CHAMPIONS 2016: MADRID EN MILÁN

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En una imagen para el registro de la deslocalización, en este caso temporal, una comunidad se desplaza a otra ciudad para convertirla, por un momento, en una especie de extensión de su espíritu. Milán, ciudad que también alberga a un par de equipos de jerarquía, abre sus puertas a la pasión madrileña, a través de su esplendoroso e histórico estadio San Siro para disfrutar de un enfrentamiento entre sus dos conjuntos, finalistas de toda Europa como si estuviéramos entre los siglos XV y XVI.

Las individualidades contra el conjunto; el equipo conformado desde hace tiempo, con una base fija y jugadores que se venden al mejor postor, enfrentando a un cuadro en reconstrucción, como tratando de sacar la casta después de algunas decisiones equivocadas. El juego hosco interpretado por nota versus la impredecible levedad de las estrellas: disciplina táctica en contraposición a la ocurrencia según el estado de ánimo.

Detrás de todo ello, historias de conciudadanos que contrastan en la lógica de la abundancia hasta la simpatía por el sufrimiento. Desde la Cibeles a la Neptuno, a ver de qué fuente salían más festejos, porque si bien el Barcelona se atraviesa como un rival clásico para ambos, los partidos en familia (pensando en términos de ciudadanía) acaban siendo los más feroces, sobre todo cuando se alcanza cierto equilibrio de fuerzas, como es el caso.

En el banquillo, dos baluartes de la historia del fútbol, tratando de extender la forma en la que entienden este deporte, con sus asegunes: la exquisitez de Zidane, que al menos en estos primeros meses parece apostar más a lo segurito que a lo que él mismo intentaba en la cancha, y el empuje de Simeone, ahí sí funcionando como espejo de la manera en la que se desempeñaba en la cancha, con una convicción a prueba de complejo de inferioridad y una dureza siempre tentando el reglamento.

Primer aviso apenas pasados los cinco minutos de juego y salvada en la línea por parte del arquero; un centro peinado por el chongo de Bale, que dio gran partido aún lastimado, llega al área y entre jalones defensivos y posición adelantada de Ramos, la pelota se cuela a las redes, reflejando el completo dominio de los de blanco ante unos rayados que pagaban así su desconcierto en el campo, como si todavía lamentaran haberse quedado sin poder conquistar el torneo local.

En lugar de insistir, el Real Madrid pareció bajar la intensidad y retrasar ligeramente las líneas, mientras que sus acérrimos rivales se empezaban a acomodar en la cancha, muy poco a poco. Apenas un par de disparos fuera del área más para anunciar que estaban en el partido que para colocar la necesaria cuota de peligro. Los minutos terminaron de correr y la primera parte se apagó con las expectativas aún al borde de la tribuna.

Con la ventaja, el equipo merengue empezó a apostar por la estrategia de la espera, como si no se supiera que si juegas a que no te anoten, tus probabilidades bajan de que puedas marcar un gol. Era el momento de Simeone para demostrar de qué está hecho un conjunto que ya no sorprende a nadie estando presente en las últimas instancias de cuanto torneo forma parte.

REACCIÓN ESPERADA

En la segunda mitad, los colchoneros salieron dispuestos a saldar cuentas no solo de la primera parte, sino de muchos años de historia. Un dudoso penal prematuro, cortesía de Pepe que quizá es el peor jugador para dramatizar las jugadas, les daba la oportunidad de empatar el marcador pero el balón lanzado por Griezmann fue directo al travesaño: como para que no fuera tan fácil, mejor seguir padeciendo.

Era el momento para que los anfitriones del Santiago Bernabéu se lanzaran ante el bajón de moral del rival para buscar un segundo tanto que pondría el asunto casi en la zona de la certidumbre. Algunos intentos tibios, salvo una clara de Benzema que sigue un poco distraído, pero escasa convicción al frente en cuanto a la frecuencia de juego, mientras que los del Manzanares mantenían la esperanza provocando llegadas con cierto nivel de inquietud.

El conjunto merengue tuvo otra oportunidad clara que no acabó en gol gracias a la capacidad para revolverse de la defensa colchonera; un instante después, el incansable Juanfran consigue mandar un centro preciso bien rematado por Ferreira Carrasco, habilidoso joven jugador de nacionalidad belga: tras el gol, muy pronto corrió a las gradas para celebrar con beso de por medio con su novia. Faltaba más. El empate se instaló, como hace un par de años, para dar pie a los tiempos extra.

Con varios jugadores disminuidos, sobre todo del Real Madrid, y un calor que parece invadir todo el planeta, se jugaron los 30 minutos complementarios con apenas algunos avisos que presagiaban la resolución desde los once pasos. Incluso el árbitro, de notable manejo de partido a pesar de las decisiones polémicas y la discutible contención en las tarjetas (que al final benefició al juego), dio un respiro entre tiempo y tiempo.

En la tanda de penales, predominaron las impecables ejecuciones ante la tardía reacción de los arqueros, hasta que llegó la paradoja del partido: Juanfran nos regaló un juegazo no solo en defensa, junto con Godín, sino también al frente poniendo el pase a gol. Cristiano pasó desapercibido la mayor parte del juego y nos obsequió muy poco de su gran talento. El primero falló el tiro desde los once pasos y el segundo anotó el decisivo.

Conmovedores los llantos en cascada desde la tribuna, pero más aún ver el quiebre de los rudos jugadores de playera rayada que se desplomaban en los brazos de su entrenador, intentando brindar cierto consuelo y, en simultáneo, encontrar cierta calma frente a la tribulación de una derrota que se inserta en la memoria. Del otro lado, buscar acomodo para la undécima, festejar y ponerse a pensar en un futuro que, dada la historia, sigue exigiéndolo todo.

 

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