Archive for 27 diciembre 2008

EL CINE EN LEÓN DURANTE EL 2008

27 diciembre 2008

Un año diverso en materia fílmica en el que se estrenaron 249 películas en la cartelera comercial de nuestra Ciudad con los altibajos y las ausencias previsibles. Lo mejor fue la llegada del Foro de la Cineteca Nacional que se sumó a la 49ª. Muestra, al Tour de Cine Francés y a la gira de documentales Ambulante. Además, se mantuvo el cine club de la Casa de la Cultura y hubo algunos esfuerzos desde la iniciativa privada por promover la cultura cinematográfica, ya sea a través de cursos o la exhibición de películas. Vamos a echar un vistazo a lo más significativo del año.

EL VIDEOCLUB COMO SALVACIÓN

Una vez más se confirmó la importancia de los videoclubes como alternativas para disfrutar de un cine que no encuentra cupo en la cartelera; lo grave del asunto es que no sólo se trata de películas “difíciles”, sino que ahora ya se incluyen films de toda índole y de gente muy conocida, que dan el salto directo al formato del DVD o Blue Ray, para los más a la moda, aunque la variedad aún sea limitada.

Ejemplos: cintas de Wong Kar-Wai (2046), Ang Lee (Lujuria y traición), Sean Penn (Camino salvaje), George Clooney (Jugando sucio), Noah Baumbach (Margot en la boda), Todd Haynes (Mi vida sin mí), Frank Oz (Un funeral de muerte), Luc Besson (Ángela), Patrice Leconte (Mi mejor amigo) Robert Rodriguez (Planeta terror) y Quentin Tarantino (A prueba de muerte). Además de todos ellos, pudimos encontrar cine independiente norteamericano, terror español y asiático, comedia y drama franceses, humor negro inglés y una bienvenida diversidad: no tanta como uno quisiera pero al fin reconfortante.

CATÁSTROFES, MONSTRUOS Y VAMPIROS

Fue un año en el que pudimos ver cómo nuestra especie se colocaba al borde de su extinción en filmes que deslizaban un mensaje ecológico: El día que la Tierra se detuvo, El fin de los tiempos, Soy Leyenda, Sobrenatural. Criaturas monstruosas asolaron ciudades (Cloverfield, El huésped) y la condición humana se ponía a prueba (WDZ, REC). Los vampiros volvieron desde dos perspectivas distintas: los malosos de 30 días de noche y los adolescentes con todo y sus conflictos inherentes en Crepúsculo.

REGRESOS Y SUPERHÉROES

Impensados personajes de los ochenta se hicieron presentes: un Rambo salpicando sangre por todas partes y un Indiana Jones en plan paternal. Ironman por fin se hizo presente en una muy disfrutable película y Hulk volvió para ponerse verde de coraje. También hubo los rebeldes: Hellboy Hancock intentaron mandar todo allá lejos con tal de que los dejaran en paz. Batman puso la nota de sorpresa en cuanto al cine de cómics, mientras que falló el regreso de Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspian y la tercera entrega de la Momia, ahora en ambiente chino

TV, ANIMACIÓN Y MUSICALES

Las adaptaciones de series televisivas quedaron a deber (Sex & The City, Súper Agente 86, Los expedientes X, Meteoro) y un par de musicales en tonos opuestos (Sweeney Todd, Mamma Mia) cumplieron con las expectativas del respetable. El cine de animación estuvo dominado por Wall-E y Persépolis (exhibida en el Foro), aunque Horton y el mundo de los Quien y Bolt resultaron de buena factura. Kung Fu Panda y Madagascar 2 podrían haberse obviado. En cuanto a la comedia, hubo poco que reportar, más allá de los esfuerzos de la factoría comandada por Judd Apatow.

LAS 20 PELÍCULAS DEL AÑO

Cerramos esta minisíntesis con la tradicional lista de las 20 películas del año. Sólo se consideran las que se exhibieron en nuestra Ciudad dentro de la cartelera comercial, entre el 1º de enero y el 31 de diciembre del 2008, en orden alfabético.

  • Antes que el diablo sepa que has muerto (Sydney Lumet).
  • Batman: El caballero de la noche (Christopher Nolan).
  • Cambiadora de páginas, La (Denis Dercourt).
  • En el valle de las sombras (Paul Haggis).
  • Expiación, deseo y pecado (Joe Wright).
  • Falsificadores, Los (Stefan Ruzowitzky).
  • Gángster americano (Ridley Scott).
  • Juegos sádicos (Michael Haneke).
  • Lista negra, La (Paul Verhoeven).
  • Luz silenciosa (Carlos Reygadas).
  • Llanto de la mariposa, El (Julian Schnabel).
  • No le digas a nadie (Guillaume Canet).
  • Originalmente pirata (Michel Gondry).
  • Paranoid Park (Gus Van Sant).
  • Petróleo sangriento (Paul Thomas Anderson).
  • Promesas peligrosas (David Cronenberg).
  • Sin lugar para los débiles (Ethan y Joel Coen).
  • Tropa de élite (José Padilha).
  • La vida en rosa (Olivier Dahan).
  • Wall-E (Andrew Stanton).

Feliz año. Nos seguimos leyendo.

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JUEGOS SÁDICOS: EL MAL COMO PERVERSIÓN LÚDICA

20 diciembre 2008

Mucho se ha reflexionado en torno a la banalidad del mal. Hannah Arendt reflexionó en torno a esta idea mientras cubría para el New Yorker en Jerusalén el juicio contra el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, durante 1961. Formar parte de un entramado de exterminio que absorbe la responsabilidad individual, ausencia de conciencia sobre lo que se está haciendo, imposibilidad de reflexionar en torno a los actos cometidos: la culpa persiste, desde luego, pero acaso habría necesidad de replantearse ciertas concepciones en torno a la naturaleza del mal.
Mirar el mal desde la perspectiva del sadismo, nos conduce por otros territorios, acaso de índole psicopatológico; convertir el daño al otro en un juego de poder no parece ser muy distante: los niños que se divierten lastimando pequeños animales; los compañeros escolares que humillan al más débil hasta hacerlo llorar (era una broma, dicen); y desde luego, la práctica de la tortura en la que se esconden, además de móviles políticos o de seguridad, perversiones lúdicas que buscan satisfacer esa enferma necesidad de sentirse superior a los demás, aunque en la realidad no hagan sino degradarse a sí mismos.
El director austriaco-alemán Michael Haneke (71 fragmentos para una cronología del azar, 94) consiguió una perturbadora aproximación al mal como pasatiempo juvenil en Juegos divertidos (Funny Games, 97), reflexión profunda acerca de la violencia y la crueldad humana en apariencia sin motivo alguno, un poco en la línea de Naranja mecánica (Kubrick, 71), pero sin experimentaciones de por medio, más bien productos de una sociedad que parece haber extraviado sus límites de contención pretendiéndolos sustituir con muros fronterizos.
Ahora, como lo hicieran Capra, Hitchcock y Shimizu, ha realizado un auto remake titulado acá Juegos sádicos (EU, 07), con la presencia de Tim Roth, Naomi Watts, Michael Pitt y Brady Corbet, manteniendo la esencia de su origen y confirmando algunas de sus temáticas recurrentes como la crítica a los medios y su vinculación con la juventud (El video de Benny, 92), así como sus propuestas de trastocamiento del lenguaje cinematográfico como en Código desconocido (2000).
Interesado en lanzar algunos de sus dardos a las élites económicas y culturales como en La pianista (02) y en la angustia contenida de Caché: Observador oculto (05), el realizador de El tiempo del lobo (03) coloca a una familia acomodada que va a su casa de campo para pasar una vacaciones: un picado captura la camioneta en donde padre y madre juegan a adivinar qué disco está puesto, ante la presencia interesada del hijo (Devon Gearhart).
De escuchar a Mozart y Händel se establece un contraste radical con la aparición sonora del incansable explorador vanguardista John Zorn y la agresividad gutural de Mike Patton. Un pequeño anuncio, desde la selección musical del film, de lo que está por venir: en torno a un lago, un conjunto de casas que van recibiendo la visita inesperada del mal en una cadena que se va eslabonando siniestramente y sin fin probable a la vista. Es la invasión de un mundo cada vez más enfermo al engañosamente seguro entorno familiar para vivir Horas desesperadas (Wyler, 56).
En efecto, Haneke plantea un claro contraste: los jóvenes educados ataviados con guantes y vestimenta impecablemente blanca, en apariencia con un desarrollado sentido de convivencia social, que resultan ser, porque sí, sádicos profesionales con sensaciones de compasión, culpa o remordimiento totalmente canceladas: no sabemos nada de ellos e incluso se dan el tiempo de inventarse pasados traumáticos. Sus nombres son, con toda la carga referencial del caso, Pedro y Pablo, aunque gusten de llamarse Beavis y Butthead.
Al apoderarse de la situación y someter a la familia sin alterarse en ningún momento, establecerán una serie de juegos macabros en los que se tiene que participar, quiérase o no. La quietud de la cámara juega un papel central en la construcción de encuadres cargados de claroscuros y largos planos que aumentan la ansiedad, siempre fortalecida por el enfático manejo del fuera de campo en el que los sucesos referidos terminan por ser devastadores mientras la toma captura un hecho intrascendente: la preparación de un alimento y el sonido de un balazo.
Haneke también juega con nosotros, los espectadores, enfatizando la idea de no permitir concesiones, en contraposición a cierto cine hollywoodense que justo se sustenta en los pactos no escritos con el público: ahí está el rewind cuando habíamos pensando que por fin la víctima le aplicó su justo castigo por cochino proceder a uno de los victimarios. Humor macabro que pone las neuronas de punta sin siquiera permitir el esbozo de una sonrisa nerviosa.

Nos leemos después.
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EL DÍA QUE LA TIERRA SE DETUVO: ECOLOGÍA ESPACIAL

13 diciembre 2008

En plena guerra fría, el cine estadounidense respondió con una serie de películas alegóricas más bien enclavadas en la ciencia ficción: el enemigo venía de fuera no sólo de Estados Unidos, sino del planeta, brindándole un carácter etéreo e inasible, acaso como las consecuencias de la era nuclear, retratadas en la magistral El increíble hombre menguante (Arnold, 57). Así, la paranoia encontraba un cauce en cintas, ya sea con alto o bajo presupuesto, donde seres de otros planetas hacían de las suyas con la despreciable especie humana.
Uno de esos films fue El día que paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Wise, 51), cándido alegato sobre la belicosidad de los seres humanos en el que un alienígena buena onda y mentalmente superior, hacía un llamado a todos los líderes del planeta para que dejaran de una buena vez la nuclear carrera armamentista. Con una visión optimista por desgracia bastante alejada de la realidad, la cinta se sumó a toda una tendencia fílmica de aquellos años que respondía a las exigencias de la época.
Ante la sequía de ideas nuevas, ahora se presenta un remake bajo el título de El día que la Tierra se detuvo (08), dirigido por Scott Derrickson (El exorcismo de Emily Rose, 05) en la que el llegado del espacio de nombre Klaatu (inexpresivo Keanu Reeves en el papel que interpretó Michael Rennie) trata de entablar un diálogo que nunca se da por la desconfianza inherente de la mandamás del área de seguridad (Kathy Bates), quien pone ejemplos de la Historia –no de los ingleses ni de los estadounidenses, sino de los españoles- para demostrar que las civilizaciones superiores someten a las inferiores, por lo que es necesario ponerse a la defensiva.
Pero el susodicho mensajero encontrará otra faceta de la humanidad vía una científica viuda (Jennifer Connelly) y su pesadito hijastro (Jaden Smith), capaces de sentir dolor ante la pérdida y de mostrar cierto espíritu solidario. El discurso belicista ha cambiado, en tiempos del post 11 de septiembre, por un asunto ecológico; se trata de salvar a la Tierra de la peor plaga que padece: la especie humana. A diferencia de la original desarrollada en Washington, aquí vuelve a ser Manhattan el epicentro del conflicto, muy a tono con los tiempos que corren.
Con ecos bíblicos y cierto tufillo New Age –esferas cual arcas y plagas exterminadoras- la cinta encuentra algunos momentos emotivos pero en su mayor parte transcurre en un esquema de excesiva sobriedad y sin ninguna posibilidad de sorpresa: conforme avanza la historia se va volviendo cada vez más predecible, situación que le resta interés argumental, acaso rescatada por la eficiente propuesta visual sustentada por vistosos efectos especiales y elusivos encuadres con sombras que huyen de luces cegadoras.
Rescatables resultan el diálogo que sostiene el extraterrestre con un premio Nobel (John Cleese), quien consigue dar algunos argumentos –el asunto del precipicio como situación clave provocadora de cambios- para que la humanidad no sea borrada del mapa galáctico, así como la relación que establecen los protagónicos, contenida en los afectos y explosiva en la búsqueda de soluciones.
A pesar de su posible anacronismo, me quedo con la original.

Nos leemos después.
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CINE BIOGRÁFICO

9 diciembre 2008

También conocido como biopic, este género implica riesgos importantes que van de seguramente quedar mal con algunos historiadores, admiradores o detractores del personaje en cuestión, hasta presentar una mirada que lejos de profundizar se quede en un mero panfleto alabador y maniqueo, despojando al protagonista de su dimensión humana para volverlo improbable santón o viceversa: presentar sólo sus facetas más abominables.
La confusión también se acentúa cuando no se distingue si lo que se está haciendo es una película, es decir, ficción, o una lección de historia cargada de didactismo sospechosamente ideológico… o ambas. De ahí que buscar otras rutas para su concepción, como género presente a lo largo de la historia del cine, no sólo es bienvenido sino necesario. Ejemplos disponibles en video, enseguida.

DYLAN REVISITADO
Dirigida en clave iconoclasta por Todd Haynes (Veneno, 91; Lejos de casa, 02), entreverando apuntes biográficos, iconografía, leyenda y música sin orden aparente, Mi vida sin mí (I’m Not There, EU, 07) funciona como un arriesgado e imaginativo collage de diversas estampas acerca de la figura mítica del gran poeta del rock, nunca mencionado por su nombre e interpretado por seis personas distintas, quienes encarnan facetas de la vida, música e ideas de Bob Dylan, particularmente durante los años sesenta.
Sobre la premisa dylaniana de nunca ser lo que se esperaba que fuera, la cinta transcurre a partir de un conjunto de pedacería que va de sus orígenes con su admirado Woody Guthrie a su conversión al cristianismo, pasando por sus rupturas eléctricas del folk al rock, sus poses actorales y relaciones de pareja, su evanescencia poética rimbaudiana, su permanente estado de protesta y hasta su imagen country de escapatoria a lo Pat Garret & Billy The Kid (Peckinpah, 72).
Un poliedro de seis caras que sobrevive al famoso accidente en moto y que es comentado, a manera de falso documental en la época actual, por colegas y personas cercanas que vivieron las camaleónicas metamorfosis del inasible cantante que se niega a ser líder de algo, lo que sea. Haynes optó por elegir a sendos actores que interpretaran estas seis dimensiones, incluyendo a un niño negro y una mujer (estupenda Cate Blanchet), y con una edición en apariencia caprichosa, aparecen en diversos segmentos que van y vienen a lo largo del film sin una lógica lineal.
Las canciones, cual oculto hilo conductor, acompañan la diversidad de la puesta en escena y las secuencias que pueden ir de un colorido vivaz al sobrio blanco y negro, en función de la idea narrativa en la que estemos ubicados. Se trata de una revisión para iniciados en el planeta Dylan, por lo que puede ser una buena idea darle un vistazo previo al No Direction Home de Scorsese.

EDITH PIAF
También rompiendo la lógica lineal de la biografía, Olivier Dahan (La vida prometida, 02; Los ríos color púrpura 2, 04) se inmiscuye en la trayectoria vital de la mítica cantante francesa en La vida en rosa (Francia, 07), arrancando con una fuerte secuencia en el escenario para, a partir de ahí, revisar momentos críticos tanto artísticos como personales de Edith Piaf, interpretada magistralmente por Marion Cotillard.
Con un planteamiento visual que alude a la combinación de planos y una edición que nos permite irnos involucrando con el personaje, en cuanto a mujer a la deriva con talento excepcionalmente natural, la cinta consigue transmitir la complejidad de una vida como la de la cantante popular símbolo de Francia.

CAPOTE, OTRA VEZ
Parecía una insensatez volver a hacer una película en torno al famoso escritor estadounidense después de aquella cinta en la que Philip Seymour Hoffman le dio vida. No obstante, A sangre fría: la verdad Atrás de Capote (EU, 06), dirigida por Douglas McGrath (Emma, 96), es una cuidadosa reconstrucción del proceso y contexto de elaboración del famoso libro anfibio –entre reportaje y novela- incorporando el involucramiento afectivo del creador (interpretado con soltura por Toby Jones) y su consecuente influencia en el resultado final.

Nos leemos después.
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CÓDIGO DE FAMILIA: LEALTAD A LA VERDAD

6 diciembre 2008

Frente a las incontables teleseries policíacas/detectivescas de lograda manufactura, realizar un film que ronde esta temática, además muchas veces recreada en pantalla, implica un reto vinculado a la creatividad y a la verosimilitud de la puesta en escena. La serie televisiva cuenta con muchos capítulos para desarrollar personajes, plantear situaciones y dejar correr las emociones: una película sólo tiene dos horas para lograrlo y, por si fuera poco, que alguna arista –guión, puesta en escena, personajes, etcétera- resulte eficazmente innovadora.
Si bien Código de familia (Pride and Glory, 08) no pretende renovar el género ni apuesta por la originalidad como consigna, sí consigue desarrollar una premisa de manera consistente, sobre todo gracias al cuidado en el desarrollo de los personajes, antes que buscar la acción por sí misma, insertada de manera puntual y con algunas tomas de fuerte contenido gráfico.
De ahí que la cinta transcurra básicamente a partir de diálogos, más que de secuencias de persecuciones o balaceras: incluso cuando dos de los personajes se lían a golpes, pareciera más una conversación con los puños que una elusiva coreografía violenta. La trama, sin embargo, no está exenta de momentos fuertes y de alta tensión (la forma de arrancar una confesión), con una constante presencia de ventanas o cristales cual manchados testigos inquebrantables de trágicos sucesos.
Con guión del especialista Joe Carnahan, quien ya había rondado el tema como director de Calles peligrosas (03), la historia retoma lugares comunes de este tipo de filmes pero los intenta contrapuntear con el contexto familiar de todos los personajes, dándole tiempo a sentidas conversaciones entre las parejas o a momentos propios de la intimidad en casa: es permanente el discurso contrastante en el que se plantea la conducta escindida de ser un padre de familia en apariencia amoroso y un torturador corrupto al mismo tiempo.
Dentro de la galería de personajes, el más interesante resulta Francis, interpretado por Noah Emmerich; mientras que Ray (Edward Norton, quien ya aprendió que la sobriedad es la clave) está en trance de superar pasado traumático; Jimmy (Colin Farell) es decididamente maloso y el pater familias (John Voight) se debate entre la tradición del deber y el mantenimiento de la buena imagen, Francis elude todo maniqueísmo y se ubica en una zona vital compleja, con una esposa moribunda y un equipo penetrado por la corrupción.
La trama en general nos suena familiar: complicidades entre narcotraficantes y policías; luchas territoriales, favoritismos hacia uno u otro grupo criminal, defensores de la ley extraviados en la ambición del dinero. Claro que el asunto se centra en narcomenudistas y no aborda esas relaciones sumamente perversas de plata o plomo que establecen los grandes capos, en las que parece no haber escapatoria: no es sólo un asunto de principios éticos de los policías, sino de sistemas que impidan la compra obligada de favores.
La dirección del irlandés Gavin O´Connor (The Miracle, 04) es funcional: opta por el desenfoque más que por el juego plano-contraplano en las conversaciones; la fotografía insiste en texturas deslavadas, con iluminación casi natural, buscando hosquedad en la paleta cromática, soportada por una cámara que busca perspectivas contrastantes; la música de Mark Isham, mientras tanto, se mantiene como discreto telón de fondo.
Varias temáticas se desgranan de la historia con mayor o menor énfasis: la relación padre-hijo y la dificultad de la independencia emocional; la presencia femenina, aunque discreta, vista como ancla de referencia familiar (ahí está el diálogo sobre el cambio necesario para ser un padre medianamente digno); el vínculo fraterno y los abusos de las relaciones familiares; el adormecimiento de la capacidad de sentir culpa. A medio camino quedó la forma en la que la prensa entra en este entramado de aniquilación de la ley, así como las conflictivas relaciones multiculturales.
Una película que, si bien genérica, consigue atisbar en el mundo de sus propios personajes y el contexto que los rodea, tan cercano y tan parecido al que nos ha tocado vivir, por desgracia.

Nos leemos después.
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