AMIGOS: HAY COSAS QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR

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La vida es más llevadera si tienes un amigo, aunque sea uno. No es asunto de cantidad, sino de calidad. Claro que están los hijos, la pareja, los padres, los hermanos y los colegas, pero la amistad es una relación que te permite ser como te dé la gana, porque no hay un rol social que dicte un deber ser del amigo: cada relación de amistad se construye como se quiera y como se pueda. No hay una letanía de Melchor Ocampo o cursos para saber cómo ser amigo, simplemente lo somos porque sí.
Hay menos obligaciones y más derechos; más complicidad que exigencia y menos expectativas que realidades, porque los defectos del otro se asumen como parte del conjunto. Nadie mejor que un amigo para descargar en él toda nuestra creatividad irónica, porque con él hay más comedia y menos melodrama, a diferencia de la pareja o los padres. Pero un amigo te puede salvar la vida o, mejor aún, tú se la puedes salvar a él. Y lo mejor: probablemente ni cuenta nos damos.
Dirigida por el dueto ya con trayectoria Olivier Nakache y Eric Toledano (Tellemen proches, 09; Nos jours heurex, 06, Je préfère qu’on reste amis, 05), a partir de un enfático trazo de personajes y un coqueteo con las feel good movies, Amigos (Intouchables, Francia, 12) es una entrañable historia de amistad, nunca sentimentaloide, tejida a través de la capacidad de compartir sin complejos y de poner las diferencias en la mesa para burlarse de ellas: de cómo dos hombres transformaron el destino de sus vidas justamente con quien menos esperaban hacerlo, probablemente porque no esperaban hacerlo. Cuando el espacio para el victimismo se cancela, existe una mayor posibilidad de rozar momentos llenos de plenitud.
Philippe es un millonario tetrapléjico (François Cluzet, expresivo en su parálisis aun como Serpico) que busca candidatos para ocupar el puesto de su cuidador personal; tras entrevistar a sosos parisinos de buenas intenciones pero con perspectiva lastimera, aparece un joven negro de los barrios apodado Driss (Omar Sy, de risa descomunal) que solo busca una firma de rechazo para poder cobrar el seguro de desempleo. Su desfachatez y ausencia absoluta de complejos, llama la atención del empleador y decide contratarlo, ante la mirada sorprendida de una de sus asistentes.
La relación entre ambos, con ese dejo infantil del recién llegado y de la búsqueda de cambio del contratante, se sustentará en la ausencia de lástima y conmiseración: nada de piedad, mucho de apertura y humor negro. A pesar de las obvias diferencias, el trato es de igual a igual, como suele ser entre amigos, y del vínculo laboral transitamos a una construcción paulatina de lo que conocemos como amistad, en donde se comparten las bromas, se sigue la máxima del que se ríe se lleva y también los momentos complicados, propios de la condición física y anímica de Philippe y de la situación familiar de Driss.
Cuando se anuncia que una película se basa en hecho real, uno se queda pensando si se trata de una estrategia publicitaria para darle verosimilitud a la cinta o, en efecto, el hecho sucedió tal cual se narra. En este caso, el guion parece que retoma el hilo argumental principal y quizá lo aderece con algunas licencias –personajes secundarios, situaciones románticas- que le den ese toque fílmico a la historia, en el que cae en ciertos maniqueísmos como cuando presenta a la gente rica como estirada, aburrida y antipática –que los hay, sin duda- y a los de colonias populares como tipos sonrientes y divertidos al filo de la banqueta –que también los encuentras- disfrutando de la vida sin ningún resentimiento.
Algunos de los mejores momentos del filme (la secuencia de las barbas rasuradas), que sabe mantenerse en el terreno de la comedia apenas salpicándose de sustancioso y contenido dramatismo, transcurren en los encuentros de Driss con las manifestaciones artísticas, develando el snobismo y mercantilismo en el que ha caído parte de este ambiente: nos carcajeamos con él en la Ópera y cuando relaciona la música clásica con las caricaturas, así como cuando critica una pintura que asemeja una mancha de sangre y, al enterarse del precio, piensa “de aquí soy” y explora la posibilidad de entrarle a la creación artística para atrapar algún incauto con euros en la cartera.
El juego de contrastes expresado en las dicotomías blanco/negro, culto/popular, rico/pobre, desinhibido/reprimido, sano/enfermo, al que han acudido otras cintas como Historias cruzadas (Taylor, 06) y El chofer y la señora Daisy (Beresford, 89), funciona acá con mayor amplitud dada la ausencia de didactismo y de intenciones al menos un poco menos obvias de manipularnos. Ambos personajes se presentan como reflejo de la sociedad francesa, segmentada por razones económicas, culturales y étnicas, que intenta avanzar en la comprensión de las nuevas realidades migratorias y en las inéditas configuraciones comunitarias.
Los incisivos primeros planos se entremezclan en momentos de transición no solo de los propios personajes sino de la relación que se va construyendo entre ellos, mientras la música del sensible pianista italiano Ludovico Einaudi le aporta la cuota de emoción afectiva a las secuencias, entre el contraste de Vivaldi, Bach, Earth, Wind & Fire y Kool & The Gang. La edición mantiene el ritmo del relato y la estructura narrativa que inicia con una secuencia que refleja la ya avanzada relación entre estos dos hombres, funciona para introducirnos en el cuestionamiento de cómo fue que siendo tan distintos, terminaran bromeando a costa de la policía. Creo que porque se hicieron amigos.

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