Posts Tagged ‘Teatro adaptado’

VIDEOPCIONES: REESCRIBIR LA VIDA

9 febrero 2010

Películas en las que los protagonistas llevan sus existencias a los terrenos pantanosos ya sea de la ficción o del recuerdo, colapsando la débil frontera entre realidad e imaginación. Veamos.

NUEVA YORK A ESCENA
Dirigida por el excelso guionista Charlie Kaufman, regresando a los vericuetos de la identidad de ¿Quieres ser John Malkovich? (99); a la crisis creativa de El ladrón de orquídeas (02), ambas dirigidas por Spike Jonze, y a la confusión profunda entre las realidades de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Gondry, 04), Nueva York a escena (Synecdoche, New York, EU, 09) es una desdoblada representación de la vida de un dramaturgo (Philip Seymour Hoffman, elocuente en el desamparo) en proceso de continua pérdida: ciertas funciones vitales, poder creativo, independencia afectiva y capacidad para distinguir los pedazos de realidad objetiva con los inventados a partir de su condición.
Después de ser abandonado por su esposa (Catherine Keener, bien asumida como pintora de cuadros miniatura), quien además se llevó a su hija, desiste de la adaptación con la que trabajaba e inicia un megalómano proyecto teatral, aprovechando una beca, que terminará confundiéndose con su propia existencia, incluyendo pasajes salidos de su subconsciente, apenas tratados con una terapista más bien interesada en su bestseller (Hope Davis). La muerte, el sexo, la paternidad y los remordimientos, formarán parte integral de la obra sin público atrapada en una bodega cual ejemplo de toda la realidad urbana.
Con notable cuadro de actrices de soporte que acompañan al protagónico (Samantha Morton, Emily Watson, Michelle Williams, Dianne Wiest), Kaufman da rienda suelta a su imaginería tanto argumental como visual, desarrollando una expresiva puesta en escena de la propia obra como del film, apenas distinguiendo una de otra como se supondría coexisten en la cabeza del autoindulgente realizador, dejando a Arthur Miller para entregarse de lleno a su locura y a la de quienes lo rodean.
Una película que se inscribe en las que reflexionan sobre la condición artística (8 ½ de Fellini) y que plantea un delicioso y confuso panorama para el espectador, dadas las posibilidades explicativas en simultáneo que brinda emplear una parte para describir el todo (sinécdoque) y por la forma en la que podemos involucrarnos en esta representación dentro de la representación: jugar con el traslape del tiempo y las etapas vitales; con los personajes y los sujetos a quienes escenifican; con la realidad, en suma, que se configura no sólo a partir de hechos sino de las percepciones que éstos detonan.

MEMORIAS FUGITIVAS
Basada en la novela de Anne Michaels y dirigida por el reaparecido realizador canadiense Jeremy Podeswa (Eclipse, 95; Cinco sentidos, 99), también responsable de capítulos de Six Feet Under, The Tudors, Nip/Tuck, Queer as Folk, Rome y Dexter, entre otras, Memorias fugitivas (Fugitive Pieces, Canadá-Grecia, 07) es una mirada a cómo la culpa infantil, más generada que real, acompaña la vida hasta que se le confronta en la etapa adulta, justo en sus propios territorios.
Con una estructura narrativa que combina el presente con un pasado de fuerte intensidad, la cinta consigue involucrarnos con sensibilidad y tono poético en el abrumador conflicto del protagónico (Stephen Dillane): un niño testigo de la destrucción de su familia a manos de los nazis (Robbie Kay) es rescatado por un hombre vuelto tutor (Rade Serbedzija) que lo lleva a Canadá, donde es acechado por las sombras a pesar de la jovialidad de su novia fugaz (Rosamund Pike) y la presencia de los vecinos, un matrimonio judío con un hijo que se vuelve, a su vez, objeto de sus cuidados (Ed Stoppard), sirviendo de puente para conocer a una curadora definitoria en su vida (Ayelet Zurer).
Porque “el misterio de la madera no es que arda, sino que flote”, el fantasma de la hermana pianista y el regreso a donde todo empezó, lo conducirán entre reflexiones propias en off de emotividad liberadora y sensibilidad beethoviana, a enfrentar sus heridas aún supurantes para atreverse a pensar en la trascendencia vía la paternidad, impulsado por la sensualidad mediterránea, y la escritura, aquí como acto de curación indispensable.

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REIVINDICACIÓN

16 abril 2009

Dos hombres buscan regresar a la posición en la que se creían más felices sin acaso aceptar del todo los errores por la que la perdieron. Hasta que no queda más remedio: convertidos en sus propios jueces, más allá del clamor mediático y popular, se enfrentan a sí mismos en una dura e íntima batalla para poder encarar a los demás y solicitar, indirectamente, su comprensión. Perdedores de cepa que frente al triunfo, regresan a su condición original. Se trata de Richard Nixon y de Randy “The Ram” Robinson.

LA ENTREVISTA DEL ESCÁNDALO: ENTRE LA FAMA Y LA REDENCIÓN

Basada en la obra teatral de Peter Morgan y dirigida con astucia y en clave de docudrama por Ron Howard, quien consigue presentar su mejor película a la fecha, Frost/Nixon: La entrevista del escándalo (EU, 08) es una realista recreación del encuentro y sus circunstancias entre el mañoso ex presidente caído y el hábil pero en apariencia anodino conductor televisivo, convincentemente interpretados por Frank Langella y Michael Sheen, más preocupados por meterse en la piel de los sujetos que simplemente por parecérseles.

Colaboran para el despliegue actoral las sólidas presencias del reparto, representando los sendos equipos de apoyo del entrevistado y entrevistador, no exento éste último de acres discusiones al interior. Como una pelea boxística a cuatro asaltos entre dos pesos de diferentes divisiones y con los consabidos arreglos previos, el encuentro se irá desarrollando entre golpes francos, aparentes KnockOuts e impredecibles regresos de la lona, siempre manteniendo un resquicio de caballerosidad.

Además de las puntuales reflexiones sobre la fuerza de la televisión –capaz de reducir en un primer plano toda una vida-, como apreciamos en el díptico de George Clooney Buenas noches, Buena suerte (05) y Confesiones de una mente peligrosa (02), los diálogos nos conducen por los intrincados territorios del poder, la importancia de la imagen, las vertientes del periodismo, la lealtad, la seducción del dinero a cualquier nivel y la conciencia personal.

Una edición sorprendentemente eficaz que permite fluidez sin perder detalles, iluminación en un doble plano, para las entrevistas y para el propio film, y una puesta en escena que nos involucra en la época y en el ambiente social, redondean esta obra cual entrevista reveladora, autoanalítica y de contundente desenlace. Quizá no era una última oportunidad para ambos pero sí una decisiva. Ahí están los zapatos afeminados para corroborarlo.

EL LUCHADOR: LOS ABISMOS DE LA TERCERA CUERDA

Dirigida por Darren Aronofsky, tras su discutida La fuente de la vida (06), e interpretada por Mickey Rourke haciéndose uno con su personaje, El luchador (The Wrestler, EU, 08) es un viaje depresivo, con algunas paradas esperanzadoras rápidamente difuminadas, por la vida de un hombre roto y de estoica tolerancia que se ha quedado al margen después de ser estrella ochentera del ring. Ahora enfrenta sus más terribles batallas más allá del cuadrángulo: con su descenso sin escalas, con el desprecio de su hija (Evan Rachel Wood) y con la indefinición de su amiga nudista (Marisa Tomei), vuelto interés romántico.

Sin poder entrar a su casa, ocasional diversión de los niños del vecindario, vendedor de autógrafos y paciente despachador de supermercado según el estado de ánimo, mantiene su presencia en el amigable pero aún salvaje mundo de las luchas de segundo nivel. Como marcan las exigencias del medio, mantenerse en forma implica emplear medios artificiales, sobre todo cuando el cuerpo ya no está para esos trotes: camas de bronceado, sustancias de dudosa legalidad y cabellera de lucidora falsedad.

En contraste con sus acostumbradas pirotecnias visuales expuestas en Pi, el orden del caos (98) y Réquiem por un sueño (00), Aronofsky apuesta por la sencillez en la forma para que sea el contenido lo que resalte, en particular la constante imposibilidad del protagónico por establecer nuevas formas de mantenerse en pie fuera del mundo al que perteneció y que no puede dejar, acaso porque la vida transcurre más bien dentro del encordado y en los vestidores de atmósfera solidaria.

No es casual que suenen olvidados grupos hardrockeros de melena cuidadosamente despeinada para dejar que Bruce Springsteen ponga punto final con su canción homónima: la parafernalia siempre será tan espectacular como efímera. No existe corazón que resista el desprecio ajeno combinado con el propio; quizá uno u otro, pero nunca ambos: es como un salto desde la tercera cuerda a un vacío largamente construido.

LA DUDA: ANTÍDOTO CONTRA LA PELIGROSA CERTIDUMBRE

7 marzo 2009

Puede ser del tipo que promueve la reflexión y fuerza nuevos procesos de indagación y descubrimiento; pero también de una naturaleza destructiva, cercana a la intriga, la desconfianza, el chisme y el desprestigio. La capacidad de dudar está en el centro de todo pensamiento filosófico y de cualquier avance científico; en lo particular, nos permite cuestionar nuestras propias certezas para reconstruirlas, desecharlas o fortalecerlas. La duda como detonadora de la transformación.

Dirigida por John Patrick Shanley y basada en su propia obra, La duda (Doubt, EU, 08) es una mirada acerca de la tensión entre el cambio y el mantenimiento; entre el deber ser y el ajuste a la realidad; entre el respeto a la jerarquía y la necesidad de romperla; entre el apego a las reglas y la posibilidad de adecuarlas; entre la flexibilidad; en síntesis, entre la certeza y el cuestionamiento. Dos personajes con visiones distintas y que terminan por representar dos posturas no sólo en la Iglesia Católica, sino prácticamente en cualquier tipo de institucionalidad.

Enclavada en el Bronx, una escuela católica, conservadora y de modelo tradicional, guiada por monjas cubiertas de pies a cabeza. La disciplina se impone con miedo, no a partir del convencimiento. Porque así tiene que ser, se deben tener ojos en la nuca. Son los sesentas y los vientos de cambio soplan con fuerza inusitada, intentando colarse por las ventanas del colegio en cuyas aulas ya estudia Donald, un chico afroamericano en duro proceso de adaptación.

Dos posturas irremediablemente colisionarán: la intransigente directora, encarnación del seguimiento estricto de la norma frente al sacerdote que busca otras formas para relacionarse con los niños, más cercano, más personal. La excesiva atención de éste hacia Donald levantará sospechas que serán aprovechadas por la implacable mandamás del instituto para emprender una cruzada en contra del padre, acusándolo de mantener una relación inapropiada con el niño sólo con base en conjeturas que se han vuelto certezas.

En medio de estas perspectivas irreconciliables, dos mujeres que con sus recursos intentan o evaden enfrentar la verdad: la inocente hermana que todo lo inició sin ninguna mala intención (Amy Adams, aún encantada) y la madre del chico (Viola Davis, impresionante en la brevedad), atrapada entre la furia del marido contra su hijo, la satisfacción porque alguien le preste atención y la posibilidad de posponerlo todo, incluyendo la propia felicidad.

Esta sensación de duda es capturada con astucia visual por la cámara del gran Roger Deakins, quien no se detiene para combinar diversas angulaciones y alterar el eje horizontal: si la incertidumbre tiene diversas aristas, las miradas deben ser múltiples, desde los continuos picados, los encuadres que muestran el exterior y el constante juego del campo contracampo, indispensable para mostrar las posturas contrapuestas. Así, se evita la sensación de estar viendo teatro filmado para adentrarse de lleno en los lenguajes del cine.

El manejo de la luz, cargado de sentido simbólico, advierte acerca de la imposibilidad de conocer la verdad y de la necesidad de asumir los enfoques siempre subjetivos de los protagonistas, manifestados en los sermones cuidadosamente preparados o en la exposición de certezas ante quien se pong enfrente: a fin de cuentas, el combate contra el mal nos aleja de Dios, aunque la compasión tenga que esperar por una mejor ocasión para ser expresada.

Y claro, están dos titanes de la actuación, Meryl Streep y Philip Symour Hoffman, poniéndose literalmente los hábitos y regalándonos un exquisito duelo de interpretaciones de sendos personajes de los que en realidad sabemos poco, más allá de lo que vemos en pantalla: viuda la primera, de permanencia efímera el segundo. Los diálogos que suscitan diversas reflexiones son construidos por este par con plena convicción y sus personajes se convierten de carne y hueso gracias al manejo de la gestualidad y a los logrados cambios de énfasis.

Una película para reconsiderar la duda como un puente salvador del hastío de las certezas anquilosadas.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx