Posts Tagged ‘Muerte’

ESTÁ DETRÁS DE TI: THE WALKING DEAD

29 julio 2015

El clásico plantea que el hecho de ser paranoico no significa que no te estén persiguiendo: sentirse acechado puede ser producto de la imaginación, de la realidad misma o de una extraña combinación de ambas. Cuando alguien o algo te sigue constantemente, además de tu conciencia o sentimiento de culpa, resulta difícil sentirse libre sobre todo cuando sus intenciones son destructivas. Quizá sea la muerte, disfrazada de muchas formas, que camina detrás de ti o toca a la puerta y si no le abres, verá la manera de introducirse una y otra vez, aunque tengas varias opciones de salida.

Escrita y dirigida con siniestra creatividad por David Robert Mitchell, Está detrás de ti (It Follows, EU, 2015) es una minimalista historia de horror persecutoria en la que caben lecturas e interpretaciones diversas gracias a su planteamiento abierto, que pueden ir desde los ámbitos de la adolescencia como etapa de angustia, hasta los de la descomposición social, en donde solo te salvas si perjudicas a los demás; surgen también reflexiones relacionadas con el SIDA o con la violencia sexual, así como con análisis de carácter metafísico acerca de la vida y la muerte, con todo y la batalla eterna entre Eros y Thanatos.

El planteamiento se traza de manera gruesa, sin entrar en mayores explicaciones causales. Una especie de entidad que se transmite vía relaciones sexuales, toma formas humanas variadas –hombres, mujeres, niños, jóvenes, viejos, conocidos o desconocidos- y persigue a quien ha sido “contagiado”, apareciendo inesperadamente y caminando pausada pero constantemente hacia la víctima, sin ningún tipo de expresión en la mayoría de los casos, aunque a veces con gesto amenazante.

La única forma de salvarse, que no siempre parece definitiva, es teniendo relaciones sexuales con alguien más para dejar de ser objeto de la persecución de este ente cambiante capaz de volverse corpóreo, sin que sepamos bien a bien qué le sucede a los sujetos que utilizó para sus fines terminales. Desde la fuerte introducción, nos percatamos que el peor de los terrores es el que te persigue de manera invisible y tendrás que asumir una decisión moral: permanecer en angustiante estado de escapatoria, pasarle la maldición a alguien más o prepararte para la muerte.

Cuando todo parece un juego consistente en adivinar en qué persona te gustaría convertirte de las que te rodean en un momento determinado, resulta que la maldad puede ser cualquiera de ellas con la única diferencia de que solo tú eres capaz de verla: el juego se terminó para dar inicio a la angustia existencial, lidiando con la incomprensión de los demás o, en el mejor de los casos, con su apoyo irrestricto. Paradójicamente, el deseo amoroso se convierte en el vehículo directo para enfrentar, cara a cara, a la muerte.

CUIDARSE LAS ESPALDAS

Estamos ante una película de atmósferas, más que de sucesos. El escenario es algún suburbio de la golpeada Detroit, ciudad en la que curiosamente también se desarrolla la vampírica Solo los amantes sobreviven (Jarmush, 2013), que parece permanentemente deshabitado, con casas y calles homogéneas apenas interrumpidas por algún conjunto en ruinas, donde al parecer nunca pasa mayor cosa, salvo el tránsito del día a la noche y de ahí al siguiente amanecer. El filme parece una consecuencia lógica del debut del director titulado El mito de la adolescencia (The Myth of the American Sleepover, 2011).

Está detrás de tiLa protagonista (Maika Monroe) es una joven común que, tras tener relaciones sexuales en una segunda o tercera cita con un presunto interesado en ella, empezará a vivir la pesadilla persecutoria de la que parece no haber final, a pesar de la ayuda de su hermana, una amiga, el vecino de enfrente y el amigo eternamente enamorado de ella. Al adecuado trabajo de casting se añaden unas interpretaciones siempre apuntando al realismo y a la naturalidad de comportamientos.

Es un contexto en el que los adultos están ausentes y distanciados, pueden resultar peligrosos o permanecer ajenos a la realidad de los jóvenes, quienes pasan los días en la escuela, viendo películas serie B o a la orilla del lago, fisgoneando a los vecinos, teniendo una cita romántica o flotando en la alberca del patio, cual entorno más o menos seguro aunque susceptible de ser destruido, o bien en alguna otra piscina donde la existencia puede terminar electrocutada, que puede representar la liberación o el hundimiento definitivo, como sucedía en Déjeme entrar (Alfredson, 2008; Reeves, 2010). En el agua la vida cobra dimensiones inesperadas.

Con las figuras tutelares de La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968) y El Resplandor (Kubrick, 1980) y la utilizada premisa de presentar a un grupo de adolescentes luchando contra una criatura sobrenatural, de acuerdo con el propio director, la narración se construye, más que por los hechos, por los certeros desplazamientos circulares o diagonales de la cámara, buscando sus objetivos y encuadres con la misma parsimonia que la entidad persigue a sus víctimas, mientras una versátil y omnipresente electrónica cortesía de Rich Vreeland, aquí firmando como Disasterpeace, acompaña y recrea intenciones de las secuencias según el momento anímico de la historia, pausada pero constantemente elevando los niveles de zozobra.

EL CABALLO DE TURÍN: AISLAMIENTO INEXORABLE

5 mayo 2014

Cuenta la conocida anécdota que en la ciudad de Turín un cochero estaba maltratando a su caballo porque ya no podía seguir avanzando, al grado de provocarle una caída; ante tal espectáculo de violencia, una persona que caminaba por ahí se abalanzó sobre el equino para protegerlo de los latigazos de su amo. Entre lágrimas, suplicaba por el animal pidiendo clemencia hasta que, según se dice, cayó en una especie de catatonia que abrió un periodo de locura que duró los siguientes once años, hasta su muerte en la transición del siglo. Sus últimas palabras fueron “mamá, he sido un tonto”.
Corre el año de 1889. El protagonista de esta historia es Friedrich Nietzsche (1844-1900), el genial filósofo alemán usualmente no reconocido por su compasión y sensibilidad hacia el dolor ajeno, sino por su ferocidad crítica ante la ausencia de la autoevaluación (quizá de ahí su frase final) y su implacable capacidad de cuestionamiento hacia los valores supremos construidos culturalmente en occidente. La complejidad de hombres como el autor de El nacimiento de la tragedia (1872) y Crepúsculo de los ídolos (1888), entre otros clásicos, rebasa las etiquetas simples y las imágenes unidimensionales que pretenden simplificar una personalidad llena de matices.
Caballo de TurínCon pantalla en negro como si estuviéramos viviendo el desvanecimiento del filósofo precursor de ideas posmodernas, El caballo de Turín (Hungría-Francia-Alemania-Suiza-EU, 2011) inicia con una narración de este suceso emblemático y definitorio para después, en lugar de seguir los últimos años del afamado pensador, recrear la vida del otro personaje de la historia, un hombre taciturno y hosco que vive aislado del mundanal ruido (János Derszi), solo acompañado de su hija y, por supuesto, del caballo del título que a partir de ese día empezó a presentar resistencia para comer, acaso deseando su propia muerte en lugar de estar soportando malos tratos del hombre, aunque recibiendo la preocupación de la mujer.
Dirigida con una tensión acompasada por el imprescindible realizador húngaro Béla Tarr (Nido familiar, 1979;) en conjunto con su esposa-colega de años Ágnes Hranitzky, quien contribuye de manera particular en el trabajo de edición que se puede apreciar en las notables La condena (1988), El tango de satán (1994), Armonías de Werckmeister (2000) y El hombre de Londres (2007), disponibles en la colección Criterion, la cinta centra su atención en las rutinas que llevan a cabo padre e hija, entre un silencio apenas entrecortado por frases breves y espaciadas, como si todo lo demás ya estuviera dicho, comunicado y acordado… o impuesto.

RUTINAS PARA DETENER A LA MUERTE
Las escenas se alargan tanto como las actividades metódicas que realizan los dos personajes: al despertar, la hija le ayuda al padre a vestirse, dado que tiene una mano paralizada, sin mediar palabra; vienen las faenas como sacar agua del pozo, cortar leña, ponerle alimento al caballo y después la cocción de las papas, pelarlas, ponerle un poco de sal (el papá), comerlas y limpiar los platos (la hija); un trago de aguardiente según el caso y acostarse a dormir con la misma acción que al principio del día, nada más que ahora la ayuda es para desvestirse. El ritual de la ingesta del tubérculo queda hasta el final como la manifestación de la resistencia a evitar lo inevitable.
En cierta forma, la presentación y edición de las secuencias parece invitarnos a vivir esa rutina como los personajes, sin prisa ni angustia, tampoco con particular emoción, casi con sumisión predestinada. Solamente vemos que esta seriación se rompe por la visita de un vecino que va a buscar bebida, mientras destila un discurso complotista pronto interrumpido por el dueño de la casa y por el paso de unos gitanos que se detienen por agua y que de alguna manera se convierten en una posibilidad de escape para la hija, si es que ella lo quisiera: también son rápidamente expulsados de la propiedad en medio de la nada.Caballo de Turín 2
Está también el intento de salir de la casa por alguna razón que no se dice, pero que se puede inferir entre líneas, dado ese tono apocalíptico que permea a lo largo del relato, con esa tensa quietud rota por el viento implacable y por esas entrelíneas sutiles que se advierten al interior de las rutinas y de la relación que mantienen padre e hija, de una frialdad y distancia a tono con el ambiente: en efecto, se percibe cierta atmósfera terrorífica que nunca sale a la superficie y que parece estar enterrada por una normalidad abrumadora, en la que el tiempo se dedica a las actividades básicas de sobrevivencia.
La fotografía en contrastante blanco y negro, recordando la estética de las películas suecas de principio del siglo XX y de algunas de Bergman, acentúa el agobio silencioso de los tres personajes, incluyendo al alegórico caballo, primero capturado con un contrapicado, acaso optando por una muerte que parece acechar tanto en los amplísimos e inhóspitos paisajes, como en los rincones de la cabaña maltrecha, apenas con una ventana que pareciera representar la esperanza de otear en algún horizonte más vivible: algunos encuadres son prácticamente lienzos en los que los protagonistas parecen estar paralizados como si esperaran a ser pintados por la cámara, aunque quizá viven una especie de inmovilización y auto encierro.
Caballo de Turín 3Las texturas opresoras son reforzadas con la intensa música de órgano propuesta por Mihály Vig y por la extraña voz en off a cuentagotas de un narrador (Mihály Ráday), quien suelta brevísimos apuntes que contribuyen al desasosiego. Estamos ante una obra maestra difícil de ver y que bien puede atraparnos sin remedio o provocarnos rechazo: vale la pena hacer el esfuerzo porque se puede tratar de una experiencia estética muy enriquecedora, aportada por un gran artista del cine que desafortunadamente ha anunciado su retiro de las cámaras.
Desde su punto de vista, no existen las influencias fílmicas: “…los verdaderos realizadores de cine… cada uno de ellos posee un punto de vista diferente, una reacción distinta. Cada cineasta piensa diferente y no podemos influirnos mutuamente entre nosotros. Esto tiene que ver solamente con nosotros mismos, no con los demás” (entrevista de Sergio Raúl López, El Financiero, 14/11/11). Aunque cabe decir que con sus posturas artísticas, este hombre ha sido capaz de influir y nutrir el arte cinematográfico.

MUJERES JÓVENES: ENTRE EL FIN DE LA INOCENCIA Y EL INICIO DE LA ESPERANZA

15 abril 2014

Películas de diferentes partes del mundo que desde posturas temáticas, estilísticas y orientaciones contrastantes, centran su propuesta argumental en niñas y jóvenes atravesando ritos de pasaje, enfrentando pérdidas y asumiendo condiciones inéditas de vida, reconfigurando sus perspectivas ideológicas y topándose de frente con realidades inesperadas, solo para volver a intentar acomodarse en el mundo.
Guerras fuera y dentro del hogar; demonios y fantasmas acechando en el ambiente y en el interior del alma; aliados emergiendo de la nada y confusiones que lejos de esfumarse, parecen tomar formas cada vez más consistentes. Niñas en cuerpos de jóvenes o viceversa, librando acontecimientos y crisis propias. Todas disponibles en la ciudad en formato de video o sitios virtuales.

LIBRANDO PÉRDIDAS FAMILIARES
Una carta para Momo (Japón, 2012) es una sensible cinta animada que retoma la tradición de dos grandes maestros del cine nipón: de Yasujiro Ozu, incorporando sus apuntes costumbristas (esas comidas en familia) y de Hayao Miyazaki, en su artesanal propuesta visual e inserción del componente mágico, con todo y protagonista femenina: en este caso, una niña de ciudad que se muda junto con su mamá a Shio, una isla lejana, después de la muerte de su padre, de quien conserva una carta inconclusa y con el que se enojó la última vez que lo vio.
En su nuevo hábitat, como si de una novela de Banana Yoshimoto se tratara, Momo empezará el duro proceso de adaptación y, por supuesto, de redescubrimiento, acompañada por nuevos amigos tanto humanos como de origen misterioso. Escrita y dirigida por Hiroyuki Okiura (Cazadores de recompensas: Cowboy Bebop, 2001), la cinta propone una colorida animación desplegada a través de una edición que imprime un ritmo acorde a la aventura reveladora, combinando la necesaria acción con la propia transformación de la niña, incluyendo una brillante puesta en escena que nos sumerge en el natural ambiente de fantasía.Carta para momo
La vida según Attenberg (Attenberg, Grecia, 2010) es un relato de crecimiento emocional con dosis de humorismo, cuidando evitar el melodrama y resaltando la presencia de su protagonista, la joven Marina, interpretada con una perspicaz combinación de contención y explosividad por Ariane Labed, a quien vimos en Antes de la medianoche (Linklater, 2013). Se dedica a llevar y traer huéspedes de un hotel en un pueblo ubicado en Viotia, Grecia, mientras escucha a Suicide y ve los videos de animales de Sir Richard Attenborough, con quienes se siente más afín.
Sus contactos humanos se reducen a su padre enfermo, con quien mantiene una relación lúdica cargada de humor negro y juegos de frases cortas, y a una amiga que intenta promover su socialización; posteriormente, se vincula con un ingeniero que anda de paso. Dirigida por Athina Rachel Tsangari (The Slow Business of Going, 2000), la cinta apuesta por romper la narrativa vía las coreografías en las que las amigas simulan rituales animales y por medio de la inserción de encuadres que enfatizan los tránsitos vividos por la veinteañera. Evocativa y agridulce.
Fish Tank (GB-PB, 2009) se inscribe en la tradición del realismo social inglés, enfocándose en la agresiva adolescente quinceañera Mia (Katie Jarvis, notable), quien vive en un departamento con su también joven madre (Kierston Wareing) y su pequeña hermana precoz, entre una constante violencia verbal y un entorno entre apático y hostil. Su vida parece estar en estado de paro, si no fuera por su gusto para bailar hip-hop y alguno que otro enfrentamiento con otros jóvenes del rumbo. La llegada del nuevo galán (Michael Fassbender) de su madre provocará reacomodos impensados.
Dirigida por Andrea Arnold (Wasp, 2003, corto ganador del Oscar) con una fotografía traslúcida, encuadres arriesgados y tomas prolongadas, la cinta propone algunos apuntes simbólicos –caballo, pez- y va tejiendo una creciente tensión que puede explotar hacia cualquier dirección. En una clara necesidad de contar con un poco de atención, Mia puede despojarse en algún momento del enojo que la agobia, aderezado con la amenaza de ir a un internado, y mostrar interés en otra persona o en un proyecto, acaso en sí misma: bailar también puede ser una forma familiar para comunicarse.

LIBRANDO DILEMAS IDEOLÓGICOS
Hadjewich (Francia, 2009) es una meditación acerca de los misterios de la fe religiosa como liberación y, en la confusión, como posible estado de enajenación. Escrita y dirigida por Bruno Dumont (Camille Claudel 1915, 2013), quien tiende a explorar la bondad y la maldad (Fuera de Satán, 2011), así como la soledad brutalmente interrumpida (29 palmas: pasiones salvajes, 2003) y la violencia en sus diversas formas (La humanidad, 1999; Flanders, 2006), la cinta enfatiza los procesos de transformación religiosa experimentados por su doliente personaje.
En efecto, somos testigos de la forma en la que Céline, una pudiente joven veinteañera interpretada con devoción por Julie Sokolowski, es expulsada de un convento para regresar a casa de sus padres en París. Tras conocer a un joven árabe y todavía con el misticismo a flor de piel, decide involucrarse con un grupo religioso islamista. Como hiciera en La vida de Jesús (1997), aquí vuelve a contrastar posturas religiosas cristianas y musulmanas, a través de la búsqueda divina emprendida por la joven protagonista.
Secreto de estado (Secret Défense, Francia, 2008), sigue los pasos de Diane (Vahina Giocante, convincente), una estudiante que termina siendo reclutada por el servicio secreto francés para luchar contra el terrorismo, causa a la que se une Pierre (Nicolas Duvauchelle), un joven problemático que busca respuestas en un grupo extremista. Dirigida por Philippe Haïm (Barracuda, 1997; Les Dalton, 2004), la cinta se entromete en los procesos de adoctrinamiento y de cómo le pueden dar sentido a vidas vacías, a pesar de los desengaños.
Personajes con doble juego, involucramiento inoportuno de afectos y misiones de espionaje al borde de la resistencia física y emocional para concluir que, ciertamente, un agente no es una persona, sino un arma: al final terminas solo y con la identidad destrozada, si es que sobrevives. Realizada con nervio a partir de un guion que incluye sólidas vueltas de tuerca y un estilo suficientemente turbio, se alcanzan a presentar las dos posturas del Islam, evitando el acostumbrado maniqueísmo, y las tácticas oscuras de quienes se supone son los defensores de la libertad.

PHILIP SEYMOUR HOFFMAN: UN HOMBRE BUSCADO

9 febrero 2014

Hay ciertos artistas con los que uno establece un vínculo que parece ir más allá de sus obras, acaso por alguna afinidad y admiración hacia la conjunción de su trabajo y su forma de conducirse frente a la fama. Uno de mis actores favoritos, de los mejores de mi generación y que se ubica en esta dimensión de particular cercanía es Philip Seymour Hoffman (Rochester, Nueva York, 1967 – Greenwich Village, 2014), quien desde su trayectoria escolar se inclinó por el arte dramático y que sacudió al mundo del arte con su trágica muerte.
Además de que la mayoría de las películas en las que actuó son buenas, su simple presencia era un bienvenido plus para disfrutarlas aún más, en particular por su capacidad para desaparecer como actor y dejar crecer al personaje, aunque manteniendo un sello particular incluso en producciones de la maquinaria hollywoodense como Las cosas de la vida (Nobody´s Fool, Benton, 1994), Tornado (de Bont, 1996), Patch Adams (Shadyac, 1998), Nadie es perfecto (Flawless, Schumacher, 1999), escenificando a una drag queen enfrentado a Robert de Niro; Mi novia Polly (Along Came Polly, Hamburg, 2004); Misión imposible III (Abrams, 2006), caracterizando con plena convicción al villano y Los juegos del hambre: en llamas (Lawrence, 2013), encarnando al misterioso brazo derecho del dictador.
Notable para representar a tipos comunes, también podía construir personajes ambiguos y llenos de matices, transitando entre la timidez, la repulsión, la empatía y la compasión, como los desarrollados en Felicidad (1998) drama marginal de Todd Solondz con una interpretación de callada intensidad patológica; en La duda (Shanley, 2008), incluyendo el excepcional duelo actoral con Meryl Streep; en las durísimas Con amor, Liza (Louiso, 2002), escrita por su hermano, y Antes que el diablo sepa que has muerto (2007) de Sidney Lumet, que tristemente ahora remiten a su muerte, así como en New York en escena (Synechdoque New York, 2008), la intrincada cinta de Charlie Kaufman en la que integró un personaje de múltiples dimensiones.

CREANDO TRAYECTORIA
Primero apareció en un capítulo de La ley y el orden en 1991 y empezó a participar en producciones independientes como Triple Bogey on a Par Five Hole (1991), comedia criminal de Amos Poe y My New Gun (1992) de Stacy Cochran, su debut como protagónico. Salto de fe (Pearce, 1992) fue su primera intervención en una cinta de mayor presupuesto, a la que le siguieron Perfume de mujer (Brest, 1993) y Cuando un hombre ama a una mujer (Mandoki, 1994): en las tres se mostró como un sólido actor de reparto, condición que mantuvo incluso cuando ya tenía papeles principales.
Después trabajó en cintas poco conocidas como Joey Braker (Starr, 1993), My Boyfiriend´s Back (Balaban, 1993) y Money for Nothing (Menéndez, 1993), hasta que participó en La huida (Donaldson, 1994) y en el filme polaco de época La última apuesta (Szuler, 1994) de Adek Drabinski, ampliando fronteras y posibilidades, como también le representó su presencia en El despertar (The Yearling, Hardy, 1994) película para televisión, medio en el que volvió con Liberty! The American Revolution (1997) y con la realista miniserie de HBO El imperio caído (Empire Falls, 2005) dirigida por Fred Schepisi y basada en la novela de Richard Russo, ganadora del Pulitzer.
Por no dejar, también prestó su voz para personajes animados como Max Jerry Horovitz, un judío neoyorquino cuarentón con síndrome de Asperger y diversas obsesiones, protagonista de la sensacional Mary and Max (Elliot, 2009). Fue dirigido por grandes realizadores como los hermanos Coen en la hilarante Identidad peligrosa (The Big Lebowski, 1999); por el dramaturgo David Mamet en Cuéntame tu historia (State and Main, 2000); por Spike Lee en la angustiante La hora 25 (2002) y por Anthony Minghella, también fallecido de manera prematura, en El talentoso Mr. Ripley (1999) y en Regreso a Cold Mountain (2003).

ACTOR DE REGISTRO AMPLIO
El rock y la política fueron territorios revisitados por sus actuaciones, entre el desenfado y la suspicacia: crítico roquero de cepa en Casi famosos (Crowe, 2000) y experto programador radial en Los piratas del rock (The Boat That Rocked, Curtis, 2009), al tiempo que le entraba a las intrigas palaciegas en Juego de poder (Charles Wilson’s War, 2007) de Mike Nichols, quien también lo dirigió en la obra teatral La gaviota, y en Poder y traición (The Ides of March, 2011) de George Clooney.
Sus hábitats también fueron el intimismo familiar, como se advierte en la agridulce y evocativa La Familia Savage (The Savages, Jenkins, 2007) coprotagonizada por Laura Linney, así como la comedia independiente, representada por Próxima parada, Wonderland (Anderson, 1998), De vuelta al “insti” (Dinello, 2005) y La primera mentira (The Invention of Lying, 2009) divertida historia fantástica de la dupla Gervais / Robinson.
Formó uno de los más consistentes duetos actor-director del mundo cinematográfico con Paul Thomas Anderson, realizador clave del cine contemporáneo. El vínculo inició con Sydney: Juego, prostitución y muerte (Hard Eight, 1996), en la que el actor interpretó a un jugador de dados, quizá anticipando su gran encarnación como Brian Mahowny, el joven banquero con problemas de ludopatía que perpetró el fraude personal más grande en la historia de Canadá, puntualmente recreada en Mahowny, obsesión por el juego (Owning Mahowny, 2003) de Richard Kwietniowski.
Continuó su relación con Anderson actuando como un par de asistentes: de cine pornográfico en Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) y de un moribundo en la brillante Magnolia (1999); posteriormente representó a un chantajista dueño de una colchonería fachada en Embriagado de amor (Punch Drunk Love, 2002) y, en su mejor papel bajo la dirección de este enorme realizador, como un contradictorio líder de una secta en la poderosa The Master: Todo hombre necesita un guía (2012). Entre estas películas participó en Montana (Leitzes, 1998), y en El dragón rojo (Ratner, 2002), interpretando al arriesgado periodista entrando a la boca del lobo.
Philip Symour HoffmanBajo la dirección de Bennett Miller, desarrolló una de sus más célebres actuaciones en Capote (2005), recreando al famoso escritor desde una perspectiva que transitó de los rasgos físicos –imagen, vocalización, manierismos- a los sentimientos generados sobre todo al imbuirse en el caso que lo llevó a escribir su célebre relato A sangre fría: un gran ejemplo de cómo meterse en la piel de un personaje de la vida real. El propio Miller lo volvería a dirigir en la sólida El juego de la fortuna (Moneyball, 2011), una de las grandes cintas deportivas de los años recientes. Posteriormente grabó El último concierto (A Late Quartet, Zilberman, 2012), junto a su admirado Christopher Walken.
Debutó como director con Jack Goes Boating (2010), cinta basada en una obra de Robert Glaudini en la que también llevó el papel principal interpretando a un tipo común en el que no resultaba difícil verse reflejado, sobre todo por su loable e inocente espíritu aspiracional. Memorable, según se ha reseñado, resultó su participación en Broadway con obras como Muerte de un viajante, en la que interpretó a Willy Loman, Largo viaje hacia la noche de Eugene O’Neill, El mercader de Venecia dirigido por Peter Sellers y True West en versión de Sam Shepard, entre otras. El famoso conglomerado teatral le rindió simbólico homenaje apagando las luces durante un minuto.
Todavía lo veremos en God´s Pocket (Slattery, 2014), estrenada en el festival de Sundance, en A Most Wanted Man (Corbijn, 2014) y en la tercera entrega de Los juegos del hambre. Seguía siendo un actor sumamente buscado gracias a su enorme versatilidad para encarnar personajes de diferente naturaleza. La muerte, supongo, también lo acechaba de manera peligrosa a través de una de sus estrategias más letales y silenciosas que no se detiene ante nadie, independientemente de su posición, talento y situación.
Una triste pérdida para las artes dramáticas y, desde luego y principalmente, una noticia devastadora para sus familiares y amigos. Al parecer, su esposa le había pedido que se fuera de la casa para que sus tres pequeños hijos no vieran a su padre atrapado por la adicción a la heroína: ¿Qué lleva a un hombre en estas circunstancias y con estas condiciones a recaer en las drogas después de tantos años de sobriedad? El interior del ser humano sigue siendo un misterio, a veces esperanzador y en ocasiones profundamente lastimado y doloroso. Descanse en paz.