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PADRES AUSENTES, TERROR PRESENTE

12 julio 2016

Un trío de películas en las que se plantea la batalla que establecen las madres con sus respectivos hijos para enfrentarse a seres del más allá que irremediablemente remiten a temores y angustias terrenales, provenientes del pasado pero insertadas en un presente difícil de sobrellevar. El rol culturalmente asumido por el hombre como el protector de la familia, se traslada a la figura materna que además tiene que luchar con sus propios demonios internos, entre el abandono y la responsabilidad de sacar adelante a la prole.

LOS WARREN ATACAN DE NUEVO

Una madre de familia (Frances O’Connor, estoica) vive con sus cinco hijos en Londres en la década de los setenta. En la casa empieza a percibirse una presencia fantasmal de un anciano que reclama como propia la morada, dado que ahí había vivido anteriormente. Mientras tanto, los Warren están trabajando en un intenso caso en Amytyville (villa retomada para otros filmes), en el que la viajera astral Lorraine (Vera Farmiga, asumiendo el papel) se encuentra con una siniestra entidad con aspecto de monja que le da un amenazante aviso, por lo que decide ya no seguir más con esta labor, sobre todo considerando el temor por la vida de su marido e hija.

No obstante, después de algunos sucesos, tanto ella como su esposo Ed (Patrick Wilson, mesurado) deciden acudir a la casa en Londres en donde se están experimentando los ataques sobrenaturales, a partir de que dos de las hijas en plena pubertad jugaron con una Ouija. La pareja lleva la encomienda de constatar la verosimilitud del caso, colaborar en lo posible y reportar el asunto, para lo cual se apoyan de una incrédula mujer “destapafraudes” (Franka Potente). Los propios fantasmas, un amenazante hombre roto, engaños bien fraguados y una caja de música los estarán esperando con las angustias abiertas.

Dirigida por el especialista malayo afincado en Los Ángeles James Wan (Stygian, 2000; Juego macabro, 2004; Sentenciado a morir, 2007; El títere, 2007; La noche del demonio, 2010; Rápidos y furisosos 7, 2015), El conjuro 2 (EU-Canadá, 2016) sigue la premisa base de su predecesora, poniendo por delante la idea de que se trata de casos documentados –no necesariamente ciertos- e incorporando algunas modificaciones, como por ejemplo el hecho de que en la realidad la pareja estadounidense no viajó a Inglaterra, sino que apoyó desde la distancia al hombre que ayudó a la familia (Simon McBurney), también con un pasado doloroso.

La continuidad en el trazo de los personajes conocidos y el diseño de los recién integrados en esta secuela, permite que las tribulaciones vividas sean signifcativas, así como la habilidad para relacionar las dos tramas del más allá, brindando una sensación de angustiosa coherencia narrativa, bien soportada por una puesta en escena, sutilmente acompañada por un inquietante score, que consigue generar escalofríos no solamente con base en sobresaltos, sino por el interés construido alrededor del incierto destino de los involucrados.

AMIGAS EN LO OSCURITO

Un niño es testigo de cómo su madre, con problemas mentales, platica en penumbras con una amiga que pareciera imaginaria, mientras que empieza a experimentar difcultades para dormir ante el familiarizado temor por la oscuridad, aunque aquí totalmente justificado. Al percatarse en la escuela de que algo anda mal, aparece su joven hermana mayor, quien se fue de la casa tiempo antes. Ayudada por el novio (Alexander DiPersia), tomará cartas en el asunto para tratar de resolver la situación con su madre y hermano, también experimentada por ella cuando era niña.

Dirigida con base en su propio corto por David F. Sanberg, Cuando las luces se apagan (Lights Out, EU, 2016) en una ingeniosa intromisón en un tipo de miedo ampliamente extendido con el aderezo de los traumas infantiles, las amistades peligrosas y el tránsito entre este mundo y los que se encuetnran lejos de nuestra comprensión. Desde la secuencia inicial, en donde el padre (Billy Burke) se encuentra trabajando entre maniquíes terroríficos, se empiezan a mostrar las cartas argumentales y la amenaza que enfrentará una familia en estado de quiebre perpetuo.

A la premisa argumental base se le añade un cuidado diseño de los personajes, interpretados con credibilidad por Maria Bello como la atribulada madre, Teresa Palmer como la hija entre punk y dark y Gabriel Bateman encarnando al niño protagonista, así como de sus relaciones presentes y pasadas de carácter cíclico. La necesaria cuota de suspenso se nutre con algunos flashbacks explicativos que resultan conducentes con la conclusión de la historia. El momento de apagar la luz puede abrir muchas posibilidades para descubrir que hay vida en el ecosistema de la mente y sus recuerdos.

MONSTRUO DE CUENTO

BabadookDirigida y escrita por la también actriz Jennifer Kent, The Babadook (Australia-Canadá, 2014) centra su atención en la relación que establece una madre en depresión creciente (Essie Davis, rumbo a la locura) con su hijo, también con algunos comportamientos violentos y con interés por los actos de magia (Noah Wiseman, entre el capricho y la valentía). El padre murió cuando iba a nacer el pequeño y entre ambos tratan de sobrellevar las dificultades propias de la vida y de sus propias actitudes. Para aderezar el vínculo, un mosntruo salido de un cuento infantil parece estar dispuesto a irrumpir en la relación de ambos y meterse hasta la cocina.

El simbólico personaje de aspecto siniestro emanado del libro indestructible, que igual parece tomar formas diversas o insertarse en las personas, remite a la traumática muerte del esposo y al paulatino aislamiento y enajenación en la que van cayendo los dos personajes, ante una comunidad cada vez menos comprensiva de su situación y un vínculo maternofilial puesto a prueba: quizá la magia pueda rescatarlos o un alma que entienda la magnitud y dificultad que enfrentan. El miedo, paradójicamente, puede sacar a flote la relación perdida.

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AQUELARRE MORAL

7 junio 2016

Vivir constantemente bajo el manto de la culpa, adquirida por el simple hecho de nacer como ser humano, puede generar un caldo de cultivo para que el mal, con todo y su angustiante abstracción, se anide en forma permanente cual orientador de conductas no deseadas. El fanatismo religioso opera en contra: en lugar de acercarnos a la divinidad cuyo conducto es el amor al prójimo, nos coloca en la posición de acusar al de junto a partir de los propios prejuicios y orientarnos, en consecuencia, hacia el destino contrario.

Si la existencia se entiende a partir de ciertas ideas religiosas que conciben a Dios como una entidad vigilante y castigadora, prácticamente todas las acciones y situaciones se convierten en motivo de pecado, explicadas por la presencia y manipulación del maligno: así que las personas se reducen a marionetas que actúan por designios más allá de su responsabilidad y el asunto se trata solamente de resistir las tentaciones aunque ya de entrada sean templos pecaminosos.

EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE

Dirigida y escrita en inquietante tono austero y contenido por David Eggers (cortos Hansel y Gretel, 2007; El corazón cuentacuentos, 2008), La bruja (The Witch, A New England Folktale, EU-Canadá-RU-Brasil, 2015) es un relato que se inserta en la tradición del género de horror, pero con miras a nutrirlo desde una perspectiva histórico-social con resonancias actuales, y a partir de una profundización en las racionalidades de sus personajes, dominados por una apabullante ideología religiosa. No es un miedo de sobresaltos, sino de angustias existenciales.

En la Nueva Inglaterra de 1630 una familia de puritanismo extremo, si cabe, termina expulsada de su comunidad por diferencias religiosas; se instala a orillas de un bosque, cual espacio representativo de los embates hacia sus creencias y explicaciones que pronto dejan de alcanzar para justificar los eventos desafortunados. De la difícil condición de migrantes, los padres y sus cinco hijos ahora se convierten en exiliados, buscando asentarse y encontrar cierta paz en territorio de salvaje sobrenaturalidad.

Pero las dificultades se presentan de inmediato: el recién nacido desaparece, mientras estaba al cuidado de su hermana mayor aún adolescente (Anya Taylor-Joy, ambigua), a manos de una siniestra entidad femenina. La pérdida sume en la depresión a la madre (Kate Dickie, desolada) y las tensiones van creciendo, reforzadas por una mala cosecha, la puesta de trampas para animales que no funcionan, con todo y la liebre escapista, y la aparición de mentiras piadosas que suelta el creyente padre (Ralph Ineson, atribulado) para no complicar más la situación.

En tanto, los pequeños gemelos (Ellie Grainger y Lucas Dawson) canturrean y hacen travesuras en compañía del macho cabrío negro Black Phillip, y el otro hijo en plena pubertad (Harvey Scrimshaw), empieza a cuestionarse los designios divinos y a convertirse en el apoyo del rol del proveedor, sobre todo ahora que los alimentos escasean y el jefe de la familia está cada vez más atribulado. De manera simultánea, el naciente deseo sexual experimentado, asomándose en cada oportunidad, puede convertirse en una trampa o en una mortal liberación.

Si bien la premisa de arranque suena conocida –una familia en medio de la nada acechada por alguna presencia atormentadora- el desarrollo transita por caminos alejados de cualquier efectismo y, por ende, mucho más inquietante, además del expresivo diseño de producción que nos envuelve en una atmósfera lúgubre donde no parecen existir alternativas para cambiar el curso de los acontecimientos, ni siquiera en sueños efímeros pronto convertidos en pesadilla tangible.

UN CUENTO SIN MORALEJA

Los diálogos expresados de acuerdo con el contexto lingüístico de la época le brindan el necesario realismo a las conversaciones, en particular cuando surgen las acusaciones mutuas, los reproches y las búsquedas de culpables en el propio seno familiar, contrastando con los momentos de oración comunitaria. El convencido desempeño actoral, incluyendo a los hijos en quienes recaen sucesos centrales de no fácil interpretación, redondea la intención de verosimilitud.

La cámara se desplaza con acercamientos paulatinos que parecen introducirse tanto en las razones y motivaciones como en las dudas y angustias; el movimiento inicia con frecuencia a espaldas de los personajes para posarse sin prisa y de frente en los rostros devastados, o bien se aleja para presentar imágenes contextuales que dan cuenta de la difícil circunstancia en la que la familia quedó atrapada. El score de Mark Korven incide en el ánimo con su intensidad percusiva y esas vocalizaciones extáticas que terminan por encontrar la alteración nerviosa pretendida.

BrujaEl naturalismo como estética narrativa y gráfica remite a encuadres pictóricos con decidida focalización en el contraste y el punto de fuga: aprovechando la luz de las velas y su rango de iluminación, se construyen puestas en escena que contribuyen a la inmersión no solo de la época, sino del momento emocional de la familia en pleno derrumbamiento, vinculado a ese maíz podrido o los animales extraviados. Incluso cuando es de día, las tonalidades grises y verdes apagadas acentúan la sensación de absoluto desamparo, sin que se advierta alguna solución factible.

A finales del siglo XVII, en parte causada por la malinterpretación de estas leyendas en las que se basa el filme, cuyas raíces se pueden rastrear en el clásico docudrama La hechicería a través de los siglos (Häxan, Christensen, 1922), y a manera de buscar chivos expiatorios frente a las desgracias comunitarias, se desató la famosa cacería de Brujas en Massachusetts, que tuvo su mayor presencia en Salem, comunidad en la que se anidó una histeria colectiva enraizada en una equivocada religiosidad (cuando a Dios se le usa como pretexto…).

Aquellos juicios se han convertido en toda una alegoría, potenciada por la obra teatral de Arthur Miller inspiradora de los filmes Les sorcières de Salem (Rouleau, 1957) y Las brujas de Salem (Hytner, 1996), por la obra de Nathaniel Hawthorne y por el texto de Shirley Jackson, acerca de la intolerancia y la injusticia que, por lo visto, continúan en la actualidad globalizada como bien se puede constatar en algunas redes virtuales que gustan del juicio fácil, rápido, lapidario y sin sustento.

Al filme se le ha comparado con la impresionante El listón blanco (Haneke, 2009) por la forma en cómo el mal se va introduciendo casi de manera imperceptible en los vínculos familiares y comunitarios, en contrapunto de la trilogía de Dario Argento (Suspiria, 1976; Inferno, 1980; La madre de las lágrimas, 2007), que apuesta más bien por un tono impresionista con abundancia de hemoglobina. Las tentaciones circundantes, como la de la necesidad de éxito del marido en El bebé de Rosemary (Polanski, 1968), rondan entre los impávidos pinos que saturan el bosque.

Cortar leña como fallida actividad evasiva o despojarse de los ropajes para levantarse sobre la tierra y poder disfrutar de todas las tentaciones propuestas, sin tiempo para plantearse las posibles consecuencias. Regresar a la comunidad sin oportunidad para el orgullo o enfrentar la amenaza de frente, aunque ésta prefiera atacar de manera oblicua, sin previo aviso. La película de horror del año.

ESTÁ DETRÁS DE TI: THE WALKING DEAD

29 julio 2015

El clásico plantea que el hecho de ser paranoico no significa que no te estén persiguiendo: sentirse acechado puede ser producto de la imaginación, de la realidad misma o de una extraña combinación de ambas. Cuando alguien o algo te sigue constantemente, además de tu conciencia o sentimiento de culpa, resulta difícil sentirse libre sobre todo cuando sus intenciones son destructivas. Quizá sea la muerte, disfrazada de muchas formas, que camina detrás de ti o toca a la puerta y si no le abres, verá la manera de introducirse una y otra vez, aunque tengas varias opciones de salida.

Escrita y dirigida con siniestra creatividad por David Robert Mitchell, Está detrás de ti (It Follows, EU, 2015) es una minimalista historia de horror persecutoria en la que caben lecturas e interpretaciones diversas gracias a su planteamiento abierto, que pueden ir desde los ámbitos de la adolescencia como etapa de angustia, hasta los de la descomposición social, en donde solo te salvas si perjudicas a los demás; surgen también reflexiones relacionadas con el SIDA o con la violencia sexual, así como con análisis de carácter metafísico acerca de la vida y la muerte, con todo y la batalla eterna entre Eros y Thanatos.

El planteamiento se traza de manera gruesa, sin entrar en mayores explicaciones causales. Una especie de entidad que se transmite vía relaciones sexuales, toma formas humanas variadas –hombres, mujeres, niños, jóvenes, viejos, conocidos o desconocidos- y persigue a quien ha sido “contagiado”, apareciendo inesperadamente y caminando pausada pero constantemente hacia la víctima, sin ningún tipo de expresión en la mayoría de los casos, aunque a veces con gesto amenazante.

La única forma de salvarse, que no siempre parece definitiva, es teniendo relaciones sexuales con alguien más para dejar de ser objeto de la persecución de este ente cambiante capaz de volverse corpóreo, sin que sepamos bien a bien qué le sucede a los sujetos que utilizó para sus fines terminales. Desde la fuerte introducción, nos percatamos que el peor de los terrores es el que te persigue de manera invisible y tendrás que asumir una decisión moral: permanecer en angustiante estado de escapatoria, pasarle la maldición a alguien más o prepararte para la muerte.

Cuando todo parece un juego consistente en adivinar en qué persona te gustaría convertirte de las que te rodean en un momento determinado, resulta que la maldad puede ser cualquiera de ellas con la única diferencia de que solo tú eres capaz de verla: el juego se terminó para dar inicio a la angustia existencial, lidiando con la incomprensión de los demás o, en el mejor de los casos, con su apoyo irrestricto. Paradójicamente, el deseo amoroso se convierte en el vehículo directo para enfrentar, cara a cara, a la muerte.

CUIDARSE LAS ESPALDAS

Estamos ante una película de atmósferas, más que de sucesos. El escenario es algún suburbio de la golpeada Detroit, ciudad en la que curiosamente también se desarrolla la vampírica Solo los amantes sobreviven (Jarmush, 2013), que parece permanentemente deshabitado, con casas y calles homogéneas apenas interrumpidas por algún conjunto en ruinas, donde al parecer nunca pasa mayor cosa, salvo el tránsito del día a la noche y de ahí al siguiente amanecer. El filme parece una consecuencia lógica del debut del director titulado El mito de la adolescencia (The Myth of the American Sleepover, 2011).

Está detrás de tiLa protagonista (Maika Monroe) es una joven común que, tras tener relaciones sexuales en una segunda o tercera cita con un presunto interesado en ella, empezará a vivir la pesadilla persecutoria de la que parece no haber final, a pesar de la ayuda de su hermana, una amiga, el vecino de enfrente y el amigo eternamente enamorado de ella. Al adecuado trabajo de casting se añaden unas interpretaciones siempre apuntando al realismo y a la naturalidad de comportamientos.

Es un contexto en el que los adultos están ausentes y distanciados, pueden resultar peligrosos o permanecer ajenos a la realidad de los jóvenes, quienes pasan los días en la escuela, viendo películas serie B o a la orilla del lago, fisgoneando a los vecinos, teniendo una cita romántica o flotando en la alberca del patio, cual entorno más o menos seguro aunque susceptible de ser destruido, o bien en alguna otra piscina donde la existencia puede terminar electrocutada, que puede representar la liberación o el hundimiento definitivo, como sucedía en Déjeme entrar (Alfredson, 2008; Reeves, 2010). En el agua la vida cobra dimensiones inesperadas.

Con las figuras tutelares de La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968) y El Resplandor (Kubrick, 1980) y la utilizada premisa de presentar a un grupo de adolescentes luchando contra una criatura sobrenatural, de acuerdo con el propio director, la narración se construye, más que por los hechos, por los certeros desplazamientos circulares o diagonales de la cámara, buscando sus objetivos y encuadres con la misma parsimonia que la entidad persigue a sus víctimas, mientras una versátil y omnipresente electrónica cortesía de Rich Vreeland, aquí firmando como Disasterpeace, acompaña y recrea intenciones de las secuencias según el momento anímico de la historia, pausada pero constantemente elevando los niveles de zozobra.

CANIBALISMO EN PANTALLA

13 noviembre 2014

Esta práctica ancestral hoy vista como tabú y tema escabroso como pocos, detonó un subgénero que floreció en el cine italiano durante los 70´s y 80´s de serie B o Z, con el atrevido mockumentary Holocausto caníbal (Deodato, 1980) como plato principal; el español Jess Franco se sumó al banquete y dirigió Sexo Caníbal, Mondo Cannibale y Terror caníbal en 1980, como para saciar cualquier apetito y el vietnamita Hark Tsui hizo lo propio con We´re Going To Eat You (1980); The Green Inferno (Roth, 2013) es un derivado en el que un grupo de ecologistas se convierte en la cena de la tribu a la que defendía.

La mirada se ha ampliado y el tema ha sido retratado desde diversas perspectivas, que van desde la antropología hasta la psicopatología criminal, retomando casos reales como The Legend of Alfred Parker (Roberson, 1980); Dahmer (Jacobson, 2002), sobre el “Carnicero de Milwaukee”; Rohtenburg (Weisz, 2006), acerca del caníbal Oliver y Ed Gein (Parello, 2010), el asesino serial inspirador de varios filmes entre los que se ubican Psicosis (Hitchcock, 1960) y La masacre de Texas (Hooper, 1974), así como de personajes en extremo retorcidos: ahí está Buffalo Bill, perseguido por Clarice Sterling.

Se han retomado historias verídicas en la que la sobrevivencia obliga a la antropofagia tipo ¡Viven! (Marshall, 1993) y ubicadas en mundos apocalípticos como Cuando el destino nos alcance (Fleischer, 1973), El libro de los secretos (Book of Eli, hermanos Hughes, 2009) y El último camino (The Road, Hillcoat, 2009); de sofisticada venganza al estilo de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Greenaway, 1989) o de ciertos señalamientos dirigidos a la burguesía como en Los caníbales (De Oliveira, 1988).

Los contextos bélicos son caldo de cultivo para la antropofagia como se ha documentado a lo largo de la historia y como se advierte en Voraz (Ravenous, Bird, 1999). Claire Denis dirigió Sangre caníbal (Trouble Every Day, 2001), en la que se plantea el fallido experimento que alteró la conducta de dos personajes transformándolos en caníbales. No ha faltado el humor negro – Delicatessen (Jeunet y Caro, 1991); Parents (Balaban, 1989); ¿Y si nos comemos a Raoul? (Bartel, 1982)- y hasta el musical, vía Cannibal: The Musical! (Parker, 1993) y Sweeney Tod (Burton, 2007).

A manera de metáfora con su componente crítico, Somos lo que hay (Grau, 2010) parte de una premisa interesante con claras referencias sociológicas –una familia caníbal del DF con modestos recursos tiene que reorganizarse para continuar el rito ante la muerte del padre- aunque sucumbe ante una fallida realización que incluso alcanza el humor involuntario (esos policías…). La realización fue mejorada en el remake estadounidense Somos lo que hay (We Are What We Are, Mickle, 2013), insertando una explicación ancestral y modificando el guion en aras de fortalecer la propuesta argumental.

El cine español ha producido un par de cintas recientes: Omnívoros (Rojo, 2013), en la que un crítico gastronómico se involucra en un peligroso submundo donde se encuentra con un restaurante clandestino; por su parte, la parsimoniosa Caníbal (Cuenca, 2013), sigue a un discreto y eficaz sastre en Granada que además de ser experto en telas, gusta de la piel tersa de las mujeres: las mata para cenárselas con un buen vino.

Pero entonces aparece una sensación que se asemeja al amor. La cámara plantea con claridad los puntos de vista y nos va revelando, con cuidadosos cortes, la construcción de este monstruoso personaje que acaba siendo más aterrador por su introvertida amabilidad, su ausencia de expectativas y carente necesidad de notoriedad, así como por su aparente sentido de ayuda.

HANNIBAL LECTER

Hannibal CoxDe las novelas de Thomas Harris surgió un personaje singular: inteligente, culto y sofisticado, con aliento renacentista dada la gran variedad de disciplinas y artes no solo que conoce, sino que practica. Su refinamiento explota en sus inclinaciones primitivas hacia el gusto por la carne de sus congéneres, no solo como un medio de alimentación y disfrute, sino como manifestación de un poder ritual, como si a través de las vísceras se elevara un espíritu que termina por volver al origen de la sangre, a una humanidad en su más cruda expresión.

De fuerte e irresistible poder de seducción con alcances hipnóticos y chef de exquisitez siniestra, fue encarnado por Brian Cox en la oscura El sabueso (Manhunter, Mann, 1986), filme más centrado en el personaje del detective, y por Anthony Hopkins en la clásica El silencio de los inocentes (Demme, 1991), actor que también participó en Titus (Taymor, 1999), cinta basada en el texto de Shakespeare donde dos hijos de Tamora, la reina de los Godos, terminan como platillo principal.

Signos de agotamiento en Hannibal (Scott, 2001), continuación tardía; en la precuela Dragón Rojo (Rattner, 2002) y la precuela de la precuela Hannibal, el origen del mal (Webber, 2007). El personaje parecía finiquitado en términos de posibilidades argumentales y revisionismos hasta que apareció la serie Hannibal (2013- ), desarrollada por Bryan Fuller para la NBC, con base en los personajes de la novela Dragón Rojo (1981) de Harris y que a la fecha cuenta con dos temporadas de 13 capítulos cada una, mientras se filma la tercera de ellas.Hannibal Hopkins

Las dos temporadas se centran en un intenso triángulo relacional conformado por el agente especial del FBI Jack Crawford (sólido Laurence Fishburne), quien invita a Will Graham (Hugh Dancy, angustiante), un desequilibrado instructor emocionalmente frágil con habilidad psíquicas para construir perfiles de asesinos y asumir sus personalidades que, a su vez, es encargado al Dr. Hannibal Lecter, interpretado brillante, elegante y siniestramente por Mads Mikkelsen, para que lo apoye terapéuticamente. Los diálogos transitan entre enfoques psicológicos, sociológicos y filosóficos, atravesando el inconsciente, los sueños y la crudeza de una realidad saturada de asesinatos rituales y enfoques de salvajismo primigenio.

Alrededor de ellos gravitan una serie de personajes, además de los retorcidos asesinos que desfilan por los diferentes capítulos, que van contribuyendo a la profundización de los protagonistas, como la esposa en etapa terminal de Crawford (Gina Torres); la psiquiatra de peligrosa cercanía Alana Bloom (Caroline Dhavernas); la Dra. Du Maurier (Gillian Anderson, en otro expediente X), de breve y vital presencia; la intuitiva agente Hettienne Park (Beverly Katz); el doctor encargado del hospital psiquiátrico-criminal con agenda propia (Raúl Esparza); la infaltable bloguera de amarillismo salpicado de sangre y el resto del equipo de investigadores.

Una de las virtudes del guion es la manera en la que consigue llevarnos por una serie de eventos sorpresivos que mantienen verosimilitud y en cómo centra el interés en los descubrimientos de los personajes, no obstante que nosotros ya sabemos lo que varios de ellos desconocen: la importancia no es quién, sino cómo y cuándo, si es que llega algún momento. El diseño de escenarios brinda una ambientación potenciadora de las enfermizas facetas mostradas de nuestra especie.

El juego macabro de lealtades, los vínculos afectivos al borde y la creciente locura, se aderezan con fuertes escenas gore que no escatiman en vísceras, aunque se contrasta con un estilo visual sumamente estilizado sin ser remilgoso, con una cuidadosa edición que yuxtapone imágenes en forma simbólica, nivel que está presente a través de diversos elementos, particularmente con la presencia del venado como pieza de caza y cual representación del mal de manera simultánea.

Hannibal MikkelsenLa dirección compartida de los capítulos (Rymer, Natali y Slade, entre otros), así como las perversas atmósferas, encuentran una cierta influencia en David Lynch, en particular cuando nos introducimos en esos contextos más allá de la realidad concreta, mientras el psíquico transita por sus pesadillas y por las mentes criminales, extraviadas entre la escucha de llamados divinos y respondiendo a motivaciones ego maníacas que solo existen en su esquizofrenia extrema. Una serie intensa, escrita minuciosamente y de fuerte impacto visual: la revolución televisiva continúa.

FESTIVAL DE TERROR: FRANQUICIAS Y TENDENCIAS

3 noviembre 2014

Breve y siniestro recorrido por algunas tendencias y películas de terror que de pronto inundan cartelera y videoclubes. Un género difícil que se ha vinculado con otros para ampliar sus horizontes y fundirse en diversos subgéneros. Norma Lazo (2004) distingue al horror del terror: mientras el primero es producto de las elucubraciones de la persona, el segundo es provocado por un evento externo (El horror en el cine y la literatura. México, Croma-Paidós). Revisemos algunos ejemplos en estos días de sincretismo cultural con respecto a la muerte.

CLÁSICOS

En general no le ha ido bien al género cuando desarrolla secuelas, precuelas, remakes y algún spin-off. Desde los monstruos ancestrales empezó la tendencia a través de las películas de la Universal, donde desfilaron Frankenstein, Drácula, La momia y el Hombre lobo, por mencionar a los que siguen apareciendo en pantalla. Después vendrían La invasión de los usurpadores de cuerpos (Siegel, 1956), Piscosis (Hitchcock, 1960) y La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), tres obras seminales para el desarrollo del terror en la pantalla.

Con El bebé de Rosemary (Polanski, 1968), se abrió una vertiente temática relacionada con satanás que encontraría terreno fértil en los años setenta, cuando se generaron filmes que se convirtieron en piedra de toque como El exorcista (Friedkin, 1973), y La profecía (Donner, 1976); junto con Halloween (Carpenter, 1978), detonaron una serie de continuaciones que nunca se acercaron en trascendencia e impacto a estas primeras entregas, obras clave en la historia del cine de terror.

DEL INFINITO Y MÁS ACÁ

Otra saga se generó a partir del clásico La masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Hooper, 1974), así como de Tiburón (Speilberg, 1975), con tres olvidables secuelas; para cerrar la década, Ridley Scott dirigió la portentosa Alien (1979), que dio pie a una de las sagas más consistentes en la historia del género, aquí entrelazado con la ciencia ficción en donde la amenaza estaba más allá de nuestro planeta, como en La cosa (1982), también de John Carpenter. Por estos años, los italianos Argento, Bava y Fulci lideraron un movimiento fílmico enclavado en el terror de premeditada hechura tosca.

ResplandorLos años ochenta empezaron con El resplandor (Kubrick, 1980), una de las cumbres ahora reestrenada en cartelera y aparecieron, además de Hellraiser (Barker, 1987), Viernes 13 (Cunningham, 1980), Poltergeist (Hooper, 1982), Pesadilla en la calle del infierno (Craven, 1984) y El despertar del diablo (Evil Dead, 1981) de Sam Raimi, que igual generaron secuelas y revisiones hasta decir basta y, en el caso de la última, una fuerte tendencia fílmica que se ha revisitado de manera imaginativa en La cabaña del terror (The Cabin in the Woods, EU, 2012), dirigida por Drew Goddard y escrita por Joss Whedon (Toy Story, 1995).

Se plantea, al estilo El show de Truman (Weir, 1998), que las criaturas y situaciones de terror que hemos visto miles de veces en la pantalla, son generadas en unas oscuras oficinas pobladas por burócratas aburridos. El consabido plan de un grupo de jóvenes querendones –con roles y personalidades claramente definidas- que se lanza a una cabaña en medio del bosque para hacer de las suyas, ha sido terreno propicio para hacernos saltar de la butaca: ahora sabemos que todo estaba manipulado, aunque habría que cuidarse de algún pandemónium inesperado.

INASIBLES Y DOLIENTES

En los noventa conocimos al Dr. Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes (Demme, 1991), ahora redimensionado en una estupenda serie televisiva. Apareció Scream (Craven, 1996), que reformuló con astucia este tipo de filmes, aunque terminó extraviándose en secuelas innecesarias, como Sé lo que hiciste el verano pasado (Gillespie, 1997). Empezó la invasión asiática con Ringu – El círculo (Nakata, 1998), filme en el que se basó El aro (Verbinsky, 2002), digno remake estadounidense y del que se realizaron varias secuelas sin alcanzar el nivel inicial.

En el nuevo milenio continuó la invasión oriental con películas como El ojo (Hermanos Pang, 2002), Ju-On (2000) y el remake estadounidense La maldición (2002), ambas de Takashi Shimizu y que generaron sus respectivas secuelas. El movimiento conocido como Asian Extreme con escenas difíciles de ver y con Takashi Miike a la cabeza (Audition, 1999; Ichy el asesino, 2001; Gozu, 2003), tuvo una derivación en el llamado torture porn con filmes como Alta tensión (Aja, 2003), Hostal (Roth, 2005) y la durísima Mártires (Laugier, 2008). Destino final (Wong, 2000) fue otra película que detonó una larga lista de partes complementariamente reiterativas.

Saw: Juego macabro (Wang, 2004) se constituyó como una creativa propuesta argumental, al igual que Actividad paranormal (2007), aunque ambas abusaron de su prestigio inicial para retorcer demasiado la tuerca. De España apareció, entre varias propuestas, Rec (Balagueró y Plaza, 2007), retomando la moda de cámara en mano y tiempo real, que se vio en El proyecto de la bruja de Blair (Myrick y Sánchez, 1999), personaje que inexplicablemente dio para varias cintas, como Chucky: el muñeco diabólico (Holland, 1998), que ya tuvo novia, dejó su semilla y ahora hasta una maldición representa: como los personajes de las películas, tampoco nosotros nos podemos librar de él. Le deberían presentar a Annabelle para que se tranquilice.

LAS RECIENTES

A partir de los dosmildieces, el cine de terror sigue produciendo cintas a borbotones, inlcuyendo remakes mexicanos de cintas que en su momento resultaron relativamente interesantes. Los zombies deambulan por todas partes, los vampiros se han vuelto sexys, las brujas tienen su corazoncito y los lobos gustan del gimnasio. Dos de las mejores películas de estos últimos años, ya comentadas en este espacio, han sido La noche del demonio (Insidious, 2010) y El conjuro (2013), dirigidas por James Wan con fino enfoque artesanal de gran efectividad.

Ambas cuentan con sendas películas derivadas que no están a la altura, aunque se dejan ver: La noche del demonio: Capítulo 2 (2013), dirigida por el propio Wan, en donde se profundiza en la historia familiar de los Lambert, incorporando algunas explicaciones del pasado e involucrando a otros personajes. No obstante, se pierde buena parte de la novedad y sorpresa que representó su antecesora.

Retomando a uno de los objetos malditos observados en la cinta de los archivos Warren, John R. Leonetti dirige Annabelle (EU, 2014), recordando a Dolly: la muñeca asesina (Lease, 1991). Seguimos a un matrimonio joven en los sesenta en trance de convertirse en padres, con todo y la referencia a Polanski y en la línea de películas que se enfocan en juguete como vehículo de fuerzas oscuras, tipo El títere (Dead Silence, 2007) del propio Wan.

La llegada de una muñeca bastante feíta (nunca sabemos por qué la protagonista la quería tanto), trae una serie de desgracias facilitadas por las tonterías de fanáticos asesinos y de los propios personajes, como dejar a la pequeña sola sin necesidad, irse de viaje cuando el horno no está para bollos, dejar que la siniestra figura se aparezca sin mandarla al diablo o no actuar rápido en consecuencia, dejando que el agua les llegue al cuello.

Si al forzado guion al que se le ven las costuras más rápido que a la muñeca en cuestión, le aumentamos una estrategia un cuanto tanto burda para generar miedo, más bien buscando el sobresalto fácil con golpes de sonido, tenemos un filme de horror del montón que no le hace los honores a su origen fílmico. Se pasa el rato, nada más y nada menos.

Una vez más se confirma que difícilmente las sagas, secuelas, spin-offs, remakes o lo que sea para explotar una franquicia, funciona en términos de los propósitos puramente cinematográficos. Claro que el negocio puede ser otro asunto, aunque no necesariamente. Ya están anunciadas más cintas de estas dos nuevas franquicias. Qué lástima, aunque ojalá me equivoque.

LA NOCHE DEL DEMONIO: VIAJES CON RETORNO INSIDIOSO

15 junio 2011

Género difícil por naturaleza, con lógicas narrativas rígidas y usualmente menospreciado por la crítica especializada, el cine de terror no ha dejado de reflejar los temores de las sociedades del más acá cual espejo del más allá. Ya sea a través de seres fantásticos o malosos de carne y hueso, los filmes procuran generar en el espectador un estado de indefensión, que de pronto puede caer en excesos que terminan en humor involuntario, como para demostrar la vulnerabilidad y fragilidad de la vida misma.
Del maestro Hitchcock al Giallo italiano, de los clásicos de terror de la Warner y del expresionismo alemán al subgénero conocido como Tortura pornográfica, y de ahí al cine oriental y a los seriales del mainstream hollywoodense, este tipo de cine, con todas sus derivaciones que van de la sutileza psicológica a la explosión de vísceras, de pronto parece caer en procesos de estancamiento, advirtiéndose ausencia de renovación y abundancia de repetición de fórmulas que aseguran taquilla pero no necesariamente creatividad.
La noche del demonio (Insidious, EU, 10) es dirigida por el malayo James Wan (Saw: El juego del miedo, 04), quien se ha convertido en puente que conecta el horror oriental con el occidental, considerando los matices según época, país y subgénero. La participación en la producción de Oren Peli (Actividad paranormal, 09) le ha venido a dar ese componente entre esotérico y fantástico al acostumbrado realismo escatológico de Wan, acercando su más reciente propuesta a filmes como Poltergeist: Juegos diabólicos (Hooper, 82).
Escrita por Leigh Whannell (El títere, 09), responsable de los guiones de las tres primeras partes de Saw y acá interpretando a uno de los improbables cazafantasmas que nunca están de acuerdo entre sí, la historia se toma varias licencias que terminan por perdonarse dada la efectividad del argumento, sobre todo en su primera parte, con todo y vuelta de tuerca obligatoria y esperada, según marcan los nuevos cánones del género.
Estamos frente a una familia y una casa en apariencia embrujada. Pronto se van develando causas de los sucesos y las consabidas pistas falsas, escepticismos de rigor y sustos de feria que evitan mantener las palomitas completas. A diferencia de la actitud del protagonista de Sentenciado a morir (Wan, 07) acá el hombre de la casa parece evadirse del problema poniendo de pretexto la revisión de trabajos escolares, al tiempo que su mujer escucha todo tipo de ruidos mientras trata de componer en el piano y cuida al hijo caído en un extraño coma que lo lleva a viajes astrales de dudoso disfrute.
Patrick Wilson y Rose Byrne, de escalofriante delgadez, interpretan con credibilidad al matrimonio en conflicto constante con el más allá que se empieza a traducir en la vida familiar, mientras que Barbara Hershey aparece en la segunda parte revelando secretos junto a una médium que le da un vuelco al desarrollo de la narración: las fotos pueden, ciertamente, revelar la verdadera esencia de las personas.
La cámara se desplaza por los espacios fílmicos para construir acordes atmósferas en función de los momentos del film: ya sea acompañando los andares de los personajes (cual paso por casa de sustos de parque de diversiones) o jugando con el plano-contraplano, de acuerdo a los dos mundos que colisionan en la historia: los del más allá se muestran cada vez más sin pudor alguno, mientras el falsete de Tiny Tim eriza la piel en forma sutil, en contraste con el demonio del título en español, muy parecido, como se ha mencionado, a Darth Maul, señor oscuro de los Sith.
Los fantasmas de Roger Corman y Mario Bava se pasean de manera discreta, como influencias ya incorporadas, mientras que la banda sonora de Joseph Bishara al estilo de Bernard Herrmann (Psicosis, 60), juega su papel disonante como para rendir homenaje y a la vez para apoyar el proceso de poner los pelos de punta. En efecto, esa brusquedad en la aparición del título de la película para abrir y cerrar el film, plantea que estamos frente a una cinta-homenaje (incluyendo el dibujo del villano de la saga Saw en el pizarrón), a una historia de la cual quiere formar parte como un referente importante del nuevo milenio en el que el horror salta fuera de las pantallas.
La artesanía en contraste con el exceso de digitalismo y la ausencia de descuartizamientos frente al aumento de aparecidos que cada vez se esconden menos y recorren la vida de los del más acá, aparece como un recurso constante que pone a prueba primero la atención del espectador y después su ecuanimidad; tanto los maquillajes como las gestualidades (sonrisas, apertura de ojos, sacadas de lengua) operan más en la tradición del cine de horror que buscaba más la inteligencia que la tortura explícita.
La asechanza, que no acechanza, se desglosa cual motivo transversal de los acontecimientos, retomando la apuesta del título original del film: una película tan astuta como insidiosa.

CRIATURAS E IMPRONTAS

10 febrero 2011

Un trío de películas que plantean miradas acerca de la condición humana a partir de la relación con otros seres, productos de experimentos o de algún inexplicable, por vías científicas, origen. Más allá de las premisas argumentales, se despliegan algunas ideas relacionadas con las configuraciones familiares, la maternidad y la presencia de poderes acechantes: empresariales, mediáticos o militares, según el caso. Una en la cartelera de nuestra ciudad y las otras dos disponibles en los videoclubes.

IMPRONTA INESPERADA
Una joven pareja de científicos (Adrien Brody y Sarah Polley) trabaja con la experimentación del ADN para encontrar nuevas sustancias que sirvan en el tratamiento de diversos males; patrocinados por una empresa de acostumbrada voracidad, han logrado crear dos extraños seres con forma de gusano, macho y hembra, de los que eventualmente se podría obtener el elemento buscado; ante la negativa de dar un paso más allá en la combinación del ADN de diferentes animales y más bien concentrarse en el objetivo empresarial, la investigadora decide, en un arranque motivado por diversos factores, integrarle el componente humano a una de sus mezclas: aparece entonces un Frankenstein para los tiempos de la bioética.
Dirigida por Vincenzo Natali (El cubo, 97; Cypher, 02, Nothing, 03) con una estética deslavada, Splice: experimento mortal (Canadá-Francia-EU, 09), se inscribe en una serie de cintas que navegan entre el terror y la ciencia ficción (aunque ahora ya más ciencia que ficción), desde los clásicos de la Warner hasta las propuestas de David Cronenberg. Pero sobre todo, como ya lo revisara en Feroz (00), el director canadiense pone el énfasis en las dificultades que implica crecer y en cómo se va estructurando esta inesperada familia, con eros y thanatos a todo lo que dan, en escenarios de colorido apagado que van del frío laboratorio a la desordenada granja de recuerdos infantiles.
Desde el inicio, en un ambiente amniótico, se retoma el punto de vista de las criaturas, en particular de NERD (Delphine Chanéac, llena de matices), una híbrido de crecimiento acelerado formada por información genética de ave, marsupial, humano, anfibio y lo que vaya apareciendo: una bomba hormonal cuyo comportamiento resulta casi imposible de predecir. Aunque en su desenlace la cinta asume los dictados del género y en el transcurso recurre a ciertas secuencias forzadas, consigue insertar algunos apuntes, particularmente relacionados con la sexualidad, que resultan innovadores y, en efecto, perturbadores.

IMPRONTA ANGELICAL
El gran estilista François Ozon (Gotas de agua sobre piedras ardientes, 99; Bajo la arena, 00; 8 mujeres, 01) nos sorprende ahora con Sólo los niños van al cielo (Ricky, Francia, 09), una cinta que busca combinar el costumbrismo de la clase trabajadora con la más pura fantasía. En un ambiente absolutamente normal, con los problemas y las esperanzas consabidas, puede florecer un pequeño e inexplicable milagro que genera abrazos angelicales: de las aparentes heridas de la diferencia surge magia en estado puro que termina por ser integradora.
Una empleada (Alexandra Lamy) vive con su hija pequeña (Mélusine Mayance) resolviendo la cotidianidad; un compañero de trabajo se atraviesa en su camino (Sergi López) y procrean un hijo, configurando así una nueva familia que se enfrentará a lo común: diferencias, rupturas y reencuentros. Sólo que el niño resulta ser demasiado especial en esta metafórica obra del realizador de Swimming Pool (03), 5 x 2 (04) y El tiempo que nos queda (05), filmes más centrados en realidades con múltiples capas pero sin posibilidad de escapatoria.

CRIATURAS INVISIBLES
Dirigida por el veterano William Friedkin (Contacto en Francia, 71, El excorcista, 73) In-sectos (Bug, EU, 06) sigue a una madre solitaria atendiendo un motel de paso que ha perdido a su hijo (Ashley Judd), apenas acompañada por una amiga (Lynn Collins) y hostigada por el exmarido (Harry Connick jr.) hasta que aparece un excombatiente de la guerra del golfo (Michael Shannon) quien afirma haber sido víctima de un experimento militar y ser portador de una serie de bichos que habitan debajo de su piel.
Basada en una pieza escrita por Tracy Lets, la cinta muestra con intensidad cómo se va desarrollando el proceso de locura en el que ya todos los elementos se relacionan paranoicamente con la premisa central: esa simbólica invasión interna que se vuelve contagiante vía contacto sexual. Film directo rodado sin vericuetos externos, sostenido por un convincente trabajo actoral y una posibilidad de lecturas múltiples, como el nivel metafórico de la autodestrucción en donde ya no se reconoce a nadie y sólo se asume la propia claustrofobia.

ÚLTIMAS FRONTERAS: ANGUSTIAS BAJO CERO

31 octubre 2009

Un par de películas buscando las posibilidades que ofrece el thriller, una en tono de drama social y el otro de corte más bien policiaco, se despliegan en territorios cubiertos de nieve (mientras todavía existan) que acentúan la idea de aislamiento emocional y solidario, así como la de la ambición frente a las necesidades reales y creadas . Vísperas de Navidad. Veamos.

TERROR EN LA ANTÁRTIDA
En una estación polar de investigación, una mujer policía (Kate Beckinsale) está por volver a la civilización pero el hallazgo de un cadáver la detendrá ahí para indagar qué fue lo que ocurrió: un prólogo que narra una extraña trifulca en un avión ruso cincuenta y pico años atrás, así como una serie de personajes que levantan la mano para erigirse como sospechosos, van configurando este convencional ejercicio fílmico entre tormentas de nieve y una atractiva apuesta visual.
Dirigida por Dominic Sena (60 segundos, 00; Swordfish, 01), Terror en la Antártida (Whiteout, 09) juega un poco con la idea de tomar la ruta del thriller con elementos sobrenaturales y con la estructura de angustia claustrofóbica, definiéndose entre el formato de teleserie y mayores ambiciones argumentales: el objeto de la narración nunca alcanza a ponerse al nivel de la puesta en escena y de la construcción tanto auditiva como visual, es decir, de la forma.
Como sucedía con las anteriores cintas del director, el armado de secuencias y los desplazamientos de la cámara son efectivos, considerando la ambientación en la que se desarrollan, pero difícilmente uno como espectador se siente parte de las dificultades de la indagadora o alcanza a recordar a algún personaje: los diálogos son rutinarios y de pronto no es difícil adivinar por donde va la jugada, sobre todo si se toma en cuenta que quien esto escribe usualmente falla en sus dotes adivinatorias.

RÍO HELADO
En la frontera de Nueva York y Quebec predomina el hielo. Es el paso de inmigrantes ilegales, mientras la gente sobrevive en un entorno inhóspito. Una mujer se ha quedado sola con sus dos hijos: un adolescente y un niño, cuyo padre adicto al juego se fue con los ahorros de la familia destinados a cambiar de casa. Otra mujer, de la comunidad Mohawk, trabaja en el bingo extrañando a su bebé, ahora bajo el cuidado de su abuela: el destino coloca a estos dos seres que se debaten entre el instinto maternal y la búsqueda de un nuevo hábitat emocional.
Dirigida por la debutante Courtney Hunt, Río helado (Frozen River, EU, 08) es un drama en femenino acerca de las divisiones impuestas entre los seres humanos y la dificultad de ver con claridad –como le sucede a una de ellas- la luz al final del hielo: las decisiones de involucrarse en el traslado de personas, engañar a una anciana o incluso regresar por el bebé extraviado y recuperar el propio, pasan por dilemas reflexivos al respecto de la justificación de medios por lograr los fines.
Con momentos de angustia auténtica dada la cercanía con la que se construyen los personajes, la cinta se desarrolla a partir de una cámara realista que muestra los sucesos en la intimidad y su contexto: interminables territorios de nieve indiferente, de belleza contrastante y de un simbolismo casi explícito. La soberbia actuación de Melissa Leo se ve fortalecida por la de Misty Upham y por la del resto del reparto, incluyendo los personajes juveniles.

CORALINE: MEJOR LA GRIS REALIDAD QUE LA COLORIDA FANTASÍA

7 febrero 2009

A la memoria de Filemón Cázares, quien nunca dejó de invitarnos a mundos imposibles

Con los lentes bien puestos, que me hicieron recordar a los ratones del corto Viaje a la luna de Wallace & Gromit, mis tres pequeños acompañantes se acomodaban expectantes para disfrutar la nueva película de Henry Selick, el director responsable de la famosa y casi siempre de moda El extraño mundo de Jack (93), así como de Jim y el durazno gigante (96) y de Monkeyboone (00), también considerando la idea de otros mundos (im)posibles. Cuidadoso al extremo con sus proyectos, ahora retoma una historia escrita por Neil Gaiman, de quien recientemente se adaptó El misterio de la estrella (Vaughn, 07).

Seguimos a Coraline (Dakota Fanning / Ximena Sariñana), una niña que se muda a una vieja casona con sus padres, quienes están muy ocupados frente a la computadora y por ende, resultan bastante aburridos (cualquier parecido…). Pronto descubrirá una puerta que la lleva a un mundo paralelo con los mismos personajes en el que, faltaba más, ella es el centro de atención y donde todo resulta muy divertido y satisfactorio.

Pero como frente a tanta belleza uno tiende a dudar, sobre todo en los tiempos que corren, nuestra pequeña Coraline en su país de maravillas empezará a percatarse de algunas cosas que no checan, como los ojos de botón que tienen hasta las ranas. Al parecer los mundos que en primera instancia resultan atrayentes, esconden peligros sólo detectados cuando ya es demasiado tarde: mejor la gris realidad salpicada de rutinas interminables y de platos de acelgas.

Con esta premisa que recoge elementos de Hansel & Gretel, La historia sin fin de Michael Ende (esas invasiones de la nada), El Mago de Oz, la seminal Alicia con todo y su gato guía, y que recuerda las peripecias de Chihiro y su viaje, Selick construye un relato de aventuras y horror que en efecto logró ponerle los pelos de punta a mis acompañantes quienes, no obstante, no podían dejar de observar no sólo el desarrollo de los acontecimientos, sino el absorbente despliegue visual del film, potenciado por escapadas de la pantalla de ciertos elementos.

Aprovechando la técnica del stop motion para formato 3D con alta definición, Coraline y la puerta secreta (EU, 08), apuesta por una orgánica puesta en escena que combina con plasticidad tanto los fondos y las coreografías como los personajes, incluyendo a los extraños vecinos con rasgos expresionistas: un niño parlanchín regañado por su abuela; un par de actrices atemporales y un cirquero entrenados de ratones, además de una nutrida presencia de insectos, aves, flores y hasta algunas almas infantiles en pena.

El contrastante uso de los colores y el notable trabajo de edición tanto visual como sonora, así como las múltiples angulaciones de la cámara, le dan al relato un dinamismo intenso, sobre todo hacia la segunda parte, que remedian en buena medida la ausencia de humor y la poca simpatía de la protagonista, una niña que está dejando de serlo y que reciente la falta de atención de sus padres: ella bastante mandona y él como viviendo en su propia realidad paralela.

“Mejor nos quitamos los lentes para que no nos dé tanto miedo”, planteaban mis fieles compañeros, para rematar: “Hoy nos dormimos contigo papá.” Como podrán imaginar, lo que su servidor pensó en ese momento fue en escaparse al mundo paralelo de Coraline a realizar labores de jardinería, tocar el piano, esbozar una sonrisa anodina o algo así. En mis ensoñaciones, pensaba que ahora los niños podrían valorar a sus aburridos padres que, con todo, terminan por obsequiar los guantes cual símbolo de que no todo está perdido.

ABUNDANCIA FÍLMICA

Como ya se ha hecho sana tradición en nuestra Ciudad, esta época del año es la mejor en cuanto a materia fílmica se refiere. Por una parte, llegan a cartelera las películas consideradas para el Oscar y, por la otra, aterriza la Muestra Internacional de Cine, ahora en su quincuagésima edición que marca la despedida de Juan Meliá al frente del Instituto y a quien le deseamos mucha suerte en su próximo gran compromiso. Además, está la oferta del cineclub de la Casa de la Cultura coordinado por Gerardo Mares, ahora dándoles un breve repasada al musical. Hay un tiempo para todo: ahora parece ser Tiempo de Cine.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

JUEGOS SÁDICOS: EL MAL COMO PERVERSIÓN LÚDICA

20 diciembre 2008

Mucho se ha reflexionado en torno a la banalidad del mal. Hannah Arendt reflexionó en torno a esta idea mientras cubría para el New Yorker en Jerusalén el juicio contra el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, durante 1961. Formar parte de un entramado de exterminio que absorbe la responsabilidad individual, ausencia de conciencia sobre lo que se está haciendo, imposibilidad de reflexionar en torno a los actos cometidos: la culpa persiste, desde luego, pero acaso habría necesidad de replantearse ciertas concepciones en torno a la naturaleza del mal.
Mirar el mal desde la perspectiva del sadismo, nos conduce por otros territorios, acaso de índole psicopatológico; convertir el daño al otro en un juego de poder no parece ser muy distante: los niños que se divierten lastimando pequeños animales; los compañeros escolares que humillan al más débil hasta hacerlo llorar (era una broma, dicen); y desde luego, la práctica de la tortura en la que se esconden, además de móviles políticos o de seguridad, perversiones lúdicas que buscan satisfacer esa enferma necesidad de sentirse superior a los demás, aunque en la realidad no hagan sino degradarse a sí mismos.
El director austriaco-alemán Michael Haneke (71 fragmentos para una cronología del azar, 94) consiguió una perturbadora aproximación al mal como pasatiempo juvenil en Juegos divertidos (Funny Games, 97), reflexión profunda acerca de la violencia y la crueldad humana en apariencia sin motivo alguno, un poco en la línea de Naranja mecánica (Kubrick, 71), pero sin experimentaciones de por medio, más bien productos de una sociedad que parece haber extraviado sus límites de contención pretendiéndolos sustituir con muros fronterizos.
Ahora, como lo hicieran Capra, Hitchcock y Shimizu, ha realizado un auto remake titulado acá Juegos sádicos (EU, 07), con la presencia de Tim Roth, Naomi Watts, Michael Pitt y Brady Corbet, manteniendo la esencia de su origen y confirmando algunas de sus temáticas recurrentes como la crítica a los medios y su vinculación con la juventud (El video de Benny, 92), así como sus propuestas de trastocamiento del lenguaje cinematográfico como en Código desconocido (2000).
Interesado en lanzar algunos de sus dardos a las élites económicas y culturales como en La pianista (02) y en la angustia contenida de Caché: Observador oculto (05), el realizador de El tiempo del lobo (03) coloca a una familia acomodada que va a su casa de campo para pasar una vacaciones: un picado captura la camioneta en donde padre y madre juegan a adivinar qué disco está puesto, ante la presencia interesada del hijo (Devon Gearhart).
De escuchar a Mozart y Händel se establece un contraste radical con la aparición sonora del incansable explorador vanguardista John Zorn y la agresividad gutural de Mike Patton. Un pequeño anuncio, desde la selección musical del film, de lo que está por venir: en torno a un lago, un conjunto de casas que van recibiendo la visita inesperada del mal en una cadena que se va eslabonando siniestramente y sin fin probable a la vista. Es la invasión de un mundo cada vez más enfermo al engañosamente seguro entorno familiar para vivir Horas desesperadas (Wyler, 56).
En efecto, Haneke plantea un claro contraste: los jóvenes educados ataviados con guantes y vestimenta impecablemente blanca, en apariencia con un desarrollado sentido de convivencia social, que resultan ser, porque sí, sádicos profesionales con sensaciones de compasión, culpa o remordimiento totalmente canceladas: no sabemos nada de ellos e incluso se dan el tiempo de inventarse pasados traumáticos. Sus nombres son, con toda la carga referencial del caso, Pedro y Pablo, aunque gusten de llamarse Beavis y Butthead.
Al apoderarse de la situación y someter a la familia sin alterarse en ningún momento, establecerán una serie de juegos macabros en los que se tiene que participar, quiérase o no. La quietud de la cámara juega un papel central en la construcción de encuadres cargados de claroscuros y largos planos que aumentan la ansiedad, siempre fortalecida por el enfático manejo del fuera de campo en el que los sucesos referidos terminan por ser devastadores mientras la toma captura un hecho intrascendente: la preparación de un alimento y el sonido de un balazo.
Haneke también juega con nosotros, los espectadores, enfatizando la idea de no permitir concesiones, en contraposición a cierto cine hollywoodense que justo se sustenta en los pactos no escritos con el público: ahí está el rewind cuando habíamos pensando que por fin la víctima le aplicó su justo castigo por cochino proceder a uno de los victimarios. Humor macabro que pone las neuronas de punta sin siquiera permitir el esbozo de una sonrisa nerviosa.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx