UNA VIDA CON MUCHAS EXISTENCIAS

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De pronto nos podemos encontrar con cierto tipo de películas que vienen antecedidas por encendidos elogios de la crítica y por la cosecha de varios premios alrededor del mundo. Pero cuando nos sentamos a verlas, nos invade la sensación de que no estamos entendiendo nada o que de plano se trata de una cinta con la que no conectamos, dada su estructura narrativa, su propuesta temática o la ausencia de un argumento más o menos asible. Los bostezos empiezan a presentarse con mayor frecuencia y uno se pregunta si vale la pena continuar o dejar la mirada del film por la paz.
En ese momento podemos tomar la decisión, válida desde luego, de abandonar la sala o detener el disco y pasar a otra cosa, sin por ello sentirnos que no estamos a la altura de la obra maestra que nos prometieron. Pero también podemos persistir en el intento de involucrarnos afectiva y emocionalmente con lo que estamos viendo, abriendo los ojos y orejas de una manera más flexible, de tal forma que al final estemos en condiciones de emitir un juicio con más elementos: no se trata de que a fuerza nos guste, pero al menos nuestro dictamen, siempre subjetivo, será con mayor conocimiento de causa.
Los apuntes anteriores vienen a cuento por la llegada a los cineclubes de la Ciudad de La leyenda del Tío Boonmee (varios países, 2010), ganadora de la Palma de Oro en Cannes y dirigida por el nacido en Bangkok Apichatpong Weerasethakul, arquitecto y artista que se ha convertido en un referente dentro del mundo del cine por su capacidad de emplear el medio para expresarse en términos metafísicos: pronunciar correctamente su nombre implica apenas una de las primeras dificultades para poder vincularse con su propuesta fílmica, centrada en la existencia de mundos espirituales que conviven con éste, y en la posibilidad de desdoblar existencias, percepciones, experiencias, recuerdos y visiones, en contextos naturales de exuberancia vital, tal como se puede apreciar en las cintas Malestar tropical (04) y en Síndromes y un siglo (06).
En lo personal, me ha ayudado apreciar las películas de este director, a quien le podemos decir Joe, ubicarme en la lógica de no esperar una historia coherente y a no intentar entender lo que se me está presentando, al menos en un primer momento; tampoco buscar una secuenciación clásica de sucesos, sino más bien pensar en una especie de collage en el que uno va buscando conexiones sugeridas. Por supuesto, ayuda bajar el número de pulsaciones y entender que estoy frente a una cinta ubicada en la tendencia del slow cinema, tratando de fijarme más que en la acción externa –casi inexistente- en los elementos contextuales y en cómo se van trastocando los personajes.

EL TÍO Y SUS RECUERDOS
La idea de la película y del proyecto llamado Primitivo, conjunto de cintas que se presentó en el Museo de Arte Moderno de París, surgió cuando un monje le entregó al director un pequeño libro sobre un hombre, Boonmee, capaz de recordar todas sus vidas pasadas: “No necesitaríamos el cine, si fuéramos capaces de entrenar nuestro espíritu a ver más allá como Boonmee. Desgraciadamente, la mayoría somos demasiado triviales… somos seres primitivos” (El País, 15/12/09).
Con una fotografía prácticamente al natural que encuentra ciertos planos de gran vigor estético, seguimos un hombre con insuficiencia renal que decide ir, en compañía de su cuñada y su sobrino, a la selva donde tenía una especie de granja y así reencontrarse con sus recuerdos, esas luces del pasado que nos permiten apreciar el presente y vislumbrar el futuro. Cercano a la muerte, el sensible tío empezará a tener encuentros fantásticos con el espíritu de la esposa y con su hijo extraviado ahora vuelto mono fantasmal, de una manera tan natural que parecieran sucesos esperados, como en el mundo de El viaje de Chihiro (Miyazaki, 01) o del cine de Tsai Ming Liang.
En una orientación primitivista, tanto en la forma cinematográfica como en el fondo temático, van apareciendo criaturas y personajes diversos, en apariencia inconexos, como un búfalo en un entorno azuloso, un pez, una vaca y una princesa en crisis cuyo reflejo parece ser un llamado del algún dios líquido que cae en la cascada y se inserta en el agua. Vegetación abundante y diversa; una cueva platónica donde todo empezó; la apicultura y la siembra de tamarindo cual vínculo con la naturaleza: buscar las relaciones invisibles entre los diversos elementos y segmentos parece ser una invitación del tailandés como boleto de entrada a su cosmovisión, de fuerte corte orientalista.
Reencarnaciones, vidas presentes y pasadas, viaje del alma que se transfigura y de pronto, la posibilidad de ser ubicuo: quedarse a ver las imágenes televisivas o retirarse de la habitación como parte de la conclusión (es un decir) del film, en donde el inicio de la trayectoria como monje no está exenta de dudas y disyuntivas. Pero los vasos comunicantes se abren en definitiva: entre los vivos y muertos, entre las criaturas y los humanos, entre una modernidad aplazada y un regreso a las formas básicas. Entre la ternura que fluye cual bálsamo curativo y la reconciliación consigo mismo, mediado por el otro, aparece la mirada hacia una necesaria renovación.

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