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EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON: VIDA PERPENDICULAR

24 enero 2009

Una vida en la que cuerpo y mente se mantienen en estado de ruptura casi permanente, salvo algunos momentos alrededor de los cuarenta, justo cuando hay coincidencia entre las potencialidades físicas y cerebrales. El Gran Reloj girará al revés en ese grito de esperanza y dolor por volver atrás el tiempo. Un viaje en busca de la infancia perdida o un inocente recorrido dirigido al encuentro del propio origen, no sólo social o familiar, sino total. Un poco como nos pasa a todos, acaso sin darnos demasiada cuenta.
Dirigida exhaustivamente por David Fincher (después de la notable Zodiaco, 07), El curioso caso de Benjamin Button (EU, 08) se basa, aunque lo modifica, en un cuento de F. Scott Fitzgerald, en el que seguimos a un recién nacido hacia el final de la Primera Guerra Mundial cuya anatomía es la de un hombre de 80 años. Muerta su madre, el horrorizado padre lo deposita en un asilo donde será adoptado por la negraza que cuida de los ancianos (Taraji P. Nelson, estupenda) en la bulliciosa Nueva Orleans.
A partir de aquí seguiremos un largo viaje a la semilla (Carpentier dixit) que incluirá el desarrollo de su infancia, sus primeros pasos de resonancia bíblica con todo y Pastor fallecido, así como la iniciación de una prolongada e intensa, aunque intermitente, relación con Daisy (Cate Banchet); vendrá su adolescencia con la borrachera de rigor, el amigo que nunca falta y la aproximación al sexo para dar paso a la aventurera juventud en alta mar que traerá un amor efímero y clandestino con una nadadora incansable aún en el retiro (Tilda Swinton).
De ahí la adultez para sentar cabeza paternal hasta cumplir la máxima de que todos acabamos en pañales. La dislocación entre la condición física y la madurez provocará la imposibilidad de establecer paralelismos: sólo Vidas perpendiculares (retomando el título de la reciente novela de Enrigue), en las que habrá un momento de coincidencia con su esposa-amiga-madre-abuela. Vidas también en espiral con idas y vueltas a lo Forrest Gump (Zemeckis, 94) y en sentido contrario con la fragilidad memorística a lo Amnesia (Nolan, 00), ya hacia el final de su existencia al revés.
Una vida llena de regresos a la ciudad de origen, amenazada con el Katrina, cual vientre materno en la que se inicia a la inversa de El increíble hombre menguante (Arnold, 57) aunque después coincide en su desarrollo, al estilo de 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 68) y el alcance del estado ideal cual feto a salvo de cualquier amenaza del entorno. Si bien la edad intermedia aparece como sinónimo de plenitud, no se dejan de establecer conexiones entre la infancia y la vejez, cuando el mundo es más prístino: la muerte en el asilo se ve natural, a diferencia de las que suceden en combate.
A manera de flashback con una Cate Blanchet postrada ante su hija quien se encarga de leer el diario, voz que se convierte en la narración en off del propio personaje, Fincher apuesta por una fotografía de un preciosismo abrumador, llena de tonalidades apagadas mezcladas con texturas hiperrealistas, considerando un exacto manejo de la iluminación y estudiados encuadres que, más allá de los pertinentes y sorprendentes efecos visuales –incluyendo la labor de maquillaje- le brindan al relato un suficiente poderío visual.
Pero quizá tanta dedicación en la fotografía hizo que el director de Seven (95) y El club de la pelea (99) –ahora cambiando su registro- se olvidara de las tijeras: por momentos la cinta se siente reiterativa y ciertos pasajes parecen sólo dar vueltas sobre lo mismo. La edición no permite que la cinta fluya del todo y los baches narrativos, que bien se pudieron evitar, provocan que hacia el final la sensación sea de prisa: ya habían empleado mucho tiempo y ahora había que apurarse, como si el reloj al revés de pronto funcionara como cronómetro.
Pasada la curiosidad inicial, se percibe dificultad por sostener el interés acerca de un personaje con el que cuesta trabajo involucrarse del todo, así como con sus peripecias. Funcionan ciertos simbolismos que salvan la cursilería previsible como el colibrí, así como la inserción de personajes representativos como el padrastro, el acercamiento del padre biológico, la anciana pianista, el aguantarrayos, el capitán del barco con sus tatuajes artísticos y el pequeño africano cuenta historias. En paralelo, el retrato de las diferentes épocas que acentúa el estado de incomprensión de nuestro improbable botonero, viviendo la desgracia de ir al revés y la fortuna de haber encontrado, en ese tránsito, personas por las cuales preocuparse.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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