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WELCOME TO THE HOTEL BUDAPEST

12 agosto 2014

El hotel como personaje y objeto de narración, espacio para convivencias efímeras pero trascendentes, se ha presentado en filmes tan notables como Gran Hotel (Goulding, 1932), mezcla de drama y romance con ambiente berlinés como fondo: Greta Garbo, John Barrymore y una muy joven Joan Crawford, transitaban entre pasillos, afectos y dinámica hotelera, también presente en los enredos de los hermanos Marx para montar una obra teatral en la clásica El hotel de los líos (Seiter, 1938).

Enclavada en el realismo poético francés, Hotel du Nord (Carné, 1935) funciona como escenario irónico a personajes cargados de historias dignas de contarse; o bien en cuanto a escenografía de grandes relatos épicos y románticos como el Hotel des Bains de Muerte en Venecia (Visconti, 1971). Ahí está el oscuro proyecto conjunto entre Bono y Wim Wenders titulado Million Dollar Hotel (2000), así como el humor retorcido de Hotel New Hampshire (Richardson, 1984), basada en la famosa novela de John Irving. Para rejuvenecer sin necesidad de pócimas mágicas, El exótico hotel Marigold (Madden, 2011) puede ser una buena opción.

LA BELLEZA DE LA DECADENCIA

Dirigida por Wes Anderson (Los excéntricos Tenenbaum, 2001; Vida acuática, 2004; Viaje a Darjeeling, 2007), referente ineludible del cine estadounidense contemporáneo ya poseedor de un estilo propio, de inmediato reconocible y muy pronto trascendente, El gran hotel Budapest (EU, 2014) es un filme que se mueve entre una lógica posmoderna cargada de una colorida nostalgia y un romanticismo a flor de piel, expresado en la incorporación poética y la pintura del periodo (ahí está la presencia del pintor Caspar David Friedrich), y en la idea de rescatar al individuo por encima de sus circunstancias.

La historia transcurre en la provincia inventada de Zubrówka, que además de ser una marca de vodka polaco, hace las veces de región del este de Europa. Seguimos las vicisitudes del conserje buen amante de octogenarias y recitador poético medio histérico Monsieur Gustave (Ralph Fiennes, dando los matices necesarios a su personaje) y su fiel botones Zero (Tony Revolori, de bigote irrisorio), leídas en los 70´s por una joven lectora frente al busto del escritor (Tom Wilkinson), quien después cuenta cómo supo de la historia para trasladarnos a la conversación entre él cuando era joven (Jude Law) y el Monsiuer Moustafa (F. Murray Abraham, elocuente), en los 60´s, cuando le cuenta todo el relato sucedido entreguerras.

No faltan en la historia elementos narrativos clásicos casi hitchconianos: la misteriosa muerte de una viejilla millonaria con mal esmalte de uñas (Tilda Swinton), llena de familiares buitres, entre quienes están las hijas y su siniestro vástago (Adrien Brody, encendido) y su matón cuasivampírico por aquello de Transilvania (Willem Dafoe); una estancia y escape carcelario con gigante salvador y líder descamisado (Harvey Kietel); un policía llegando un segundo después y emergiendo del subsuelo (Edward Norton); testigos en peligro como el abogado encargado de la herencia (Jeff Goldblum) y el típico mayordomo sospechoso (Mathieu Amalric), secundado por la sirvienta chismosona (Léa Seydoux).

Un guion que remite a la circularidad de Un reino bajo la luna (2012) y que se basa en los escritos de Stefan Zwieg, más como un homenaje a su obra completa que a un texto en específico, y una dirección de fotografía que provoca de inmediato estados de ánimo entre añorantes y cómicos, aderezados por la música lúdica de Alexander Desplat, siempre en modus vivendis. Las referencias indirectas a la época van desde la política (el ZZ en lugar de la SS), a la pintura (Klimt), pasando por la arquitectura y, desde luego, la poesía inmiscuida en los sucesos cotidianos y en el destino de los personajes.

Es así como el filme transcurre con múltiples referencias no solo cinéfilas, con el director alemán Ernst Lubitsch a la cabeza, sino también de otras artes y del devenir histórico y cultural donde se inserta. Anderson crea mundos en contextos específicos pero con un cierto halo de irrealidad, entre surrealistas y paralelos pero con fuertes vínculos con ese mundo al que finalmente se pertenece: ahí está toda la exasperante, para el personaje central, secuencia de los monjes misteriosos, así como la aparición de mensajes indicativos solo para el espectador.

EL PODER DE LA RECREACIÓN

Como plantea Alfredo Leal (La Tempestad, No. 97, julio-agosto, 2014), Anderson hace películas que como formas de adaptación no solo explican el mundo, sino también las posibilidades que se concentran en dicha explicación. En efecto, para el director de Ladrón que roba ladrón (1996), la realidad se convierte en fuente susceptible de retomarse, moldearse, manipularse y reconstruirse para crear una nueva atmósfera que se debe, paradójicamente, a esa realidad base: de ahí que se integre la presencia de un narrador identificable y después pareciera desaparecer ante el cúmulo de eventos que se suceden con independencia.

Un buen ejemplo de este juego de perspectivas que gusta tanto al director originario de Houston, es el gran valor que tiene el cuadro inexistente El niño y la manzana atribuido a un pintor ficticio pero con todo el estilo de la época, sustituido por un cuadro de dos mujeres tocándose sexualmente que remite de inmediato a la estética del artista Egon Schiele. Un mundo en el que se enfrenta la codicia frente al aparente pudor romántico.

Hotel BudapestAdemás, están los encuadres claustrofóbicos pero cómodos del elevador, el camarote, el comedor de los empleados y la habitación, guardando una simetría de carcajada, con cachetes encimados y narices sangrantes. De paso, se agradece el guiño del lunar con forma del mapa de México que luce la pastelera y hábil cómplice/novia del botones (Saoirse Ronan). Los acostumbrados travellings casi caricaturescos muy bien explotados en El fantástico seño zorro (2009), se integran con las tomas frontales que nos ponen en diálogo directo con los personajes y sus circunstancias.

En este universo andersoniano, confeccionado a partir de la combinación de formatos en los que  aparecen pantallas cuadradas (secuencias más oscuras o en exteriores) y rectangulares, según el momento y escenario, cabe un permanente énfasis en las texturas y los colores: los naranjas y amarillos que predominan en los interiores del hotel implican un contraste completo con los azules y verdes de la cárcel y los blancos fantasmagóricos de los exteriores, tanto en los montes nevados como en el acostumbrado correr del tren. Claro que aparecen los rojos intensos cuando la pasión contenida quiere aparecer, ante el reiterado ordenamiento de no coquetear con la mujer ajena.

Pero el tono de comedia profunda emparentada con el cine de Aki Kaurismäki, termina por ser fundamental, sobre todo por las hilarantes secuencias reiteradas del movimiento de cortinillas y de; de la sociedad secreta de las llaves en la que participan, casi a manera de cameo, Bill Murray, Bob Balaban, Fisher Stevens, Waris Ahluwalia y Wally Wolodarsky, y por la desternillante persecución en las instalaciones abandonadas de los juegos de invierno, en las que tanto persecutores como perseguidos no tienen ninguna razón para hacer lo que están haciendo. No faltan los cameos de los habituales Owen Wilson y Jason Schwartzman, como para recordarnos el sello de la casa.

Un hotel en el que puedes checar la entrada cuando quieras pero del que nunca te podrás ir. Al menos en tus recuerdos como sucede en la canción de The Eagles y en El resplandor (Kubrick, 1980). La mejor película que he visto este año.

UN REINO BAJO LA LUNA: LA EDAD DE LA INOCENCIA

8 abril 2013

Si un rasgo distintivo de los grandes directores cinematográficos es su capacidad para crear un universo propio con un sello particular que se convierta en adjetivo (hitchconiano, bergmaniano, chaplinesco), entonces Wes Anderson es un claro ejemplo de cómo desarrollar una propuesta innovadora desde el punto de vista narrativo, tanto de gramática fílmica como de estética visual, basada en su característica perspectiva frontal, como para que el intercambio con el espectador se desarrolle cara a cara, en forma cercana y directa. En efecto, sus historias están pobladas por seres que navegan entre una evocativa disfuncionalidad, cargada de un humor natural, y una plena autoconciencia de su propia condición, puesta a prueba en situaciones que rayan en un inocente absurdo, siempre desarrolladas en mundos personales que parecen ajenos a la realidad.
Sus filmes acaban por ser extrañamente luminosos, no solo por el enfático uso de los colores y de la iluminación, sino por cómo sus criaturas, habitualmente desarrolladas en peculiares contextos familiares (Los excéntricos Tenenbaum, 01), ponen el corazón por delante y emprenden aventuras de liberación entre inverosímiles y arriesgadas (Bottle Rocket, 96; Vida acuática, 04; Viaje a Darjeeling, 07), que usualmente llegan a buen puerto, aunque el tránsito no resulte como se había planeado.
Después de la estupenda El fantástico seño zorro (09), en la que igual conviven las temáticas familiares con la liberación, el riesgo y el humor sutil, el también productor del filme Historias de familia (Baumbach, 05) presenta Un reino bajo la luna (EU, 12) cual mirada estrafalaria a un primer amor desplegado a través de una aventura escapista, de paso transformando a una serie de adultos un cuanto tanto extraviados en sus propias lógicas de funcionamiento, acosados por una soledad no del todo reconocida. Estamos a mediados de los sesenta en una pacífica isla boscosa de Nueva Inglaterra, a donde todavía no llegaba la revolución hippie.
Sam, quien por momentos recuerda al Max de Rushmore (98), es un inteligente y seguro niño huérfano de doce años con personalidad definida (Jared Gilman), rechazado por todos sus compañeros de la tropa scout y hasta por sus padres adoptivos; durante un campamento, decide escaparse para encontrarse, de acuerdo a un plan previo orientado a vivir en un sitio recóndito de la isla, con una niña lectora de igual edad y problemáticas similares (Kara Hayward), que vive con sus papás y sus tres hermanos pequeños, puntualmente presentados al inicio de la cinta por medio del característico travelling, mientras se explica y suena la música de Britten.Un reino bajo la luna
A la búsqueda de los niños se suma un nutrido grupo de personajes con sus respectivas manías y angustias: además de los compañeros, el líder al fin sensible de la patrulla scout (Edward Norton); el tristemente solitario policía local (Bruce Willis); los padres de la niña, una desternillante pareja de abogados que hasta en las conversaciones de recámara lo siguen siendo (Bill Murray y Frances McDormand), con megáfono y hacha en mano respectivamente, y hasta la telefonista de pronto sumada a la travesía.
Por ahí aparecen también la ruda agente del servicio social (Tilda Swinton); un jefe scout de rostro adusto con cobijita a cuadros (Harvey Keitel) y el primo de uno de los niños rescatadores, quien parece hacerla de jefe informal en los campamentos y hasta de casamentero, según se ofrezca (Jason Schwartzman): notable casting con algunos de los actores de cajón y otros bastante dispuestos a probar con registros a los que no están acostumbrados.
Los diálogos adquieren por momentos una forma teatral en la línea del mejor Kaurismäki, combinando una franqueza casi inocente con una profundidad que solo logran alcanzar los niños de cualquier edad: la hilaridad se desboca y las relaciones se reconstruyen continuamente. El diseño de arte, particularmente en el diseño de interiores, en los vestuarios siempre combinados (esa abundancia de ropa a cuadros) y en los objetos propios de la época (sensacional el tocadiscos portátil), contribuye a la inmersión en esta particular comarca dentro de la que todo parece transcurrir como si se tratara de una caricatura costumbrista de múltiples dimensiones.
La estructura narrativa, con guion de Roman Coppola, se alimenta de un puntual flashback para identificar cómo se conocieron los protagonistas, la presentación de las rutinas en la casa y en el campamento y con la presencia en apariencia fuera de la lógica argumental del geógrafo local y narrador (Bob Balaban), vestido como duende e informando sobre las características de los territorios donde se despliega la historia, también expuestos en mapas indicativos de los desplazamientos de los personajes, en busca de reinos inexplorados pero bien alumbrados por una luna grandotota.
Al score del reconocido Alexander Desplat se le suman obras de Purcell, Schubert y Saint-Saëns, intercaladas con canciones tradicionales que acompañan la brillante puesta en imágenes, pintada de un amarillo omnipresente o tendiendo a tonalidades rojas y azules, según las situaciones en las que se encuentren los personajes. Como si de una maqueta se tratara, quizá para darle ese tono de cierta irrealidad, el fotógrafo de cabecera Robert D. Yeoman construye encuadres de atractiva composición, con los diversos elementos puestos en un mismo plano interrumpiendo el horizonte, o bien jugando con las sombras y los planos, enfatizando el recurso del close-up en los dubitativos rostros infantiles. Una obra maestra.