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CORRECCIÓN POLÍTICA Y CINE

15 febrero 2017

La expresión se refiere a un conjunto de premisas sustentadas en un pensamiento, lenguaje y comportamiento moral que suponen avances civilizatorios para bien de la convivencia social y la igualdad de oportunidades: banderas imprescindibles como la tolerancia a quienes piensan diferente, la conciencia ecológica, la equidad de género, la búsqueda de la paz, la igualdad racial y la libertad religiosa se han enarbolado con fuerza y justicia, haciendo de algunas sociedades ejemplos de ecosistemas sustentados en la ética en las que se valora al individuo en cuanto tal como parte de una colectividad en busca del bien común.

Por otro lado, en aras de mantener este enfoque de lo políticamente correcto se ha caído en ciertos excesos peligrosos que terminan por convertirse en la serpiente que se muerde la cola, favoreciendo un enfoque acrítico: una superioridad moral que apunta con múltiples dedos flamígeros a quien pueda pensar distinto en algún sentido, o bien los cuestionamientos a la libertad de expresión porque no se comulga con tal o cual idea. Los fundamentalismos que cancelan la posibilidad de debatir y argumentar también se presentan en quienes ondean estos estandartes de corrección, sintiéndose con la autoridad para decirle a los demás lo que deben o no hacer, juzgando la paja ajena sin ver la viga propia.

Así, de pronto ser políticamente incorrecto se puede ver como un halago, en tanto se cuestionan ciertos dogmas escasamente discutidos de los bienpensantes siempre pontificando, o como un insulto, en tanto se pretenden anular de un plumazo (u orden ejecutiva) ciertos logros que como humanidad hemos alcanzado en términos de justicia social. Corren tiempos en los que este tipo de corrección política está sufriendo fuertes embates en Estados Unidos y a través de los discursos de ciertos grupos políticos en Europa, cada vez ganando más espacios entre los electorados.

La historia no es lineal y los planteamientos racistas, xenófobos, ignorantes y machistas nunca se fueron y hoy están regresando a la luz con el permiso de quienes detentan el poder político: de un estado de latencia están cobrando peligrosa y envenenada vida. De ahí que parece no estar de más volver a insistir, aunque se peque de exageración o exceso de subrayado, sobre la importancia de promover ciertos valores fundamentales para la cohesión social, como lo hacen un par de películas impecablemente producidas que recuperan sendos hechos reales desde la perspectiva, precisamente, de la corrección política.

Filmes que han sido señalados, por cierto, de ser excesivamente cuidadosos en su discurso para mandar un mensaje que pudiera verse como maniqueo y, por ende, poco creíble o demasiado didáctico. Los protagonistas se presentan como hombres y mujeres inmaculados que se ven envueltos en contextos adversos pero que paulatinamente van transformando el curso de los acontecimientos e incluso a quienes los rodean, en un inicio reacios o escépticos y al final admirándolos y hasta sirviéndoles el café o hablándoles de usted (los excesos innecesarios que comentábamos).

FÉ Y MATEMÁTICAS: LAS VERDADERAS ARMAS

Mel Gibson es una figura ideológicamente polémica en el mundo del cine. Después de darse a conocer como eficaz y simpático actor de memorables cintas de acción, fue alternando su trayectoria tras la cámara, en cuyas películas presenta a hombres ejemplares dispuestos al sacrificio por mantener sus ideales y salvar a los demás, como el profesor Justin McLeod de El hombre sin rostro (1993); William Wallace de Corazón valiente (1995); Jesús de La pasión de Cristo (2004) y Jaguar Paw de Apocalypto (2006); de manera paralela, escenificó algún episodio en el que dejó ver su rechazo a los homosexuales y su animadversión por los judíos en una borrachera y posterior conflicto vial, ya sospechada desde el planteamiento y episodio elegido de la vida de Jesucristo.

Parece consecuencia lógica, considerando que su padre se fue de Estados Unidos a Australia para evitar que sus hijos participaran en la guerra de Vietnam, que su siguiente película fuera Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, Australia-EU, 2016) en la que recupera la vida de Desmond Doss, un soldado que por convicciones personales derivadas de una fuerte experiencia con sus padres, decidió nunca más empuñar un arma; cumpliendo con su deber, su participación en la II Guerra mundial, particularmente en la famosa y cruenta batalla de Okinawa, consistió en salvar la mayor cantidad de combatientes sin disparar un solo tiro.

Notablemente interpretado por Andrew Garfield, Doss se convirtió en un héroe de alcance místico, cuya hazaña está poderosa filmada gracias a una intensa puesta en escena que no teme mostrar el horror de la lucha cuerpo a cuerpo, como rodada con las vísceras. Gibson vuelve a optar por la construcción de escenarios envolventes, que nos introduzcan en la acción y nos permitan palpar los padecimientos y angustias de los soldados peleando por un ideal difuso: se trata de un alegato a favor de la paz a partir de la recreación de un enfrentamiento al final dominado por las ratas, dándose un festín con los cadáveres. Así de absurda es la guerra.

Talentos ocultosPor su parte, Talentos ocultos (Hidden Figures, EU, 2016) narra el caso de tres mujeres afroamericanas que resultaron vitales para el avance de la NASA a principios de los sesenta, cuando la carrera con la Unión Soviética estaba en su apogeo. Padeciendo una doble discriminación, por sexo y raza, tuvieron que salir del sótano institucional a punta de enjundia, saber científico y capacidad adaptativa para insertarse en los proyectos cruciales que se desarrollaban en aquellos años, caracterizados por la segregación racial manifestada en baños, autobuses, restaurantes, miradas y silencios que se reproducían al interior de las organizaciones de manera alarmantemente normalizada.

Con atrayentes actuaciones de Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe, bien cobijadas por un reparto consistente; un guion fluido que va resolviendo los conflictos laborales y personales sin detenerse demasiado, score de pertinente negritud y apuntes contextuales mínimos aderezados con oportuna inserción de secuencias de archivo, suficientes para ubicarnos en el centro dramático de los acontecimientos, la cinta dirigida por Thoedore Melfi (Sn. Vincent, 2014) y basada en el libro de Margot Lee Shetterly, cumple con su cometido más en términos descriptivos que analíticos, si bien alcanzando momentos de genuina emotividad e intensidad argumental.

Quizá desde la perspectiva fílmica, el énfasis en la corrección política de este par de películas las limite en verosimilitud, profundidad y planteamiento de matices y dilemas morales, pero en vista del discurso retrógrada que predomina en el gobierno de Estados Unidos, no está de más recordar la importancia de las conquistas ganadas en materia de derechos humanos y en los procesos de paz a gran escala. Paradójicamente, Hollywood se constituye como uno de los bastiones críticos del poder público y un espacio para el disenso y el despertar de la conciencia. Quién lo fuera a decir.

TIMBUKTU: INTOLERANCIA EN LAS DUNAS

23 octubre 2016

Cuando la supuesta voluntad de Dios se utiliza como argumento para hacer daño e imponer conductas y comportamientos a los demás, se cancela la posibilidad de reflexión. En cambio, cuando se plantea como un proceso de oración y de descubrimiento personal en el que se busca la comprensión de los eventos y, en consecuencia, el planteamiento de los posibles caminos a seguir para cumplir una misión propia, se convierte en una fuerza espiritual que impulsa la acción orientada al bien común.

Lo que yo crea que signifique algún designio u ordenamiento divino no debo imponerlo al otro, sino respetarlo en su creencia y aprender a convivir en la diferencia, fuente básica de crecimiento social. Pero qué mejor para los adeptos al control y al autoritarismo que poner como pretexto el dizque deseo de Dios como fuente falsamente legítima a sus reglas, por más absurdas que parezcan: una interpretación mañosamente acomodada de algún texto sagrado para avivar el terror, aunque en contraparte se plantee el amor al prójimo como sustento de toda religión.

Dirigida y coescrita por el mauritano Abderrahmane Sissako (La vida sobre Tierra, 1998; Esperando la felicidad, 2002), Timbuktu (Francia-Mauritania, 2014) es un arenoso relato acerca de cómo la intolerancia y la violencia invade un pequeño poblado, sepultando toda posibilidad de belleza y alegría propia de la gente. Usando el nombre de Alá, ha quedado cancelada la risa como manifestación de vida y cualquier conducta que salga de los estrechos e inverosímiles márgenes establecidos, se pagará con un castigo absolutamente desproporcionado: o sea, justo lo contrario de la idea del Dios-Amor que perdona y reivindica.

Un hombre de espíritu libertario (Ibrahim Ahmed) vive pacíficamente en el desierto junto con su esposa (Toulou Kiki), su encantadora hija (Layla Walet Mohamed) y un joven pastor (Mehdi Ag Mohamed), mientras que en el cercano poblado maliense un grupo de yihadistas libios invasores ha tomado el control absoluto de hábitos y costumbres, dictando sentencia a diestra y siniestra a pesar de la resistencia de algunos de sus pobladores, como un hombre religioso que explica desde otra perspectiva el Corán y una especie de hechicera que se pasea retadoramente con vestidos coloridos, desafiando la solicitada sumisión a las normas esparcidas desde un altavoz.

MÚSICA EN SILENCIO, FÚTBOL SIN BALÓN

Los derechos civiles, como ya exploraba el director en Bamako (2006), quedan no supeditados, sino cancelados ante la intolerancia que termina siendo contradictoria: los guardias hablan de fútbol pero se prohíbe su práctica e incluso fuman en secreto y ocultan su incapacidad para manejar un vehículo; las mujeres tienen que usar guantes, incluso las que limpian y venden pescado, haciendo su labor muy complicada; la música, parte esencial de su cultura, ha quedado silenciada. No hay argumentos ni espacio para la deliberación, sino ocurrencias totalitaristas.

En efecto, las canciones de un pueblo con grandes cantautores de larga tradición como los malienses, se abren paso en la intimidad de los hogares, también invadida por la milicia; el fútbol permanece vivo de manera imaginaria con sincronización notable, combinando estéticamente el balón inaccesible para el nuevo régimen; la danza revolotea a pesar de estar atrapada entre los muros del fanatismo que se cree religioso y la equidad de género ni siquiera se aparece en la racionalidad del poder. Lapidaciones, latigazos, ejecuciones públicas: demostración de fuerza e intimidación como forma de gobierno. La plaza como escenario del horror.

A través de una fotografía que busca contrastar los absorbentes paisajes de particular belleza y fiereza –la huida de la gacela- con la intrusión humana y la fragilidad de la sobrevivencia en contextos de escasez material, el filme plantea la decadencia social desde los simbólicos disparos iniciales destructores de toda cultura posible. Cuando el extremismo toma el poder, por la fuerza o a través de un proceso democrático, los matices que dan vida a las comunidades empiezan a ser aniquilados para la instauración del pensamiento único, como se observa en Corea del Norte, donde ha quedado prohibida la ironía y el sarcasmo, según algunas fuentes de aquel país.

Los planos generales rodados con una cámara astuta y con amplio sentido de la timbuktu-1oportunidad nos introducen en un ecosistema minimalista donde todo parece estar en su lugar, incluyendo a los seres vivos; pero al entrar a las estrechas callejuelas del poblado se respira la irrupción de un sistema ajeno al equilibrio alcanzado, en donde la armonía se rompe y se impone un nuevo orden de las cosas que en realidad no organiza ni construye, sino solo devasta el hábitat físico, social y emocional.

Ahí está el perdón que no llega, a diferencia de la campaña impulsada por Nelson Mandela en Sudáfrica, entendiendo que las espirales de violencia pueden no tener fin hasta que alguien decide detener la ilusión de la venganza como tranquilizadora comunitaria. A los conflictos entre los propios habitantes se les añade una justicia impartida desde la ceguera dogmática que parte de principios en sí mismos injustos que se extienden a procesos abusivos y carentes del más elemental planteamiento jurídico.

La gente intenta seguir adelante con sus vidas, asumiendo las reglas impuestas pero buscando alternativas para no perder su identidad cultural y su libertad. Imposible encarcelar la imaginación en el terreno de juego, lapidar el canto que nace del corazón, detener la comunicación establecida con la tierra ancestral o cercenar de una vez por todas las creencias largamente heredadas. Pero como un cáncer social, los regímenes autoritarios, independientemente del signo y orientación que sean, acechan y amenazan por todas partes con asfixiar las conquistas alcanzadas en materia de derechos humanos.