Posts Tagged ‘Humor’

JOYAS ANIMADAS

11 septiembre 2015

Si bien sabemos que en el mundo de los estudios cinematográficos de animación Pixar levantó el listón que han intentado alcanzar algunos competidores como Dream Works, Universal o Blue Sky, existen otras casas productoras reconocidas que, a partir de una propuesta estética inconfundiblemente imaginativa, siguen alimentando el género con filmes de sorprendente manufactura, integrando posibilidades tecnológicas con belleza artesanal y sensibilidad argumental.

DE LA REBELIÓN EN LA GRANJA A LAS LUCES DE LA CIUDAD

Uno de ellos es Aardman, fundado en los setenta por Peter Lord and David Sproxton que incorpora el clásico humor inglés y cuya carta de presentación fue Morph; en los ochenta, ya en conjunto con Nick Park, cabeza visiblemente creativa, diseñaron el video de Sledgehammer para Peter Gabriel y produjeron Un día de campo en la luna (1989), donde conocimos a los ahora célebres Wallace & Gromit, también protagonistas de Los pantalones equivocados (1993), la serie de diez cortos Cracking Contraptions (2002), Un asunto de pan y muerte (2009) y de La batalla de los vegetales (2005), amplia y justamente premiadas.

A partir de oportunos convenios, aparecieron las notables Pollitos en fuga (2000), Lo que el agua se llevó (2007), Operación regalo (2011) y ¡Piratas! una loca aventura (2012). Ahí está la técnica del stop motion llevada a sorprendentes niveles gracias a unas manos tan creativas como llenas de plastilina, demostrándonos que este dúctil material puede convertirse en arte puro, desenfadado y cómicamente costumbrista, heredando el humor mudo llevado a grandes altitudes por Charles  Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd.

ShaunAhora regresan con la deslumbrantemente cómica Shaun, el cordero (Shaun the Sheep: The Movie, RU, 2015), luminoso largometraje dirigido a diez dedos por Burton y Starzak, basado en el inteligente y nada borrego personaje creado por Park, ya merecedor del protagonismo en una cinta de largo aliento después de sus constantes apariciones en televisión a partir del 2007 inspiradas, a su vez, en el corto Una afeitada al ras (1995), ganador del Oscar.

En esta oportunidad, la entrañable oveja lidera a su hato para, primero, romper con la rutina vivida en la granja bien vigilada por el perro pastor y, después, para rescatar a su cuidador extraviado con amnesia en la ciudad, ya vuelto una celebridad de la nada simplemente por realizar peinados cual eficaz trasquilador, frente a los peligros implícitos del cambio de hábitat y los provocados por un perseguidor de animales sin dueño.

Las logradas escenografías cual curso avanzadísimo de elaboración de maquetas, un score siempre a tono, aprovechando el bagaje de la música inglesa, , acompañan la hilarante travesía de este grupo de ovejas con mandíbula oblicua en busca de su pastor, contada a través de secuencias coherentes entre sí pero que valen por sí mismas como impagables sketches cómicos, como los disfraces utilizados que incluyen convertirse en una back pack.

No faltan las múltiples referencias ingeniosamente insertadas en la trama como la del misterioso artista callejero Bansky, los trajes de Breaking Bad, Robert De Niro en Taxi Driver, Hannibal Lecter en forma gatuna y la dualidad de La noche del cazador (Laughton, 1955), representada por el BARK/BITE en lugar del famoso LOVE/HATE de los nudillos, dándole un toque de intertextualidad a toda la escena de la prisión, dentro de la que también se identifica la presencia de Sueño de fuga (Darabont, 1994).

Unos cínicos cerdos parranderos, un oportuno toro, el gallo abriendo y cerrando la puesta en escena y un extraño y solidario perro callejero, que contrasta con el de los ojos locos siempre mirando fijamente, además de paródicos apuntes sobre el absurdo de la fama, complementan esta maravilla animada que consigue desplegar humor en varios niveles y para todo mundo sin descuidar el toque emotivo.

LA LEYENDA DE LA PRINCESA NACIENTE

El otro estudio clave en el universo de la animación contemporánea es Ghibli, salpicado de la deslumbrante cosmovisión japonesa, alimentada con historias de otras latitudes, y con una tendencia hacia la estética manual que entiende que la belleza está en el detalle. Fue fundado a mediados de los años ochenta por el gigante de la animación mundial Hayao Miyazaki junto con su amigo y maestro Isao Takahata y la primera película del sello fue Nausicä en el valle del viento (1984), del propio Miyazaki.

Vendrían después varias obras maestras de ambos a quienes se sumaron, siguiendo el estilo visual y la tonalidad de los argumentos, otros realizadores como Tomomi Mochizuki (Puedo escuchar el mar, 1993), Yoshifumi Kondo (Susurros del corazón, 1995), Hiroyuki Morita (Haru en el reino de los gatos, 2002), Hiromasa Yonebayashi (Arrietty y el mundo de los diminutos, 2010; El recuerdo de Marnie, 2014) y Gorō Miyazaki (Cuentos de Terramar, 2006; La colina de las amapolas, 2011), hijo del padre fundador.

El estudio cuenta con un museo en Tokyo, asentado en una hermosa casa que parece sacada de alguna de sus películas; desde que se llega, en un camioncito propio, la sensación inmediata es formar parte de un mundo fantástico pintado a mano, lleno de colores e historias emotivas. Desafortunadamente, Ghibli se encuentra en una reestructura  dadas las dificultades económicas por las que atraviesa, crisis acentuada con el anuncio dado a conocer por Miyazaki acerca de su decisión de colgar los lápices a color.

Justamente del cómplice Takahata, bien conocido por la imprescindible La tumba de las luciérnagasPrincesa Kaguya (1988), llega La leyenda de la princesa Kaguya (Japón, 2013), cuya historia se basa en el antiguo cuento El cortador de bambú, acerca de una pequeña niña que nace en una de estas plantas y es recogida por una pareja de ancianos campesinos sin hijos, quienes la educan como propia en el campo pero que al crecer deciden llevarla a la gran ciudad para que viva como lo que se supone es: una princesa en espera de un príncipe, aunque no sea azul.

De la natural y fresca vida en la comunidad rural, la heroína tendrá que pasar por el duro proceso de aprendizaje para ser de la realeza, recibir candidatos para casarse con ella y averiguar su identidad: de dónde vino, cuál es su destino y cuál es el significado de su presencia en este mundo, que parece ajeno al de su origen. A través de poéticas pinceladas vamos acompañando a esta pequeña para encontrar las respuestas a sus preguntas, mientras intenta ser feliz estrechando lazos afectivos.

Hermosamente dibujada, con trazos sencillos y colores apagados que se soportan en líneas negras, muy en consonancia con la tradición de la pintura japonesa que tanto influenció a los impresionistas, el filme encuentra un pausado dinamismo en ciertas secuencias con emotivos desplazamientos que permiten a los personajes, delineados con claridad y acompañados de un luminoso score, disfrutar de los amplios espacios naturales que contrastan con la vida en palacio. Una obra maestra de sutileza pictórica.

UN REINO BAJO LA LUNA: LA EDAD DE LA INOCENCIA

8 abril 2013

Si un rasgo distintivo de los grandes directores cinematográficos es su capacidad para crear un universo propio con un sello particular que se convierta en adjetivo (hitchconiano, bergmaniano, chaplinesco), entonces Wes Anderson es un claro ejemplo de cómo desarrollar una propuesta innovadora desde el punto de vista narrativo, tanto de gramática fílmica como de estética visual, basada en su característica perspectiva frontal, como para que el intercambio con el espectador se desarrolle cara a cara, en forma cercana y directa. En efecto, sus historias están pobladas por seres que navegan entre una evocativa disfuncionalidad, cargada de un humor natural, y una plena autoconciencia de su propia condición, puesta a prueba en situaciones que rayan en un inocente absurdo, siempre desarrolladas en mundos personales que parecen ajenos a la realidad.
Sus filmes acaban por ser extrañamente luminosos, no solo por el enfático uso de los colores y de la iluminación, sino por cómo sus criaturas, habitualmente desarrolladas en peculiares contextos familiares (Los excéntricos Tenenbaum, 01), ponen el corazón por delante y emprenden aventuras de liberación entre inverosímiles y arriesgadas (Bottle Rocket, 96; Vida acuática, 04; Viaje a Darjeeling, 07), que usualmente llegan a buen puerto, aunque el tránsito no resulte como se había planeado.
Después de la estupenda El fantástico seño zorro (09), en la que igual conviven las temáticas familiares con la liberación, el riesgo y el humor sutil, el también productor del filme Historias de familia (Baumbach, 05) presenta Un reino bajo la luna (EU, 12) cual mirada estrafalaria a un primer amor desplegado a través de una aventura escapista, de paso transformando a una serie de adultos un cuanto tanto extraviados en sus propias lógicas de funcionamiento, acosados por una soledad no del todo reconocida. Estamos a mediados de los sesenta en una pacífica isla boscosa de Nueva Inglaterra, a donde todavía no llegaba la revolución hippie.
Sam, quien por momentos recuerda al Max de Rushmore (98), es un inteligente y seguro niño huérfano de doce años con personalidad definida (Jared Gilman), rechazado por todos sus compañeros de la tropa scout y hasta por sus padres adoptivos; durante un campamento, decide escaparse para encontrarse, de acuerdo a un plan previo orientado a vivir en un sitio recóndito de la isla, con una niña lectora de igual edad y problemáticas similares (Kara Hayward), que vive con sus papás y sus tres hermanos pequeños, puntualmente presentados al inicio de la cinta por medio del característico travelling, mientras se explica y suena la música de Britten.Un reino bajo la luna
A la búsqueda de los niños se suma un nutrido grupo de personajes con sus respectivas manías y angustias: además de los compañeros, el líder al fin sensible de la patrulla scout (Edward Norton); el tristemente solitario policía local (Bruce Willis); los padres de la niña, una desternillante pareja de abogados que hasta en las conversaciones de recámara lo siguen siendo (Bill Murray y Frances McDormand), con megáfono y hacha en mano respectivamente, y hasta la telefonista de pronto sumada a la travesía.
Por ahí aparecen también la ruda agente del servicio social (Tilda Swinton); un jefe scout de rostro adusto con cobijita a cuadros (Harvey Keitel) y el primo de uno de los niños rescatadores, quien parece hacerla de jefe informal en los campamentos y hasta de casamentero, según se ofrezca (Jason Schwartzman): notable casting con algunos de los actores de cajón y otros bastante dispuestos a probar con registros a los que no están acostumbrados.
Los diálogos adquieren por momentos una forma teatral en la línea del mejor Kaurismäki, combinando una franqueza casi inocente con una profundidad que solo logran alcanzar los niños de cualquier edad: la hilaridad se desboca y las relaciones se reconstruyen continuamente. El diseño de arte, particularmente en el diseño de interiores, en los vestuarios siempre combinados (esa abundancia de ropa a cuadros) y en los objetos propios de la época (sensacional el tocadiscos portátil), contribuye a la inmersión en esta particular comarca dentro de la que todo parece transcurrir como si se tratara de una caricatura costumbrista de múltiples dimensiones.
La estructura narrativa, con guion de Roman Coppola, se alimenta de un puntual flashback para identificar cómo se conocieron los protagonistas, la presentación de las rutinas en la casa y en el campamento y con la presencia en apariencia fuera de la lógica argumental del geógrafo local y narrador (Bob Balaban), vestido como duende e informando sobre las características de los territorios donde se despliega la historia, también expuestos en mapas indicativos de los desplazamientos de los personajes, en busca de reinos inexplorados pero bien alumbrados por una luna grandotota.
Al score del reconocido Alexander Desplat se le suman obras de Purcell, Schubert y Saint-Saëns, intercaladas con canciones tradicionales que acompañan la brillante puesta en imágenes, pintada de un amarillo omnipresente o tendiendo a tonalidades rojas y azules, según las situaciones en las que se encuentren los personajes. Como si de una maqueta se tratara, quizá para darle ese tono de cierta irrealidad, el fotógrafo de cabecera Robert D. Yeoman construye encuadres de atractiva composición, con los diversos elementos puestos en un mismo plano interrumpiendo el horizonte, o bien jugando con las sombras y los planos, enfatizando el recurso del close-up en los dubitativos rostros infantiles. Una obra maestra.