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LA LA LAND: CANTO A LO QUE PUDO SER

3 febrero 2017

En cuanto género clásico, el musical se inscribe en una lógica que permite ponerle un alto al flujo de los acontecimientos y sublimarlos para crear una realidad paralela: los problemas se cantan, los romances se proclaman y los conflictos se coreografían. El mundo de tonos grisáceos se pinta de colores. Pero también el dolor se acentúa, la melancolía se potencia y la tristeza termina por profundizarse, como sucede en Bailando en la oscuridad (Von Trier, 2000). En términos narrativos, los musicales apuestan a la ruptura de la lógica y solicitan del espectador su complicidad para entender que el relato, a fin de cuentas, se desliza más por el pentagrama que por la página en blanco.

Escrita y dirigida por el oriundo de Rhode Island Damien Chazelle, volviendo al eje musical y en particular del jazz, explorado en Guy y Madeline en un banco del parque (2009) y en Whiplash: Amor y obsesión (2014), sus dos películas anteriores, La La Land: Una historia de amor (EU, 2016) es un homenaje entre celebratorio y nostálgico de tiempos en apariencia idos pero que permanecen mirando hacia el futuro y tratando de convertirse en él, como lo plantea el músico John Legend en una de sus líneas de diálogo: rememorar una forma musical tan vital como el jazz; un género colorido como el musical; una ciudad que en sus contrastes encuentra su fuerza como Los Ángeles; unos jóvenes con aspiraciones y, por supuesto, un enamoramiento sin dobleces.

Mia (Emma Stone, entusiasta) es una joven que intenta ser actriz y escritora de teatro, dividiendo su tiempo en atender una cafetería y participando en audiciones, esas experiencias que ponen a prueba la tolerancia a la frustración; por su parte, Sebastian (Ryan Gosling, polifuncional) es un pianista que busca mantener la integridad de sus convicciones con respecto a la pureza del jazz, en cierto sentido similar al estudiante de batería de Whiplash con todo y su actitud desdeñosa. Ambos están en ese estado en el que se encuentran millones de jóvenes en labores transicionales, esperando la oportunidad para dedicarse a lo que siempre han deseado.

Se puede vivir con optimismo aunque los sueños sigan sin cumplirse o incluso si los caminos que se presentan apuntan a otros destinos; claro que si la oportunidad se vuelve presentar, por más que uno diga haber renunciado a ellos, habrá que volverlo a intentar aunque el temor al fracaso incremente la desconfianza. Y si no se alcanzan, las expectativas se van ajustando a las condiciones de la realidad por mero instinto de sobrevivencia emocional y para no padecer la eterna frustración del hubiera sido, hubiera podido, hubiera hecho… sin dejar, por supuesto, de seguir imaginando nuevas posibilidades. Pero si las penas con pan son menos, los fracasos con amor como quiera. La duda es si los logros sin amor se saborean igual.

Un insufrible atolladero en un puente vehicular puede atemperarse si salimos del coche, soltamos el cuerpo y celebramos a todo pulmón que tenemos otro día soleado, aunque después tengamos que regresar a los autos y desquitarnos con el claxon o con el de adelante que no avanza. Eso sí: queda la alternativa de saberse uno más en la multitud, disfrutar una noche encantadora sin la compañía esperada, visitar el planetario para alcanzar la ciudad de las estrellas y seguir siendo un tonto repleto de sueños que se reconvierten al paso de las estaciones.

UN ROMANCE COREOGRAFIADO

Ella vive con unas jóvenes parecidas a Las señoritas de Rochefort (Demy, 1967) con vestidos y de colores primarios y actitud festiva; cuando conoce a esta especie de hosco Vendedor de ilusiones (DaCosta, 1962), primero se comporta como La inconquistable Molly Brown (Walters, 1964), pero a fin de cuentas sabe que es una encantadora Funny Girl (Wyler, 1968), buscando convertirse en La estrella (Wise, 1968) o en La cenicienta en París (Donen, 1957) y manteniendo el optimismo de Dulce caridad (Fosse, 1969), a pesar de las caídas y, como que no quiere la cosa, para entender porqué Todos dicen que te amo (Allen, 1996).

Por su parte, el admirador de los clásicos, la historia y los significados del jazz como manifestación cultural, de pronto se da cuenta, al llegar La noche de un día difícil (Lester, 1964), que está en posición de decir que ella es Mi bella dama (Cukor, 1964), aunque duda si pudiera sumarse a una Sinfonía en París (Minnelli, 1951), quizá en alguna vida paralela que incluya una visita al Molin Rouge (Luhrmann, 2001), manteniendo la esperanza de poner un club que sea All That Jazz (Fosse, 1979), cual refugio para la tradición, como si se tratara de un Cabaret (Fosse, 1972), búnker para la libertad y diversidad en plena represión nazi.

Entonces, ambos se encuentran ante la gran oportunidad de hacer, vía pura imaginación,la-la-land Un brindis al amor (Minnelli, 1953) mientras están Cantando bajo la lluvia (Donen y Kelly, 1952), con la protección de Los paraguas de Cherburgo (Demy, 1964), pero terminan por preferir el cielo despejado lleno de estrellas con la ciudad a sus pies y el infaltable farol de la calle para iluminar hasta la oscuridad de la casa, justo para que, a pesar de sus diferencias, tengan la gran oportunidad de edificar un Amor sin barreras (Robbins y Wise, 1961) que se expanda A través del universo (Taymor, 2007).

La vuelta a la normalidad de los personajes, después de participar en alguna de las secuencias de ese mundo paralelo donde la cotidianidad se vuelve coreografía, pone una vez más las cosas en su sitio, más en la medianía rutinaria que en los extremos. En este caso, atender la cafetería del estudio cinematográfico con clientes reacios al gluten, ir a audiciones interrumpidas por naderías, convertirse en el Piano Man de la clásica de Billy Joel (en lugar del nuevo Bill Evans), hacer covers de A-ha y A Flock of Seagulls disfrazado de falso bombero en alguna fiesta insulsa o entrar a una banda con la que no se comparte del todo la estética sonora.

A partir de coreografías sencillas y lucidoras para la pareja principal, sin pretender alcanzar los niveles de baile de Fred Astaire y Ginger Rogers sobre todo en Swingtime (Stevens, 1936), y de canciones de reconocimiento inmediato, cortesía de Justin Hurwitz, que abren la puerta para momentos de humor, festejo y añoranza, la puesta en escena apuesta por el clasicismo y una intencional disposición de elementos y colores, bien capturados por una cámara que sabe cuándo elevarse, acercarse o desplazarse para provocar el efecto deseado, en todo momento reforzado por el preciso uso de la iluminación.

La edición contribuye al desarrollo ágil de este romance aspiracional, siempre creíble por el indudable carisma de los intérpretes, de química probada desde anteriores filmes, y de las breves apariciones de los secundarios, en tanto las transformaciones de escenas y la magia de las secuencias en las que nos extraviamos en épocas pasadas y presentes donde la gravedad deja de ser ley, se integran al tono retro de un relato que encuentra su punto culminante en el notable desenlace, cual emotivo canto de lo que pudo ser. La La Land se convierte en un clásico instantáneo del género.

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DESEOS IMPREVISTOS

23 marzo 2015

Ya sabemos que hay que tener cuidado con lo que deseamos porque en una de ésas, se nos cumple: ahí nos damos cuenta que en realidad lo importante era el solo hecho de querer algo, no de tenerlo. Un poco como el síndrome del objetivo alcanzado: ya que lo logramos, ahora no sabemos qué hacer con ello y perdemos el sentido que habíamos depositado en la búsqueda, en el proceso. Además, está el asunto de las expectativas: depositamos tanto en algo que buscamos alcanzar que cuando se convierte en realidad, nos percatamos que la felicidad estaba en otra parte (aunque en el fondo ya lo supiéramos).

El clásico “vivieron felices para siempre” es, por decir lo menos, una buena broma. Los personajes de los cuentos clásicos cargan esta consigna imposible de alcanzar porque encierra en sí misma una contradicción: no hay mal que dure cien años, pero tampoco bien que nunca se acabe; ni hablar, es parte de la condición humana que de pronto puede extenderse hasta los cuentos o los musicales.

Tener un hijo largamente esperado, casarse con la persona de tus sueños, recuperar la juventud perdida o hacerse rico como por arte de magia, forman parte de algunos deseos que pueden motivar la incursión en las profundidades de un desconocido y amenazante bosque, o sea, territorios desconocidos: solo entrando ahí cabe la posibilidad de alcanzar el propósito, sobre todo por la implicancia de buscar más allá de los propios límites.

LA VIDA ES UN CUENTO

Basada en el musical ochentero de la dupla Sondheim / Lapine (también responsable del guion) y dirigida por Rob Marshall, con los filmes propios del género Chicago (2002) y Nine (2009) en su currículo, En el bosque (Into the Woods, EU, 2014) imbrica varios cuentos de los hermanos Grimm alrededor de una pareja que desea fervientemente tener un hijo, para lo cual tiene que conseguir algunos objetos solicitados por la bruja con el fin de cancelar la maldición familiar y, de paso (o al revés), volver a ser joven y bella.

Como cabría imaginarse, dichos objetos involucran a otros reconocibles personajes: el pelo de Rapunzel, niña hechicera, aviéntame tu cabellera; la capa de la buza caperuza que fácilmente la puede suplir (Lilla Crawford, ambigua); el zapato dorado de una dubitativa y huidiza cenicienta; la vaca blanca deslechada, propiedad del afectuoso Jack (Daniel Huttlestone, todavía formando parte de los miserables) y al fin intercambiada por los frijoles mágicos con los consecuentes regaños de su madre, viviendo en la angustia perpetua por las permanentes vacas flacas.

Impecables resultan el diseño de producción y la edición de sonido, así como la fotografía, propicia para el lucimiento actoral y de las propias escenografías. Maquillajes y vestuarios con el sello de la casa, coreografías discretas y efectos especiales suficientes. El problema del film tiene que ver con la adaptación del guion y la edición: el ritmo es disparejo, por momentos la historia se percibe reiterativa (la fiesta hubiera sido de una noche y no de tres, por ejemplo) y ciertos números aportan poco al sentido emocional del film. Además, no todas las canciones se encuentran al mismo nivel, el destino de Rapunzel queda en el olvido y resultan discutibles las omisiones en relación con el material original.

Eso sí, el trabajo de casting termina por ser meritorio: ahí están las interpretaciones comandadas por Meryl Streep, en plan bruja esperando que el diablo la vista a la moda, y bien secundadas por Emily Blunt, como la mujer del panadero equivocándose de cuento; James Corden en busca de su gran oportunidad; Chris Pine cual príncipe encantador medio coscolino; Anne Kendrick huyendo del compromiso; Christine Baransky, intentando colocar a sus hijas a fuerza que ni los zapatos entran; Mackenzie Mauzy, esperando salir de la torre de la falsa pureza; Frances de la Tour, cual giganta en busca de venganza y Johnny Deep, encarnando a un lobo que actúa como Jack Sparrow (otra vez).

El habitual mundo de fantasía y felicidad se transforma en una comunidad realista, con todo y amenaza externa con la consecuente búsqueda de algún chivo expiatorio como si de un sacrificio salvífico se tratara. A fin de cuentas, las familias se pueden configurar de maneras inesperadas y, extrañamente, funcionar como un refugio afectivo para sus improbables miembros.

BOB ESPONJA: EN BUSCA DEL CÓDIGO ENIGMABob Esponja

Ya que estamos con mundos de fantástica y aparente felicidad, sumerjámonos en Fondo de Bikini, una comunidad subacuática poblada por personajes de muy diversas especies marinas, además de una ardilla, que tienen como epicentro una hamburguesería regenteada por un ambicioso cangrejo, atendida por un calamar amargado y una esponja de inocencia a prueba de tsunamis –cuy mejor amigo es una estrella de mar macho tan babeante como simpático-, y envidiada por un alterado plancton, cuya compañía es una computadora que hace las veces de su pareja.

Ahora el detonante de la trama es el robo de la fórmula secreta con la que se hacen las cangreburguers, situación que trasciende más allá de un pleito empresarial: la convivencia social se desmorona y de pronto parece que estamos en una especie de Mad Max submarina, con todo y el pacífico caracol Gary convertido en un Coronel Kurtz y peces desquiciados aporreando lo que encuentran a su paso, llantas incluidas. Una alternativa será viajar en el tiempo para recuperar la fórmula: sin hamburguesa no hay paz social.

Realizada por Paul Tibbitt, responsable de la primera entrega, Bob Esponja: Un héroe fuera del agua (EU, 2015) funciona como un divertimento a tono con la expectativa que ha generado esta caricatura, una de las más importantes del siglo XXI. La animación está más cuidada, así como la integración con la acción fuera del mar; el humor se conserva con todo y los pequeños detalles salpicados de psicodelia, aunque quizá falte alguna secuencia como aquélla de la borrachera de helados de su antecesora, y la presencia de Antonio Banderas, totalmente sobreactuado como ameritaba el caso, resulta agradecible.

LOS MISERABLES: TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN

1 marzo 2013

A la memoria de José Covarrubias, para que su chelo siga retumbando en las alturas.

Para disfrutar de un musical hay que ponerse a modo, porque eso de que hasta las gracias las den con una tonada entre épica y melodramática no es cosa que se vea todos los días. Claro que bien expresadas, las emociones de todo tipo, incluyendo un posible sesgo cómico, pueden darse cita en este género que tiene miles de años y que de alguna manera se ha incrustado en la estructura de diversas artes, aunque el nombre que ahora adopta le pertenezca al cine. En particular, durante la época dorada de Hollywood, se convirtió en uno de los géneros más recurrentes y tras largos años en penumbra, parece que desde hace algunos años quiere volver a levantar, literalmente, la voz.
La cinta Los Miserables (Les Misérables,EU-GB, 12) se basa en el famoso musical estrenado en los ochenta con la música de Claude Michel Schönberg, las letras de Alain Boublil y Jean-Marc Natel –en francés- y de Herbert Kretzmer –en inglés- que intentaba rescatar la esencia y el espíritu de la novela total escrita por Víctor Hugo, una de las más importantes en la historia de la literatura y en la que cabe buena parte de la condición humana: el amor, la muerte, la traición, la fidelidad, la lucha de clases, la justicia, la maternidad y paternidad, el sacrificio, la transformación, el idealismo, la soledad… todo un cúmulo de sentimientos, emociones y situaciones narradas a partir de diversas estructuras narrativas que pueden viajar entre el drama, la comedia, la épica, el intimismo, el romance y el apunte social.
Con la solvente realización de Tom Hooper (El discurso del rey, 10; El nuevo entrenador, 09; Longford, 06), otra vez mostrando capacidad para la dirección de actores y la recreación de época, y con la oportuna participación de William Nicholson en el armado de un guion que consigue darle continuidad al relato, quizá salvo la abrupta elipsis en la transformación del protagonista, el arriesgado filme sale avante y mantiene la emoción durante la mayor parte del metraje, gracias a un deslumbrante diseño de arte y, sobre todo, a la convicción de los intérpretes grabados en vivo sin mayores efectismos, estrategia que le brinda un aire de autenticidad y cercanía con sus respectivos personajes, ya muchas veces trasladados a la pantalla.
Con abundancia de primeros planos y close-ups que parecen confrontar y exigir a los actores, la dirección de cámaras apunta a brindar perspectivas de carácter contextual, pero poniendo el énfasis justamente en las emociones individuales, tanto en las angustias como esperanzas de los hombres y mujeres que viven una época de marcadas diferencias clasistas posterior a la Revolución francesa que, como suele suceder con estos movimientos, empiezan de manera libertaria y terminan en forma autoritaria: el conflicto entre los sujetos y las estructuras se refleja nítidamente, considerando los ámbitos de oportunidad para tomar decisiones o mantenerse imposibilitado para elegir un camino propio.Miserables
En términos generales, el elenco acaba resultando más que cumplidor: sin una voz particularmente poderosa aunque sí expresiva, Russell Crowe transmite la angustia de un personaje incapaz de aplicar criterios propios, cumplidor hasta la muerte; Hugh Jackman, más habituado en estos terrenos, logra transmitir las idas y vueltas de su cambiante encarnación, y Anne Hathaway sorprende por su capacidad para combinar la fragilidad de una mujer acorralada con el convencimiento de una madre que se doblega pero que no se rompe, aún con capacidades para soñar un sueño. Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter cumplen con su cuota de humor y los jóvenes Amanda Seyfried, Eddie Redmayne y Samantha Banks (ya conocedora previa del papel de Epónine) integran un triángulo amoroso que le aporta la creíble cuota romántica al musical.
Si bien el ritmo no es sostenido durante todo el tiempo, la propuesta visual que combina apoyos digitales con escenarios construidos, la cuidada coreografía en las secuencias multitudinarias y, sobre todo, el trabajo en la edición de sonido, se imbrican de tal manera que abonan a la construcción de una narración que termina por atraparnos, aunque ya conozcamos la novela fundacional publicada en 1862 y la adaptación al terreno del teatro cantado que tanta permanencia ha tenido en las tablas del mundo, particularmente en Londres y Nueva York. Como bien me comentaba mi amigo Ernesto, ahí está el guiño a Colm Wilkinson, quien interpretaba a Valjean en el teatro y acá hace lo propio con el obispo.
En síntesis, se trata de un musical que puede ayudar a que los niños y jóvenes cinéfilos puedan adentrarse en el género, los prejuiciosos pongamos a prueba nuestras necedades contra este género y los fans de antaño continúen disfrutando de la combinación artística entre el cine, el teatro, la música y, en este caso, la literatura.