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ITALIANO PARA TURISTAS Y PRINCIPIANTES

2 agosto 2012

Cuando un país o ciudad se colocan como personajes de un film, se corre el riesgo de caer en un desgastado costumbrismo de folleto, más bien saturado de anacrónicos estereotipos al borde de la caricatura; pero también se tiene la oportunidad de darle un robusto contexto al desarrollo de la trama: dependerá de la astucia del guion para incorporar, a manera de condimento, los rasgos culturales del lugar donde se desarrolla, a una trama de mayor alcance que pueda resultar interesante incluso para quienes vivan ahí. Veamos un par de ejemplos: uno en cartelera y otro en los videoclubes de la ciudad.

WOODY ALLEN VIAJA A ROMA
Nueva York, Londres, Barcelona y París. El genial director cómico más importante del cine moderno, ha sabido convertir las ciudades de sus historias en auténticos espacios vivos de relaciones, situaciones y vicisitudes con un marco urbano de enorme peso. Ahora le toca el turno a Roma, ciudad eterna que ya Fellini develó simbólicamente en La dolce vita (60), obra maestra tejida en clave séptima y que ha servido para numerosos filmes de muy variada ralea.
En su más puro estilo coral con historias apenas traslapadas de recuerdos, amoríos y descubrimientos existenciales, salpicadas con el característico humor más basado en los diálogos que en las situaciones, nos presenta De Roma con amor (Rome With Love, EU-Italia-España, 12), su nueva citadina aventura europea, continente que por lo general se ha visto más receptivo a su obra que se propio País, no obstante que la Academia estadounidense lo acaba de premiar otra vez con un Oscar por mejor guion del film Medianoche en París (11).
La combinación de personajes estadounidenses con italianos no recurre al cliché de las diferencias culturales, sino más bien a construir diversas miradas sobre temáticas recurrentes como la fama (El precio del éxito, 98; Recuerdos de una estrella, 80) el retiro, la relación de pareja, el pasado, la profesión, la terapia (“No me sicoanalices, muchos han tratado y todos han fallado”) y la creación artística (El ciego, 02). La conclusión parece ser que Así pasa cuando sucede (09) y que más bien podemos cambiar todo para seguir igual que al principio, aunque dejar de ser reconocido en la calle, cual maldición del objetivo alcanzado, se convierta en una desgracia.
Cuatro historias con un prólogo de un agente de tránsito en glorieta intransitable: una pareja madura (Allen y Judy Davis) viaja a Roma para conocer a la familia del novio (Flavio Parenti) de su hija (Alison Pill), quienes se encontraron porque ella andaba perdida buscando la Fontana de Trevi; un famoso arquitecto (Alec Baldwin) vacaciona con sus amigos y se encuentra con un joven estudiante (Jesse Eisenberg) que le recuerda sus años mozos en el barrio del Trastévere; un tipo absolutamente común se convierte, de un día para otro, en famoso por el simple hecho de ser famoso (Roberto Benigni); una pareja de Pordenone llega a la gran capital para empezar ahí una nueva vida (Alessandro Tiberi y Alessandra Mastronardi).
Si bien no todas las historias mantienen el mismo nivel de interés y ciertos momentos se antojan un cuanto tanto forzados, destacan los pasajes en los que el director aparece en pantalla con su capacidad para reírse incluso de sí mismo como Groucho Marx –hacía tiempo que no lo hacía- y la chispa humorística para cuestionar lo políticamente correcto e insertar personajes que se convierten en indicativa ruptura de lo que los protagónicos podrían esperar: la insufrible aspirante a actriz de un snobismo ridículo (Ellen Page); la prostituta mejor conocida de las élites romanas (Penélope Cruz); el papá enterrador convertido en cantante de ópera de regadera (Fabio Armiliato); el actor aprovechado de la aparente inocencia (Antonio Albanese) y la esposa asumiendo la fama marital con singular naturalidad (Monica Nappo).
Me pregunto: ¿qué película haría Woody Allen con nuestro querido León como trasfondo? ¿Un pespuntador enamorado en silencio de la supervisora? ¿Un jugador de fútbol deprimido porque quería seguir jugando en la división de ascenso y no en la liga MX? ¿Una mujer casada de alta alcurnia viviendo una crisis por haberse enredado con un estudiante del Yo Soy 132, justo debajo del Arco de la Calzada? ¿Un cantante de ópera italiano que se escapa de la pantalla de la proyección en el Forum para quedarse a vivir con la rosa púrpura de León? ¿Un funcionario que vive la duda existencial de cambiarse o no de Partido? ¿un chofer de la oruga convertido en cronista de la ciudad?

LONE SCHERFIG APRENDE ITALIANO
Un grupo de personas solitarias de mediana edad, van coincidiendo en un curso de italiano. Con pérdidas recientes –padre, madre, esposa, empleo- intentan seguir adelante apoyadas por nuevos vínculos que encuentran a la vuelta de la esquina. En tono de comedia romántica y siguiendo los preceptos del movimiento Dogma 95, la realizadora danesa Lone Scherfig dirigió Italiano para principiantes (Dinamarca-Suecia, 00), cálido filme en el que se posibilita a los personajes para que puedan resarcir corazones y almas. En un curso de italiano puedes no aprender italiano, pero quizá sí a volverte a enamorar.

MEDIANOCHE EN PARÍS: NO TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR

30 septiembre 2011

Se le puede criticar de reiterativo o de ya no estar a la altura de sus mejores obras de los 70´s y 80´s; se puede argumentar que sus obsesiones ya están demasiado vistas y que su vis cómica ha menguado notablemente. Pero cuando parecería que ya lo ha dicho todo y que más bien debería pensar en el retiro, nos vuelve a sorprender con una gran película dentro de su compulsiva trayectoria que desde 1966 nos ha regalado casi un film al año: 42 obras y contando.
Si por cada cinco filmes nos regala cuatro agradables y uno notable, adelante. Que ya no va a volver a hacer películas La última noche de Boris Grushenko(75), Annie Hall (77), Manhattan (79) o Zelig (83), qué importa, si vamos a poder disfrutar de cintas tan redondas como Crímenes y pecados (89), Poderosa Afrodita (95) y Match Point (05), por mencionar algunas posteriores a su etapa más creativa: el genio permanece, aunque no se manifieste con la misma constancia que antaño.
Muy pocos artistas son capaces de mantenerse en un estándar de realización como el que conserva Woody Allen: aún en sus propuestas menos apreciadas, uno siempre suelta alguna sonrisa o se queda con una línea de diálogo para la posteridad. Influido por los Hermanos Marx y por Ingmar Bergman, entre otros grandes nombres, el director de Robó, huyó y lo pescaron (69) e Interiores (78) ha transitado del terreno de la comedia crítica al drama cerebral.
Medianoche en París (EU-Francia, 11), cuya primera auto referencia es La rosa púrpura del Cairo (85), llega después de Así pasa cuando sucede (09) y Conocerás al hombre de tus sueños (10), ya comentadas en este espacio, y representa su mejor comedia en los últimos 15 años, no solo por la ingeniosa premisa del viaje por el tiempo, sino por las caracterizaciones de los diferentes personajes, tanto reales como ficticios, que se encuentran en un mundo posible pero improbable, buscando lo mismo pero oteando hacia diferentes horizontes.
Un escritor en busca de inspiración y de paso preparar su boda, viaja a la capital francesa junto a su frívola novia cual turista típica de postal que rehúye a la lluvia (Rachel McAdams) y sus republicanos suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), unas verdaderas joyitas de criterio disminuido e intolerancia ampliada, capaces de contrata a un detective para seguir a su sospechoso yerno.
Muy pronto la pareja toma caminos distintos: ella se encandila con un insufrible conocido dizque experto en arte (Michael Sheen) que fastidia hasta a la amable guía de turistas (Carla Bruni) y él empieza a deambular en las noches para descubrir la posibilidad de viajar no a otro lugar, sino al mismo París pero de los años veintes, en plena ebullición creativa, capturado con una cámara siempre bien colocada y desarrollado a partir de una evocativa puesta en escena.
A través de un misterioso automóvil que lo recoge a la medianoche, el escritor hará realidad su sueño: toparse de frente con la inspiración buscada, materializada en artistas arquetípicos como la pareja Fitzgerald; Cole Porter al piano; la bailarina Josephine Baker; Picasso en pos de la trascendencia; Hemingway y su tendencia a la agresión; Gertrude Stein cual matriarca comunitaria junto a Alice B. Toklas; T.S. Eliot y Matisse.
No podía faltar un encuentro con los surrealistas, sobre todo tratándose de una historia en la que los sueños parecen jugar un papel central: Dalí y su obsesión con los rinocerontes, el director fílmico Man Ray y, desde luego, un joven de apellido Buñuel que todavía no se planteaba la posibilidad de crear una película en la que los invitados no se pudieran ir de la fiesta, simplemente porque no se podían ir: la referencia, claro, apuntaba hacia el argumento de El ángel exterminador (62), una de sus películas más notables.
Y en estos viajes por el pasado artístico, aparece el interés romántico en la figura de una modelo ficticia (Marion Cotillard) amante del pintor cubista y convertida en un motivo poderoso para querer permanecer atrapado en los veintes del siglo pasado, aunque como cabría esperar, ella también tendría la intención de ir al pasado del pasado y toparse con Toulouse-Lautrec, Degas y Gauguin. No podía faltar el sólido cuadro actoral, cual sello de la casa, entre quienes aparece Owen Wilson en perfecta interpretación de Woody Allen.
La comedia romántica-fantástica se pregunta por las épocas y sus circunstancias, por la idealización continua de pasados que nunca volverán y por la dificultad de encontrar el sentido en el tiempo presente, donde a uno le tocó vivir. Como esa idea que parte del supuesto de que la felicidad está en otra parte o con personas distintas o realizando otras actividades. Quizá valdría la pena encontrar a alguien que disfrute un paseo bajo la lluvia, sin paraguas.