Posts Tagged ‘Biopic’

CINE BIOGRÁFICO

9 diciembre 2008

También conocido como biopic, este género implica riesgos importantes que van de seguramente quedar mal con algunos historiadores, admiradores o detractores del personaje en cuestión, hasta presentar una mirada que lejos de profundizar se quede en un mero panfleto alabador y maniqueo, despojando al protagonista de su dimensión humana para volverlo improbable santón o viceversa: presentar sólo sus facetas más abominables.
La confusión también se acentúa cuando no se distingue si lo que se está haciendo es una película, es decir, ficción, o una lección de historia cargada de didactismo sospechosamente ideológico… o ambas. De ahí que buscar otras rutas para su concepción, como género presente a lo largo de la historia del cine, no sólo es bienvenido sino necesario. Ejemplos disponibles en video, enseguida.

DYLAN REVISITADO
Dirigida en clave iconoclasta por Todd Haynes (Veneno, 91; Lejos de casa, 02), entreverando apuntes biográficos, iconografía, leyenda y música sin orden aparente, Mi vida sin mí (I’m Not There, EU, 07) funciona como un arriesgado e imaginativo collage de diversas estampas acerca de la figura mítica del gran poeta del rock, nunca mencionado por su nombre e interpretado por seis personas distintas, quienes encarnan facetas de la vida, música e ideas de Bob Dylan, particularmente durante los años sesenta.
Sobre la premisa dylaniana de nunca ser lo que se esperaba que fuera, la cinta transcurre a partir de un conjunto de pedacería que va de sus orígenes con su admirado Woody Guthrie a su conversión al cristianismo, pasando por sus rupturas eléctricas del folk al rock, sus poses actorales y relaciones de pareja, su evanescencia poética rimbaudiana, su permanente estado de protesta y hasta su imagen country de escapatoria a lo Pat Garret & Billy The Kid (Peckinpah, 72).
Un poliedro de seis caras que sobrevive al famoso accidente en moto y que es comentado, a manera de falso documental en la época actual, por colegas y personas cercanas que vivieron las camaleónicas metamorfosis del inasible cantante que se niega a ser líder de algo, lo que sea. Haynes optó por elegir a sendos actores que interpretaran estas seis dimensiones, incluyendo a un niño negro y una mujer (estupenda Cate Blanchet), y con una edición en apariencia caprichosa, aparecen en diversos segmentos que van y vienen a lo largo del film sin una lógica lineal.
Las canciones, cual oculto hilo conductor, acompañan la diversidad de la puesta en escena y las secuencias que pueden ir de un colorido vivaz al sobrio blanco y negro, en función de la idea narrativa en la que estemos ubicados. Se trata de una revisión para iniciados en el planeta Dylan, por lo que puede ser una buena idea darle un vistazo previo al No Direction Home de Scorsese.

EDITH PIAF
También rompiendo la lógica lineal de la biografía, Olivier Dahan (La vida prometida, 02; Los ríos color púrpura 2, 04) se inmiscuye en la trayectoria vital de la mítica cantante francesa en La vida en rosa (Francia, 07), arrancando con una fuerte secuencia en el escenario para, a partir de ahí, revisar momentos críticos tanto artísticos como personales de Edith Piaf, interpretada magistralmente por Marion Cotillard.
Con un planteamiento visual que alude a la combinación de planos y una edición que nos permite irnos involucrando con el personaje, en cuanto a mujer a la deriva con talento excepcionalmente natural, la cinta consigue transmitir la complejidad de una vida como la de la cantante popular símbolo de Francia.

CAPOTE, OTRA VEZ
Parecía una insensatez volver a hacer una película en torno al famoso escritor estadounidense después de aquella cinta en la que Philip Seymour Hoffman le dio vida. No obstante, A sangre fría: la verdad Atrás de Capote (EU, 06), dirigida por Douglas McGrath (Emma, 96), es una cuidadosa reconstrucción del proceso y contexto de elaboración del famoso libro anfibio –entre reportaje y novela- incorporando el involucramiento afectivo del creador (interpretado con soltura por Toby Jones) y su consecuente influencia en el resultado final.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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EL LLANTO DE LA MARIPOSA O CÓMO ESCAPARSE DE LA ESCAFANDRA

5 noviembre 2008

Ante la casi absoluta inmovilidad corpórea, apenas dejando un componente para conectarse con el exterior, se engrandecen dos de los recursos característicos de nuestra especie que por inherentes, de pronto no reconocemos en toda su magnitud: la memoria y la imaginación. La primera como sostén básico de la identidad y la segunda como proyección necesaria más allá de los límites que nos impone la propia realidad: entre ambas se reconstruyen y alimentan, como ese círculo siempre en espera de ser no sólo remarcado, sino ensanchando a manera de espiral.
Dirigida por el neoyorquino Julian Schnabel, además pintor ya especialista en biopics de creadores (Basquiat, 96; Antes que anochezca, 00), con sensible guión que no sensiblero de Roland Harwood, y basada en el escrito autobiográfico de Jean-Dominque Bauby, editor francés de la revista Elle, El llanto de la mariposa (La scaphandra et le papillon, Francia-EU, 07) es un relato de las posibilidades escondidas del poder creador del ser humano, aún frente a limitaciones extremas que parecerían definitivas para la inacción absoluta.
El protagonista, interpretado con absoluta inmersión por parte de Mathieu Amalric, despierta tras 20 días en estado de coma con la dolorosa novedad de que su cuerpo se encuentra completamente inmóvil, salvo uno de sus párpados, por un ataque masivo que lo ha dejado en tal situación, aunque sus capacidades racionales se encuentran intactas, al punto de reconocer a la madre de sus hijos (Emanuelle Seigner), que no su mujer, a sus pequeños vástagos, al amigo que se mantiene al pie de la cama y al hombre con quien cambió de lugar en el avión.
Así, con sólo uno ojo funcionando mientras que el otro queda definitivamente cerrado, empezará a reconstruir su visión del mundo con la ayuda de terapeutas angelicales y una especialista en lenguaje (Marie-Josée Croze), quien continúa la paciente labor de ayudarle a que se comunique a través de una especie de sistema binario, en el que se deletrea el abecedario en otro orden y él selecciona la letra a través de un abrir y cerrar de ojo. Mientras se mantenga la capacidad de ser parte de un lenguaje, seguirá habiendo vida humana.
La metáfora de la escafandra, como ese cuerpo que se ha convertido en una prisión, y de la mariposa, como la posibilidad de recordar e imaginar rompiendo el capullo, se construye visualmente desde una explícita combinación de cámara subjetiva y objetiva, potenciando el relato al punto de involucrarnos completamente con el personaje. Los pensamientos que van de la angustia al humor se plantean con una voz en off que por momentos se combinan con la música de, entre otros, Bach, Tom Waits, Velvet Underground y piezas de la tradición pop francesa.
La fotografía del veterano Janusz Kaminski, recurrente colaborador de Spielberg, consigue sustentar el relato a partir del juego de texturas y perspectivas, en el que igual caben los viajes por hacer, los recorridos realizados y los momentos históricos constitutivos de un hombre que en apariencia lo tenía todo. El flashback se entrelaza con la visión actual del rostro paralizado y tanto la versatilidad en las posiciones de la cámara, como esos encuadres que enfatizan una soledad en trance de superarse, fortalecen el trazo del protagónico.
El hombre-ojo vive a partir del recuerdo pero lo trasciende para convertirlo en creación, en texto pacientemente guiñado-escrito para reconfigurarlo y dejar evidencia de los alcances de su propia condición. La presencia del padre (Max Von Sydow, conmovido-conmovedor) y de la novia, sólo capaces de comunicarse por teléfono, conmueven al editor postrado, ya más revoloteando como mariposa con todo y acercamiento místico, que sumergido como buzo a la deriva víctima de la autocomplacencia.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

FÁBRICA DE SUEÑOS O PRODUCTORA DE PESADILLAS

28 agosto 2008

La fama, como buen animal traicionero, puede revertirse en cualquier momento, sobre todo cuando se busca como fin en sí mismo. La obsesión de convertirse en alguien conocido más allá del vecindario, sea como sea, provoca que se inicie un recorrido sobre una cuerda floja y veleidosa, siempre a expensas de los poderes mediáticos y de las conveniencias monetarias de quienes, usualmente desde el anonimato, la balancean según indiquen los vientos mercantilistas. Cuando el o la candidata a famosa ya no reditúa, simplemente la cuerda se quita para recibir a la próxima y efímera superestrella.

Interesantes análisis sobre la fama, la influencia de los medios masivos de comunicación, las camarillas alrededor del arte y la propia condición humana, se pueden desprender de Fábrica de sueños (Factory Girl, EU, 07), biopic puntualmente contextualizado acerca de los años neoyorquinos de la pobre niña rica aspirante a artista Edie Sedgwick, interpretada con brío y plena convicción por Sienna Miller, en los que se involucró con un abusivo-pasivo Andy Warhol (Guy Pearce) y su Factoría por una parte y, por la otra, con un famoso cantante innombrable –no se permitió que se usara el nombre de Bob Dylan- (Hayden Christensen) de pedantería inaguantable.

Dirigida por el documentalista y fotógrafo George Hickenlooper (El hombre de los placeres, 01), la cinta inicia con el recorrido frenético de una mujer extraviada para regresar con ella justo al momento de abandonar a su compañero (Shawn Hatosy) y a su escuelita de arte para irse, junto a su arribista amigo Chuck (Jimmy Fallon), al ambiente convulso de la Gran manzana a mediados de los sesenta, en donde la guerra de Vietnam sólo pasa en un canal de televisión que no hay porqué ver, teniendo la opción de Mi bella genio.

Pronto ensalzada por Warhol como fetiche actriz fílmica (Pobre niña rica, Vinilo y Caballo), por el mundo de la moda y por el cantante famoso, Edie se introduce en un laberinto de drogas y fama en el que su propia fragilidad y su dramático pasado familiar le estallan en la cara –recordado por las preguntas frente a cámara de su supuesto amigo-, destrozando los sueños de grandeza que sólo sobrevivían en el imaginario de su inadvertida inocencia, incapaz de percatarse de los riesgos implícitos que acechan en un ambiente tan selvático como el artístico.

Al igual que la caótica vida que se representa, el guión parece ir navegando sin un rumbo determinado, mientras que la apuesta visual combina texturas y formatos en función de la secuencia presentada, imprimiéndole un aliento documentalista y buscando introducirse con verosimilitud en la psique del personaje central, quien va narrándole con cierta tranquilidad diversos sucesos a una terapeuta: esta estructura de collage, si bien disminuye la intensidad del relato, permite contar con un panorama amplio de la vida de la malograda socialité, al final rechazada por todos, ella incluida.

Si bien se obvian personajes y se suponen algunos hechos no del todo comprobados, la recreación de la época y la iconografía de ambientes y personas, consiguen trasladarnos a aquellos años de efervescencia artística que nos dejó, en el ámbito del rock, a Velvet Underground con todo y la gélida Nico, sustituta de la Sedgwick en las preferencias del ambiguo patriarca del popart, además de su madre, claro.

El fenómeno de la fama devoradora lo vemos hoy más que nunca en casos sobremediatizados como el de Britney Spears o Amy Winehouse, o en los concursos orientados a crear ídolos desechables que sólo sirvan para engordar carteras y entretener a públicos babeantes, sedientos de desagracias ajenas y descensos en caída libre, mientras aparece el nuevo numerito de moda.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx