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PREMODERNIDADES: CANÍBALES Y ASALTABANCOS

1 marzo 2017

Un par de estupendos westerns aderezados con elementos de otros inesperados subgéneros –buddy film, gore, drama criminal, crítica social- que exploran los territorios profundos de los Estados Unidos, particularmente Texas, en dos épocas distintas pero similares en cuanto a las formas básicas de convivencia social, con núcleos poblacionales asediados por amenazas externas cual invasores bárbaros, o internas según el caso, y respondiendo con la violencia conducente para sobrevivir en contextos donde los representantes de la ley se entremezclan con justicieros civiles para sumarse a la persecución o cacería: la vida entendida como matar o morir.

A partir de una cocción a fuego lento con explosiones de violencia, acorde con la forma en la que se entiende la vida y la muerte en estos ambientes de porosa moralidad asentados en medio de una nada a la que se llega por caminos interminables, los filmes se suman a la renovación del género que inició con Los imperdonables (Eastwood, 1992) y que ha continuado en el siglo XXI con destacadas obras como Pacto de justicia (Costner, 2003), Propuesta de muerte (Hillcoat, 2005), El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Dominik, 2007), Entre la vida y la muerte (Harris, 2008), Deuda de honor (Jones, 2014), Sin lugar para los débiles (2007) y Temple de acero (2010), ambas de los hermanos Coen, además de algunos afortunados remakes. Por supuesto, con el espíritu de John Ford sobrevolando por los amplios territorios inconquistables.

TERRITORIO COMANCHE

Dirigida por el escocés David Mackenzie (Young Adam, 2003; Al final de los sentidos, 2011) y titulada aquí como Enemigo de todos (EU, 2016), quizá por alguna frase dicha por uno de los personajes, la cinta se nombra originalmente con la expresión Hell or High Water, que literalmente se traduciría como “aunque venga el infierno o la tormenta de agua” y que refiere a la idea de llevar a cabo una acción sin importar las consecuencias (“pase lo que pase,” “a cualquier precio”) o las circunstancias (“contra viento o marea,” “llueva o relampaguee”).

Es la actitud que toman dos hermanos, uno alocado ex presidiario y otro más sereno cargando con una distancia afectiva de sus hijos y ex esposa, para salvar la granja familiar propiedad de la madre moribunda, a punto de ser absorbida por el banco dada la imposibilidad de pagar los leoninos intereses: justamente buscan saldar la deuda asaltando algunas de sus sucursales para conseguir el dinero de la hipoteca, quizá siguiendo la premisa de ladrón que roba ladrón. Un sheriff a punto del retiro y su compañero indio-mexicano empiezan a seguirles la pista, entre diálogos cargados de ironía y dardos envenados políticamente incorrectos que denotan gran amistad, equiparable al amor fraterno de los delincuentes.

Esta premisa argumental es casi un pretexto para el nítido desarrollo de los contextos sociales y culturales que se despliegan en la trama. Personajes atrapados en espirales de pobreza y polvosa violencia, enfrentados a estructuras económicas que generan burbujas inalcanzables siempre al borde de la explosión: son quienes votaron ilusamente por el actual presidente de Estados Unidos, los usualmente olvidados por el establishment político de Washington lleno de inspiradores discursos, dispuestos a tomar la justicia por propia mano a la primer provocación, porque ahí sí la vida no vale nada.

Con una fotografía abarcadora, mostrando los paisajes ateridos de Texas entre pueblos esperando a que pase la vida, casinos-lavadoras cual refugio de crisis recurrentes y carreteras que llevan a lugares idénticos a los que se acaban de dejar, como si se tratara de un viaje en círculos, se construye un relato en dos vertientes claramente entreveradas gracias a una edición justa, siguiendo a ambas parejas de hombres con secuencias transicionales que anuncian el característico duelo de todo western que se precie. Para reforzar la tesitura crepuscular, la dupla Cave-Ellis plantea un score pertinente, con notas graves y profundas extraídas de un piano contundente, cuerdas extraviadas anunciando descomposición y aceptación a la vez y vocales apenas resaltadas.

El guion de Taylor Sheridan (Sicario, 2015) contribuye a la construcción de representativos personajes, potenciados por notables actuaciones: Tanner y su tendencia a jugarse siempre la última carta, sintiéndose comanche (Ben Foster, al borde); Toby en busca de reparar su rol como padre y proveedor (Chris Pine, contenido); Marcus aferrado a una vida de ranger que se escapa (Jeff Bridges, en sus terrenos) y Alberto, cargando un bagaje multicultural mientras intenta aplicar la ley (Gil Birmingham, paciente). Entre ellos, unos vaqueros tratando de controlar un incendio todavía en el siglo XIX, empleados de banco en plan burocrático y comensales de alguna cafetería que celebran el robo como venganza.

Hell or High WaterLas figuras femeninas, de apariciones esporádicas, resultan también reveladoras: ahí está la joven mesera endeudada y la otra experimentada e hilarante a la que hay que decirle lo que no se quiere, además de la ex esposa con la amargura dibujada en el rostro y la empleada bancaria enfrentando a los asaltantes. A partir de una orgánica combinación de laconismo y humor, brotan las reflexiones acerca de cómo la ley puede contraponerse a la moral y la manera en la que las propias estructuras, en ocasiones, perpetúan las condiciones de marginalidad aun en países desarrollados pero de grandes contrastes, como se pudo apreciar en su reciente proceso electoral.

TERRITORIO SALVAJE

Escrita y dirigida por el debutante S. Craig Zahler, Frontera caníbal (Bone Tomahawk, EU, 2015) es una sorpresiva aportación al género dada su arriesgada y eficaz apuesta argumental, insertando como enemigos a un grupo de caníbales que acechan a un pequeño poblado, atacando y secuestrando a sus víctimas para devorarlas, si bien a las persona de raza negra solo las matan. Cuatro hombres se disponen para rescatar a la esposa de uno de ellos (Lili Simmons), a un ayudante de la comisaría y a un ladrón y asesino que sobrevivió a un ataque (David Arquette).

La tensión se va concentrando de manera paulatina, como acumulando fuerza para el explosivo desenlace; en tanto, se desarrolla la posibilidad de conocer a quienes viajan hacia las misteriosas cuevas donde habitan estos trogloditas de aterradoras formas y figuras: el sheriff del pueblo (Kurt Russell, en clásico modo western); su veterano empleado (Richard Jenkins, de múltiples historias); un pistolero involucrado por casualidad (Matthew Fox, cínico) y el lastimado ranger local en busca de recuperar a su mujer (Patrick Wilson, decidido). Una película que, como a los directamente involucrados, nos agarra desprevenidos.