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LAS MUTACIONES DE SCARLETT JOHANSSON

28 noviembre 2014

Emergió de Un mundo fantasma (Zwigoff, 2001), tras aparecer en algunos filmes como actriz de reparto. Le dio vida a la misteriosa joven del arete de perla y fue una de las hermanas Bolena; la escuchamos como un hipnótico sistema operativo en Her (Jonze, 2013), enamorando a Joaquin Phoenix y solamente Bill Murray supo lo que le susurró al oído en Perdidos en Tokyo (Coppola, 2003).

Woody Allen la adoptó como diva juvenil durante algún tiempo, se convirtió en Janeth Leigh y la hemos visto como heroína emergente en Iron Man, Los vengadores y El Capitán América, asumiendo el papel de la Viuda negra que parece ya instalarse como parte del universo Marvel llevado al cine.

Ahora es una de las actrices del momento que transita de Estados Unidos a Europa y de las producciones de los grandes estudios a las películas de corte más independiente, mostrando una mayor versatilidad en sus registros actorales, tanto los exigidos por las películas de acción como los de cierto rango dramático. Dos ejemplos de su filmografía que nos llegan por distintas vías.

LUCY

El parisino Luc Besson, productor compulsivo y director que no le teme al exceso, disfruta creando personajes femeninos fuertes (mejor desarrollados los de ficción que los de la vida real) de pronto envueltos en situaciones que les exigen capacidades impensadas, como ha sido el caso de Nikita (1990), contando con la interpretación de Anne Parillaud; El perfecto asesino (1994), con Natalie Portman naciendo al cine; El quinto elemento (1997), trampolín para que Milla Jovovich hiciera su carrera como exterminadora de videojuego y, de paso, interpretar a Juana de Arco (1999), que no podía faltar; Angel-A (2005) con una salvífica Rie Rasmussen y La fuerza del amor (The Lady, 2011) con Michelle Yeoh en el papel de Aung San Suu Kyi, opositora birmana ganadora del Nobel de la Paz 1991.

Ahora le toca el turno a Lucy (Francia, 2014), una joven común encarnada por Johansson, consiguiendo darle el contraste antes y después del evento transformador, que parece estar en el momento, lugar y con el tipo equivocados: su manipulador novio le pide entregar un maletín a un mafioso en un lujoso hotel de Taipei y ante las reticencias, termina por ponerlo en su muñeca, sellando de esa manera su inesperado destino.

El encargo se convierte en toda una pesadilla y acaba con un paquete de droga en el estómago para contrabandearlo, situación que se complica al ser atrapada por una banda rival; la sustancia estalla en su vientre y ella empieza a desarrollar una inusual capacidad cerebral que se manifiesta por la anticipación de los hechos, control de la materia, inmunidad al dolor, poderes sobrenaturales y creación de conexiones imposibles para los humanos.

La primera hora del film resulta absorbente: el manejo de la edición con las inserciones de las escenas de animales y la conferencia del especialista sobre desarrollo de la mente (Morgan Freeman), así como el uso del tiempo y el espacio fílmicos, redundan en una narrativa llena de vitalidad y emoción a flor de piel. El resto va tendiendo al disparate argumental y al exceso en la puesta en escena, aunque sin perder en el camino a quienes nos había atrapado momentos antes: como la clave de la existencia es la velocidad, ni cuenta nos damos cuándo terminó la película.

Claro que hay un sabor cosmopolita en la producción: locaciones en París, Berlín y Taipéi, además de un reparto multinacional, en el que además de las figuras estadounidenses destaca el coreano Min-sik Choi como el maloso dispuesto a todo con tal de obtener la droga maravillosa, similar a la que circulaba por Sin límites (Burger, 2011). Al final, se trata de una buena muestra de cine híbrido, en el que se dan cita apuntes del cine francés, superproducción hollywoodense y estética asiática de hiperkinética construcción.

SIN NOMBRE PROPIO

Realizador de videos para Nick Cave, Radiohead y Blur, entre otros grupos de la élite rockera, Jonathan Glazer debutó con Sexy Beast (2000), enclavada en los ambientes gansteriles ingleses y que contó con una intensa actuación de Ben Kingsley; después realizó Reencarnación (Birth, 2004) y tras un largo lapso sin dirigir, presenta Bajo la piel (Under the Skin, RU-EU-Suiza, 2013) filme basado en la novela de Michel Faber (en la que los incautos terminan siendo la merienda de los extraterrestres, situación no presentada en la película), que termina por ser enigmático y atrayente, aunque por momentos reiterativo, subrayando más allá de lo necesario y, en determinados episodios, dando vueltas en círculo.

ScarlettScarlett Johansson se mete, justamente, en la piel de un ser venido de otros mundos cuya misión parece ser atraer hombres a una pantanosa negritud donde quedan atrapados y diluidos, ayudada o u obligada por algún motociclista que, en su caso, termina el trabajo sucio. Ya con su forma femenina, esta criatura al más puro estilo de la mucho más convencional Especies (Donaldson, 1995), anda de cacería manejando una camioneta aunque parece no saber por qué o no estar del todo convencida: como estrategia para capturar a sus presas dice que está perdida, solicita ayuda y ofrece aventón, pero acaso en efecto esté extraviada en un mundo que le resulta por completo ajeno.

El despliegue visual consigue contrastar los amplios espacios naturales y las zonas urbanas escocesas, así como colocarnos ante la mirada entre atónita y sorprendida de la protagonista, quien va siendo testigo de una realidad que le es ajena: conoce el abuso y la comprensión masculina, la camaradería femenina, la solidaridad y la violencia, el rechazo hacia el diferente que sale de noche y hasta lo mal que saben los pasteles de chocolate. Como sentirte extraño en tu propia casa.

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VIAJE A LA AMÉRICA PROFUNDA CON MATTHEW McCONAUGHEY

25 noviembre 2014

Una de las transformaciones actorales más sorprendentes de los últimos años ha corrido por cuenta del cuarentón texano, cuyo destino fatal parecía reducirlo a mero galán al uso con  buenas dosis de simpatía y desenfado sureño, como se advertía en las insulsas Experta en bodas (Shankman, 2001), Cómo perder a un hombre en 10 días (2003), Soltero en casa (Failure to Launch, 2006), Amor y tesoro (Fool´s God, 2008), El surfer Cool (2008) y Los fantasmas de mi ex (2009).

No obstante, su presencia en filmes como Las manos del diablo (Frailty, Paxton, 2001), Vidas contadas (Thirteen Conversations About One, Sprecher, 2001) y Una guerra de película (Tropic Thunder, Stiller, 2008), El defensor (The Lincoln Lawyer, Furman, 2011) y Bernie (Linklater, 2011), indicaba que ahí había un histrión con mucho potencial aún por aprovecharse. En efecto, detrás del encantador y descamisado intérprete de sonrisa franca, se manifestaba un actor con mayor amplitud de registro.

El tiempo se encargó de la respuesta. Sus sólidas actuaciones en Magic Mike (Soderbergh, 2012) y El niño y el fugitivo (Mud, Nichols, 2012), así como su breve elocuencia en El lobo de Wall Street (Scorsese, 2013), todas ellas ya comentadas en este espacio, le brindaron la plataforma que necesitaba para encarnar intensos papeles que nos han conducido por las profundidades sureñas de los Estados Unidos, como sigue.

INVESTIGACIONES PANTANOSAS

A partir de una absorbente estructura narrativa que combina tiempos y de una intrigante construcción de atmósferas, entre siniestras y esotéricas, True Detective (EU, 2014) es una de las series que confirma la edad de oro que vive la televisión en general y HBO en particular. Los ocho episodios de la primera temporada fueron escritos por Nic Pizzolatto (esos monólogos que intentan ser diálogos entre los dos detectives) y dirigidos con nervio y sentido de la construcción dramática por Cary Fukunaga (Sin nombre, 2009; Jane Eyre, 2010).

Matthew McConaughey regresa a la televisión después de participar en tres capítulos de Eastbound & Down entre 2010 y 2102 para encarnar a Rust Cohle, un solitario detective de vida hermética, trato difícil y reflexiones metafísicas que combina con rudeza necesaria, involucrado en la investigación de un crimen con tintes rituales e indicios de ser perpetrado por un asesino serial. Su contrastante compañero es Marty Hart, un rudo y primario investigador de ideas directas y prejuicios por todas partes (Woody Harrelson), con la amante de rigor y familia en apariencia ideal: dos hijas y esposa comprensiva que va creciendo en protagonismo (Michelle Monaghan).

McConaugheyEn primera instancia, ambos aparecen frente a las cámaras en sendos interrogatorios: un caso en apariencia cerrado por ellos se ha vuelto a abrir y ahora los entrevistan los nuevos responsables; junto con ellos y a través de flashbacks, vamos conociendo los pormenores del proceso, las personalidades de los dos protagónicos y el particular vínculo que establecieron entre sí. En un segundo momento y una vez concluidas las conversaciones, la historia va hacia adelante en las indagatorias y la participación de los detectives, ya en retiro, sin dejar de romper con la linealidad temporal.

La música de T-Bone Burnett se pasea por los pantanos de Louisana, elusivamente retratados por una fotografía cargada de claroscuros, combinando abrasivas tomas abiertas de unos paisajes tan solitarios como enigmáticos, con intromisiones a los resquicios donde la investigación trata de seguir su curso, amenazada como presa de cacería e invadida de monstruos nunca del todo encuadrados, tanto los que pululan entre los parajes como los que habitan al interior de los personajes.

Por su parte, Amores peligrosos (The Paper Boy, Daniels, 2012) se sumerge en un oscuro caso aderezado por el calor sofocante de las zonas pantanosas de Florida a finales de los sesenta. La sordidez planteada no alcanza para construir un relato de la fuerza esperada y las atmósferas truculentas se quedan reducidas a un escenario que no permea en la trama, articulada a partir del regreso de un periodista a su pueblo para investigar un crimen de tintes racistas, interpretado por vehemencia por McConaughey, aquí acompañado por Zac Efron, John Cusack en plan siniestro y Nicole Kidman despojándose de todo el glamour posible.

SOLUCIONES EXTREMAS

El  culmen actoral de este ascendente proceso llegó con El club de los desahuciados (Dallas Buyers Club, 2013), filme que se sostiene en parte gracias a la notables interpretación de McConaughey como un vaquero machín que, al contraer SIDA, se convierte en un eficiente dealer de medicamentos prohibidos para la creciente comunidad gay y para quienes optaran por alguna solución, buscando paliar los síntomas de la implacable y apenas popularizada enfermedad.

Basado en el caso real de Ron Woodroof y dirigido funcionalmente por Jean-Marc Vallée, el filme presenta de manera dinámica los diferentes acontecimientos que llevaron a la profunda transformación de este hombre, su relación con una doctora en proceso de replantear su práctica médica (Jennifer Garner) y, sobre todo, con un travesti que se convierte en su amigo, situación impensable tiempo atrás: la actuación de Jared Leto funcionó como exacta contraparte para potenciar mutuamente ambas interpretaciones.

Mientras tanto, Killer Joe: Asesino por encargo (EU, 2011) sigue a un joven en líos de deudas (Emile Hirsch), que tiene la ocurrencia de contratar a un policía que hace trabajitos extras para que mate a su madre y así poder cobrar el seguro. Claro que en el escenario van apareciendo una serie de personajes abusivos y despreciables la mayoría de ellos, como su padre y su novia, su hermana y el novio de su madre, que no dudan en venderse al mejor postor y que complican el trato.

El veterano director William Friedkin consigue reconstruir un ambiente de violencia, miseria moral y desprecio por las personas que se advertía en el original de Tracy Letts, al tiempo que la arriesgada interpretación de McConaughey, secundado por un reparto a la altura de las circunstancias, impacta por sus dosis de crueldad aparentemente controlada y por su racionalidad en continuo e inesperado proceso de explosión.

AVANZAR EN CÍRCULO

20 noviembre 2014

Personajes que tienen más caídas que levantadas, sin una particular simpatía y que viven pensando que merecen mejor suerte que la que tienen: los demás son los que están equivocados y sus infortunios se deben a razones externas, nunca por ellos mismos. Mantienen una actitud de cinismo que parece ayudarles a seguir cayendo de pie, a pesar de que parecieran simplemente regresar al punto de partida.

Sus nombres le dan el título a las cintas y ambos protagonistas tienen que enfrentar la realidad de la sobrevivencia más allá de sus caprichos e intereses. Cortesía de grandes directores del cine estadounidense con absoluta voz y mirada propias, se encuentran disponibles en video porque su paso por cartelera fue fugaz o de plano inexistente. Dos de las mejores películas producidas en el 2013.

LLEWYN DAVIS

Los hermanos Coen vuelven a recrear una época a través de la música, como lo hicieran en ¿Dónde estás hermano? (2000), ahora adentrándose en el Greenwich Village de Nueva York a principios de los sesenta, en plena efervescencia artística y, particularmente, con el folk a punto de entroncar con otros géneros – en específico el incipiente rock y el blues- a través de un tipo recién llegado de Minnesota con guitarra en mano y armónica en boca, que se alcanza a ver al final de la cinta con todo y su nasal vocalización y cabello revuelto.

Inside Llewyn DavisEn Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, EU-RU-Francia, 2013) seguimos en cambio a un cantautor medio pagado de sí mismo, meditabundo y encajoso, dejando hijos por aquí y allá, dando tumbos de sofá en sofá por las casas de conocidos y de quien se distraiga, pidiendo cigarros y aguantando negativas. Formó parte de un dueto medianamente exitoso pero ahora busca abrirse paso en solitario. Su padre ya no lo reconoce y su hermana lo aguanta poco, al igual que la amiga embarazada en trance neurótico perpetuo (Carey Mulligan), pareja de su colega (Justin Timberlake) y quienes forman un edulcorado dúo.

La estructura del filme es circular: empezamos y acabamos en el mismo punto, con la diferencia de que al final se despide de nosotros este hombre que representa a muchos aspirantes a convertirse en artistas de aquella y esta época, tratando de comunicar un discurso honesto y libre de cualquier tratamiento mercadológico. “No veo mucho dinero en esto”, le asesta Bud Grossman (F. Murray Abraham, preciso en su inexpresividad), un importante promotor de Chicago después de escucharlo serenamente. Oscar Isaac interpreta con cercanía a este errático aspirante a trovador y consigue, en efecto, introducirse en la piel de su personaje.

No faltan los personajes típicamente coenianos, como el gordazo drogadicto que desprecia al folk en comparación con el jazz y que solo despierta de su letargo para fastidiar (hilarante John Goodman), con todo y su silencioso chofer como sacado de una pandilla cincuentera; los invitados a la cena en casa de la pareja que lo recibe a pesar de sus majaderías, el gerente del bar donde logra cantar y, por supuesto, el gato que se convierte en una especie de figura escapista de carácter simbólico: no puede ser intercambiado y al final, siempre regresa.

Los sonidos de aquellos años se capturan nítidamente gracias a los arreglos del especialista T Bone Burnett, coordinando las interpretaciones de varios de los actores, incluyendo a Adam Driver y Stark Sands; las imágenes proporcionadas por el francés Bruno Delbonnel, jugando con la profundidad, nos sumergen con un dejo de nostalgia en ese revolucionario momento para la cultura popular.

En contraste con las diversas películas que han retratado el camino al estrellato de músicos country y folk, o bien el ascenso y caída de los artistas, aquí vemos una trayectoria, justamente, que parece moverse en círculos sin encontrar espacios para el crecimiento pero tampoco para el abandono definitivo, eso sí, siempre acechante.

BLUE JASMINE

Dirigida y escrita por Woody Allen, dejando el tono humorístico aunque no el irónico para centrarse en el trazo de su personaje central, seguimos a una socialité neoyorquina de ésas que pululan por ahí, saturada de necesidades creadas; atestiguamos su caída nunca aceptada y su posterior búsqueda para regresa a un estatus que siempre dependió, por una parte, de su marido (Alec Baldwin), enredado en asunto ilícitos, y por la otra, de estar conviviendo con mujeres de notoria frivolidad.

Ahora tiene que refugiarse, contra todas sus expectativas, en casa de su sencilla hermana que vive con susBlue Jasmine hijos en San Francisco, para desde ahí empezar a buscar volver a la superficie, aferrándose a algún incauto cual tabla de salvación con presupuesto visible (Peter Sarsgaard). El desarrollo de los personajes, en particular las hermanas, y sus diferentes relaciones, se explicitan a través del uso del flashback siempre al servicio de la comprensión del presente y de cómo se puede llegar a tal nivel de frustración.

Jazmín Azul (Blue Jasmine, EU, 2013) es otro gran retrato femenino de Allen, como Hannah y sus hermanas (1986), La otra mujer (1988), Alice (1990) y Melinda & Melinda (2004), y una mirada ya no a la intelectualidad de Nueva York, sino a ese mundo de penthouse que parece flotar por los problemas de todos los demás, en el que sus pobladores se preocupan por cómo llenar el tiempo y convencerse de que su sola posición social y económica les da la felicidad requerida, aunque las costuras se asomen a la primera reflexión más o menos seria sobre la propia existencia. El tranvía llamado deseo ha pasado de largo.

La soberbia actuación de Cate Blanchet (Oscar a mejor actriz), llena de matices y gestualidades expresadas desde su perorata en el avión con una desconocida, permite que esta mujer extraviada inspire rechazo y compasión casi por partes iguales, no obstante su insufrible necesidad por simular y mantener un pasado perdido. Además, se encuentra muy bien cobijada por Sally Hawkins, haciendo el rol de la contrastante hermana sin caer en el estereotipo de la clasemediera caótica pero feliz, lidiando con los hijos, el novio (Bobby Cannavale), el amante (Louis C. K.), el exmarido (Andrew Dice Clay) y demás vicisitudes a las que se suma aguantar a su opuesta visitante.

CANIBALISMO EN PANTALLA

13 noviembre 2014

Esta práctica ancestral hoy vista como tabú y tema escabroso como pocos, detonó un subgénero que floreció en el cine italiano durante los 70´s y 80´s de serie B o Z, con el atrevido mockumentary Holocausto caníbal (Deodato, 1980) como plato principal; el español Jess Franco se sumó al banquete y dirigió Sexo Caníbal, Mondo Cannibale y Terror caníbal en 1980, como para saciar cualquier apetito y el vietnamita Hark Tsui hizo lo propio con We´re Going To Eat You (1980); The Green Inferno (Roth, 2013) es un derivado en el que un grupo de ecologistas se convierte en la cena de la tribu a la que defendía.

La mirada se ha ampliado y el tema ha sido retratado desde diversas perspectivas, que van desde la antropología hasta la psicopatología criminal, retomando casos reales como The Legend of Alfred Parker (Roberson, 1980); Dahmer (Jacobson, 2002), sobre el “Carnicero de Milwaukee”; Rohtenburg (Weisz, 2006), acerca del caníbal Oliver y Ed Gein (Parello, 2010), el asesino serial inspirador de varios filmes entre los que se ubican Psicosis (Hitchcock, 1960) y La masacre de Texas (Hooper, 1974), así como de personajes en extremo retorcidos: ahí está Buffalo Bill, perseguido por Clarice Sterling.

Se han retomado historias verídicas en la que la sobrevivencia obliga a la antropofagia tipo ¡Viven! (Marshall, 1993) y ubicadas en mundos apocalípticos como Cuando el destino nos alcance (Fleischer, 1973), El libro de los secretos (Book of Eli, hermanos Hughes, 2009) y El último camino (The Road, Hillcoat, 2009); de sofisticada venganza al estilo de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Greenaway, 1989) o de ciertos señalamientos dirigidos a la burguesía como en Los caníbales (De Oliveira, 1988).

Los contextos bélicos son caldo de cultivo para la antropofagia como se ha documentado a lo largo de la historia y como se advierte en Voraz (Ravenous, Bird, 1999). Claire Denis dirigió Sangre caníbal (Trouble Every Day, 2001), en la que se plantea el fallido experimento que alteró la conducta de dos personajes transformándolos en caníbales. No ha faltado el humor negro – Delicatessen (Jeunet y Caro, 1991); Parents (Balaban, 1989); ¿Y si nos comemos a Raoul? (Bartel, 1982)- y hasta el musical, vía Cannibal: The Musical! (Parker, 1993) y Sweeney Tod (Burton, 2007).

A manera de metáfora con su componente crítico, Somos lo que hay (Grau, 2010) parte de una premisa interesante con claras referencias sociológicas –una familia caníbal del DF con modestos recursos tiene que reorganizarse para continuar el rito ante la muerte del padre- aunque sucumbe ante una fallida realización que incluso alcanza el humor involuntario (esos policías…). La realización fue mejorada en el remake estadounidense Somos lo que hay (We Are What We Are, Mickle, 2013), insertando una explicación ancestral y modificando el guion en aras de fortalecer la propuesta argumental.

El cine español ha producido un par de cintas recientes: Omnívoros (Rojo, 2013), en la que un crítico gastronómico se involucra en un peligroso submundo donde se encuentra con un restaurante clandestino; por su parte, la parsimoniosa Caníbal (Cuenca, 2013), sigue a un discreto y eficaz sastre en Granada que además de ser experto en telas, gusta de la piel tersa de las mujeres: las mata para cenárselas con un buen vino.

Pero entonces aparece una sensación que se asemeja al amor. La cámara plantea con claridad los puntos de vista y nos va revelando, con cuidadosos cortes, la construcción de este monstruoso personaje que acaba siendo más aterrador por su introvertida amabilidad, su ausencia de expectativas y carente necesidad de notoriedad, así como por su aparente sentido de ayuda.

HANNIBAL LECTER

Hannibal CoxDe las novelas de Thomas Harris surgió un personaje singular: inteligente, culto y sofisticado, con aliento renacentista dada la gran variedad de disciplinas y artes no solo que conoce, sino que practica. Su refinamiento explota en sus inclinaciones primitivas hacia el gusto por la carne de sus congéneres, no solo como un medio de alimentación y disfrute, sino como manifestación de un poder ritual, como si a través de las vísceras se elevara un espíritu que termina por volver al origen de la sangre, a una humanidad en su más cruda expresión.

De fuerte e irresistible poder de seducción con alcances hipnóticos y chef de exquisitez siniestra, fue encarnado por Brian Cox en la oscura El sabueso (Manhunter, Mann, 1986), filme más centrado en el personaje del detective, y por Anthony Hopkins en la clásica El silencio de los inocentes (Demme, 1991), actor que también participó en Titus (Taymor, 1999), cinta basada en el texto de Shakespeare donde dos hijos de Tamora, la reina de los Godos, terminan como platillo principal.

Signos de agotamiento en Hannibal (Scott, 2001), continuación tardía; en la precuela Dragón Rojo (Rattner, 2002) y la precuela de la precuela Hannibal, el origen del mal (Webber, 2007). El personaje parecía finiquitado en términos de posibilidades argumentales y revisionismos hasta que apareció la serie Hannibal (2013- ), desarrollada por Bryan Fuller para la NBC, con base en los personajes de la novela Dragón Rojo (1981) de Harris y que a la fecha cuenta con dos temporadas de 13 capítulos cada una, mientras se filma la tercera de ellas.Hannibal Hopkins

Las dos temporadas se centran en un intenso triángulo relacional conformado por el agente especial del FBI Jack Crawford (sólido Laurence Fishburne), quien invita a Will Graham (Hugh Dancy, angustiante), un desequilibrado instructor emocionalmente frágil con habilidad psíquicas para construir perfiles de asesinos y asumir sus personalidades que, a su vez, es encargado al Dr. Hannibal Lecter, interpretado brillante, elegante y siniestramente por Mads Mikkelsen, para que lo apoye terapéuticamente. Los diálogos transitan entre enfoques psicológicos, sociológicos y filosóficos, atravesando el inconsciente, los sueños y la crudeza de una realidad saturada de asesinatos rituales y enfoques de salvajismo primigenio.

Alrededor de ellos gravitan una serie de personajes, además de los retorcidos asesinos que desfilan por los diferentes capítulos, que van contribuyendo a la profundización de los protagonistas, como la esposa en etapa terminal de Crawford (Gina Torres); la psiquiatra de peligrosa cercanía Alana Bloom (Caroline Dhavernas); la Dra. Du Maurier (Gillian Anderson, en otro expediente X), de breve y vital presencia; la intuitiva agente Hettienne Park (Beverly Katz); el doctor encargado del hospital psiquiátrico-criminal con agenda propia (Raúl Esparza); la infaltable bloguera de amarillismo salpicado de sangre y el resto del equipo de investigadores.

Una de las virtudes del guion es la manera en la que consigue llevarnos por una serie de eventos sorpresivos que mantienen verosimilitud y en cómo centra el interés en los descubrimientos de los personajes, no obstante que nosotros ya sabemos lo que varios de ellos desconocen: la importancia no es quién, sino cómo y cuándo, si es que llega algún momento. El diseño de escenarios brinda una ambientación potenciadora de las enfermizas facetas mostradas de nuestra especie.

El juego macabro de lealtades, los vínculos afectivos al borde y la creciente locura, se aderezan con fuertes escenas gore que no escatiman en vísceras, aunque se contrasta con un estilo visual sumamente estilizado sin ser remilgoso, con una cuidadosa edición que yuxtapone imágenes en forma simbólica, nivel que está presente a través de diversos elementos, particularmente con la presencia del venado como pieza de caza y cual representación del mal de manera simultánea.

Hannibal MikkelsenLa dirección compartida de los capítulos (Rymer, Natali y Slade, entre otros), así como las perversas atmósferas, encuentran una cierta influencia en David Lynch, en particular cuando nos introducimos en esos contextos más allá de la realidad concreta, mientras el psíquico transita por sus pesadillas y por las mentes criminales, extraviadas entre la escucha de llamados divinos y respondiendo a motivaciones ego maníacas que solo existen en su esquizofrenia extrema. Una serie intensa, escrita minuciosamente y de fuerte impacto visual: la revolución televisiva continúa.

FESTIVAL DE TERROR: FRANQUICIAS Y TENDENCIAS

3 noviembre 2014

Breve y siniestro recorrido por algunas tendencias y películas de terror que de pronto inundan cartelera y videoclubes. Un género difícil que se ha vinculado con otros para ampliar sus horizontes y fundirse en diversos subgéneros. Norma Lazo (2004) distingue al horror del terror: mientras el primero es producto de las elucubraciones de la persona, el segundo es provocado por un evento externo (El horror en el cine y la literatura. México, Croma-Paidós). Revisemos algunos ejemplos en estos días de sincretismo cultural con respecto a la muerte.

CLÁSICOS

En general no le ha ido bien al género cuando desarrolla secuelas, precuelas, remakes y algún spin-off. Desde los monstruos ancestrales empezó la tendencia a través de las películas de la Universal, donde desfilaron Frankenstein, Drácula, La momia y el Hombre lobo, por mencionar a los que siguen apareciendo en pantalla. Después vendrían La invasión de los usurpadores de cuerpos (Siegel, 1956), Piscosis (Hitchcock, 1960) y La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), tres obras seminales para el desarrollo del terror en la pantalla.

Con El bebé de Rosemary (Polanski, 1968), se abrió una vertiente temática relacionada con satanás que encontraría terreno fértil en los años setenta, cuando se generaron filmes que se convirtieron en piedra de toque como El exorcista (Friedkin, 1973), y La profecía (Donner, 1976); junto con Halloween (Carpenter, 1978), detonaron una serie de continuaciones que nunca se acercaron en trascendencia e impacto a estas primeras entregas, obras clave en la historia del cine de terror.

DEL INFINITO Y MÁS ACÁ

Otra saga se generó a partir del clásico La masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Hooper, 1974), así como de Tiburón (Speilberg, 1975), con tres olvidables secuelas; para cerrar la década, Ridley Scott dirigió la portentosa Alien (1979), que dio pie a una de las sagas más consistentes en la historia del género, aquí entrelazado con la ciencia ficción en donde la amenaza estaba más allá de nuestro planeta, como en La cosa (1982), también de John Carpenter. Por estos años, los italianos Argento, Bava y Fulci lideraron un movimiento fílmico enclavado en el terror de premeditada hechura tosca.

ResplandorLos años ochenta empezaron con El resplandor (Kubrick, 1980), una de las cumbres ahora reestrenada en cartelera y aparecieron, además de Hellraiser (Barker, 1987), Viernes 13 (Cunningham, 1980), Poltergeist (Hooper, 1982), Pesadilla en la calle del infierno (Craven, 1984) y El despertar del diablo (Evil Dead, 1981) de Sam Raimi, que igual generaron secuelas y revisiones hasta decir basta y, en el caso de la última, una fuerte tendencia fílmica que se ha revisitado de manera imaginativa en La cabaña del terror (The Cabin in the Woods, EU, 2012), dirigida por Drew Goddard y escrita por Joss Whedon (Toy Story, 1995).

Se plantea, al estilo El show de Truman (Weir, 1998), que las criaturas y situaciones de terror que hemos visto miles de veces en la pantalla, son generadas en unas oscuras oficinas pobladas por burócratas aburridos. El consabido plan de un grupo de jóvenes querendones –con roles y personalidades claramente definidas- que se lanza a una cabaña en medio del bosque para hacer de las suyas, ha sido terreno propicio para hacernos saltar de la butaca: ahora sabemos que todo estaba manipulado, aunque habría que cuidarse de algún pandemónium inesperado.

INASIBLES Y DOLIENTES

En los noventa conocimos al Dr. Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes (Demme, 1991), ahora redimensionado en una estupenda serie televisiva. Apareció Scream (Craven, 1996), que reformuló con astucia este tipo de filmes, aunque terminó extraviándose en secuelas innecesarias, como Sé lo que hiciste el verano pasado (Gillespie, 1997). Empezó la invasión asiática con Ringu – El círculo (Nakata, 1998), filme en el que se basó El aro (Verbinsky, 2002), digno remake estadounidense y del que se realizaron varias secuelas sin alcanzar el nivel inicial.

En el nuevo milenio continuó la invasión oriental con películas como El ojo (Hermanos Pang, 2002), Ju-On (2000) y el remake estadounidense La maldición (2002), ambas de Takashi Shimizu y que generaron sus respectivas secuelas. El movimiento conocido como Asian Extreme con escenas difíciles de ver y con Takashi Miike a la cabeza (Audition, 1999; Ichy el asesino, 2001; Gozu, 2003), tuvo una derivación en el llamado torture porn con filmes como Alta tensión (Aja, 2003), Hostal (Roth, 2005) y la durísima Mártires (Laugier, 2008). Destino final (Wong, 2000) fue otra película que detonó una larga lista de partes complementariamente reiterativas.

Saw: Juego macabro (Wang, 2004) se constituyó como una creativa propuesta argumental, al igual que Actividad paranormal (2007), aunque ambas abusaron de su prestigio inicial para retorcer demasiado la tuerca. De España apareció, entre varias propuestas, Rec (Balagueró y Plaza, 2007), retomando la moda de cámara en mano y tiempo real, que se vio en El proyecto de la bruja de Blair (Myrick y Sánchez, 1999), personaje que inexplicablemente dio para varias cintas, como Chucky: el muñeco diabólico (Holland, 1998), que ya tuvo novia, dejó su semilla y ahora hasta una maldición representa: como los personajes de las películas, tampoco nosotros nos podemos librar de él. Le deberían presentar a Annabelle para que se tranquilice.

LAS RECIENTES

A partir de los dosmildieces, el cine de terror sigue produciendo cintas a borbotones, inlcuyendo remakes mexicanos de cintas que en su momento resultaron relativamente interesantes. Los zombies deambulan por todas partes, los vampiros se han vuelto sexys, las brujas tienen su corazoncito y los lobos gustan del gimnasio. Dos de las mejores películas de estos últimos años, ya comentadas en este espacio, han sido La noche del demonio (Insidious, 2010) y El conjuro (2013), dirigidas por James Wan con fino enfoque artesanal de gran efectividad.

Ambas cuentan con sendas películas derivadas que no están a la altura, aunque se dejan ver: La noche del demonio: Capítulo 2 (2013), dirigida por el propio Wan, en donde se profundiza en la historia familiar de los Lambert, incorporando algunas explicaciones del pasado e involucrando a otros personajes. No obstante, se pierde buena parte de la novedad y sorpresa que representó su antecesora.

Retomando a uno de los objetos malditos observados en la cinta de los archivos Warren, John R. Leonetti dirige Annabelle (EU, 2014), recordando a Dolly: la muñeca asesina (Lease, 1991). Seguimos a un matrimonio joven en los sesenta en trance de convertirse en padres, con todo y la referencia a Polanski y en la línea de películas que se enfocan en juguete como vehículo de fuerzas oscuras, tipo El títere (Dead Silence, 2007) del propio Wan.

La llegada de una muñeca bastante feíta (nunca sabemos por qué la protagonista la quería tanto), trae una serie de desgracias facilitadas por las tonterías de fanáticos asesinos y de los propios personajes, como dejar a la pequeña sola sin necesidad, irse de viaje cuando el horno no está para bollos, dejar que la siniestra figura se aparezca sin mandarla al diablo o no actuar rápido en consecuencia, dejando que el agua les llegue al cuello.

Si al forzado guion al que se le ven las costuras más rápido que a la muñeca en cuestión, le aumentamos una estrategia un cuanto tanto burda para generar miedo, más bien buscando el sobresalto fácil con golpes de sonido, tenemos un filme de horror del montón que no le hace los honores a su origen fílmico. Se pasa el rato, nada más y nada menos.

Una vez más se confirma que difícilmente las sagas, secuelas, spin-offs, remakes o lo que sea para explotar una franquicia, funciona en términos de los propósitos puramente cinematográficos. Claro que el negocio puede ser otro asunto, aunque no necesariamente. Ya están anunciadas más cintas de estas dos nuevas franquicias. Qué lástima, aunque ojalá me equivoque.