Archive for the ‘Historia de la música’ Category

MARK HOLLIS Y TALK TALK: HABLANDO DESDE EL SILENCIO

1 marzo 2019

Tenía veinte años en retiro, al menos en cuanto a publicar canciones se refiere. Formó uno de los grupos clave de los ochenta, de ésos que sin negar su época y cruz de parroquia, lograron retomar y trascender los géneros predominantes para crear un estilo sonoro diferenciado, respondiendo más a las propias inquietudes artísticas que al imperativo de las disqueras. Ensanchó los márgenes del new wave a través de la incorporación de influencias diversas –del jazz al avant garde, del popart al tecno y del rock al ambient– y de una búsqueda que siempre implicó mirar hacia delante, sin anclarse a pasados exitosos y arriesgando la aceptación de contratistas y seguidores.

Originario de Tottenham, Mark Hollis (1955-2019) pintaba para sicólogo infantil pero en un momento determinado decidió cambiar de trayecto profesional, quizá en perjuicio de los pequeños a los que pudiera haber atendido pero en beneficio de millones de orejas, niños incluidos. Formó a mediados de los setenta una banda llamada the Reaction, con la que grabó un demo y unas canciones que aparecieron en alguna recopilación o como sencillo, sin llegar a cuajar en disco largo. A través de su hermano mayor, productor y disc jockey, entró en contacto con Paul Webb (bajo), Lee Harris (batería) y Simon Brenner (tecladista), con quienes integró Talk Talk en 1981.

CAMBIANDO DE ATMÓSFERAS: EL HAZMERREÍR AL FINAL DE LA FIESTA

Su trayecto fue de la luz a la oscuridad, como corriendo en sentido contrario a la salida del túnel. En su debut, The Party’s Over (1982), anunciaron el final del regocijo enclavado en un synthpop muy propio de la época, cercano al de bandas como New Order, OMD, Ultravox y Human League, con matices del estilo conocido como new romantic, abonado por grupos dueños del mainstream entre los que se ubicaba Duran Duran, con el que compartieron productor (el reconocido Colin Thurston, quien venía de trabajar con David Bowie e Iggy Pop) y presentaciones en vivo, fungiendo como teloneros. La presencia de Roxy Music se paseaba como una influencia mayor en la propuesta del grupo.

La llamada de atención del álbum corrió, sobre todo, por cuenta de algunos cortes memorables que mostraban un talento prematuro, si bien todavía en desarrollo y no del todo distintivo, para el uso de los teclados en rítmicas enfáticas, melodías emergiendo del suelo con dosis emocionales y letras de mayor alcance lírico, como Talk Talk, especie de carta de presentación para propios y extraños; Today, vuelto esperado sencillo por su estructura pronto identificable; la pausada y denunciatoria Have You Heard the News? y Mirror Man, presentada en un inicio como sencillo que abriera las tiendas.

Abriendo con la zona grave del teclado, estrategia que permaneció durante todo su recorrido, Dum Dum Girl dio el banderazo a It’s My Life (1984), segundo álbum de la banda ya en plena evolución creativa y cuya canción titular permanece como una de las más importantes de la década no tan perdida, planteando un himno sobre la autonomía personal, en tanto Such a Shame, segunda pieza más conocida aún manteniendo intacta su anhelante tesis cual hombre que lanza los dados, expandía los momentos para expresar cierta imposibilidad ante el cambio frente a las tendencias imperantes.

La emotividad de Renée con todo y la profundidad de los teclados y esa vocalización de particular angustia contenida (por momentos recordando a Peter Gabriel), contrasta con el elástico bajo que guía Does Carolina Knows: ambos cortes contribuyeron, además de los éxitos radiales que abrieron fronteras y le dieron reconocimiento popular a la banda, a posicionar al grupo en el escenario rockero siempre en proceso de reformulación, así como la contribución de Tim Friese-Green, productor, responsable de los teclados y en los hechos un miembro más del trío, supliendo a Brenner.

Con la participación de Steve Winwood y David Rhodes, The Colour of Spring (1986) representó otro paso hacia la indagación y apertura, sin dejar del todo el camino andado como en Give It Up y la fantasiosa Living in Another World, pero incorporando una vertiente más acústica y aireada por momentos, con sutiles acordes jazzeros, como se advierte desde Happiness is Easy, incluyendo presencia infantil en los coros; las tonalidades rockeras aparecen con mayor preponderancia y hasta el influjo del krautrock invade en Life’s What You Make It, con ese piano en convivencia con la guitarra, transitando a la media luz de April 5th y Chamaleon Day para cerrar con Time It’s Time, o más bien dejar la puerta entreabierta cual vaso comunicante para mirar por el retrovisor pero como soporte para otear el horizonte de alguna imprevisible tierra prometida.

Gracias al inesperado éxito comercial, la banda consiguió que la disquera EMI no se metiera y ni siquiera escuchara previamente el material para su siguiente disco: Hollis aprovechó la oportunidad y profundizó su mirada etérea, oscura y con tamiz experimental. Los músicos invitados se introdujeron en una iglesia abandonada para grabar e improvisar bajo extraños juegos de luces durante largos periodos, en tanto el trío ensamblaba los resultantes seis cortes finales pasados por una atmósfera de tenso sosiego y estructuras rupturistas, incluyendo guitarras en espiral y pasajes de penumbra auditiva. El resultado fue Spirit of Eden (1988), uno de los discos esenciales de la década refiriendo a ese deseado jardín en tonos de oscura abstracción, retomando un ambient con sutiles sonidos de plena organicidad.

El álbum provocó un desacuerdo con la casa disquera por la dificultad para encontrar un sencillo como tal y tras algunas diferencias, rompieron el contrato; Polydor le entró al quite para darle cobijo a Laughing Stock (1991), el disco final del grupo que significó todo un broche de oro, ya sin Paul Webb en la formación y con influencia de Robert Wyatt: seis cortes otra vez en los que se desliza por las cuerdas un artrock de bucólicas texturas, en cierto sentido anticipando lances noventeros relacionados con el postrock y sus oscuros parientes. Después de un silencio de siete años, el líder del grupo grabó en solitario el homónimo Mark Hollis (1998), retomando toda la vertiente dejada a inicios de aquella década. Y después, otro prolongado silencio que alcanzó dos decenios hasta la triste noticia de su fallecimiento.

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DISCOS 2018 (TERCERA): LA VOZ FEMENINA

31 enero 2019

En esta entrega se repasan algunas de las obras llenas de talento, intuición y convicción concebidas por mujeres, cuya presencia en la música sigue creciendo para fortuna del desarrollo cultural de nuestra especie. Las más veteranas se incluyeron en la primera parte y otras se integran, según el género musical, en otras entregas. Vamos para allá.

LAS CONSOLIDADAS

Neko Kase nos condujo por los caminos internos de la duda infernal que suele quemar por dentro a través del luminoso Hell-On, en tanto Tracey Horn, incorporando su bagaje tecnopop, se pregunta sobre la vivencia para la mujer madura en la sociedad actual con el brillante Record: dos de los grandes discos del año. El proyecto de Chan Marshall conocido como Cat Power por fin regresó con Wanderer, refinando canciones y alegorías, en tanto con Rebound, la ex The Fiery Furnaces Eleanor de Friedberger transita entre el análisis calmo sobre los tiempos idos. Ezra Furman, con el pasional Transangelic Exodus, nos conduce por cuerdas sensibles hacia la tierra prometida.

Laura Veirs nos puso de nuevo en la mira con  The Lookout, su décimo disco en el que confirma su convicción por el amor y la sutileza en la composición. Joan as a Police Woman advirtió los peligros de la admiración con Damned Devotion, mostrando las cicatrices en lucha por cerrar y Florence + The Machine volvió a levantar el ánimo con High As Hope, lo suficientemente exultante para tiempos inciertos. La canadiense Mélissa Laveaux retoma raíces haitianas en Radio Siwel, obra que implica atención para ingresar en sus tejidos profundos, como Alela Diane y su obra Cusp, enclavada en un folk de diversas alternativas melódicas y letrísticas, aunado al de Georgia Anne Muldrow, continuando su exploración los recovecos del R&B con el sentido Overload.

ORÍGENES DIVERSOS Y ELECTRÓNICA

Un encuentro afortunadamente creativo de una artista total y un conjunto de cuerdas con ecléctico y largo recorrido por tierras y sonidos: Laurie Anderson & The Kronos Quartet produjeron Landfall, entre recitaciones anunciando la esperada y siempre anhelante llegada y las habituales cuerdas absorbentes, mientras que la maliense Fatoumata Diawara, asentada en Italia, grabó el globalista Fenfo con intuitiva mezcla de sabores locales y aromas internacionales, como a la que nos tiene acostumbrados Angelique Kidjo, acá mostrada en Remain in Light. Levantando la mano, Julia Holter entregó Aviary, confirmando su talento para la experimentación entre jazzera, electrónica y folkie orientada a crear desasosiego, en tanto Josephine Foster grabó el sincero y evocador Faithful Fairy Harmony.

Asentada en Estambul, la bajista/cantante/compositora Ipek Gordon, nos envió el usurpador e incisivo Ecce Homo y la japonesa Eiko Ishibashi realizó The Dream My Bones Dream, incorporando la noción occidental del rock a la mano; la de Minnesota Anne Guthrie realizó Brass Orchids, de escucha que amerita una inmersión en los sonidos apenas encontrados, como si se tratara de un trabajo arqueológico, y la oriunda de Hamburgo Helena Hauff produjo el igualmente inquietante Qualm, en la tendencia que ha trabajado Jlin, (Jerrilynn Patton), la joven de Chicago ahora produciendo el intrincado y dancístico Autobiography, como para romper la banqueta a zapatazos.

Desde Canadá, Marie Davidson conversa y reflexiona sobre una electrónica sinuosa en Working Class Woman, abordando temáticas cercanas a su realidad y Sarah Davachi hizo lo propio por partida doble con Let Night Come On Bells End The Day y Gave in Rest, adentrándose en los contornos de la estética digital en vibrante comunicación con la organicidad de los sonidos acústicos. En Metal Aether, Lea Bertucci, confeccionó sonidos alterados y saxofones gozando de absoluta libertad a través de una cuarteta de piezas. Elizabeth Bernholz compuso Pastoral, firmando como Gazelle Twin e imbricando cánticos misteriosos con una rítmica cortante y Laurel Halo, ya habituada a estos ecosistemas electrónicos, grabó el incierto Raw Silk Uncut Wood.

POP, COUNTRY, ROCK, R&B: INTERACCIONES

Desde Suecia, Lykke Li y su sugerente synthpop inundaron So Sad So Sexy, de aparente contradicción, y Robyn volvió a ponernos en festiva pista de baile con Honey, tras siete años de silencio; compartiendo vertiente, Christine and the Queens, el grupo de la francesa Héloïse Letissier, presentó Chris y también desde tierras galas, Melody’s Echo Chamber entregó el onírico Bon Voyage, para trasladarse por rutas variadas con tintes de sicodelia y dreampop. En tanto, Amanda Shires nos ilumina desde el horizonte con To the Sunset y su reconfortante pop melódicamente consumado, como Lily Allen y su directo No Shame. La actriz emergente y ya cantante en vías de consolidación Janelle Monáe produjo su tercer disco bajo el título de Dirty Computer, bien cobijada por insignes convidados y desparramando un pop salpicado de negritud.

El country pop alcanzó una de sus cimas con el impecablemente producido Golden Hour, tercer álbum de Kacey Musgraves, en el que en cierta forma somos partícipes de alguna de sus canciones, línea a la que se suman Interstate Gospel, integrando raíces y también tercera entrega del trío Pistol Annies; apareció el conciliador By the Way, I Forgive You de Brandi Carlile, plagado de hermosas composiciones que se conectan con el corazón vía cuerdas y vocales por completo entregadas a la causa afectiva, y el conmovedor Sparrow, en el que Ashley Monroe se vuelve mujer ave paseriforme.

Con Be the Cowboy (disco del año para Pitchfork), la japonesa-estadounidense Mitski se instala en el feminismo cuestionador, con intensidades y sensibilidades a tope. Desde Melbourne, Courtney Barnett nos hizo una petición con canciones directas y sin rodeos vía Tell Me How You Really Feel, mientras queMeg Remy entregó el diverso In a Poem Unlimited, firmando como U. S. Girls y combinando con soltura covers y piezas propias, en la línea de tUnE-yArDs, nombre de presentación de Merrill Garbus, también apostando por los caminos inesperados vía I Can Feel You Creep Into My Private Life, como Lucy Dacus aventurándose a producir Historian, su segundo álbum entre la guitarra chirriante y el tono confesional.

I’m All Ear’s del dueto femenino Let’s Eat Grandma, encontró el equilibrio entre el tecnopop y el folk de avanzada, en tanto Natalie Prass viajó  a través de tiempos idos y venidos en The Future and the Pass, y KT Tunstall se derretía en Wax, obra de absoluta continuidad; la experimentada Mary Gauthier confirmó su  capacidad para expresar sentimientos con Rifles and Rosary Beads y la ex The Pipettes, ahora conocida como Gwenno entregó Le Kov, su segundo disco en el que integra un toque atmosférico pero sin separar los pies de la tierra, en contraste con la escocesa Kathryn Joseph, quien compuso en clave oscura con el piano de frente From When I Wake the Want Is, lleno de sentimiento desencarnado.

Dawn Landes siguió en el carril del country con el elusivo Meet Me at the River, mientras que la cantautora Adrianne Lenker (Big Thief) bajó la luz y nos sumergió en Abyskiss, mayormente acústico para enfatizar las emociones cotidianas. Courtney Marie Andrews grabó su etéreo May Your Kindness Remain, coincidiendo con la sutileza de Olivia Chaney expresada en Shelter. Anna Calvi nos persiguió con Hunter, apuntando hacia el conflicto de géneros con la intensidad ya reconocida y Soccer Mommy entregó Clean, uno de los álbumes más celebrados del año, con todo y su acusado espíritu indie.

DISCOS 2018 (PRIMERA): DE APRENDICES AVANZADOS A EXPERTOS CONSUMADOS

16 enero 2019

Iniciamos el tradicional recorrido por algunas de las obras sonoras que marcaron el año recién terminado. Como si de una comunidad de aprendizaje se tratara, van los prometedores discos de los novatos y los de quienes ya saben más por viejos.

INICIO PROMETEDOR

Desde Kentucky, Tomberlin se estrenó con At Weddings, a partir de un folk de celebraciones, mientras que la joven de Baltimore Lindsey Jordan, apenas de 18 años y conocida como Snail Mail, se puso reflexiva con el emotivamente contenido Lush, en la línea de Miya Folick, anunciando con vocal intensa en Premonitions que ha asimilado bien las lecciones de sus colegas más experimentadas, en tanto Ashley McBryde, retomando la música de raíces desde Arkansas y con voz rasposa, se presentó con Girl Going Nowhere. Boygenius, súper grupo integrado por las cantautoras Julien Baker, Phoebe Bridgers y Lucy Dacus, dejó constancia de cómo aprovechar talentos individuales para la causa común en el ídem EP Boygenius.

Cardi B se colocó en la mira mediática con su exitosísimo Invasion to Privacy, similar al conseguido por Kali Uchis en Isolation, muy bien acompañada con todo y su sabor latino; SOPHIE le entró a la experimentación popera con Oil For Every Pearl’s Un-Insides y se dejó escuchar Room 25 de la poetisa-rapera de Chicago conocida como No Name, constituyéndose quizá como el debut del año; en esta vertiente lírica, la oriunda de Filadelfia Tierra Whack entregó Whack World, integrado por 15 reflexiones de un minuto cada una en clave Hip-Hop y R&B. El cuarteto femenino japonés Chai mostró prematura habilidad para combinar géneros y llegar a finales felices en Pink, porque el mundo, en efecto, puede ser color de rosa.

El trío neozelandés The Beths se presentó con Future Me Hates Me, de aliento colegial con salpicadas retro, en similar tesitura que Dream Wife, las chicas de Sussex que le pusieron su cuota de intensidad al homónimo Dream Wife y las londinensas de Goat Girl entregando como para registrar la marca el ídem Goat Girl, tejido con creativa combinación de géneros. Oriundo de Cardiff, el cuarteto Boy Azooga entregó el revitalizante 1 2 Kung Fu!, combinando momentos festivos con efluvios roqueros y el cantautor británico Matt Maltese se estrenó con Bad Constestant. En tanto, los jóvenes británicos conocidos como The Orielles, nos regaló el colorido Silver Dollar Moment.

El cuarteto mixto de Manchester Pale Waves entregó el memorioso My Mind Makes Noises, escuchando los ochenteros sonidos internos, también animados por Ross From Friends y su house festivo destilado en Family Portrait, bien complementado por León Vynehall, que tras algunos sencillos y EP’s, nos sacó a bailar entre penumbras pausadas con Nothing is Still No Name y por los de Brooklyn conocidos como Bodega, adhiriendo la reflexión a su dance-punk en Endless Scroll. Como si de una criatura compleja se tratara, el octeto multicultural Superorganism empezó su trayectoria a partir de un elaborado pop de intrincadas texturas plasmadas en el ídem Superorganism.

Desde Australia surgió una esperanzadora camada de música: Rolling Blackouts Coastal Fever roquearon a gusto con Hope Downs, de los grandes debuts del año, en consonancia con Tropical Fuck Storm, armando un buen relajo punketo con A Laughing Death in Meatspace y dejando que la fiesta continuara gracias al cuarteto Confidence Man, estrenándose con el festivo Confident Music for Confident People, mientras que Middle Kids en calve indiepop nos manda un recordatorio vital lleno de guitarras enriquecidas a través de Lost Friends, bien complementado por el roquero Flow State, el primer largo de la veinteañera Tash Sultana, después de un EP que atrajo buena atención desde el rincón del mundo.

El escocés Proc Fiskal levantó la mano con Insula, dentro del sonido grime tal como el prometedor rimador surlondinense Novelist y su disco, para no dejar dudas del nombre de referencia, titulado Novelist Guy; en esta vertiente, Serpentwithfeet le puso sensibilidad R&B a Soil, su primer largo, tras algunos sencillos.Y  apareció Songs of Praise, firmado por los del sur de Londres Shame, con nombre de programa televisivo en el que retomaron el postpunk con la acostumbrada cuota de rebeldía. The Magic Gang, incorporando con buena capacidad de aprendizaje las influencias sonoras de Weezer, de acuerdo con ellos, firmó el homónimo The Magic Gang.

CONTINUIDAD A LARGO PLAZO, EL GRAN DESAFÍO

Uno de mis preferidos: convertida en una reina hada y gitana y armando equipo con Nick Cave, Warren y Rob Ellis, Ed Harcourt y Mark Lanegan, entre otros notables, Marianne Faitfhull grabó con la sensibilidad a flor de piel Negative Capability, entre cuerdas y vientos que apoyan a una voz que destila sabiduría: el disco femenino del año. Por su parte, Barbra Streisand exploró su mente en Walls, con el teatral sello vocal de la casa y la punketa eterna Alice Bag produjo el indicativo cromático Blueprint, su segundo álbum solista tras larga carrera grupal, conservando energía y mirada rebelde.

Joan Baez, con sesenta años de carrera, nos obsequió el evocativo Whistle Down the Wind; y la permanente Loretta Lynn produjo Wouldn’t It Be Great, nutriendo su country clásico con sonidos provenientes de diversos compartimentos de la música popular estadounidnese, en la línea de la folklorista y poeta texana Eliza Gilkyson, conservando propuesta y creatividad con Secularia, disco que confirma su inacabada intención de seguir pensando el mundo, mientras que la experimentada Bettye Lavette retomó a Dylan con alma, corazón y ritmo para producir Things Have Changed.

Otro de mis favoritos: Elvis Costello regresó con Look Now, incluyendo participaciones de Burt Bacharach y Carole King y plagado de composiciones intervenidas por un espíritu jazzero, a través de las que desfilan personajes que cobran vida conforme las sentidas orquestaciones se van desenvolviendo. Paul Weller siguió con su imparable racha creativa vía True Meanings, dándole significado a los sonidos para construir sentidos y Graham Parker buscó en el cielo las interpretaciones necesarias para el Cloud Symbols: ambos con la vena creativa palpitando reposadamente entre el rock, el folk, el blues y acentos jazzeros, campo bien cosechado por Van Morrison and Joey Defrancesco en el revitalizador y confesional You´re Driving Me Crazy.

Richard Thompson siguió con su folk británico que nunca se agota con 13 Rivers, en tanto la cabeza parlante principal David Byrne divisó la esperanza con espíritu bailador en American Utopia, apoyado por el patriarca Brian Eno y, cada vez se más lejos que nunca, sin posibilidad de marcar rumbo por los muros impuestos; por no dejar, el ex ZZTop Billy Gibbons con la barba inconfundible, entregó el rocoso The Big Bad Blues y el líder de Dire Straits Mark Knopfler, alejado desde hace tiempo de los reflectores del mainstream, compuso Down The Road Wherever, ya en completo estado country sin ambiciones de reconocimiento masivo, como Rod Stewart en plan ahora de crooner otoñal entregando Blood and Roses.

El ancestral John Prine regresó tras diez años de no grabar canciones nuevas con The Tree for Forgiveness, bien sostenido por raíces largamente plantadas y Paul McCartney mantuvo el tono jovial y genial en Egypt Station, aprovechando que su olfato melódico no caduca a pesar de no tener nada más que demostrar a sus 76 añitos. La leyenda americana Willie Nelson nos recordó que sigue firme y de pie en The Last Man Standing, dejando que Ry Cooder, icónico guitarrista todoterreno, abordara en lenguaje de parábola los regresos filiales vía góspel, country y folk en The Prodigal Son. Coleccionando una serie de covers y versiones, John Mellencamp se dio tiempo para entregar Other People’s Stuff.

DISCOS CINCUENTONES: 1967

21 diciembre 2017

Estamos ante el mejor año de debuts y de la evolución del rock en general del siglo XX, según diversos críticos y la vox populi de la historiografía de este género en constante reconfiguración, expresada justamente en su apertura para recibir sonidos de otras latitudes, marcadamente de la tradición sonora de la India y de géneros como el creciente y renovador free jazz, así como del avant garde emparentado con la música clásica contemporánea. Los tiempos seguían cambiando y el mundo se convulsionaba entre guerras frías y calientes, movimientos sociales y carreras no siempre con destino fijo.

Las primeras semillas del rock progresivo, la psicodelia y sus estados alterados, el folk introduciéndose en corrientes contemporáneas y el garage cual energía siempre a punto de la ruptura. Congruentes con su origen ecléctico e integrador, las propuestas proliferaron de manera contextual y respondiendo al llamado de los tiempos: paz y amor con flores incluidas pero también pesimismo e introspección, sobre todo al momento del agridulce marchitar de esos retoños al final descompuestos o estrellándose ante realidades impasibles.

  1. DEBUTANTES

LOS CLÁSICOS

Velvet Underground, epítome de la banda de culto en la escena de la música popular, entregó el influyente The Velvet Underground & Nico con todo y la suculenta banana warholiana aderezando la portada. Aquí no hay amor y paz, sino navajas atravesadas en la garganta apenas descubiertas en las fiestas del mañana. Las arriesgada temáticas de Reed, la experimentación de Cale, la rítmica de Morrison y la estructura de Tucker, conforman el que quizá sea el mejor disco inicial de la historia. Por su parte, la cantante alemana de gélida y quemante presencia, además de convertirse en toda una Femme Fatale, grabó Chelsea Girl, nombrado así en honor al filme de Warhol e interpretando canciones tanto de sus compañeros como de Jackson Browne, Dylan y Tim Hardin.

The Piper at the Gates of Dawn de unos jóvenes que se hicieron llamar Pink Floyd, derrochó psicodelia sideral en la que Syd Barret parece viajar montado en guitarras que recorren paisajes producto de alucines abrasadores, presentando a una de las bandas más seguidas en la historia del rock. En esa tesitura, The Doors abrió horizontes de percepción para comprender el otro lado con poética encendida de fuegos particulares, en tanto su líder Jim Morrison anunciaba finales inesperados vía el ídem The Doors, con todo y ese órgano inconfundible de taladrante intención; mientras que Are You Experienced fue la entrada propuesta por The Jimi Hendrix Experience, con una innovadora guitarra de negrísimas texturas que nos pone a todos contra las cuerdas de humeante vivencia.

COLORES Y FORMAS DISTORSIONADAS

El californiano Don Van Vliet, personaje clave en la expansión del rock y mejor conocido como Captain Beefheart, se presentó con Safe as Milk, incluyendo en sus filas a un jovencísimo Ry Cooder: la simiente de la intensidad excursionista entre el free jazz y quedaba sembrada para recoger frutos posteriores, entre espejos cóncavos capaces de ofrecer otras realidades. En tanto, el vital No Way Out de The Chocolate Watch Band anticipaba el punk desde un manto de colores fermentados y sonidos provenientes del garage y de un alterado R&B, a partir de un ímpetu primigenio que atravesaba la medianoche. En la línea de alteraciones inciertas, los londinenses conocidos como The Deviants se estrenaron con Ptoof!, onomatopéyico y comiquero con tintes bluseros y psicodélicos, pasados por una buena ración de ácido.

Desde San Francisco, ciudad cuna de revoluciones urbanas sin armas de por medio, el sexteto conocido como Grateful Dead, convertido en símbolo de la contracultura que no obstante sobrellevó bien la paradoja de volverse toda una institución ideológica-musical, entregó el homónimo Grateful Dead; en la línea el quinteto Moby Grape se presentaba con plena escenografía hippie para integrar el country, el blues y el rock de abundancia guitarrera vía el homónimo Moby Grape. Muy cerca de estos rumbos, en Los Ángeles, The Electric Prunes nos recordó con un sensible acento roquero que a pesar de todo, siempre hay mucho qué soñar en la inmediatez vía I Had Too Much to Dream (Last Night).

Liderada por Tom Rapp y formada en Florida, Pearls Before Swine se dio a conocer con One Nation Underground, labrado con aliento lisérgico en donde el folk se encuentra con la psicodelia, también presente con un enfoque más experimental en The Parable of Arable Band, primer lance de The Red Crayola, grupo de Houston con un toque arty que resultó una importante influencia para movimientos posteriores como el punk y el postpunk. The Amboy Dukes, banda de Detroit encabezada por Ted Nugent con permanentes cambios en su alineación, presentó el enérgico y convincente homónimo The Ambody Dukes, plantando semillas para el posterior movimiento guitarrero.

Electric Music for the Mind and Body de los formados en Berkeley Country Joe and the Fish se insertaba en la tendencia de letras alteradas por sustancias mágicas, cargadas de pacifismo en clave de folk sicodélico matizado por vuelos impredecibles, silencios muertos y amores asumidos como libres: el movimiento hippie de San Francisco caminaba entre flores sobre las orejas y vestidos largos con diseños oblicuos. La búsqueda de experimentación electrónica en los territorios del rock multicolor encontró un buen asiento en Cauldron, extravagancia pura firmada por el quinteto Fifty Foot Hose, viajando por el cosmos en una nave digital pero siempre aventurera.

No podía faltar, por partida doble, la presencia capturada del prisma triangular con todo y sus espejos, reflejando figuras multicoloridas en constante cambio; ahí están las bandas tocayas ancladas en la psicodelia y el folk: The Kaleidoscope, formada en Los Ángeles por David Lindley y Chris Arrow, y la ídem Kaleidoscope, surgida en Londres después de algunas mutaciones con Peter Daltrey a la cabeza. Mientras que la primera incorporó elementos étnicos y bluseros con probada capacidad de riesgo expresada en Side Trips, la segunda se enfocó más en el rockfolk como se advierte en el álbum Tangerine Dream, en la línea del cienciaficcional y con tintes orquestales The Story of Simon Simopath, opera prima de Nirvana, grupo conformado por el irlandés Patrick Campbell-Lyons y el griego Alex Spyropoulos.

CANTAUTORES, PROGRES Y CARNALES

Planes en solitario. Inmediatamente después de la ruptura de Them, Van Morrison inició su carrera solista con Blowin’ Your Mind!, a partir del sentido de urgencia necesario para extraviar la cabeza. El ex Byrd Gene Clark presentó el continuista Gen Clark with the Gosdin Brothers, integrando con astucia y sensibiliad el folk, el country y el pop; conformando la Abnuceals Emuukha Electric Symphony Orchestra, Frank Zappa concibió y condujo Lumpy Gravy, considerado su debut solista (sin las madres de la invención) con el respectivo acento experimental basado en la música concreta. Y desde Australia, los Bee Gees, antes de alcanzar la fama por sus discos setenteros, entregaron Bee Gees’1st, armónicamente aromatizado con flores y melancólicos aires pastorales, si bien los hermanos Gibb ya habían realizado algunas grabaciones en su tierra natal.

El poeta quebequense Leonard Cohen irrumpió en el mundo de las grabaciones con el indicativo Songs of Leonard Cohen, regalando diez canciones de fino tejido en clave folk, empapadas de sensualidad y sentido de la pérdida; en tanto, Scott Walker levantó la mano con Scott, obra de carácter orquestal en modalidad sufrida con disfraz de crooner en inicial decadencia, muy a tono con los tiempos que corrían entre amores pequeños con sus consecuentes padecimientos y esperanzas no del todo cumplidas, acaso olvidadas en un recorrido por Ámsterdam. Pronto se revelaría el artista de voz profunda de alcance experimental. Con canciones posteriormente vueltas famosas por otros artistas, la cantautora neoyorquina Laura Nyro entregó el sensible More Than New Discovery, amalgama de folk, soul y pop de delicada factura.

Desde Londres, The Nice incursionó en la fusión de la música clásica con el rock en The Thoughts of Emerlist Davjack, cual primera intentona para consolidar un estilo guiado por los sonidos del órgano del posteriormente afamado Keith Emerson. Los neoyorquinos de Vanilla Fudge se presentaron con algunas versiones de The Beatles, Curtis Mayfield y Sonny Bono, entre otros, con el ídem Vanilla Fudge, aderezado con sonidos entre hardroqueros y protoprogresivos, tapizados por el inconfundible órgano Hammond. De alcance poético y con apuntes de protesta, Pearls Before Swine, comandados por Thomas D. Rapp, se presentó con One Nation Underground, como para perderse en ese jardín de las delicias entre parajes de folk y sicodelia.

Procol Harum, quinteto comandado por Gary Brooker que se había dado a conocer con la bachiana de aliento progresivo A Whiter Shade of Pale (incluida en reimpresiones de su debut), entregó el homónimo Procol Harum, conducido por un órgano travieso, las letras del más allá de Keith Reid y por sonidos prestados del soul, la música de carnaval, el blues y un poco de tonadas clásicas cocinadas a fuego roquero. The Left Banke, por su parte, propuso un sentido melódico a partir de sus famosos sencillos que dan título a su disco inicial, enclavado en el llamado pop barroco con abundancia de cuerdas: Walk Away Renée/Pretty Ballerina.

El virtuoso cuarteto conocido como Traffic, formado en su primera y más brillante encarnación por Winwood, Capaldi, Mason y Wood, entregó el versátil Mr. Fantasy, que igual integraba estéticas teatrales de aliento pastoral que folkpoperas y bluseras con influjos provenientes del naciente rock progresivo y del jazz. Art, otro cuarteto inglés que primero fue The V.I.P.s y después Spooky Tooth, grabó el ecléctico Superantural Fairy Tales, su único álbum bajo este apelativo adornado con chispas de colores que apuntaban hacia la progresión.

Un par de ejemplos de la prolífica relación entre el rock y el blues con sendas obras ídem: Ten Years After, banda originaria de Nottingham con una clara orientación hacia el rockblues, dio un paso al frente comandada por Alvin Lee vía el prometedor homónimo Ten Years After; por esos mismos derroteros, los angelinos de Canned Heat propusieron algunas sólidas versiones de bluseros clásicos complementadas con un corte propio en su igual llamado Canned Heat. Con acento en la integración estilística, The Youngbloods navegó ente el garage, la psicodelia y el folk para iniciar su recorrido con el prometedor ídem The Youngbloods.

JAZZEROS, BLUSEROS Y EXPERIMENTADORES

Peter Brötzmann, el perpetuo y genial saxofonista free jazzero teutón, realizó el intrincado y frenético For Adolphe Sax, originalmente conformado por tres cortes y con una pieza más en su versión en CD. La parodia de Bonzo Dog Doo-Dah Band quedó plasmada en Gorilla, álbum en el que juegan y exageran, sátira de por medio, con sonidos propios de las grandes bandas de jazz, la sicodelia y la beatlemanía generada por el sargento pimienta.

El angelino Morton Subotnick retomó un poema de Yeats para nombrar a su esencial álbum inicial: Silver Apples of the Moon se convirtió en un pilar del desarrollo de la música electrónica, a partir de sus dos cortes por los que se deslizaban los sonidos del sintetizador creado por la innovadora compañía Buchla, así llamada en honor a su fundador. Avance tecnológico, poesía y música en aventurero viaje directo a las zonas oscuras de la luna para cosechar manzanas de inesperadas texturas y sabores.

Bar-Kays también le entró sin pudor al eclecticismo y obsequió el dinámico Soul Fingers, infectado de funk hasta el tuétano y abriendo la puerta a otras manifestaciones para extraviarse en una pista de colores y texturas cambiantes. Menos conocido que otros souleros, James Carr regaló un clásico del género titulado You Got My Mind Messed Up, integrado por sentidas interpretaciones de piezas de otros compositores y una propia, como para confirmar que el alma se alimenta de amor, aunque el inidentificable exceso haga daño.

Quizá los blancos no saben saltar, pero algunos vaya que saben desplazarse por los terrenos del blues: ahí está el ejemplo del oriundo de Mississippi Charlie Musselwhite, quien con su Stand Back! Here Comes Charley Musselwhite’s Southside Band, cayó de pie en el exigente ambiente de Chicago gracias a esos sonidos de armónica que sorprendieron a locales y visitantes. Por esos lares, Muhal Richard Abrams, completo hombre de jazz que igual le entraba a la docencia, presentó Levels and Degrees of Light con la presencia de Anthony Braxton y una nutrida cantidad de músicos; el disco se integró por tres largos cortes, incluyendo lances poéticos y síncopa para internarnos por los misterios de la luz, acaso más recónditos que los de la oscuridad misma.

2. LoveCONTINUADORES

DEL FOLK AL COUNTRY CON ESCALA EN LA PSICODELIA

El maestro Bob Dylan, tras sobrevivir a un accidente de motocicleta, salió de su retiro y entregó John Wesley Harding, recorriéndose más hacia el country y ya superando el falso dilema acústico-eléctrico que nunca se compró. El activista Pete Seeger, en tanto, presentó Abiyoyo and Other Story Songs For Children, uno de los grandes álbumes dedicado a los pequeños, y Waist Deep in the Big Muddy and Other Love Songs, enfocado a los mayorcitos. Tim Hardin entregó canciones como tejidas a mano en su álbum con indicativo título de Tim Hardin 2, al igual que su tocayo Tim Buckley y su segundo disco Goodbye and Hello, pasado por un folk en pleno coqueteo con las formas distorsionadas.

El country-folk-rock encontró sendas crestas de parte de dos asociaciones esenciales de los años sesenta con la influencia de Dylan paseándose por los silencios: Buffalo Springfield entregó Again, segundo álbum que los confirmó como un grupo de ineludible referencia con altas expectativas para elevar el vuelo, no obstante las fracturas entre sus miembros; con sus reconocidos integrantes en plena sinergia, en plena madurez y en completo estado de gracia, The Byrds firmaron el grandioso Younger Than Yesterday, cuarto disco en el que confirmaban que para no morir es necesario seguirse renovando: el tiempo al revés, cual viaje a la semilla. Después algunos de los integrantes de una y otra banda se juntarían para seguir haciendo de las suyas.

Desde el mismísimo Bronx, Blues Magoos le puso sicodelia a Electric Comic Book, segundo álbum en el que nos podemos convertir en viajeros inesperados por los recuadros y globitos de diálogos. Easter Everywhere fue el segundo álbum de 13th Floor Elevators, ocupando una zona de nadie en el edificio de la psicodelia y con aroma internacionalista de oriente e insertando influencias del folk ancestral, los escoceses de The Incredible String Band produjeron The 5000 Spirits or the Layers of the Onion, lanzándose al mundo de lo inmaterial pero a partir de la búsqueda de las raíces más enterradas, quizá rastreando como The Serpent Power, buscando los caminos de la revolución vía su homónimo The Serpent Power, desafiando tradiciones ancestrales.

The Hollies entregaron Evolution, en efecto mostrando avances en capacidad melódica sin dejar esos suspiros sicodélicos que nos regresan a la conclusión de que todos necesitamos, de diferentes formas y personas, un poco de amor. De San Francisco, The Beau Brummels se consolidaba como ese tipo de grupos más influyentes que conocidos: Triangle fue su cuarto álbum, mostrando la solidez de su enfático folkrock aromatizado con sugestivas especias, como para encontrarle la cuadratura al rombo. Mientras, The Young Rascals nos mantenían en sabroso movimiento con Groovin’, respirando épocas en las que se descubrían nuevas formas de moverse en la pista.

DOBLETES Y TRIPLETES

Aunado a su insuperable talento compositivo, aquí en su nivel más elevado y funcionando como grupo cohesionado quizá por última vez, el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band integró con absoluta naturalidad elementos orquestales, sonidos orientales, psicodelia y experimentación para ensanchar en definitiva los márgenes del rock. Además, esta obra cumbre de The Beatles se produjo con métodos innovadores de grabación y se aderezó con la portada más conocida que se haya hecho, enclavada en el contexto: se trata del disco probablemente más importante en la historia de la cultura pop. Aprovechando la burbujeante vena creativa de aquellos meses, también entregaron Magical Mistery Tour, un doble EP con algunos clásicos que podría ser el mejor disco de muchas bandas, resultado de una película para la televisión.

Y en esta lógica de inacabada generación de música, The Rolling Stones grabaron, ahí nomás, tres discos, empezando con el clásico Between the Buttons, afilando letras y composiciones para infectar su R&B con una sensual sofisticación pop: en su versión estadounidense, se incluyeron la sugerente Let´s Spend the Night Together y la balada Ruby Tuesday, después incluidas en Flowers, junto con otras canciones que no habían aparecido en un disco, compuestas entre 1966 y 1967; para cerrar la producción del año, probaron con rítmicas africanas y lances orquestales y roqueros por partes iguales aromatizados con azufre vía Their Satanic Majesties Request, título nobiliario del averno que se les quedó para la posteridad.

Tras colapsar el proyecto discográfico conocido como SMILE, aparecido muchos años después, The Beach Boys se aventuraron por partida doble con Smiley Smile, repleto de pequeñas joyas pop que suenan absolutamente actuales entre héroes y villanos de buena vibra, y con Wild Honey, sazonado con algunas especias del funk y del soul, conservando el habitual sello playero. La psicodelia de San Francisco encontró uno de sus alucines más memorables con Surrealistic Pillow de Jefferson Airplaine, que nos puso a amar a todo mundo mientras veíamos conejo blancos como salidos del mundo de Alicia; todavía se dieron tiempo para realizar After Bathing at Baxter’s, acaso con el fin de terminar de pintar la realidad con imaginativos colores.

Los angelinos de Love se adelantaron a tiempos y espacios con el sorprendente Forever Changes, vuelto manifiesto hippie de cautivantes armonías, bordando el surrealismo que señalaba la sicodélica ruta a seguir: cambiar para siempre; además, grabaron Da Capo, muy cerca del nivel de su predecesor. The Monkees, como para no quedarse atrás de sus colegas ingleses, generaron un trío de álbumes: el pegador More of the Monkees, el consistente Headquarters y el astrológico Pisces, Aquarius, Capricorn & Jones Ltd., como para estar a tono con los designios cósmicos. Fue también el año del escocés Donovan, despachándose con un par de lo mejor de su trayectoria: Mellow Yellow y el doble A Gift From a Flower to a Garden, que en E. U. se editó en dos discos por separado.

Después de su esencial debut (comentado en la primera entrega de la serie), The Jimi Hendrix Experience entregó Axis: Bold as Love, al nivel de su predecesor en claro derroche de talento por las cuerdas, justo para hacernos volar cual Dumbo sin importar el tamaño de las alas. Además de debutar como solista, Frank Zappa perpetró con su proyecto The Mothers of Invention el impredecible y en efecto anárquico Absolutely Free, segundo lance que avienta de manera azarosa, experimental y desfachatada géneros múltiples con el consabido apunte de crítica social. The Doors regresaron pronto tras su grandioso debut con Strange Days, pidiendo amor por partida doble y al fin reconociendo a la gente extraña.

LA ARMADA BRITÁNICA

Discretos y grandiosos como de costumbre, mantuvieron su presencia cada vez más reconocida, a pesar de las sombras que proyectaban sus famosos coetáneos: ahí estuvieron The Kinks y su Something Else, una de sus obras maestras, cargada de un trascendente pop británico entre tardes a las que se les escapa el sol y un humor que muere y revive en algún rostro familiar. Por su parte, The Who entregó el brillante Sell Out, plagado de melodiosas y poderosas canciones en una estética mod y por momentos hardroquera, dándose tiempo para el humor y la sátira social insertada cual anuncio televisivo.

Y Small Faces, inscritos en esta tendencia, propusieron Small Faces (Inmediate), segundo disco que los confirmaba como una banda de referencia de la invasión imperial. En tanto, The Moody Blues entregó Days of Futured Passed, uno de lo discos iniciáticos del progresivo que no negaba sus interacciones con otras texturas sonoras muy propias de la época. Quizá la interacción entre la sicodelia y el blues encontró su ambiente más propicio en Disraeli Gears, disco ya clásico del súper grupo Cream, con todo y los rayos de sol iluminando el amor. En la misma línea, John Mayall & The Bluesbreakers firmaron el consistente A Hard Roady, bluesrock de alcurnia con el convincente sello de la casa.

MÚSICAS NEGRAS EN TIEMPOS DE REBELIÓN

El patriarca Duke Ellington, columna vertebral de la cultura del jazz, recordó etapas maternales con …And His Mother Called Him Bill, poniendo orden con su gran orquesta y rindiéndole homenaje al compositor Billy Strayhorn, de paso trasportándonos a épocas de verdadera brillantez; además, grabó Far East Suite, denotando su sabiduría por las formas y estructuras musicales de largo alcance; Stan Getz realizó el impecable Sweet Rain, uno de sus grandes trabajos en compañía de músicos de altos vuelos como Corea, Tate y Carter, quien también contribuyó en el continuista Schizophrenia, obra que confirmó a Wayne Shorter como uno de los jazzistas llamados a permanecer en el olimpo.

Fallecido a mediados de 1967, John Coltrane dejó uno de las grandes legados en el terreno de la música popular; este año aparecieron cuatro discos: tanto los cósmicos Stellar Regions e Interstellar Space, grandes obras aún considerando su clásico repertorio, que nos trasladaban a intrincadas estrellas de donde finalmente venimos, como Expression y Avant-Garde, para dejar en claro el amplísimo, innovador y profundo registro de uno de los músicos esenciales del siglo XX. Los pianistas McCoy Tyner, quien se mostró de una sola pieza con The Real McCoy Tyner, y el cerebral Bill Evans, en plan de soliloquio, grabó Further Conversations With Myself, lección pianística solo para iniciados.

El que anduvo soltando sonrisas fue Miles Davis, quien con su quinteto entregó Miles Smile y Sorcerer, continuando su incansable recorrido por la innovación jazzera entre los territorios del jazz tonal y el postbop. Año de ensueño para Antonio Carlos Jobim: además de grabar con Frank Sinatra el Francis Albert Sinatra & Antonio Carlos Jobim, nos regaló Wave, uno de los más felices encuentros entre el jazz y el bossa nova, creando una tendencia que invadió todos los espacios sociales: el oleaje de las playas cariocas se mecía en elevadores, salas de espera y demás lugares donde la conversación fluye con dificultad.

Bill DixonLa Bill Dixon Orchestra entregó el inquietante Intents and Purposes, explorando los territorios del free jazz justo en la frontera con la música contemporánea: de pronto nos sumergimos, en efecto, en el mundo de las intenciones y los propósitos que habitan en los diferentes niveles de conciencia. El saxofonista Charles Tyler entretejió con base en las vertientes del free jazz el inesperado Eastern Man Alone, su segundo disco como solista en el que el chelo y los bajos crean atmósferas atrayentes por enrarecidas. La leyenda conocida como Mississippi John Hurt entregó uno de sus grandes discos, enclavado en el blues con aliento country: The Inmortal Mississipi John Hurt en efecto cumplió el designio de su título.

Albert King desplegó sensibilidad y autoconciencia, buscando conjuros a través de la sinceridad en su Born Under a Bad Sign y Otis Reding & Carla Thomas pusieron las cartas sobre la mesa en King & Queen, esencial obra de la discografía soulera. Booker T. & The MG’s nos regaló un doblete: Hip-Hug Her y Back to Back, confirmando su vocación por el género que antepone el alma a cualquier interpretación. Bobby “Blue” Bland pareció recibir designios del más allá y le puso drama y profundidad a su Touch of the Blues, generando seguidores en distintos espectros del gusto musical; en tanto, The Four Tops siguió en esta tesitura con Reach Out, ya alcanzando una fama y reconocimiento a prueba del tiempo, contribuyendo el definitiva al sonido Motown.

ELLA Y ELLAS

Judy Collins nos llevó por campos plasmados de inspiración en Wildflowers y Aretha Franklin contribuyó prodigiosamente con el declarativo I Never Loved a Man the Way I Love You, abriendo con Respect, original de Otis Redding, como clásico indiscutido. Barbra Streisand grabó A Christmas Album y Ella Fitzgerald hizo lo propio con Ella Fitzgerald’s Christmas, capaces de gustarle hasta al mismísimo Grinch. Dolly Parton llegó saludando con Hello, I’m Dolly y Nina Simone mantuvo la intensidad entre angustiosa y rebelde con Nina Simone Sings the Blues, uno de sus álbumes más sentidos y profundos que grabó a lo largo de su accidentada trayectoria.