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CINE Y JUEGOS OLÍMPICOS

27 julio 2012

El gran cineasta chino Zhang Yimou fue el responsable del magno espectáculo que acompañó a la inauguración oficial de los Juegos Olímpicos de Pekín del 2008. Ahora tocó el turno a Danny Boyle, el oriundo de Manchester, darle forma a la muy representativa ceremonia del espíritu inglés y de sus contribuciones al mundo, desde la revolución industrial al típico humor inglés; de Chaplin al 007 acompañando a la inexplicable perpetuidad del culto a la realeza; de la invención de la WWW a la consolidación y desarrollo del rock como música popular de alcance mundial y de ahí a los clásicos de la literatura infantil, sello de la casa.
No obstante, la inevitable mirada política a los Juegos ha estado presente de manera continua, ahora con especial énfasis en la situación económica de Europa. Y si hacemos un recorrido fílmico del tema, tendríamos que empezar por esa obra maestra conocida como Olimpíada (38), imponente documento de la genial y cuestionada por partes iguales Leni Riefenstahl, quizá la directora más dotada en la historia del cine que carga con el estigma de haber servido al régimen Nazi. Dividida en dos partes, El festival de los pueblos y El festival de la belleza, el film navega entre la propaganda y la poética del movimiento, con un inusual despliegue técnico y una plástica imponente.
Considerada como la obra cumbre del cine deportivo, la cinta también instituyó la tradición de que cada celebración contara con su propio documental. Directores tan notables como Kon Ichikawa, Milos Forman, Claude Lelouch, John Schlesinger, Yuri Ozerov y Carlos Saura, entre otros, contribuyeron con su talento para perpetuar los principales sucesos de la historia de este encuentro deportivo, el más importante de la humanidad a pesar de poderosos enemigos como los boicots, el mercantilismo, la burocracia y el dopaje.
Memorable resultó también Carros de Fuego (Hudson, 81), historia centrada en la Olimpiada de París en 1924, donde un corredor judío y otro cristiano se enfrentan a sus propias convicciones y a las presiones dentro del contingente inglés: ahí quedan las imágenes de los atletas corriendo en la playa mientras se escucha la clásica partitura de Vangelis (secuencia aprovechada en la inauguración para insertar jocosamente a Mr. Bean). Estamos frente a un clásico del cine no sólo olímpico, sino mundial.
Dos deportistas indoamericanos fueron recuperados en sendas películas: Jim Thorpe. All American (52), cinta dirigida por Michael Curtiz con la interpretación de Burt Lancaster, en la que se planteó el ascenso y caída de este mítico atleta que terminó solo y en la ruina, y Running Brave (Everett, 83), que recuperó la vida de Billy Mills, ganador de la medalla de oro en los 10,000 metros durante los Juegos de Tokio 1964.
El género del biopic ha encontrado campo fértil en los atletas olímpicos: ahí está el docudrama The Bob Mathias Story (Lyon, 54), donde el ganador a los 17 años en Londres 1948 y Helsinki 1952 dentro de la prueba del decatlón, se interpreta a sí mismo; o el par de cintas sobre Steve Prefontaine (Sin límites, Towne, 98 y Prefontaine, James, 97), participante en Munich 1972 y que falleciera de manera prematura a los 24 años. Las imparables velocistas Wilma Rudolph y Gail Devers, así como el rompesquemas Jesse Owens fueron también sujetos de sendas producciones televisivas, así como Roger Bannister, primero en recorrer la distancia de una milla en menos de cuatro minutos.
Un desconocido Michael Mann dirigió un telefilm titulado La milla de Jericó (79), sobre un condenado a cadena perpetua que encuentra en el acto de correr una escapatoria a su situación y una oportunidad para participar en una olimpiada; en este tenor, Michael Douglas interpretó en Running (Stern, 79) a un veterano corredor cargado de problemas que busca competir en Montreal 1976. Steven Spielberg, por su parte, recuperó en Munich (05) la tragedia ocurrida en los juegos olímpicos de 1972, en los que el grupo Septiembre Negro secuestró y mató atletas judíos, provocando la sistemática venganza de los israelitas, evento recreado en 21 horas en Munich (Graham, 76) con William Holden como el policía en jefe.
Personal Best (Towne, 82), transcurre entre amoríos y entrenamientos para los Juegos de 1980, mientras que Perfect Body (Barr, 97), explora la tentación de las sustancias ilegales para tener el peso adecuado y poder formar parte del equipo olímpico, tal como lo intentó un doctor neo-nazi con su hija en La chica de oro (Sargent, 79). El mejor del mundo (Coll, 70) presenta a un joven corredor español que busca a toda costa participar en la olimpiada de 1968 en México y en Doble triunfo (Forbes, 78), secuela de Fuego de juventud (Brown, 44), una huérfana aspira a participar en las pruebas de equitación de los juegos.
Por su parte, La prueba del valor (The Games Winner, 70) se centra en el proceso de preparación de cuatro corredores de diferentes nacionalidades que participarían en el Maratón: las motivaciones y condiciones personales, los contrastantes entornos y el adecuado desarrollo de los personajes, consiguen hacer de esta cinta un certero retrato de cómo se construyen los anhelos desde la perspectiva de los atletas y a qué presiones pueden estar sometidos. Esta prueba, cuyo origen se puede ver en La batalla de maratón (Tourner, 59), sirve como temática central al sólido documental El espíritu del maratón (Dunham, 07).
Cerramos este minimaratón filmicolímpico recordando a Astérix en los juegos olímpicos (Forestier y Langmann, 08) y con The First Olympics: Athens 1896 (Rakoff, 84), ilustrativa miniserie en la que se recrea el proceso y los prolegómenos de la primera olimpiada moderna con el espíritu olímpico más o menos intacto, antes de enfrentarse a marcas voraces, politiquería de cuarta, manipulación que quisiera convertirlos en Los juegos del hambre (Ross, 12), sustancias al borde de la legalidad y transmisiones televisivas cargadas de un humor inaguantable y prefabricado. No obstante, los Juegos sobreviven y el pebetero permanece encendido.

MEDIO SIGLO: LAS RODADAS DE SUS SATÁNICAS MAJESTADES

19 julio 2012

Ahora vivimos tiempos en los que muchas bandas de rock surgen con un interesante debut en el que plasman todas las ideas generadas tiempo atrás; sobreviven apenas a la prueba del segundo disco e intentan reinventarse en su tercera entrega. Por diferencias internas, agotamiento creativo o lo que se nos ocurra, deciden separarse: el tiempo promedio de vida de los grupos se ha reducido notoriamente. Intentos solistas posteriores, conformación de nuevas bandas, aparecer en alguna película u organizar tours de reunión –sin disco nuevo de por medio, desde luego- parecen ser las alternativas más viables para mantenerse en el mediático salón de la fama.
De ahí que, si tuviéramos que enviarle a seres de otras galaxias un ejemplo de lo que es un gruponda de rock, no habría mucha duda: The Rolling Stones encarnan todos los atributos imaginables para que se entienda, con una sola muestra, a lo que los terrícolas le llamamos Banda de Rock, así con mayúsculas: etapa creativa bien definida y momentos de genialidad dispersos; excesos siguiendo la receta clásica; inserción al star system con todo e imagen tan importante como lo que representa, incluyendo lengua warholiana y arrugas perennes; potencial inacabado para las giras en las que demuestran que la música en vivo siempre vende, y tensiones internas que incluyen un deceso no del todo aclarado (Brian Jones), tragedias en conciertos y separaciones con alto grado de rispidez: todo, en un solo grupo.
Cuando todos pensamos que ahora sí va a ser la última vez que sepamos de ellos, los hijos de la perennidad nos demuestran que para este asunto del rock no sólo se pintan de negro, sino que además, se pintan solos. Habrá que considerar que éste es mucho más que un longevo grupo de música. En realidad se trata de una industria (de las más exitosas del mundo si vemos costo-beneficio), de un ícono de la música popular del siglo XX y de un referente clave, junto con The Beatles, Velvet Underground y Bob Dylan, para entender el desarrollo de la cultura del rock.

LOS AÑOS MARAVILLOSOS
Y es que el árbol stoniano encontró raíces firmes, desde su fundación en 1962, vía los progenitores del rock: soul, blues, R&B, folk y country, tal como lo demuestran sus primeros trabajos, de su debut en 1964 a Out of Our Heads (65), con The Last Time y (I Can´t Get No) Satisfaction como ventana definitiva al mundo. Vendrían después siete discos fundamentales en el historial de los Stones, que los convertirían en quienes son: Aftermath (66), ya con el sello inconfundible más allá de las influencias; Between the Buttons (67) y Their Satanic Majestic Request (67), pilares de su imagen; Beggars Banquet (68) una de sus dos obras cumbre; Let it Bleed (69) y su Gimmie Shelter en contraposición a Let it Be; el cohesionado Sticky Fingers (71) rondando el asunto de las drogas y Exile On Main Street (72), su otra obra cumbre como una especie de perfecta síntesis desde la forma en que se grabó hasta su propuesta integral.
El resto de la década se completaría con obras más irregulares aún sostenidas por chispazos de indudable talento: Goat´s Head Soap (73) y su Angie; It´s Only Rock ‘N’ Roll (74) pero me gusta; Black and Blue (76) sin Mick Taylor y con Ron Wood, y Some Girls (78), su último trabajo grande. Y he aquí que se pudo tomar la decisión de dejarlo todo por la paz y sentarse a esperar que la leyenda cobrara forma. ¿Y si mejor le seguimos? ¿Necesidad de fama, la fuerza de la costumbre o de continuar expresándose? He ahí la cuestión.

ENTRE LA RENOVACIÓN Y LA REPETICIÓN
Se dice que a partir de aquí se han dedicado a grabar el mismo disco muchas veces y que debían optar por un digno retiro; se opina, por otra parte, que su trayectoria no tiene punto de comparación dada la capacidad para seguir construyendo su propio mito: aunque encontradas, quizá ambas tengan razón sólo en parte, aunque el justo medio, en este caso, ayuda para no caer en generalizaciones dudosas.
Por los ochenta desfilaron el fallido Emotional Rescue (80); el esperanzador Tattoo You (81) con Ron Wood ya mimetizado y la clásica Star Me Up como bandera; Undercover (83), con una orientación más funky; Dirty Work (86), que en su nombre llevó la penitencia y Steel Wheels (89), generador, como durante toda la década, de una imponente gira que significaba uno de los espectáculos más importantes del mundo. La hiperquinesis de Jagger, el despliegue histriónico de Richards, el discreto y sustancioso acompañamiento de Wood, la precisión de Wyman y la serenidad de Watts rodeadas de una parafernalia absorbente, terminaban por cimentar la idea de la banda-espectáculo, más allá del alcance de sus discos recientes.
Y esta idea continuó en Voodoo Lounge (94), con el bajero Darryl Jones, y en Bridges To Babylon (97), salpicados de algunos cortes notables aunque ciertamente faltos de una completa consistencia: las giras mundiales una vez más cooptaron la atención mediática por sobre la música en sí misma.
Y ¿por qué no? En el 2005 regresaron con A Bigger Bang, quizá sobrado en cortes pero que representó su mejor trabajo en 25 años: ahí está la roquera Rouge Justice, la clásica balada stoniana Streets of Love, el blues postmilenarista de Back of My Hand y el efectivo pop de Biggest Mistake. A este recorrido discográfico habría que sumarle infinidad de recopilaciones, discos en vivo, trabajos solistas y ediciones especiales. Ahora que cumplen medio siglo, para que las piedras seguirán rodando.

CINE Y ELECCIONES (SEGUNDA PARTE): PRESIDENTES FÍLMICOS

12 julio 2012

Una vez pasada la jornada electoral y como lo habíamos comentado, demos una breve repasada por algunas de las películas que de alguna manera se han centrado en la figura presidencial; obviamos las que se refieren a otros personajes de poder, como reyes, emperadores y demás que no llegaron al cargo por algún proceso democrático que si bien no garantiza del todo mantener un estado de derecho, sigue siendo la mejor fórmula que tenemos las sociedades humanas: se puede elegir democráticamente, es cierto, a un grupo o a una persona profundamente totalitaria.

Empezamos el recorrido con Sammy Davis Jr., quien interpretó, aún siendo niño, Rufus Jones para presidente (Mack, 33), un corto musical en el que un infante es elegido para ocupar el cargo. El abolicionista Abraham Lincoln ha sido sujeto de varios filmes, desde El joven Lincoln (Ford, 39), hasta Lincoln, cazador de vampiros (Bekmambetov, 2012), pasando por sendos clásicos que hicieran Griffith en Abraham Lincoln (30) y John Cromwell en Lincoln en Illinois (40), y en muchos otros filmes que lo vinculan como El conspirador (Redford, 11).

El cine estadounidense tiene una larga tradición de retomar sus figuras presidenciales. Oliver Stone ha dirigido, desde una perspectiva crítica que parece perder puntería recientemente, los filmes JFK (91), hombre retomado en 13 días (Donaldson, 00) y varias películas más; Nixon (95), polémico mandatario visto en Todos los hombres del presidente (Pakula, 76) y Frost/Nixon, La entrevista (Howard, 08), e ¡Hijo de… Bush! (W, 08), con destacada actuación de Josh Brolin en la que hace leña del árbol caído, como Michael Moore en Farenheit 9/11 (04), donde incluso se observa un breve duelo verbal entre estos dos antagónicos hombres; incluso el falso documental Muerte de un presidente (Range, 06) planteó la idea de su asesinato.

Otras cintas que han presentado a jefes de estado a través de diversos géneros: Nick Nolte protagonizó Jefferson en París (Ivory, 95); ahí está la serie de HBO John Adams (Hooper, 08) con Paul Giamatti, segundo presidente estadounidense también retratado en Amistad (97) de Steven Spielberg, acá interpretado por Anthony Hopkins; por su parte, El joven Winston (72) fue dirigida por Attenborough, también responsable de Gandhi (82) y Truman (Pierson, 95) fue un filme televisivo poco conocido, con la actuación de Gary Sinise.

Dos películas clave sobre Hitler, en tonos contrastantes que van del realismo duro y puro en La caída (Hirschbiegel, 04), con una actuación antológica de Bruno Ganz, a la parodia llevada a sus más altos niveles en El gran dictador (40), con un Chaplin en pleno dominio del escenario. Por su parte, La amante de Mussolinni (Belocchio, 09) y El Divo (Sorrentino, 08), sobre el pausadamente siniestro Giuglio Andreotti, son dos notables muestras del cine biográfico hecho en Italia. Clint Eastwood retrató la central figura de Mandela en Invictus (10), interpretado con absoluta contención por Morgan Freeman.

DE FICCIÓN O AL BORDE DE LA CARICATURA

Peter Sellers le dio vida al presidente en la estupenda sátira de Stanley Kubrick Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (64), mientras que Jack Nicholson hacía lo propio en Marcianos al ataque (96), otra paródica cinta dirigida por Tim Burton. En tono extraterrestre, cómo no recordar al desternillante preciso de Monstruos vs. Aliens (Letterman/Vernon, 09), quien se robó la película. En la misma línea, Leslie Nielsen hizo de las suyas en Scary Movie 4 (Zucker, 06); Eddie Murphy se quedó cerca en De estafador a senador (Lynn, 92); Chris Rock, dirigió y estelarizó la medianita Jefe de estado (03) y Robin Williams ganó las elecciones, siendo un comediante, en El hombre del año (Levinson, 06).

También están los amables y enamoradizos como Kevin Kline en Dave, presidente por un día (Reitman, 93); Michael Douglas en Mi querido presidente (The American President, Reiner, 95), escrita por Aaron Sorkin; Hugh Grant se desempeñó como primer ministro y Billy Bob Thornton como presidente en Love Actually (Curtis, 03), mientras que Dennis Quaid se metía en camisa de once varas en Muriendo por un sueño (Weitz, 06) y Jeff Bridges tenía que ponerle sabiduría al asunto en La conspiración (Lurie, 00) para lidiar contra el ataque a su candidata a vicepresidenta, en el aún sexista mundo político que también vivió Geena Davis en Commander in Chief (05-06).

Los héroes al filo de la navaja no podían faltar: Harrison Ford en Avión presidencial (Petersen, 97); Bill Pullman en El día de la independencia (Emmerich, 96), filme patriotero difícil de aguantar Morgan Freeman en Impacto profundo (Leder, 98), Danny Glover en 2012 (Emmerich, 09) y James Earl Jones le entró al quite en The Man (Sargent, 72), considerada la primera película formal en la que un presidente afroamericano asumía la presidencia. La rompedora teleserie 24 colocó en el imaginario del televidente no sólo a un presidente afroamericano (Haysbert), sino a su hermano como sucesor (Woodside), al más puro estilo de los linajes incrustados en el poder.

Los siniestros al estilo Gene Hackman en Poder absoluto (Eastwood, 97); las víctimas de atentados como William Hurt en Justo en la mira (Vantage Point, Travis, 08) o los que se ven envueltos en situaciones extremas como cuando Henry Fonda llegó al Punto límite (Lumet, 64) han sido motivo de revisiones fílmicas con diverso nivel de alcance.

MUJERES A PIE FIRME

5 julio 2012

A pesar de los contextos adversos, de los momentos de quiebre y de las señales que plantean salir huyendo lo antes posible, mujeres que resisten para mantener sus principios intactos y alcanzar los propósitos trazados, aunque en ello se les vaya la vida. Influenciadas profundamente por la maternidad, vislumbran proyectos productivos, profesionales o políticos que las confrontan con sus propias certezas, puestas a prueba por un entorno hostil. En el escenario, niños enajenados por un odio heredado que se vuelve de inmediato propio, tan acendrado que resulta difícil desmontarlo. Filmes disponibles en los videoclubes de la Ciudad.

UNA MUJER EN ÁFRICA
Enmedio de una cruenta revuelta social en un país africano, una mujer de origen francés trata de mantener su granja cafetalera a pesar del peligro que implica, apenas apoyada por su inestable hijo y por algunos trabajadores de ocasión, temerosos y renuentes dada la conflictiva situación que priva en el entorno. Su expareja (Christopher Lambert), instándola a dejarlo todo, ronda los peligros, junto con su actual mujer y su hijo, además de algún occidental extraviado, buscando también sobrevivir al caos generalizado.
Grupos guerrilleros pidiendo derecho de paso, soldados devastando células rivales, rebeldes famosos escondidos y, dramáticamente, niños armados creciendo en un mundo cuya lógica es la destrucción. Con una cámara pausada que se acompaña de la oscura música de los Tindersticks, elipsis continuas y ruptura de la temporalidad, se retratan los parajes de muerte asoladora, devasatción afectiva y una seca atmósfera que parece asfixiarlo todo. Como soporte central, otra gran actuación de Isabelle Huppert, una de las mejores actrices contemporáneas.
Basada en el guión de la brillante escritora africana joven Marie N’Diaye y dirigida por la gran realizadora Claire Denis (Chocolate, 88; Nenette y Boni, 96; Buen trabajo, 99; 35 rhums (08) Una mujer en África (White Material, 09), es una reflexión a corazón abierto sobre cómo la violencia se instala en una sociedad herida por la pobreza y el abuso, en cuyo seno descansa la desigualdad como una forma de predominar las relaciones sociales. A diferencia de cintas más optimistas como África mía (Pollack, 85) y En algún lugar de África (Link, 02) y en contraste con La Masai blanca (Huntgeburth, 05), aquí no hay asimilación cultural ni ruptura de fantasías, sino una realidad dura a la que hay que enfrentar a punta de machete.

LA MUJER QUE CANTABA
Un par de hermanos reciben algunos deseos póstumos de su madre (Lubna Azabal, intensa) y emprenden, primero la hija y después el hijo, un viaje para encontrar al padre y a un medio hermano. Como suele suceder, este tipo de regresos al origen deparará una serie de sopresas y pistas para poderse entender mejor y revalorar la figura materna. Al vivir un evento cruento, la madre toma la decisión de buscar venganza y se enrola con un grupo extremista, como sucedía en Hadewijch (Dumont, 09), para buscar un camino que la lleva a la reconciliación sus propios dolores.
Dirigida por Denis Villeneuve con base en la obra de Wajdi Mouwad, La mujer que cantaba (Incendiés, Canadá, 10) es una mirada, con todo y letereros en rojo indicativo, a la comprensión familiar en ámbitos de fuertes revelaciones que obligan a replanteamientos acerca del propio pasado, así como a la toma de decisiones extremas frente a la fuerza de los acontecimientos, directamente atentatorios a la propia vida y dignidad más elemental: frente a los fanatismos ancestrales, solo queda el valor inquebrantable de quien tiene objetivos superiores y de quien sabe cantar para elevar la voz por encima de la humillación.
De la civilizada tierra canadiense al convulso Medio Oriente, parece que solo queda el refugio de la alberca cual símbolo para volver a un líquido amniótico que daba seguridad, al menos mientras llegaba el momento de enfrentarse a los monstruos del exterior. Las matemáticas pueden no alcanzar para acomodar tanta información en una sola ecuación, así como tampoco los intentos por olvidarse del asunto: el pasado no cede terreno e incendia la memoria por más resistencias que se pongan: la puesta en imágenes es tan poderosa como sutil, tan certera como misteriosa.

DESPERTAR DE UN CRIMEN
Una adolescente pierde a un bebé y entra en el pantanoso terreno legal para determinar si se trató de un aborto involuntario o un crimen. Para atender el caso entra en acción una psicológa forense, embarazada al momento de realizar la averiguación, también con una historia detrás al respecto de hijos perdidos. Con tonos azulosos a manera de flashback para descubrir la verdad acerca del posible infanticidio cometido por la joven embarazada, se van presentando los hechos en los que los personajes secundarios como las respectivas parejas de las mujeres, los padres de la joven y el amigo de la investigadora, parecen representar las diversas posturas acerca del caso.
Escrita y dirigida por Hilary Brougher, Despertar de un crimen (Stephaney Daley, EU, 09), toma la forma de un sensible thriller que sabe centrarse en sus dos protagonistas, a manera de una misma moneda con dos caras que terminan teniendo más en común de lo que se podría pensar en primera instancia. Tilda Swinton da otra cátedra de actuación lidiando con la verdad adolescente, un marido al borde de la infidelidad y el temor de no poder convertirse, ahora sí, en madre.

LA POLÍTICA ELECTORERA VA A LAS PANTALLAS (PRIMERA PARTE)

1 julio 2012

Una vez que pudimos descansar, aunque sea dos o tres días, de spots promisoriamente vacíos, falsamente convenencieros y cargados de promesas rayando en el absurdo de la imposibilidad, llegamos al domingo de unas elecciones en apariencia decididas, aunque cabría recordar que el último minuto también tiene sesenta segundos, para decirlo en términos futboleros que vivirá una fiesta con la final de la Eurocopa, de absoluto sabor latino. En fin, como sabemos que el cine es un gran metiche que mete las narices en todo, revisemos brevemente algunas películas que abordan el tema político-electoral, como para comprobar que ficción y realidad de pronto se parecen más de lo que suponemos.

INTRIGAS
En el primer capítulo de la serie televisiva Los Borgia (Jordan, 11), familia también recreada por Hernández en el 2006, el patriarca (Jeremy Irons) va cooptando los votos en la elección papal mediante la discreta entrega de terrenitos, joyas y otras linduras que los cardenales iban aceptando de silenciosa buena gana, hasta que por fin se advierte en el cielo el famoso humo blanco, símbolo inequívoco de que quien fuera conocido como Alejandro VI se asumiría como jefe máximo de la entonces poderos iglesia católica en manos de una decadente jerarquía.
Mientras tanto Nanni Moretti en Habemus Papam (11), se centra en la crisis personal de quien recién fue elegido para desempeñar tal misión en el mundo y la necesidad de entrar a terapia, como en Demasiados secretos para un hombre (Flicker, 87), comedia en la que un psiquiatra se convierte en objeto de persecución para sacarle la sopa acerca de su distinguido paciente. Por su parte, Colosio, el asesinato (Bolado, 12) recrea el suceso trágico de mayor impacto en la política reciente de nuestro País. Igual se recuerda Election (Payne, 99), en la que un agente ajeno modifica un resultado popular, en este caso, los alumnos.
El gran Frank Capra rodó Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington, 39), en la que James Stewart encarnó a un novato senador dispuesto a luchar por el bien común (no es broma), mientras que el maestro Otto Preminger, con base en la novela de Allen Drury, dirigió Tempestad sobre Washington (62), historia en la que el nombramiento de un secretario de Estado sacude las instancias de poder, el Senado incluido. Con otro gran reparto, John Frankenheimer realizó Siete días de mayo (64), en la que planteaba la posibilidad de que los militares tomaran el poder para terminar con ese asunto agotado y sobrevalorado que conocemos como democracia; el mismo director se encargó de El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 62).
Las intrigas y traiciones en el Partido Conservador inglés quedan de manifiesto en la serie The House of Cards (BBC, 90) y la sede presidencial de Estados Unidos, particularmente en el despacho oval, se convirtió en el centro de atención de El ala oeste de la Casa Blanca (The West Thing, 99-06), serie escrita por el gran Aaron Sorkin, en la que se recrearon con realismo los entretelones de la policía estadounidense. Por su parte, el sufrido Jack Bauer (corre Kiefer, corre) se vio envuelto en una red de ataques al intentar proteger al primer candidato afroamericano en la famosa serie 24, durante su primera temporada (01-02).

CAMPAÑAS Y CANDIDATOS: DE CEPA Y PREFABRICADOS
Empezamos, por supuesto, con el clásico absoluto Ciudadano Kane (Welles, 41), filme que además de renovar el lenguaje cinematográfico, mostró la fragilidad del poder y la facilidad con la que se puede descarrilar en los terrenos políticos a un hombre que parecía tenerlo todo, excepto su trineo afectivo. En la poderosa Un rostro en la muchedumbre (Kazan, 57) se muestra cómo se puede crear un figura mediática sin mayor trasfondo, que incluso se convierta en político; contrastando, El último Hurra (Ford, 58) presenta a un alcalde sagaz y de auténtica habilidad política, interpretado por Spencer Tracy.
Y recordando candidatos, ahí está el documental Primary (Drew, 60), sobre la elección demócrata en la que John F. Kennedy resultó elegido (también está la serie televisiva sobre la famosa y trágica familia). Robert Redford estuvo como mandado a hacer en El amargo sabor del triunfo (The Candidate, Ritchie, 72); Tim Robbins interpretó y dirigió, cual convincente farsante apenas entonado, Ciudadano Bob Roberts (92), en contraste con Warren Beatty, quien hizo lo propio en Bulworth (98) bajo la idea de fuera máscaras ante la situación del nada que perder.
En la piel de Jaques Chirac (Zéro y Royer, 06) es una reconstrucción cargada de ironía, con todo y voz falsa que imitaba la del personaje en cuestión, de la trayectoria del criticado político francés a lo largo de casi cuarenta años. Y de cómo el poder corrompe, ahí están Decepción (All The King´s Men, Rossen, 49), Poder y traición (Ides of March, Clooney, 11), El escándalo (Primary Colors, 98), Escándalo en la casa blanca (Wag the Dog, Levinson, 97), retrato nítido de la manipulación previa a las elecciones para favorecer a un candidato, y Juegos de poder (05) de Mike Nichols.
Cerramos recordando a Un papá muy poderoso (Swing Vote, Stern, 08), que juega con la imaginería de la importancia de cada voto, aunque en la realidad estadística sepamos que no es así. La siguiente entrega, ya con presidente electo, la dedicamos a las mujeres y hombres con el poder político en sus manos; mientras tanto, habrá que releer Ensayo sobre la lucidez de Saramago.
Candidato 1