Posts Tagged ‘Madre e hijo’

PADRES AUSENTES, TERROR PRESENTE

12 julio 2016

Un trío de películas en las que se plantea la batalla que establecen las madres con sus respectivos hijos para enfrentarse a seres del más allá que irremediablemente remiten a temores y angustias terrenales, provenientes del pasado pero insertadas en un presente difícil de sobrellevar. El rol culturalmente asumido por el hombre como el protector de la familia, se traslada a la figura materna que además tiene que luchar con sus propios demonios internos, entre el abandono y la responsabilidad de sacar adelante a la prole.

LOS WARREN ATACAN DE NUEVO

Una madre de familia (Frances O’Connor, estoica) vive con sus cinco hijos en Londres en la década de los setenta. En la casa empieza a percibirse una presencia fantasmal de un anciano que reclama como propia la morada, dado que ahí había vivido anteriormente. Mientras tanto, los Warren están trabajando en un intenso caso en Amytyville (villa retomada para otros filmes), en el que la viajera astral Lorraine (Vera Farmiga, asumiendo el papel) se encuentra con una siniestra entidad con aspecto de monja que le da un amenazante aviso, por lo que decide ya no seguir más con esta labor, sobre todo considerando el temor por la vida de su marido e hija.

No obstante, después de algunos sucesos, tanto ella como su esposo Ed (Patrick Wilson, mesurado) deciden acudir a la casa en Londres en donde se están experimentando los ataques sobrenaturales, a partir de que dos de las hijas en plena pubertad jugaron con una Ouija. La pareja lleva la encomienda de constatar la verosimilitud del caso, colaborar en lo posible y reportar el asunto, para lo cual se apoyan de una incrédula mujer “destapafraudes” (Franka Potente). Los propios fantasmas, un amenazante hombre roto, engaños bien fraguados y una caja de música los estarán esperando con las angustias abiertas.

Dirigida por el especialista malayo afincado en Los Ángeles James Wan (Stygian, 2000; Juego macabro, 2004; Sentenciado a morir, 2007; El títere, 2007; La noche del demonio, 2010; Rápidos y furisosos 7, 2015), El conjuro 2 (EU-Canadá, 2016) sigue la premisa base de su predecesora, poniendo por delante la idea de que se trata de casos documentados –no necesariamente ciertos- e incorporando algunas modificaciones, como por ejemplo el hecho de que en la realidad la pareja estadounidense no viajó a Inglaterra, sino que apoyó desde la distancia al hombre que ayudó a la familia (Simon McBurney), también con un pasado doloroso.

La continuidad en el trazo de los personajes conocidos y el diseño de los recién integrados en esta secuela, permite que las tribulaciones vividas sean signifcativas, así como la habilidad para relacionar las dos tramas del más allá, brindando una sensación de angustiosa coherencia narrativa, bien soportada por una puesta en escena, sutilmente acompañada por un inquietante score, que consigue generar escalofríos no solamente con base en sobresaltos, sino por el interés construido alrededor del incierto destino de los involucrados.

AMIGAS EN LO OSCURITO

Un niño es testigo de cómo su madre, con problemas mentales, platica en penumbras con una amiga que pareciera imaginaria, mientras que empieza a experimentar difcultades para dormir ante el familiarizado temor por la oscuridad, aunque aquí totalmente justificado. Al percatarse en la escuela de que algo anda mal, aparece su joven hermana mayor, quien se fue de la casa tiempo antes. Ayudada por el novio (Alexander DiPersia), tomará cartas en el asunto para tratar de resolver la situación con su madre y hermano, también experimentada por ella cuando era niña.

Dirigida con base en su propio corto por David F. Sanberg, Cuando las luces se apagan (Lights Out, EU, 2016) en una ingeniosa intromisón en un tipo de miedo ampliamente extendido con el aderezo de los traumas infantiles, las amistades peligrosas y el tránsito entre este mundo y los que se encuetnran lejos de nuestra comprensión. Desde la secuencia inicial, en donde el padre (Billy Burke) se encuentra trabajando entre maniquíes terroríficos, se empiezan a mostrar las cartas argumentales y la amenaza que enfrentará una familia en estado de quiebre perpetuo.

A la premisa argumental base se le añade un cuidado diseño de los personajes, interpretados con credibilidad por Maria Bello como la atribulada madre, Teresa Palmer como la hija entre punk y dark y Gabriel Bateman encarnando al niño protagonista, así como de sus relaciones presentes y pasadas de carácter cíclico. La necesaria cuota de suspenso se nutre con algunos flashbacks explicativos que resultan conducentes con la conclusión de la historia. El momento de apagar la luz puede abrir muchas posibilidades para descubrir que hay vida en el ecosistema de la mente y sus recuerdos.

MONSTRUO DE CUENTO

BabadookDirigida y escrita por la también actriz Jennifer Kent, The Babadook (Australia-Canadá, 2014) centra su atención en la relación que establece una madre en depresión creciente (Essie Davis, rumbo a la locura) con su hijo, también con algunos comportamientos violentos y con interés por los actos de magia (Noah Wiseman, entre el capricho y la valentía). El padre murió cuando iba a nacer el pequeño y entre ambos tratan de sobrellevar las dificultades propias de la vida y de sus propias actitudes. Para aderezar el vínculo, un mosntruo salido de un cuento infantil parece estar dispuesto a irrumpir en la relación de ambos y meterse hasta la cocina.

El simbólico personaje de aspecto siniestro emanado del libro indestructible, que igual parece tomar formas diversas o insertarse en las personas, remite a la traumática muerte del esposo y al paulatino aislamiento y enajenación en la que van cayendo los dos personajes, ante una comunidad cada vez menos comprensiva de su situación y un vínculo maternofilial puesto a prueba: quizá la magia pueda rescatarlos o un alma que entienda la magnitud y dificultad que enfrentan. El miedo, paradójicamente, puede sacar a flote la relación perdida.

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SALIR AL MUNDO

24 abril 2016

Un par de coproducciones en las que participan Canadá e Irlanda donde los personajes viven la experiencia de buscar insertarse en un contexto mucho más amplio que el que habían conocido hasta entonces. Ya sea por imposiciones externas o limitaciones propias, nos desplazamos por los territorios que conocemos hasta que se presenta una alternativa o bien decidimos ensanchar el margen de maniobra. Y las coincidencias también juegan.

Cual cajas de resonancias, un pueblo y una habitación parecían representar toda la realidad vital hasta que una serie de eventos abren los horizontes con las dificultades y posibilidades del caso, incluyendo la tentación de regresar a lo conocido, no necesariamente por ser mejor opción, sino por la necesidad de certidumbre. Queda la inquietud de saber qué sucederá con los personajes en un futuro, una vez que han tomado ciertas determinaciones sobre su pasado.

LA HABITACIÓN: EL ORIGEN

Dirigida con cercana sensibilidad por Lenny Abrahamson (Adam & Paul, 2004; Frank, 2014) a partir de un guion de Emma Donoghue basado en su propia novela, La habitación (Room, Irlanda-Canadá, 2015) es, por una parte, una mirada a la fortaleza de una mujer para sobrevivir en condiciones de extrema depresión, contando con la fuerte motivación de la maternidad como impulso primigenio y, por la otra, el durísimo proceso de adaptación a un entorno por completo desconocido, como si de otro planeta se tratara.

La primera parte del filme contrasta el infierno del secuestro que vive una joven a manosHabitación de un tipo peligrosamente común en la superficie, como el pedófilo retratado en Michael. Crónica de una obsesión (Schleinzer, 2011), con el luminoso vínculo que establece ella con su hijo, nacido en cautiverio y para quien todo el mundo se reduce a las cuatro paredes donde vive y los objetos a los que saluda cada mañana, incluyendo el día que cumple cinco años con pastel sin velas.

En tanto, la segunda mitad de la historia consigue transmitir las tonalidades agridulces que implica un pasado traumático y el esfuerzo para adaptarse y mantenerse a flote: como nunca, se requiere la fuerza del cabello de Sansón para querer seguir viviendo a pesar de la dificultad para enfrentar la necesaria despedida emocional. Realidades más allá de la televisión, como si de un jardinero sin suerte se tratara: mascota, amigo, cómplice, médico, abuelo ausente y abuela pendiente.

Para construir una interacción materno-filial creíble y emotiva, resultan esenciales las interpretaciones dela ganadora del Oscar Brie Larson, llena de matices dadas las situaciones que vive su personaje, y Jacob Tremblay, escenificando la capacidad de admiración y los temores de la infancia en forma natural. Joan Allen termina por redondear las notables actuaciones como la abuela y madre que entiende la necesidad de convertirse en la figura fuerte de la inédita situación.

La cámara combina diversas perspectivas y potencia la utilización del espacio narrativo con encuadres que anuncian los sucesos por venir (la cena en silencio, por ejemplo), sobre todo cuando se ubica al interior del cuarto: la mirada desde y hacia el clóset, el tragaluz como único contacto con un exterior celestial, opacado por una hoja podrida o el recorrido pausado por los diversos objetos, cual país de las maravillas cotidianas, contrapunteando con los desplazamientos nerviosos que la situación plantea y rompiendo la sincronía entre imagen y palabra.

BROOKLYN: EL DESTINO

Dirigida por John Crowley (Intermission, 2003; Boy A, 2007; ¿Hay alguien ahí?, 2008; Circuito cerrado, 2013) con atención en los detalles y centrada en la toma de decisiones de la protagonista y las racionalidades para llegar a ellas, Brooklyn (Irlanda-RU-Canadá, 2015) es un relato de crecimiento, reconocimiento y apertura en el que las circunstancias se van presentando explícitamente para dejar que sea la joven, con sus recursos, saberes y limitaciones, quien opte desde un omnipresente deber ser largamente inculcado que puede ponerse en duda.

Una inmigrante irlandesa llega al sitio del título tras aleccionadora travesía en barco en la década de los años cincuenta, cuando no había ideas absurdas relacionadas con muros y deportaciones masivas. Deja a su madre (Jane Brennan), a su querida hermana (Fiona Glascott) y su mejor amiga, además de un trabajo que no le gustaba bajo el mando de una grosera y metiche mujer. Sobre todo, deja una forma de ver la vida para intentar adaptarse a otras perspectivas.

BrooklynSaoirse Ronan interpreta con enjundia a Eilis Lacey, contagiando sus disyuntivas y asumiendo las inevitables transformaciones que implica dejar el nido, incluyendo la bifurcación romántica encarnada por un sencillo galán de origen italiano (Emory Cohen), de esas personas que tienen el encanto de la simpleza y por un agradable joven de su pueblo que le ofrece la posibilidad de sentirse en casa por el resto de sus días (Domhnall Gleeson).

Las actuaciones de soporte de los siempre entrañables Jim Broadbent y Julie Walters, además de las compañeras de casa de la recién llegada a tierras americanas y el hermano pequeño del novio, le brindan un necesario toque de humor, sobre todo considerando la formalidad de la puesta en escena, el score y la vistosidad del diseño de producción, dándose vuelo con las modas cincuenteras que reflejan también los cambios en los estados de ánimo de la protagonista.

El estupendo guion de Nick Hornby basado en la novela homónima de Colm Tóibín, que se deja leer en una sentada, permite acompañar a la protagonista en sus procesos decisorios, así como entender las formas de pensamiento y los contrastes entre ambos sitios separados por el Atlántico, sobre todo relacionados con un urbanismo creciente de multiculturalidad y un localismo de tradiciones arraigadas y únicas.: ahí está el emotivo canto en la cena para los viejos migrantes irlandeses que se han quedado en el vacío material y anímico, solo rescatados por la memoria musical.

 

 

CINE GALO

5 diciembre 2014

Alguna muestras del cine donde se escupieron las primeras imágenes en movimiento públicamente: el arte cinematográfico mucho le debe a esta nación no solo por darle vida, sino por las tendencias de vanguardia que han nutrido su desarrollo y por la continuidad que mantienen como sólida industria en la que cabe todo tipo de propuestas.

TOUR DE CINE FRANCÉS EN LEÓN

La habitual y bienvenida presencia de este conjunto de películas galas a nuestra ciudad, representa una bocanada de aire fresco a una cartelera que se ha estado volviendo cada vez más predecible, perdiendo terreno frente a la variedad de posibilidades más allá de las salas cinematográficas. Un par de ejemplos del Tour que dan muestra de la amplitud de intenciones y temáticas que se desarrollan en una filmografía tan vital como propositiva.

El novelista y guionista Philippe Claudel, ganador del premio Gouncourt y publicado en español por Salamandra, incursionó en el cine con el drama Hace mucho que te quiero (2008), seguido de la comedia Silencio de amor (2011). Ahora vuelve a la dirección con Antes del invierno (Francia-Luxemburgo, 2013) cual mirada a las clases acomodadas cuya estabilidad emocional y física se ve amenazada, muy al estilo del gran realizador Claude Chabrol, aunque sin alcanzar los tonos punzantes al tono punzante del realizador de La ceremonia (1995) y La flor del mal (2003), por poner un par de ejemplos en esta tesitura.

El planteamiento y el manejo del suspenso, con esas identidades sin ser reveladas del todo incluyendo a quien envía las flores, consiguen inmiscuir al espectador en la obsesión de un cirujano intachable y siempre amable (Daniel Auteuil, a quien le había pasado una intrusión similar en Caché: El observador oculto [2005] de Michael Haneke) por una joven misteriosa (Leïla Bekhti, enigmática), mientras que la esposa, encerrada en su palacio minimalista y acaso enseñando de vez en vez el bosque que la rodea (Kristin Scott Thomas, con rostro de eterna melancolía), va siendo testigo del comportamiento errático de su habitualmente confiable marido.

Frente a la trama central se anidan las presencias de la hermana de ella, con problemas mentales, y el amigo de él, un terapeuta que en cierta forma parece ser parte de un triángulo afectivo junto con el matrimonio; además, está el hijo con su insaciable discurso neoliberal y la mujer, cuidando al hijo y guardándose una infelicidad que salta a la vista. Con buen equilibrio narrativo y sin mayores recursos visuales, los acontecimientos se van precipitando al grado de irrumpir directamente en la seguridad que se suponía eterna de este matrimonio en condiciones tan privilegiadas como neutralizantes.

Estas rupturas de la normalidad también se advierten en la reflexiva y muy entretenida comedia Chicos y Guillermo, ¡A comer! (Francia-Bélgica, 2013), en la que el protagonista nos comparte diversas experiencias relacionadas con la construcción de su identidad sexual, en concreto el vínculo que ha establecido con su madre. Mientras que su familia lo considera homosexual o incluso una mujer, la vida va transcurriendo con estancias en internados, algún viaje vacacional y eventos varios que lo ponen a pensar acerca quién es él en realidad y cuál es su orientación sexual.

Con inserciones de un monólogo teatral, el actor, escritor y ahora director de contrastante cabellera a la afro Guillaume Gallienne, muy dotado para la comedia tal como se advierte en su doble interpretación como el joven en definición y su madre, comparte con humorística sensibilidad este proceso de búsqueda, jugando con estereotipos y desplegando logradas secuencias como la de la alberca con Don´t Leave Me Now de Supertramp sonando al fondo. A veces se puede ser heterosexual y no atreverse a asumirlo. Sumamente disfrutable.

DESPERTANDO LA SENSUALIDAD

Otro ejemplo de este proceso de construcción identitaria que pasa por el componente sexual y romántico se aprecia en La vida de Adèle (Francia, 2013), sexto largometraje del turco Abdellatif Kechiche que recibió la Palma de Oro en el festival de Cannes de manos de Steven Spielberg presidente del jurado, quien de paso acalló rumores sobre que él no premiaría una película tan distinta a la manera en como él ve el cine: al contrario, el director estadounidense demuestra su amor por este arte, más allá de estilos o propuestas.

Vida de AdeleAdaptada de la novela gráfica Le Bleu est une couleur chaude (2010) de Julie Maroh, quien expresó sus diferencias creativas con la cinta y no fue invitada a participar, según se ha dicho, el filme sigue a la joven que da título al filme (Adèle Exarchopoulos) en su tránsito por la adolescencia a la adultez (no necesariamente cronológica) a través de la explosión de sus sentidos y sentimientos, desde artísticos hasta sexuales. El conflicto también se vivió fuera de la pantalla entre el director y las dos actrices: en ocasiones el proceso de realización de una película se entromete en la narración misma.

Después de probar el sexo sin mayor pasión con un compañero escolar, tras leer en clase La vida de Marianne, conoce a una pintora de cálido cabello azul (Léa Seydoux, arriesgada), algunos años mayor que ella y con quien establecerá un profundo vínculo que la coloca en un estado de enamoramiento aparentemente pleno: la realidad con su terquedad en señalar diferencias de intereses, edades, objetivos, educación y hasta clase social, empezará a incidir en esta pareja de inmediato nivel de compenetración. Quizá esta intensidad de relación está destinada a ser efímera, dada la imposibilidad de sostenerse en el tiempo.

El uso de la perspectiva y la combinación de planos, en particular el frecuente uso del close-up y la forma de posar la cámara en sus personajes femeninos (a pesar de las múltiples acusaciones de sexismo, pornografía y voyeurismo), le brindan a la cinta la necesaria dosis de realismo pero también de cierto espíritu onírico, en el que vamos advirtiendo que el viaje emprendido, con toda la carga de dolor y reencuentro, irá sembrando una serie de semillas para el aprendizaje y el crecimiento personal, no obstante el sufrimiento inherente que va destilando ya no la calidez de una tonalidad, sino la fiereza de una ruptura anunciada que aun a sabiendas, no iba a impedir la transgresión de las propias certezas y expectativas.

50/50: LA VIDA COMO UN VOLADO

30 mayo 2012

Vamos tentando al azar, conscientemente o no, cada vez que tomamos decisiones, o sea, siempre: porque incluso no decidir sobre alguna disyuntiva es, en cierta forma, un tipo de decisión. Pero a veces la vida lanza ciertas coyunturas que nos toman por sorpresa, sobre todo aquellas que implican cambios radicales aún sin tu consentimiento: ahí no queda más remedio que aceptar lo que no se puede cambiar y luchar por aquellos que sí es posible modificar, con la sabiduría necesaria para reconocer la diferencia, según el clásico.
Inspirada en una historia verídica, escrita por el productor televisivo Will Reiser y dirigida por Jonathan Levine (Ecos en la oscuridad, 06; The Wackness, 08), 50/50 (EU, 11) es una cinta que coloca a un joven común de Seattle acercándose a los treinta, empleado de una radiodifusora con novia distante y amigo cercano, en una situación como la que retrató el francés François Ozon en El tiempo que nos queda (05): un cáncer se ha instalado en el cuerpo y la vida puede terminar mucho más pronto de lo que se tenía planteado. Las probabilidades, después de un tratamiento fallido y la necesaria intervención quirúrgica, son del 50%: justo como si en un volado echáramos el resto.
Inscrita en la corriente del cine estadounidense ubicado en la frontera de la independencia y el mainstream, la cinta encuentra el tono justo entre la comedia y el drama, equilibrio siempre complicado porque implica llevarnos de la lágrima a la risa de manera natural y genuina, sin necesidad de una comicidad forzada o tragedias impostadas. Se consigue retratar con sutileza y realismo el cambiante estado de ánimo del protagonista, así como la manera en la que va atravesando las diferentes etapas de su vínculo con la enfermedad.
En particular, destaca el tejido emocional que se va construyendo alrededor de los personajes, cuyo desarrollo los coloca en un lugar suficiente para que el espectador se identifique y, de alguna manera, los acompañe en su aventura vital. Si el humor es cortesía fundamentalmente de la imaginación del siempre motivador amigo, el componente dramático se va articulando de tal forma que uno de pronto ya se ve instalado en él, casi sin percibir cómo se llegó hasta ahí, con la escena clave del abrazo materno.
Las actuaciones de Joseph Gordon-Levitt como el convencional joven al que se le cambia la vida; de Seth Rogen como el amigo efusivamente desenfadado, al pie del cañón; de Bryce Dallas Howard en plan de novia guiada por el deber ser y la culpa; de Anna Kendrick como la novata terapeuta al fin frágil y, sobre todo, de Anjelica Huston como la madre molesta pero única capaz de dar el consuelo definitivo, consiguen darle al relato una buena cuota de cercanía, verosimilitud y relieve, como para que compartamos los momentos con esas personas que desfilan en pantalla.
La construcción de la narrativa mantiene un ritmo constante, entre los sucesos centrales y ciertos apuntes de tramas secundarias (como la del papá enfermo o los compañeros de terapia), bien insertadas al tronco principal: la inclusión de canciones reconocibles, una cámara funcional exenta de vericuetos y, sobre todo los diálogos, contribuyen a centrar la atención en el nudo argumental principal, alimentándolo con referencias constante a la cultura popular (Harry Potter, La fuerza del cariño, Star Trek, He-Man, Dexter, Michael Stipe, Saw, Total Recall…).
Una película sobre la amistad como una forma de acompañamiento vital sin pedir mucho a cambio y de cómo un suceso doloroso puede acarrear transformaciones luminosas, sin grandilocuencias ni intentos de revelarnos grandes verdades: solo lo que está frente a nuestras narices y no terminamos de olfatear.

GANAR-GANAR: LA LUCHA POR LA ESTABILIDAD
También en la tesitura de la “comedrama” y soportada por otra gran actuación de Paul Giamatti, ahora interpretando a un abogado y entrenador de lucha que adopta a un adolescente silencioso con grandes capacidades para la batalla cuerpo a cuerpo, nieto de un cliente, para recibir algo de dinero mientras las cosas se estabilizan un poco, llega en formato de video Ganar-Ganar (Win Win, EU-11), filme que bien vale la pena rescatar del injusto olvido en el que lo puso la cartelera no solo de nuestra Ciudad, sino del País. Una buena muestra de un cine estadounidense que queda un poco tras bambalinas pero que sabe apelar a nuestra inteligencia.
Una trama sensible y una paulatina construcción de vínculos emocionales, sin perder los necesarios pies en la tierra y momentos de humor, particularmente cortesía de los colegas entrenadores y algún alumno poco aventajado, hacen del tercer filme del también actor Thomas McCarthy, responsable de las muy recomendables The Visitor (08) y Descubriendo la amistad (03), una consistente propuesta acerca de cómo los problemas de la vida pueden ir tomando un cauce controlado, si no para resolverlos, sí para sobrellevarlos, entre las exigencias familiares, las de los clientes, los jóvenes aprendices y quien se sume esta semana.