EL PEQUEÑO GENIECILLO DE MINNEAPOLIS

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Prolífico para producir y componer, al grado de dar y regalar canciones a sus colegas o protegidos; talentoso para la interpretación con el instrumento que se le pusiera enfrente; ecléctico para crear su imaginería visual y auditiva, alrededor de una apuesta por la sensualidad; incansable para girar por el mundo, desparramando ritmo y buena vibra; trascendente a juzgar por las incontables influencias escuchadas en músicos de su generación y de las posteriores: “suena a Prince”, solemos decir.

ENTRE EL ECLECTICISMO Y LA TRANSGRESIÓN

Los ochentas fueron, en buena parte, suyos, después de alzar la mano para hacerse presente a finales de los setenta con For You (1978), en el que se hizo cargo de todos los instrumentos y composiciones, y el homónimo Prince (1979), centrado en un funk de sustento pop. Ya se reflejaba su notable rango vocal, que puede ir de una agudeza chirriante a una serenidad esotérica, y algunas de sus preocupaciones temáticas como el sexo y el amor, la espiritualidad y la condición de raza, entre otras, además de su ojo clínico para el gancho melódico y la rítmica voluptuosa.

Grabó obras maestras alejadas de la popularidad y grandes discos enclavados en la lógicaPrince 1 del mainstream, revisitando una multiplicidad de géneros con el funk como piedra angular para de ahí dispararse con absoluta soltura por los terrenos del folk, el pop, la new wave ochentera, el jazz y el soul: las músicas negras encontraron a su nuevo abanderado, navegando entre el espíritu experimentador y la seguridad cohesiva del hit irreprochable.

Durante los noventa no dejó de componer y se enfrentó junto con su banda The New Power Generation, al poder de las disqueras; una conversión religiosa a principios del milenio marcó parte de su propuesta musical a lo largo de la primera década de los dosmiles, manteniéndose presente pero un cuanto tanto al margen de los reflectores, al igual que los años subsiguientes, sin dejar de producir y reencarnar según el signo de los tiempos.

Prince Rogers Nelson (Minnesota, 1958–2016) fue, como cabría esperarse, un niño genio que aprendió a tocar el piano de oído. Nombrado así por la banda en la que tocaba su padre, un aspirante a músico de jazz, se volvió multiinstrumentista cuando todavía no le cambiaba del todo la voz y en sus primeras presentaciones escolares prefería no cantar. Sus notables influencias empezaban a revelarse: de Jimmy Hendrix a The Beatles y de James Brown a Parliament/Funkadelic, pasando por el gigante Duke Ellington y Stevie Wonder, por mencionar algunos notables.

Con la transgresión como bandera, en particular acerca de las convenciones y roles sexuales, asumió el púrpura como color distintivo, a saber si por ínfulas monárquicas, mero gusto o por cierta referencia hacia los Vikingos de Minnesota, el equipo de fútbol americano del cual fue fan y al que le compuso la pieza Purple and Gold. No faltaron a lo largo de su trayectoria mujeres a las que protegía e impulsaba musicalmente, incluso hasta sus últimos discos.

MY NAME IS PRINCE

El inmediatista y descarnado Dirty Mind (1980) fue su primera gran obra, integrando géneros y estilos con sorprendente fluidez y organicidad, girando temáticamente alrededor del sexo; Controversy (1981) transitó por caminos similares en términos musicales con abundancia de sintetizadores y su enfoque temático se orientó más al ámbito político y de protesta social, sin dejar del todo la vertiente sexual.

Con 1999 (1982) se dio a conocer, sobre todo con la pieza titular, entre públicos más allá del circuito del funk, abriendo la puerta para Purple Rain (1984), uno de los discos más vendidos en la historia y que produjo, en contraste con su brillantez, una película de dudosa manufactura que pronto se volvió gusto culposo de más de uno. Junto con su banda The Revolution, las canciones destilaban un pop de sensible y efusiva orientación: a partir de aquí, la lluvia cambió de tonalidades.

Con Paisley Park, Raspberry Beret y Pop Life incendiando la radio, grabó Around the World in Day (1985), seguido por Parade (1986), fungiendo como el soundtrack de la olvidable película Under the Cherry Moon; ambos se orientaron hacia la búsqueda de nuevas fronteras donde colindaba la psicodelia y el rock de pretensiones artísticas con todo y la oda funky al beso. Por estos años compuso el clásico Nothing Compares 2 U, que hiciera famosa unos cuantos años después Sinnéad O’Connor con sentida interpretación.

Al parecer, estos discos resultaron ser preparatorios para el enorme en todos sentidos Sign ‘O’ the Times (1987), otro de sus álbumes esenciales y uno de los discos clave de la década en el que sobrevuela un espíritu góspel, además de la consabida integración estilística. El aliento alcanzó para que al final del año apareciera The Black Album (1988), con una reedición oficial en 1994, direccionado por su característico funk potenciado por sonidos prestados del rock.

Pero como lo suyo era desconcertar a propios y extraños, pronto dio una vuelta de timón con Lovesexy (1988), que pasó más o menos desapercibido con todo y su muy particular portada, en contraste con Batman (1989), efervescente soundtrack para la película de Tim Burton con un Jack Nicholson desatado. La secuela de Purple Rain se llamó Graffiti Bridge (1990), disco altamente disfrutable con la presencia de George Clinton, pero poco apreciado por el mercado; para seguir neceando, se acompañó de una película que resulta fácil de olvidar.

EL PODER DEL SÍMBOLO

Los ochenta quedaron atrás y las predominantes tendencias musicales de fin de milenio le daban la bienvenida a la electrónica, al hip-hop, al indie y al grunge, entre otras. Fuera de ellas, seguían surgiendo grupos nuevos y se mantenían los sobrevivientes más allá de las vetas socorridas. Prince continuó en plan chambeador con el notable Diamonds and Pearls (1991), interpretado con su nueva banda que le brindaba una robusta sonoridad basada en una orientación hacia el R&B.

El disco conocido como “The Love Symbol Album” (1992), de rítmica contagiante con alguna salpicada de reggae, empezó a marcar sus disputas contra los consorcios musicales, en particular con Warner, y a favor de la libertad del artista, asediada por los cronogramas y dictados de la empresa: incluso cambió su nombre al símbolo que parece ser una letra p con las referencias a los íconos que representan lo masculino y femenino.

Con la finalidad de cubrir el acuerdo previo con la disquera, apareció el cumplidor Come (1994), firmado como Prince: libre de ataduras contractuales volvió a nombrarse como el símbolo identificador en Gold Experiencie (1995), una especie de demostración de lo que todavía era capaz de hacer: entregar un disco que podía llamar la atención, redondo a lo largo de los cortes y con The Most Beautiful Girl in the World como sencillo pegador. Curiosamente, una voz femenina en español anunciaba que El artista estaba muerto.

El siguiente año resultó, para variar, sumamente prolífico. Compuso el soundtrack Girl 6 (1996) de la floja película dirigida por Spike Lee; reafirmó su estatus de independencia con Chaos & Disorder (1996) y se destapó con la cuchara grande grabando el álbum triple Emancipation (1996), dándole un prolongado e incesante toque funky al espíritu libertario, propulsado por un poco de dance hall, jazz disfrazado de R&B y pop de rítmica irresistible.

Una colección de cortes que no habían aparecido anteriormente se integró en Crystal Ball (1998), que mostró ciertas dificultades para la distribución, al igual que New Power Soul (1998), pasando desapercibido incluso para quienes más o menos habían seguido la trayectoria del artista, no solo en los momentos de fuerte presencia mediática. La década cerró con Vault: Old Friends 4 Sale (1999) colección de su etapa con Warner y con Rave Un2 the Joy Fantastic (1999), más largo que memorable, con algún invitado y de baladera orientación.

CH-CH-CHANGES

Ya en el nuevo milenio, el inagotable compositor y virtuoso instrumentista decidió convertirse en Testigo de Jehová y empezó a cambiar de imagen, enfoque musical y de algunos colaboradores y protegidas: para muestra ahí está la interesante rareza Rainbow Children (2001), anunciando su nueva fe con una envoltura jazzera de inesperada tesitura. Este mismo año apareció The Very Best of Prince (2001), acaso la mejor compilación de su obra.

One Nite Alone (2002) fue grabado en solitario con todo y un cover de A Case of You de Joni Mitchell, encontrando su contraparte en un disco en vivo. Siguieron los instrumentales Xpectation (2003) y N.E.W.S. (2003), integrado por cuatro piezas como si de un divertimento se tratara. Todavía por los linderos de la producción comercial, grabó un par de álbumes bajo el título de Trax from The NPG Music Club, Volume 1: The Chocolate Invasion (2004) y Volume 2: The Slaughterhouse (2004).

Prince 2Después de esta etapa al margen, volvería al mundo del mainstream, bien conocido por él, con Musicology (2004), su mejor obra desde inicios de los noventa, recordando su etapa de mediados de los ochenta, y con el sólido 3121 (2006), acompañado de la cantante Támar y de Maceo Parker. El impulso creativo alcanzó para Planet Earth (2007), cual relajado y convencido canto para la casa de todos, entre citas esotéricas y música confeccionada con el sabor de la experiencia.

El guitarrero LotusFlow3r (2009) se integró a otros dos discos para conformar otro triplete: el funketo retro MPLSound y Elixer, firmado también por la vocalista de R&B Bria Valente, una de sus múltiples discípulas. Una vez más usando diarios y revistas como medios de distribución, al igual que en el caso de Planet Earth, presentó 20Ten (2010), ahora convertido en un disco difícil de conseguir que seguía la tendencia surcada entre el soul, el funkpop, el acento roquero y el R&B.

Tras una reconciliación con Warner Bros. y la realización de diversos sencillos, regresó al formato largo, moda afro incluida, con el disfrutable Art Official Age (2014) y PlectrumElectrum (2014), secundado por el energético trío femenino3rdEyeGirl. Y para cerrar la trayectoria, otro doblete: HITnRUN: Phase One (2015) y HITnRUN: Phase Two (2015), álbumes que antecedieron la intención de salir de gira bajo la lógica del piano y el micrófono misma que no podrá disfrutarse en este planeta, acaso en algún otro microcosmos de elusivas tonalidades doradas.

Después de 38 álbumes en estudio, más los que se vayan acumulando a través de las grabaciones que dejó en el tintero; una presencia cargada de una iconografía por completo distinguible; reflexiones constantes sobre el papel del artista en el mundo de las mercancías y transacciones y, sobre todo, la trascendencia estética frecuentemente identificable en múltiples propuestas actuales, el pequeño geniecillo de Minneapolis se ha despedido para emprender su viaje intergaláctico, de cósmicas resonancias.

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2 comentarios to “EL PEQUEÑO GENIECILLO DE MINNEAPOLIS”

  1. Claudia Says:

    Exelente cronología. Gracias.

    Me gusta

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