EL HOLOCAUSTO JUDÍO: LA MIRADA HÚNGARA

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Hitler lanzó la operación Margarethe en marzo de 1944 para ocupar Hungría, objetivo alcanzado sin enfrentar mayor problema, y pronto los nazis empezaron a deportar judíos a los campos de exterminio; se calcula que alrededor de 600,000 personas fueron asesinadas con el apoyo del nuevo gobierno magiar. Una vez terminada la II Guerra Mundial, el país cayó bajo el régimen estalinista a partir de 1948, que intentó ser derrocado por una rebelión en 1956, sanguinariamente aplastada por la URSS. En el panorama político actual se vive la amenaza de Jobbick, un partido político de extrema derecha antisemita y antigitano.

ImreEl brillante escritor húngaro Imre Kertész (Budapest, 1929–2016), premio Nobel cuya literatura se siente a flor de piel, sobrevivió a un campo de concentración y al régimen estalinista. Con base en sus vivencias aunque sin ser propiamente una autobiografía, escribió a lo largo de trece años una novela hoy clásica llamada Sin destino (1975, Acantilado, 2001), desdramatizando la experiencia de un adolescente judío en Auschwitz, epítome de uno de estos infernales sitios donde uno de cada tres muertos era de nacionalidad húngara.

Con guion del propio autor de Diario en la galera (1992, Acantilado, 2004), la novela fue llevada a la pantalla por el cinefotógrafo Lajos Koltai bajo el nombre de Campos de esperanza (2005), digna adaptación que consigue capturar el tono de su referente literario y poner en imágenes las precisas descripciones y eventos descritos con mirada profunda y de largo alcance, trascendiendo el hecho concreto para convertirlo en piedra de toque que ayudara a repensar el significado de ser parte de la especie humana, potenciada por obras como Yo, Otro. Una crónica del cambio (1997, Acantilado, 2002).

CUANDO LOS MUERTOS ENTIERRAN A SUS MUERTOS

Ahora llega la asfixiante y dolorosamente reflexiva cinta El hijo de Saúl (Hungría-Francia-EU-Israel-Bosnia Herzegovina, 2015), ganadora del Oscar y el Globo de oro a la mejor película de habla no inglesa, entre muchos otros reconocimientos, en la que acompañamos en forma cercanísima, literalmente, a un hombre que vive este horror y empieza a perder el sentido de realidad, acaso como el único camino para mantenerse de pie, asiéndose a un propósito que contrasta con los sucesos que se van presentando a su alrededor.

La historia se desarrolla durante un par de días en los que el Saúl del título (Géza Röhrig, extraviado pero concentrado) funge como miembro del sonderkommando, nombre que se les dio al grupo de prisioneros que hacían el trabajo sucio para organizar la muerte de sus congéneres, al tiempo que intenta encontrar a un rabino para que le dé judía sepultura a un joven que toma como su propio vástago, recordando a Kaddish por el hijo no nacido (Kertész, Acantilado, 2001), quien sobrevivió a la cámara de gas pero que fue posteriormente asfixiado por el médico en turno.

Mientras tanto, como siniestro telón de fondo, vemos con determinados desenfoques laEl hijo de Saúl manera en la que se desarrolla el exterminio, así como las formas en las que los cadáveres ahogados por el gas mortífero van siendo mutilados y quemados, solamente para dar espacio a los que están por venir, previa extracción de objetos que pudieran ser valiosos. Además, está presente la simbólica labor de cavar para que la tierra guarde la memoria del joven o de algunos de los prisioneros ejecutados.

László Nemes, asistente del gran director Béla Tarr y convertido en aprendiz avanzado de acuerdo con lo visto en su debut, dirige su primer largometraje con una intensidad acorde a los sucesos que retrata, a partir de una persecutoria cámara en mano que fija con claridad su objetivo visual e incluso se posa para esperar su aparición, referenciando el proceso de exterminio, como si de una aterradora fábrica de muerte se tratara, expresada también a través de una poderosa edición sonora. La obediencia sumisa y el silencio frente a la humillación cultural –el baile del oficial nazi- son parte de la estrategia para seguir adelante con su objetivo.

El explícito manejo del fuera de campo incide en el tono de angustia permanente, así como el constante uso del primer plano, siguiendo al protagonista en su obsesiva búsqueda que paradójicamente parece enajenarlo del horror vivido, al tiempo que se fragua un intento de rebelión por parte de los guardias-presos, recordando a Kapó (Pontecorvo, 1960) y al documental Sobibór (2001) de Claude Lanzmann (Shoah, 1985; El último de los injustos, 2013), quien ha procurado el análisis en torno al Holocausto, como en su momento lo hiciera Alain Resnais con su imprescindible Noche y niebla (1955).

La cinta se erige como una de las imprescindibles del holocausto judío, ajena a triunfalismo alguno y mucho menos a dejar entrar una brisa de humor, tal como lo han hecho otras propuestas. No se advierte, tampoco, intentos por conmover al espectador o generar un shock lastimero, ni siquiera por envolver la macabra situación en una historia de heroísmo. Los sucesos se presentan sin filtros edulcorantes o tremendistas para que seamos nosotros quienes tomemos postura frente al horror plasmado, abrumadora y desgarradoramente real.

 

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