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TOM FORD: DE LA MODA AL CINE

22 febrero 2017

Originario de Austin, Texas, Tom Ford cimentó su carrera, después de estudiar arte, como creativo y pujante diseñador de modas en Gucci e Yves Saint Laurent para posteriormente iniciar un camino en solitario con su propia e inalcanzable línea de ropa. El contacto directo con el mundo del cine tuvo un momento decisivo con la creación de su compañía fílmica Fade To Black en el 2005, si bien antes había aparecido en Zoolander (Stiller, 2001) y en algunos documentales relacionados esencialmente con el mundo de las pasarelas y los diseños de vanguardia.

Tras comprar los derechos de la famosa y rompedora novela Un hombre soltero (1964) de Christopher Isherwood, sobre un profesor homosexual que decide suicidarse tras perder a su pareja en un accidente de automóvil, la adaptó a la pantalla con la notable presencia de Colin Firth en el protagónico. Con una dirección funcional y soportada tanto por una sensible recreación de época y contexto (Los Ángeles en los sesenta), como por un cuadro actoral de solvencia probada, Ford salió bien librado de esta excursión a la realización cinematográfica, aún con detalles por pulir.

Además de respetar en esencia el argumento de su par literario, Solo un hombre (A Single Man, EU, 2009) mostró ciertos intereses temáticos de su director entre los que destacan el de la soledad en cuanto a condición frecuente de vida, el miedo como motor de la acción y el sentido que puede tener ese estado tan inasible y temporal al que llamamos felicidad. El uso enfático de los colores, la cámara que mira hacia dentro de la intimidad del hogar tapizado de cristales y el retrato cadencioso de la cotidianidad formada por rutinas que en ciertos momentos dejan de pasar inadvertidas, fueron algunos de los elementos estilísticos que se plasmaron en esta ópera prima.

LA VENGANZA ES UNA NOVELA QUE SE ESCRIBE EN CALIENTE

Cuando parecía que su debut como director había sido una aventura aislada en su trayectoria profesional, apareció Animales nocturnos (EU, 2016), thriller psicológico de un amor diluido que regresa en forma de literaria venganza, cinta basada en el libro Tony and Susan de Austin Wright con guion del propio Ford, quien logra trasladar la conocida premisa del relato dentro del relato con notable y orgánica fluidez narrativa, transitando de la historia retratada, la de una dueña de galería profundamente infeliz que recibe una novela de su ex marido, a la recreada por esta mujer mientras va leyendo el volumen en cuestión; para complementar, se inserta de manera natural el recurso del flashback para dar contexto a los sucesos vistos en tiempo presente.

Animales nocturnosA las estelares actuaciones de Amy Adams, entre la fragilidad, la ambición añorante y la culpa latente; de Jake Gyllenhaal, expresando idealismo, debilidad y furia en doble papel y del gran Michael Shannon como el detective sin nada qué perder aunque en el fondo tampoco qué ganar, se suman pequeñas intervenciones como la de Michael Sheen en el rol del gay que intenta animar a la artista en potencia y de su pareja Andrea Riseborough, así como del marido actual y ausente interpretado por Ammie Hammer, hermético en su indiferencia, de Isla Fisher como la esposa en la novela y de Aaron Taylor-Johnson, en plan desquiciado.

Hay cierto glamour decadente y retorcido (que va del inodoro al excelso decorado de interiores), acaso expresado desde el performance inicial con esas obesas mujeres desnudas bailando o recostadas entre los invitados, que se inscribe en este contexto del arte contemporáneo tan discutido que va de considerar ciertas obras como basura apantallabobos, siempre dispuestos a pagar fuertes cantidades por ellas por un asunto de snobismo, a definirlas como auténticas innovaciones transgresoras que contribuyen al desarrollo de la expresión artística, reflejando las grandes preocupaciones humanas según los tiempos que corren. Acá, mujeres recostadas y vistas de espaldas que se convierten en un elemento transversal del filme con diferentes significados abiertos a la interpretación.

Con influencias hitchconianas en la estructura narrativa y lynchianas en la puesta en escena, ambos maestros en la creación de atmósferas cargadas de un misterio incisivo, según las intenciones de la obra, el filme despliega una fotografía cargada de contrastes, entre los claroscuros del abandono y la fiereza de las tonalidades rojizas y verdosas de intensidad acechante, que igual retratan en texturas opuestas el desarrollo de la novela y las secuencias de la protagonista, atrapada en esa casa de exquisito decorado con ventanales interminables y bien custodiada por uno de los afamados perros de Koons, como elaborados con globos de fiesta infantil.

El realizador vuelve a recurrir al polaco Abel Korzeniowski para musicalizar el filme y enfatizar ciertos momentos de tensión abierta –el conflicto en la carretera- y otros de angustia contenida, sobre todo en la lectura y la rememoración de los eventos que llevaron al final del matrimonio; la cortante edición consigue vincular las emociones experimentadas tanto por los personajes de la pieza literaria dentro de la película como de quien nos conduce a través de ella por su lectura, influenciándose mutuamente en esta idea de que el lector reconstruye al texto escrito: desde que abre el envoltorio del libro, se advierte que el material es cortante y doloroso.

De pronto nos damos cuenta que terminamos convirtiéndonos en una persona que detestamos, como le advierte la madre de la protagonista, segura votante de Trump (Laura Linney, notable en la brevedad), y al parecer ya no hay mucha oportunidad para regresar a enmendar ese extraño destino manifiesto del cual renegamos pero acabamos abrazando, como si se tratara de un refugio para el encuentro de la propia identidad, decidida muchos años antes aunque no lo supiéramos. Sentarse a esperar puede ser la última alternativa para, al menos, comprender en alguna medida quién esa persona que nos devuelve el espejo, más allá del maquillaje.

Los animales nocturnos viven en y de la oscuridad; sus instintos se alertan justo cuando el sol desaparece: no por elección, sino por condición natural.