Craig, en la línea de Jason Bourne y otros atormentados y vulnerables personajes.

La veta del espionaje sigue dando buenos frutos, como se puede advertir en la intensa serie Los infiltrados (The Americans, 2013 – ), que ya comentamos en este espacio, y en películas recientes que amplían las posibilidades para seguir disfrutando de estos personajes y sus emocionantes aventuras, ya sea desde la lógica del humor o de la estética comiquera y de videojuego, como sigue.

ESPÍA EN TUBOS Y CHANCLAS

Realizada con preciso sentido cómico y flexible dirección de actores por Paul Feig, Spy: Una espía despistada (EU, 2015)Espía es una hilarante comedia que se sustenta tanto en la creación de situaciones como en ingeniosas líneas de diálogo, además de jocosas interpretaciones con el necesario énfasis para que los personajes se desarrollen más allá de los meros estereotipos chistositos. La trama es más o menos convencional: varios malosos están en busca de adquirir una bomba y una eficiente analista que ayuda a su compañero en el trabajo de campo desde su computadora, tiene que entrar al quite para salvar al mundo.

El director vuelve a hacer mancuerna con Melissa McCarthy, después de Damas en guerra (2011) y Chicas armadas y peligrosas (2013) para desarrollar un papel que pareciera estar pensado para ella, dado su registro interpretativo: así, puede ser una dulce analista, la mejor vendedora de algún estado del medio oeste norteamericano, la loca de los gatos que no falta ni en Los Simpsons, la tía que nadie quiere ir a visitar, una explosiva armapleitos o una lépera guardaespaldas, según se necesite.

El registro cómico de la protagonista se ve potenciado por una serie de interacciones con otros intérpretes para resolver algún tipo de asunto: con Jude Law, su galán inalcanzable apenas susurrándole al oído a kilómetros de distancia y recibiendo espantoso regalo; con Jason Statham, quien no deja de burlarse de sí mismo y de sus personajes anteriores, al tiempo que minimiza a la agente recién integrada en campo; con Rosie Byrne, insultándose de lo lindo mutuamente a través de ingeniosos diálogos y confirmando el lugar común que este tipo de películas son tan buenas como la villana en cuestión; con su amiga Miranda Hart, toda una revelación de caras y gestos, aquí como un ideal complemento de la rotunda espía con peinados diversos y con Allison Janney, en ajustado plan anticlimático.

ESPÍA EN JEANS Y SWAG

Con base en la novela gráfica de Mark Millar y Dave Gibbons The Secret Service, y guion de la colaboradora habitual Jane Goldman, Matthew Vaughn dirige Kingsman: El servicio secreto (Reino Unido, 2014) con la necesaria dosis de picardía, vitalidad y estilacho entre elegante e irreverente. Cierta estética de videojuego, sobre todo en las coreografías de los divertidos pleitos, se combina con elementos de un mayor clasicismo que se refleja en las secuencias de entrenamiento y equipamiento de los futuros espías.

Una agrupación secreta pierde a uno de sus miembros y tiene que darse a la tarea de seleccionar a su reemplazo, para lo cual recluta niños bien de la sociedad inglesa, salvo un adolescente curtido en la lógica de las banquetas y los barrios de alumbrado público insuficiente. Al mismo tiempo, un villano de caricatura, peligroso por inestable y riesgoso por sus conexiones políticas (suena conocido), pretende ayudar al planeta haciendo un proceso de selección antinatural, de acuerdo con sus propios criterios y apoyado por una mortal fémina de aspecto cortante.

Además del dinamismo en la edición y el desarrollo de secuencias explosivas que integran pertinentes elementos deKingsman comedia, el filme cuenta con un reparto tan impecable como la elegancia de los caballeros ingleses: del venerable Michael Cane al contundente Mark Strong y del sofisticado Colin Firth a la impredecibilidad de Samuel L. Jackson, pasando por los cumplidores jóvenes Taron Egerton y Sophie Cookson.

Dentro de la filmografía de Vaughn, esta cinta está más cerca de No todo es lo que parece (Layer Cake, 2004), que por cierto incluía en su reparto al futuro James Bond, y de Kick-Ass (2009), el superhéroe común, que de Stardust (2007) y de la brillante X-Men: Primera generación (2011), aunque el realizador inglés vuelve a demostrar su capacidad para moverse dentro de los estándares del mainstream con gran soltura y astucia, ensanchando sus márgenes con pizcas de innovación e inteligencia.

WELCOME TO THE HOTEL BUDAPEST

12 agosto 2014

El hotel como personaje y objeto de narración, espacio para convivencias efímeras pero trascendentes, se ha presentado en filmes tan notables como Gran Hotel (Goulding, 1932), mezcla de drama y romance con ambiente berlinés como fondo: Greta Garbo, John Barrymore y una muy joven Joan Crawford, transitaban entre pasillos, afectos y dinámica hotelera, también presente en los enredos de los hermanos Marx para montar una obra teatral en la clásica El hotel de los líos (Seiter, 1938).

Enclavada en el realismo poético francés, Hotel du Nord (Carné, 1935) funciona como escenario irónico a personajes cargados de historias dignas de contarse; o bien en cuanto a escenografía de grandes relatos épicos y románticos como el Hotel des Bains de Muerte en Venecia (Visconti, 1971). Ahí está el oscuro proyecto conjunto entre Bono y Wim Wenders titulado Million Dollar Hotel (2000), así como el humor retorcido de Hotel New Hampshire (Richardson, 1984), basada en la famosa novela de John Irving. Para rejuvenecer sin necesidad de pócimas mágicas, El exótico hotel Marigold (Madden, 2011) puede ser una buena opción.

LA BELLEZA DE LA DECADENCIA

Dirigida por Wes Anderson (Los excéntricos Tenenbaum, 2001; Vida acuática, 2004; Viaje a Darjeeling, 2007), referente ineludible del cine estadounidense contemporáneo ya poseedor de un estilo propio, de inmediato reconocible y muy pronto trascendente, El gran hotel Budapest (EU, 2014) es un filme que se mueve entre una lógica posmoderna cargada de una colorida nostalgia y un romanticismo a flor de piel, expresado en la incorporación poética y la pintura del periodo (ahí está la presencia del pintor Caspar David Friedrich), y en la idea de rescatar al individuo por encima de sus circunstancias.

La historia transcurre en la provincia inventada de Zubrówka, que además de ser una marca de vodka polaco, hace las veces de región del este de Europa. Seguimos las vicisitudes del conserje buen amante de octogenarias y recitador poético medio histérico Monsieur Gustave (Ralph Fiennes, dando los matices necesarios a su personaje) y su fiel botones Zero (Tony Revolori, de bigote irrisorio), leídas en los 70´s por una joven lectora frente al busto del escritor (Tom Wilkinson), quien después cuenta cómo supo de la historia para trasladarnos a la conversación entre él cuando era joven (Jude Law) y el Monsiuer Moustafa (F. Murray Abraham, elocuente), en los 60´s, cuando le cuenta todo el relato sucedido entreguerras.

No faltan en la historia elementos narrativos clásicos casi hitchconianos: la misteriosa muerte de una viejilla millonaria con mal esmalte de uñas (Tilda Swinton), llena de familiares buitres, entre quienes están las hijas y su siniestro vástago (Adrien Brody, encendido) y su matón cuasivampírico por aquello de Transilvania (Willem Dafoe); una estancia y escape carcelario con gigante salvador y líder descamisado (Harvey Kietel); un policía llegando un segundo después y emergiendo del subsuelo (Edward Norton); testigos en peligro como el abogado encargado de la herencia (Jeff Goldblum) y el típico mayordomo sospechoso (Mathieu Amalric), secundado por la sirvienta chismosona (Léa Seydoux).

Un guion que remite a la circularidad de Un reino bajo la luna (2012) y que se basa en los escritos de Stefan Zwieg, más como un homenaje a su obra completa que a un texto en específico, y una dirección de fotografía que provoca de inmediato estados de ánimo entre añorantes y cómicos, aderezados por la música lúdica de Alexander Desplat, siempre en modus vivendis. Las referencias indirectas a la época van desde la política (el ZZ en lugar de la SS), a la pintura (Klimt), pasando por la arquitectura y, desde luego, la poesía inmiscuida en los sucesos cotidianos y en el destino de los personajes.

Es así como el filme transcurre con múltiples referencias no solo cinéfilas, con el director alemán Ernst Lubitsch a la cabeza, sino también de otras artes y del devenir histórico y cultural donde se inserta. Anderson crea mundos en contextos específicos pero con un cierto halo de irrealidad, entre surrealistas y paralelos pero con fuertes vínculos con ese mundo al que finalmente se pertenece: ahí está toda la exasperante, para el personaje central, secuencia de los monjes misteriosos, así como la aparición de mensajes indicativos solo para el espectador.

EL PODER DE LA RECREACIÓN

Como plantea Alfredo Leal (La Tempestad, No. 97, julio-agosto, 2014), Anderson hace películas que como formas de adaptación no solo explican el mundo, sino también las posibilidades que se concentran en dicha explicación. En efecto, para el director de Ladrón que roba ladrón (1996), la realidad se convierte en fuente susceptible de retomarse, moldearse, manipularse y reconstruirse para crear una nueva atmósfera que se debe, paradójicamente, a esa realidad base: de ahí que se integre la presencia de un narrador identificable y después pareciera desaparecer ante el cúmulo de eventos que se suceden con independencia.

Un buen ejemplo de este juego de perspectivas que gusta tanto al director originario de Houston, es el gran valor que tiene el cuadro inexistente El niño y la manzana atribuido a un pintor ficticio pero con todo el estilo de la época, sustituido por un cuadro de dos mujeres tocándose sexualmente que remite de inmediato a la estética del artista Egon Schiele. Un mundo en el que se enfrenta la codicia frente al aparente pudor romántico.

Hotel BudapestAdemás, están los encuadres claustrofóbicos pero cómodos del elevador, el camarote, el comedor de los empleados y la habitación, guardando una simetría de carcajada, con cachetes encimados y narices sangrantes. De paso, se agradece el guiño del lunar con forma del mapa de México que luce la pastelera y hábil cómplice/novia del botones (Saoirse Ronan). Los acostumbrados travellings casi caricaturescos muy bien explotados en El fantástico seño zorro (2009), se integran con las tomas frontales que nos ponen en diálogo directo con los personajes y sus circunstancias.

En este universo andersoniano, confeccionado a partir de la combinación de formatos en los que  aparecen pantallas cuadradas (secuencias más oscuras o en exteriores) y rectangulares, según el momento y escenario, cabe un permanente énfasis en las texturas y los colores: los naranjas y amarillos que predominan en los interiores del hotel implican un contraste completo con los azules y verdes de la cárcel y los blancos fantasmagóricos de los exteriores, tanto en los montes nevados como en el acostumbrado correr del tren. Claro que aparecen los rojos intensos cuando la pasión contenida quiere aparecer, ante el reiterado ordenamiento de no coquetear con la mujer ajena.

Pero el tono de comedia profunda emparentada con el cine de Aki Kaurismäki, termina por ser fundamental, sobre todo por las hilarantes secuencias reiteradas del movimiento de cortinillas y de; de la sociedad secreta de las llaves en la que participan, casi a manera de cameo, Bill Murray, Bob Balaban, Fisher Stevens, Waris Ahluwalia y Wally Wolodarsky, y por la desternillante persecución en las instalaciones abandonadas de los juegos de invierno, en las que tanto persecutores como perseguidos no tienen ninguna razón para hacer lo que están haciendo. No faltan los cameos de los habituales Owen Wilson y Jason Schwartzman, como para recordarnos el sello de la casa.

Un hotel en el que puedes checar la entrada cuando quieras pero del que nunca te podrás ir. Al menos en tus recuerdos como sucede en la canción de The Eagles y en El resplandor (Kubrick, 1980). La mejor película que he visto este año.

UN REINO BAJO LA LUNA: LA EDAD DE LA INOCENCIA

8 abril 2013

Si un rasgo distintivo de los grandes directores cinematográficos es su capacidad para crear un universo propio con un sello particular que se convierta en adjetivo (hitchconiano, bergmaniano, chaplinesco), entonces Wes Anderson es un claro ejemplo de cómo desarrollar una propuesta innovadora desde el punto de vista narrativo, tanto de gramática fílmica como de estética visual, basada en su característica perspectiva frontal, como para que el intercambio con el espectador se desarrolle cara a cara, en forma cercana y directa. En efecto, sus historias están pobladas por seres que navegan entre una evocativa disfuncionalidad, cargada de un humor natural, y una plena autoconciencia de su propia condición, puesta a prueba en situaciones que rayan en un inocente absurdo, siempre desarrolladas en mundos personales que parecen ajenos a la realidad.
Sus filmes acaban por ser extrañamente luminosos, no solo por el enfático uso de los colores y de la iluminación, sino por cómo sus criaturas, habitualmente desarrolladas en peculiares contextos familiares (Los excéntricos Tenenbaum, 01), ponen el corazón por delante y emprenden aventuras de liberación entre inverosímiles y arriesgadas (Bottle Rocket, 96; Vida acuática, 04; Viaje a Darjeeling, 07), que usualmente llegan a buen puerto, aunque el tránsito no resulte como se había planeado.
Después de la estupenda El fantástico seño zorro (09), en la que igual conviven las temáticas familiares con la liberación, el riesgo y el humor sutil, el también productor del filme Historias de familia (Baumbach, 05) presenta Un reino bajo la luna (EU, 12) cual mirada estrafalaria a un primer amor desplegado a través de una aventura escapista, de paso transformando a una serie de adultos un cuanto tanto extraviados en sus propias lógicas de funcionamiento, acosados por una soledad no del todo reconocida. Estamos a mediados de los sesenta en una pacífica isla boscosa de Nueva Inglaterra, a donde todavía no llegaba la revolución hippie.
Sam, quien por momentos recuerda al Max de Rushmore (98), es un inteligente y seguro niño huérfano de doce años con personalidad definida (Jared Gilman), rechazado por todos sus compañeros de la tropa scout y hasta por sus padres adoptivos; durante un campamento, decide escaparse para encontrarse, de acuerdo a un plan previo orientado a vivir en un sitio recóndito de la isla, con una niña lectora de igual edad y problemáticas similares (Kara Hayward), que vive con sus papás y sus tres hermanos pequeños, puntualmente presentados al inicio de la cinta por medio del característico travelling, mientras se explica y suena la música de Britten.Un reino bajo la luna
A la búsqueda de los niños se suma un nutrido grupo de personajes con sus respectivas manías y angustias: además de los compañeros, el líder al fin sensible de la patrulla scout (Edward Norton); el tristemente solitario policía local (Bruce Willis); los padres de la niña, una desternillante pareja de abogados que hasta en las conversaciones de recámara lo siguen siendo (Bill Murray y Frances McDormand), con megáfono y hacha en mano respectivamente, y hasta la telefonista de pronto sumada a la travesía.
Por ahí aparecen también la ruda agente del servicio social (Tilda Swinton); un jefe scout de rostro adusto con cobijita a cuadros (Harvey Keitel) y el primo de uno de los niños rescatadores, quien parece hacerla de jefe informal en los campamentos y hasta de casamentero, según se ofrezca (Jason Schwartzman): notable casting con algunos de los actores de cajón y otros bastante dispuestos a probar con registros a los que no están acostumbrados.
Los diálogos adquieren por momentos una forma teatral en la línea del mejor Kaurismäki, combinando una franqueza casi inocente con una profundidad que solo logran alcanzar los niños de cualquier edad: la hilaridad se desboca y las relaciones se reconstruyen continuamente. El diseño de arte, particularmente en el diseño de interiores, en los vestuarios siempre combinados (esa abundancia de ropa a cuadros) y en los objetos propios de la época (sensacional el tocadiscos portátil), contribuye a la inmersión en esta particular comarca dentro de la que todo parece transcurrir como si se tratara de una caricatura costumbrista de múltiples dimensiones.
La estructura narrativa, con guion de Roman Coppola, se alimenta de un puntual flashback para identificar cómo se conocieron los protagonistas, la presentación de las rutinas en la casa y en el campamento y con la presencia en apariencia fuera de la lógica argumental del geógrafo local y narrador (Bob Balaban), vestido como duende e informando sobre las características de los territorios donde se despliega la historia, también expuestos en mapas indicativos de los desplazamientos de los personajes, en busca de reinos inexplorados pero bien alumbrados por una luna grandotota.
Al score del reconocido Alexander Desplat se le suman obras de Purcell, Schubert y Saint-Saëns, intercaladas con canciones tradicionales que acompañan la brillante puesta en imágenes, pintada de un amarillo omnipresente o tendiendo a tonalidades rojas y azules, según las situaciones en las que se encuentren los personajes. Como si de una maqueta se tratara, quizá para darle ese tono de cierta irrealidad, el fotógrafo de cabecera Robert D. Yeoman construye encuadres de atractiva composición, con los diversos elementos puestos en un mismo plano interrumpiendo el horizonte, o bien jugando con las sombras y los planos, enfatizando el recurso del close-up en los dubitativos rostros infantiles. Una obra maestra.

SOCIEDADES PARODIADAS

19 septiembre 2012

Entre broma y broma, la realidad puede transparentarse para verle sus costuras absurdas, abusivas e irracionales. Comedias que funcionan a medias, dado que sus blancos son por momentos evidentes y sus trazos demasiado gruesos, pero que consiguen lanzar algunos dardos efectivos para burlarse de usos y costumbres tanto de la sociedad de consumo y del espectáculo, como de los totalitarismos políticos y religiosos. Un consistente drama de pilón que muestra el potencial peligro de las sectas.

SOCIEDAD DICTATORIAL
Dirigida por Larry Charles, responsable del provocador documental ¡Reli…¿qué?! (08) y ahora en el campo de la ficción, a diferencia de sus híbridos Borat (06) y Brüno (09), El dictador (EU, 12) es una irregular sátira que se avienta contra las dictaduras unipersonales, tan frecuentes en los países del norte de África, y contra los gobiernos dizque democratizadores de occidente que no se quedan muy atrás cuando de abusos se trata, sobre todo cuando los intereses comerciales están en juego, empleando pretextos ideológicos como fachada para el control.
Una vez más Sacha Baron Cohen coescribe e interpreta al protagónico, un dictador de un país del norte de África que se ve suplantado en Estados Unidos por un manipulable doble y tiene que sobrevivir como un inmigrante cualquiera en Nueva York, después de tener un poder inimaginable. Ben Kingsley es el traidor y Anna Faris la posible mujer de sus sueños: ambos, entendiendo el contexto, se dan vuelo con una bienvenida sobreactuación.
La premisa alcanza para regalarnos algunas viñetas de ese humor tan característico de esta dupla, entre la incorrección política más absoluta –no hay derecho humano que se salve- y la develación de ciertas realidades –el discurso ante la asamblea- que permiten hacer llevadera una historia que en términos argumentales parece más bien divagar sin mucho rumbo y sin una secuenciación que permita mantener el interés sobre la historia en sí misma.

SOCIEDAD ESTULTA
Dirigida en tono derivativo por Mike Judge, quien mostró su irreverencia con sus personajes Beavis and Butt Head y El rey de la colina, La Idiocracia (Idiocracy, EU, 06), parte de una premisa original que no se aprovecha del todo: un tipo común (Luke Wilson) y una prostituta (Maya Rudolph) del presente son congelados para un experimento; despiertan 500 años después en una sociedad dominada por la estupidez, en la que las máquinas se encargan de todo y la basura está en todas partes, como sucedía en la obra maestra Wall-E (Stanton, 08). Los ridículos espectáculos masivos, la televisión de realidad, empresarios engañabobos y la absurda impartición de justicia son apenas algunos de los rasgos de esta sociedad (la de la película).
La gente deambula sin mayor oficio ni beneficio y los recién llegados, como cabría esperar, se convierten en los más inteligentes del planeta, después de pasar algunas dificultades. Con narración en off, la idea de plantear un retroceso en el desarrollo evolutivo del ser humano, a diferencia de otras propuestas futuristas, se podría prestar a un humor más fino e inteligente: paradójicamente, la cinta no consigue trascender este planteamiento de base y se queda como un intento por satirizar a una humanidad cada vez menos inteligente, por decirlo de manera amable.

SOCIEDAD DOGMÁTICA
El problema de las sectas no es que crean en lo que crean, sino que consideren ser los únicos poseedores de la verdad, revelada solo a ellos y a nadie más, y que sus prácticas estén por encima de los derechos humanos. En Martha Marcy May Marlene (EU, 11), se describe el proceso de descomposición mental de una joven que ingresa a una secta, su escapatoria y su posterior dificultad para congeniar la realidad con la fantasía, ya viviendo en la casa de su hermana y su esposo.
Dirigida por Sean Durkin en clave de thriller psicológico y narrada en dos tiempos con certeros flashbacks que muestran episodios de la vida en la manipuladora comuna, la cinta busca más introducirse en la psiqué escindida de la protagonista que en el morbo de los sucesos shockeantes. Notables interpretaciones de la joven Elizabeth Olsen y de John Hawkes, como el siniestro líder del clan, abusador sexual, machista, manipulador y criminal, independientemente de los rollos motivadores que se avienta.
En otro registro, Locura en el paraíso (Wanderlust, EU, 12) coloca a una pareja citadina conviviendo con una comuna hippie y si bien se alcanzan algunos momentos simpáticos no todas las caricaturizaciones funcionan del todo; el asunto se vuelve un poco previsible y aunque cierra tratando de recuperar a todos los personajes, varios quedan en el limbo, como si la edición cortara ciertas posibilidades de desarrollo argumental o situaciones de mayor contraste entre ambos mundos.
Por su parte, Pare de pecar (Salvation Boulevard, EU, 12), arranca con un interesante plantemiento que contrapone la fe con la razón a través de sendos personajes –un pensador agnóstico y un pastor- y que ahonda en los dogmatismos de los nuevos creyentes en tono de humor negro. Dirigida por George Ratliff con reparto de lujo, la cinta termina por desparramarse entre los diversos cabos sueltos, los destinos de los personajes y las intrigas en torno a un crimen.

ITALIANO PARA TURISTAS Y PRINCIPIANTES

2 agosto 2012

Cuando un país o ciudad se colocan como personajes de un film, se corre el riesgo de caer en un desgastado costumbrismo de folleto, más bien saturado de anacrónicos estereotipos al borde de la caricatura; pero también se tiene la oportunidad de darle un robusto contexto al desarrollo de la trama: dependerá de la astucia del guion para incorporar, a manera de condimento, los rasgos culturales del lugar donde se desarrolla, a una trama de mayor alcance que pueda resultar interesante incluso para quienes vivan ahí. Veamos un par de ejemplos: uno en cartelera y otro en los videoclubes de la ciudad.

WOODY ALLEN VIAJA A ROMA
Nueva York, Londres, Barcelona y París. El genial director cómico más importante del cine moderno, ha sabido convertir las ciudades de sus historias en auténticos espacios vivos de relaciones, situaciones y vicisitudes con un marco urbano de enorme peso. Ahora le toca el turno a Roma, ciudad eterna que ya Fellini develó simbólicamente en La dolce vita (60), obra maestra tejida en clave séptima y que ha servido para numerosos filmes de muy variada ralea.
En su más puro estilo coral con historias apenas traslapadas de recuerdos, amoríos y descubrimientos existenciales, salpicadas con el característico humor más basado en los diálogos que en las situaciones, nos presenta De Roma con amor (Rome With Love, EU-Italia-España, 12), su nueva citadina aventura europea, continente que por lo general se ha visto más receptivo a su obra que se propio País, no obstante que la Academia estadounidense lo acaba de premiar otra vez con un Oscar por mejor guion del film Medianoche en París (11).
La combinación de personajes estadounidenses con italianos no recurre al cliché de las diferencias culturales, sino más bien a construir diversas miradas sobre temáticas recurrentes como la fama (El precio del éxito, 98; Recuerdos de una estrella, 80) el retiro, la relación de pareja, el pasado, la profesión, la terapia (“No me sicoanalices, muchos han tratado y todos han fallado”) y la creación artística (El ciego, 02). La conclusión parece ser que Así pasa cuando sucede (09) y que más bien podemos cambiar todo para seguir igual que al principio, aunque dejar de ser reconocido en la calle, cual maldición del objetivo alcanzado, se convierta en una desgracia.
Cuatro historias con un prólogo de un agente de tránsito en glorieta intransitable: una pareja madura (Allen y Judy Davis) viaja a Roma para conocer a la familia del novio (Flavio Parenti) de su hija (Alison Pill), quienes se encontraron porque ella andaba perdida buscando la Fontana de Trevi; un famoso arquitecto (Alec Baldwin) vacaciona con sus amigos y se encuentra con un joven estudiante (Jesse Eisenberg) que le recuerda sus años mozos en el barrio del Trastévere; un tipo absolutamente común se convierte, de un día para otro, en famoso por el simple hecho de ser famoso (Roberto Benigni); una pareja de Pordenone llega a la gran capital para empezar ahí una nueva vida (Alessandro Tiberi y Alessandra Mastronardi).
Si bien no todas las historias mantienen el mismo nivel de interés y ciertos momentos se antojan un cuanto tanto forzados, destacan los pasajes en los que el director aparece en pantalla con su capacidad para reírse incluso de sí mismo como Groucho Marx –hacía tiempo que no lo hacía- y la chispa humorística para cuestionar lo políticamente correcto e insertar personajes que se convierten en indicativa ruptura de lo que los protagónicos podrían esperar: la insufrible aspirante a actriz de un snobismo ridículo (Ellen Page); la prostituta mejor conocida de las élites romanas (Penélope Cruz); el papá enterrador convertido en cantante de ópera de regadera (Fabio Armiliato); el actor aprovechado de la aparente inocencia (Antonio Albanese) y la esposa asumiendo la fama marital con singular naturalidad (Monica Nappo).
Me pregunto: ¿qué película haría Woody Allen con nuestro querido León como trasfondo? ¿Un pespuntador enamorado en silencio de la supervisora? ¿Un jugador de fútbol deprimido porque quería seguir jugando en la división de ascenso y no en la liga MX? ¿Una mujer casada de alta alcurnia viviendo una crisis por haberse enredado con un estudiante del Yo Soy 132, justo debajo del Arco de la Calzada? ¿Un cantante de ópera italiano que se escapa de la pantalla de la proyección en el Forum para quedarse a vivir con la rosa púrpura de León? ¿Un funcionario que vive la duda existencial de cambiarse o no de Partido? ¿un chofer de la oruga convertido en cronista de la ciudad?

LONE SCHERFIG APRENDE ITALIANO
Un grupo de personas solitarias de mediana edad, van coincidiendo en un curso de italiano. Con pérdidas recientes –padre, madre, esposa, empleo- intentan seguir adelante apoyadas por nuevos vínculos que encuentran a la vuelta de la esquina. En tono de comedia romántica y siguiendo los preceptos del movimiento Dogma 95, la realizadora danesa Lone Scherfig dirigió Italiano para principiantes (Dinamarca-Suecia, 00), cálido filme en el que se posibilita a los personajes para que puedan resarcir corazones y almas. En un curso de italiano puedes no aprender italiano, pero quizá sí a volverte a enamorar.

COMEDIAS Y AVENTURAS PARA CHICOS Y GRANDES

19 febrero 2012

Una serie de películas disponibles en la cartelera o en los videoclubes de la ciudad que transitan por pretensiones, alcances y públicos diversos, como para que todos en casa tengan su momento para ver alguna alternativa sin provocar discusiones innecesarias. Veamos.

1. Basada en un caso real y dirigida por Cameron Crowe, con todo y música de Jonsi, Un zoológico en casa (We Bought a Zoo, EU, 11) sigue la aventura liberadora de un padre y sus dos hijos que resienten la pérdida de su esposa y madre respectivamente. Con especial énfasis en la relación conflictiva que mantienen el recién viudo y su vástago adolescente y de éste con la chica que trabaja en el lugar recién comprado, el film alcanza momentos de genuina emoción, gracias a las convincentes interpretaciones de los jóvenes y de Matt Damon, así como a la inserción de diálogos que se mantienen cercanos, quizá no demasiado reveladores pero sí funcionales.

2. Dirigida por Brad Payton, Viaje 2: La isla misteriosa (EU, 11) continúa con la inacabable vernemanía que sigue dando ideas para que los estudios desarrollen y actualicen sus clásicos, no siempre con la mejor de las fortunas. Desarrollada un cuanto tanto de manera lineal, esta versión del encuentro con un pedazo de tierra extraviado donde todo lo pequeño es grande y viceversa, busca encontrar el gusto de las audiencias jóvenes incluyendo un romance y algunos efectos visuales que no cuajan del todo. Eso sí, un gusto volverse a encontrar con el gran Michael Caine que incluso ayuda a que el rudo Dwayne Johnson resulte simpático

3. En clave de comedia femenina para los tiempos que corren, sin el glamour artificioso de Sex & the City, Damas en guerra (Bridesmaids, EU, 11), alcanza hilarantes momentos de incómodo humor con el sello Apatow, a pesar de acusar falta de síntesis y presentar saltos narrativos bruscos que originan problemas de continuidad. Se coloca la amistad ante todo a través de una galería femenina de personajes arquetípicos cuya interacción detona jugosas secuencias cómicas: la de gran corazón a pesar de la rudeza que la acompaña; la que ya no aguanta a sus hijos y al marido; la rica nueva plato de segunda mesa; la tímida que se empieza a rebelar, la próxima a casarse y en medio de ellas la protagonista, una mujer con baja autoestima en proceso de neurosis y tocando fondo, con negocio recién quebrado, madre que no se cansa de aconsejar, compañeros de casa frikies, amante de cuarta y un policía querendón, soso pero al fin amable y comprensivo.

4. Dirigida por Richard Levine, quien debuta en el terreno de los largometrajes fílmicos, Todos los días (Every Day, EU, 10) posa su mirada sobre una familia en proceso de resolución de conflictos, a través del recurso de las secuencias paralelas: el hijo adolescente asumido como gay, el hermano pequeño a la deriva, la mamá cuidando al recién llegado abuelo y el papá en crisis silenciosa entre los reclamos de su histérico jefe por la ineficacia de sus guiones para televisión. Si bien falta cierta profundidad la presencia de Helen Hunt, Carla Gugino, Brian Dennehy, Eddie Izzard y Liev Schreiber, así como las actuaciones de los hijos, le dan un toque de verosimilitud a la historia.

5. Dirigida por el londinense Nicholas Stoller sin alcanzar la consistencia humorística de Cómo sobrevivir a mi ex (08), de cuyos personajes secundarios se deriva, y dentro de los dominios de la factoría del nuevo rey de la comedia Judd Apatow, quien funge como coproductor, Misión Rockstar (Get Him To the Greek, EU, 10) se sustenta en chispazos humorísticos –particularmente mediados por el exceso de sustancias sin receta- y parodias un cuanto tanto obvias acerca de la industria musical, la eterna adolescencia y, sobre todo, de la insoportable pesadez de ciertas estrellas rockeras que abrazan causas, más para su vanagloria que para ayudar, y se empiezan a considerar mesiánicos, entre que van y vienen anunciando sus caídas y levantadas de sus adicciones, como si el mundo pendiera de ello. La pareja protagónica antagónica (Jonah Hill y Russel Brand, ni mandados a hacer) sostiene la serie de gags un cuanto tanto inconexos que se van desarrollando en su trayecto de Londres a Los Ángeles.

6. La chica de mis sueños (Youth in Revolt, EU, 09) se desarrolla como una comedia romántica juvenil pero con apuntes una cuanto tanto al margen de las convenciones: la pareja protagónica interpretada por Michael Cera y Portia Doubleday, va configurándose en medio de simpáticas animaciones, personajes estrafalarios, viajes con hongos y situaciones que navegan entre la improbabilidad y la cercanía de quienes se encuentran en estos trances de amores juveniles. La dirección de Miguel Arteta (Una buena chica, 02) mantiene atinadamente el tono desenfadado de la propuesta.

MEDIANOCHE EN PARÍS: NO TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR

30 septiembre 2011

Se le puede criticar de reiterativo o de ya no estar a la altura de sus mejores obras de los 70´s y 80´s; se puede argumentar que sus obsesiones ya están demasiado vistas y que su vis cómica ha menguado notablemente. Pero cuando parecería que ya lo ha dicho todo y que más bien debería pensar en el retiro, nos vuelve a sorprender con una gran película dentro de su compulsiva trayectoria que desde 1966 nos ha regalado casi un film al año: 42 obras y contando.
Si por cada cinco filmes nos regala cuatro agradables y uno notable, adelante. Que ya no va a volver a hacer películas La última noche de Boris Grushenko(75), Annie Hall (77), Manhattan (79) o Zelig (83), qué importa, si vamos a poder disfrutar de cintas tan redondas como Crímenes y pecados (89), Poderosa Afrodita (95) y Match Point (05), por mencionar algunas posteriores a su etapa más creativa: el genio permanece, aunque no se manifieste con la misma constancia que antaño.
Muy pocos artistas son capaces de mantenerse en un estándar de realización como el que conserva Woody Allen: aún en sus propuestas menos apreciadas, uno siempre suelta alguna sonrisa o se queda con una línea de diálogo para la posteridad. Influido por los Hermanos Marx y por Ingmar Bergman, entre otros grandes nombres, el director de Robó, huyó y lo pescaron (69) e Interiores (78) ha transitado del terreno de la comedia crítica al drama cerebral.
Medianoche en París (EU-Francia, 11), cuya primera auto referencia es La rosa púrpura del Cairo (85), llega después de Así pasa cuando sucede (09) y Conocerás al hombre de tus sueños (10), ya comentadas en este espacio, y representa su mejor comedia en los últimos 15 años, no solo por la ingeniosa premisa del viaje por el tiempo, sino por las caracterizaciones de los diferentes personajes, tanto reales como ficticios, que se encuentran en un mundo posible pero improbable, buscando lo mismo pero oteando hacia diferentes horizontes.
Un escritor en busca de inspiración y de paso preparar su boda, viaja a la capital francesa junto a su frívola novia cual turista típica de postal que rehúye a la lluvia (Rachel McAdams) y sus republicanos suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), unas verdaderas joyitas de criterio disminuido e intolerancia ampliada, capaces de contrata a un detective para seguir a su sospechoso yerno.
Muy pronto la pareja toma caminos distintos: ella se encandila con un insufrible conocido dizque experto en arte (Michael Sheen) que fastidia hasta a la amable guía de turistas (Carla Bruni) y él empieza a deambular en las noches para descubrir la posibilidad de viajar no a otro lugar, sino al mismo París pero de los años veintes, en plena ebullición creativa, capturado con una cámara siempre bien colocada y desarrollado a partir de una evocativa puesta en escena.
A través de un misterioso automóvil que lo recoge a la medianoche, el escritor hará realidad su sueño: toparse de frente con la inspiración buscada, materializada en artistas arquetípicos como la pareja Fitzgerald; Cole Porter al piano; la bailarina Josephine Baker; Picasso en pos de la trascendencia; Hemingway y su tendencia a la agresión; Gertrude Stein cual matriarca comunitaria junto a Alice B. Toklas; T.S. Eliot y Matisse.
No podía faltar un encuentro con los surrealistas, sobre todo tratándose de una historia en la que los sueños parecen jugar un papel central: Dalí y su obsesión con los rinocerontes, el director fílmico Man Ray y, desde luego, un joven de apellido Buñuel que todavía no se planteaba la posibilidad de crear una película en la que los invitados no se pudieran ir de la fiesta, simplemente porque no se podían ir: la referencia, claro, apuntaba hacia el argumento de El ángel exterminador (62), una de sus películas más notables.
Y en estos viajes por el pasado artístico, aparece el interés romántico en la figura de una modelo ficticia (Marion Cotillard) amante del pintor cubista y convertida en un motivo poderoso para querer permanecer atrapado en los veintes del siglo pasado, aunque como cabría esperar, ella también tendría la intención de ir al pasado del pasado y toparse con Toulouse-Lautrec, Degas y Gauguin. No podía faltar el sólido cuadro actoral, cual sello de la casa, entre quienes aparece Owen Wilson en perfecta interpretación de Woody Allen.
La comedia romántica-fantástica se pregunta por las épocas y sus circunstancias, por la idealización continua de pasados que nunca volverán y por la dificultad de encontrar el sentido en el tiempo presente, donde a uno le tocó vivir. Como esa idea que parte del supuesto de que la felicidad está en otra parte o con personas distintas o realizando otras actividades. Quizá valdría la pena encontrar a alguien que disfrute un paseo bajo la lluvia, sin paraguas.

EN BUSCA DEL ENTRETENIMIENTO PERDIDO

18 noviembre 2010

Como lo hiciera Clint Eastwood en Jinetes del espacio (00), Red (EU, 10) coloca a la edad madura como una etapa en la que se puede combinar la experiencia con la posibilidad de volverla a poner en práctica. El disfrute es por partida doble, por supuesto: regresar al campo de batalla y saber qué hacer ante cada situación que se presente, además de rememorar viejos tiempos y sacudirse la modorra de la rutina asumida con el paso de los años: de paso, demostrarle a los jóvenes lo mucho que les falta por aprender.
Basada en la historieta de Ellis y Hamner, dirigida por Robert Schwentke (Plan de vuelo, 05; Te amaré por siempre, 09) e interpretada por un reparto secundario tan veterano como sólido (Mirren, Freeman, Malkovich, Dreyfuss, Cox), siempre dándose vuelo y arropando a Bruce Willis en el papel de siempre y a una empática Mary-Louise Parker, la narración sabe moverse en los márgenes de la inverosimilitud en complicidad con el respetable. Fuera de los escarceos románticos que salen sobrando, la cinta es un disfrute continuo de acción, humor y uno que otro momento de espectacular edición.
El problema con Todo un parto (EU, 10), por su parte, es su falta de originalidad y su dificultad para mantener la intensidad que toda buena comedia exige. No es que uno ande pidiendo innovación fílmica en cada película que ve, pero sí al menos un dejo de autenticidad aunque se cuente con múltiples referencias. Incluso puede haber formas ingeniosas para incorporar estructuras narrativas ya vistas o vínculos entre personajes disímiles: el fantasma de una cinta como Mejor solo que mal acompañado (Hughes, 87), pesa mucho en la memoria a la hora de seguir el desarrollo argumental.
Claro que se escapan sonrisas y el viaje de este par de seres antagónicos fluye sin problema, pero queda la sensación de que dado el reparto, la premisa y la estructura de la narración, se podía haber incursionado en terrenos si bien conocidos, al menos no del todo explorados. Todd Phillips (Starsky & Hutch, 04, ¿Qué pasó ayer?, 09) estructura su relato a partir de un cruce de géneros, como lo hizo en Viaje censurado (00): road movie, buddy film, comedia de desastres y aventura.
Nos quedamos, eso sí, con varios chispazos: el alucine de la mano de Pink Floyd, los diferentes personajes con los que se van encontrando y ciertos diálogos entre la pareja protagónica, en contraste con secuencias de poca gracia como la de la frontera mexicana (no estamos para bromas) o ya muy expuestas, como todo el asunto de las cenizas del padre.

ENTRE MONSTRUOS Y MENTIRAS

8 septiembre 2010

Un par de opciones en los videoclubes de la ciudad que dibujan mundos en apariencia fantásticos pero directamente conectados con realidades posibles, sobre todo aquellas que habitan en las mentes y que en cualquier momento se instalan en el mundo tangible. Ambas inadvertidas para nuestra cartelera. Veamos.
Con un notable guión estirado de David Eggers y Spike Jonze (¿Quieres ser John Malkovich?, 99; El ladrón de orquídeas, 02), quien también dirige esta fantasía demasiado cercana, Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, EU, 09) es una obra que representa un inteligente traslado a la pantalla del brevísimo y famoso cuento sesentero de Maurice Sendack, con todo el trasfondo psicológico desplegado entre la inocencia a punto de extraviarse y el descubrimiento de mundos incivilizados más cercanos de lo pensado.
La mente de los niños es mucho más compleja de lo que los adultos podemos imaginar. Todo tipo de monstruos caben en ella: furia, necesidad de protección, egoísmo, reconciliación, depresión, exaltación, negatividad, calma… es un reino lleno de sentimientos encontrados que poco a poco van acomodándose y entendiéndose entre sí, en el mejor de los casos. Conforme pasa el tiempo, el asunto se puede ir complicando más allá de nuestra comprensión.
Logrados encuadres de emotiva plástica; música entre amable e histérica de Karen O; actuaciones monstruosas de reparto conocido y un trabajo artesanal que guía el apoyo digital para la creación de las diferentes botargas, se constituyen como elementos puntualmente amalgamados para seguirle la pista al siempre difícil proceso de crecimiento en el que está inmerso Max, entre la sensación de abandono y la necesidad del siempre agradecible abrazo materno, llegando justo cuando la aventura rebasa la posibilidad de autocontrol.
Por su parte, el director y comediante inglés Ricky Gervais (The Office, Extras, Cemetery Junction, 10) presenta La mentira original (The Invention of Lying, EU, 09), de atractiva premisa e hilarante, por momentos, desarrollo. En tono de comedia, la cinta explora cómo falsear la verdad “objetiva” puede ser una estrategia para encontrar no sólo un beneficio personal, sino para brindar cierta esperanza colectiva más allá de lo que sólo se alcanza a ver frente a las narices. La colorida fantasía se abre paso en medio de la grisura de la realidad, con todo y sus falsos profetas o los escépticos de siempre.