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DISCOS CINCUENTONES 1969

7 diciembre 2019

LA TRINIDAD

Por supuesto empezamos con el Abbey Road de The Beatles, con una de las portada más famosas de la historia y una bienvenida mayor participación de George Harrison en la composición (quien grabó Electric Sound ese mismo año), entregando la cumbre Something y anunciando la llegada del sol: mi favorito de ellos, llegando juntos y cuando la respuesta para siempre es “no lo sé”: el último disco en el que más o menos funcionaron como banda. Let it Bleed puede ser el segundo mejor disco de The Rolling Stones. Invitados de lujo y canciones que van del honky-tonk a la balada blues anunciando el final de los 60’s. Sexo y decepción: que por favor alguien parta el pastel pero solo para dejarlo sangrar. Purga absoluta que supura.

En tanto, Bob Dylan se metió a los terrenos del country con absoluto conocimiento de causa, faltaba más, a través de Nashville Skyline, su noveno álbum en el que se muestra extrañamente sonriente, haciendo caravana con sombrero porpio e invitando a otro ícono, Johnny Cash (al tiempo que presentaba su Johnny Cash at San Quentin), para juntos cantarle a esa chica del indefinido país del norte o a la dama que se resiste a quedarse por más que se le pida lo contrario, además de repasar melódica, temática e instrumentalmente las claves del género y entregar, por supuesto, una obra maestra.

RECIÉN LLEGADOS

Irrumpiendo atronadoramente por partida doble, Led Zeppelin fue un cuarteto que encarnó de manera ejemplar la noción del rock como manifestación musical y actitudinal; formado en Londres por cuatro gamberros cada uno representando un arquetipo en su rol, entregó sus dos primeras obras, sin pensar mucho sus títulos, sentando algunas de las bases del rock duro, bañado por apuntes folk y blues: firmaron, para no complicarse, Led Zeppelin y Led Zeppelin II, combinando folk, hard rock, blues intenso y mucha convicción que los convirtió en referente ineludible para entender el significado de esta cultura a lo largo de los años.

El rock progresivo, en plena conformación, se cimbró y potenció con la llegada de King Crimson, ambiciosa agrupación comandada por Robert Fripp que presentó el clásico In the Court of the Crimson King, álbum con otra de esas portadas legendarias y que incorporaba elementos que se volverían esenciales del género: letras enclavadas en el análisis social y el folklore, según la tónica elegida; grandes pasajes instrumentales de corte clásico cargados de recovecos y una épica a prueba del tiempo, rindiendo homenaje al rey carmesí, siempre esperando que su trono entregara justicia musical.

Phallus Dei marcó el debut de los muniqueses Amon Düül II, enclavados en un naciente krautrock con escapes hacia la experimentación y el rock progresivo en sus tiempos primigenios: días de mostrar el poder a grito pelado. En similar vertiente con todo y el extendido y distintivo corte You Doo Right, Monster Movie representó el banderazo de salida para Can, grupo clave del rock abriendo las fronteras británico-estadounidenses y avant-garde durante los años setenta.

FOLKIES Y EXTRAVIADOS

Desde luego, aquel año apareció con mayor fuerza -había grabado un disco un par de años antes- un extraño joven andrógino que después cambiaría la historia de la música popular: se puso de nombre artístico David Bowie y presentó, extraviado en el espacio exterior y confiando en las decisiones arriesgadas del Major Tom, el homónimo David Bowie (Space Oddity); además de la clásica, se incluye una canción poco conocida de él quizá demasiado orquestal, Wild Eyed Boy From Freecloud, anunciando lo que estaría por venir en términos de composición. Por lo que se ofreciera, los integrantes de The Youngbloods, grupo bostoniano de inclinaciones folk, buscaron la luz en plena oscuridad, ya como trío, con Elephant Mountain, barnizado de cierto barroquismo pop y paisajes desenfadados.

Scott Walker grabó un doblete aún en plan crooner: Scott 3, con diez cortes propios y tres de Brel, inspiración clave, y Scott 4, ya con puras originales lanzándose hacia la propuesta en absoluto personal. Ambos fueron un paso decisivo hacia la innovación y el avantpop, cual viaje al siglo XXX manifestado en sus posteriores producciones, esporádicas y poderosas. Neil Young & Crazy Horse infectó el country con un virus guitarrero y de sensibilidad adherida en el clásico Everybody Knows This Is Nowhere, para encontrarse justo en un lugar donde el árbol y el can acompañan la soledad, asomando un tono pastoral que se entromete entre las aguas del río.

Desde San Francisco con todos los colores revoloteando por las pupilas, los guitarreros y sicodélicos de Quicksilver Messenger Service, grabaron el épico-ácido Happy Trails, último álbum entregado por el cuarteto original. El álbum Basket of Light de la banda The Pentangle, liderada por los virtuosos guitarristas Jansch y Renbourn viaja sin problemas del folk inglés a las esencias arabescas, con infusiones deliciosas de jazz que se entrometen cuando nadie se lo espera. Al final del día, su escucha se vuelve un recipiente cómodo y extrañamente afectivo para encontrar la luz en tiempos de confusión psicodélica. Nick Drake, aún estudiante de Cambridge, debutó con Five Leaves Left entre sutiles orquestaciones y un folk barroco de orientación poética, capaz de trasladarnos a esos lugares extraños donde el amor y la pérdida se encuentran, acaso para buscar una imposible reconciliación.

El revulsivo Trout Mask Replica, tercer álbum de Captain Beefheart and his Magic Band continuó con la alterante apuesta por intervenir un folk blusero con sonidos disonantes de manera cautivante, por completo capturando el espíritu de la época, mientras que Moondog, conocido como el vikingo de la sexta avenida, compuso al filo de la banqueta el homónimo Moondog, avant-garde sensible, entre transeúntes y bocinazos, armonizando cuerdas y alientos con crecientes texturas. Y por no dejar, ahí está la experimentación entre irritante y revolucionaria, expansiva y arrogante de Unfinished Music No. 2: Life With the Lions y ya entrados en el romance total, Wedding Album de John Lennon & Yoko Ono, expresado el primero en cinco cortes entre el tono íntimo y la recitación sobre la maternidad al borde de la cama.

OLAS Y PERMANENCIAS

The Velvet Underground encontró cierta calma y aparente quietud sin perder la tensión acostumbrada en su tercer álbum, el homónimo e igualmente clásico The Velvet Underground, enclavado en el rock pero con influjos folk, ya sin el vanguardista Cale y con un Reed en plan exorcista buscando la liberación. El doble álbum Ummagumma, integrado por cortes en vivo y composiciones de cada uno de los miembros del ya cuarteto, fue la aportación de Pink Floyd como reacomodándose para la siguiente etapa de la banda, en tanto The Doors entregó The Soft Parade, buscando otras alternativas armónicas en contraste con sus álbumes anteriores y Soft Machine mantuvo el rumbo de vanguardia con Volume Two.

Conocimos a un londinense en Australia tras la 2da. Guerra mundial con The Kinks, integrando sonidos diversos a partir de brillantes composiciones, del folk al hardrock primigenio y de los espacios acústicos al humor subversivo. Arthur or the Decline and Fall of the British Empire es una joya mucho más grande que cualquiera de las que ostente la corona británica. La ambiciosa ópera rock Tommy, escrita principalmente por Pete Townshend acerca de un joven ciego y sordo vuelto estrella, se convirtió en una obra paradigmática que abrió posibilidades para la expansión del rock, en la que The Who, de paso y entregando su cuarto disco, confirmaba su importancia en la escena.

Fleetwood Mac se despachó por partida doble en su plena etapa blusera con English Rose y Then Play On, obras de consolidación de la banda que empezaba a otear ciertos horizontes distintos a su enfoque de arranque, mismo que abrazaron Clapton, Winwood y Baker para formar Blind Faith, súper grupo que propuso el ídem con todo y portada polémica Bind Faith, también enclavado en un blues de roquero espíritu colectivo que terminó pronto y dejó solo este testamento. Otro debut fue el de The Chicago Transit Authority, banda llena de metales e instrumentaciones elaboradas que se desdoblan en el homónimo Chicago Transit Authority, mientras que The Band sacaba de la tierra las raíces en su sólida obra de igual nombre The Band.

El quinteto The Moody Blues, ya con reconocimiento en determinados ámbitos del creciente circuito progresivo, entregó On the Threshold of a Dream, uno de sus mejores álbumes en el que nos llevan a los límites del despertar a partir de piezas contenidas bañadas por una sicodelia sonriente y algunos acentos propios del clasicismo. Jethro Tull nos puso en posición alerta con su barroca flauta mágica a través de Stand Up y Procol Harum hizo lo propio con las amigables progresiones insertadas en A Salty Dog.

Frank Zappa and the Mothers of Invention entregaron el doble álbum de tendencia instrumental Uncle Meat, buceando en las experimentaciones aquí a manera de búsqueda de nuevos derroteros y ya sin las Madres, el bigotón visitó los territorios del jazz-rock en Hot Rats, apoyado por varios invitados que le entraron convincentemente a la excursión sonora. Anticipándose a los caminos del punk, The Stooges apostaron a la crudeza con su disco inicial, el ídem The Stooges, mientras que MC5 se presentaba en la palestra con Kick Out the Jams, de carácter plenamente revulsivo.

DE ALMA Y RITMO

Ahí está Stand!, disco de uno de los primeros grupos interraciales conocido como Sly and the Family Stone, aprovechando la madurez alcanzada para ponernos de pie con su disfrutable mezcla de R&B y rock psicodélico. No me llames negro, blanquito: mejor hagamos música juntos. Soul y R&B expansivo y contagiante es el que se desliza en River Deep – Mountain High de Ike & Tina Turner, álbum producido por Spector, el de la pared del sonido. De la profundidad acústica de la montaña, a la altura expresiva del río, en el que nunca es posible bañarse dos veces.

En su segundo álbum, Isaac Hayes le puso poder vocal e instrumental a Hot Buttered Soul, convertido en uno de los referentes del género, al igual que el vocalmente soberbio Cloud Nine, opus de los ya consolidados a esas alturas The Temptations: se trata de una de las obras cumbre del sonido Motown; no contentos, se dieron a la tarea de grabar The Temptations Show, el de orientación social Puzzle People de mayor contenido social, y Together, en complicidad con Diane Ross & The Supremes, quienes a su vez entregaron, entre otros, el iluminativo Let the Sunshine In.

ELLAS EN SOLITARIO

Un soul con momentos orquestales y con sustento R&B, se desgrana cortesía de la cantante Dusty Springfield, llevándonos de paseo a tierras donde crecen raíces sonoras a través de Dusty in Memphis (de donde surgió también el imprescindible From Elvis in Memphis, por supuesto firmado por Elvis Presley). Roberta Flack detonaba todas sus capacidades vocales en su primer disco titulado elocuentemente, como los arreglos y las composiciones, First Take, en tanto Dolly Parton despuntaba con su country a la mano en The Fairest of Them All.

En su segundo lance ya alcanzando una prematura madurez como cantautora, con todo lo que ello implica, Joni Mitchell volteó al cielo para inspirarse y entregó el brillante Clouds, a partir de una poética que va de la protesta a la pérdida y de ahí a la dificultad para mantenerse con la mirada en alto, mientras que Janis Joplin se lanzó en plan solitario con I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama!, inoculado con un poco de soul que contrastó con su habitual enfoque.

RECORRIENDO SENDEROS

En plan prolífico y sin bajar el nivel en ningún caso, Creedence Clearwater Revival se destapó con tres discos en los que el blues y el country servían de vehículo para recorrer diversos paisajes americanos: Bayou Country, Green River y Willy and the Poor Boys consolidaron al grupo comandado por John Fogerty como uno de los esenciales de la transición entre los años sesentas y setentas. También alcanzando la tripleta de álbumes, los británicos de Fairport Convention desglosaron un exquisito folk en What We Did on Our Holidays, Unhalfbricking y, para cerrar con broche de oro un año de elusiva creatividad, vía Liege & Lief. Un debut clave: Crosby, Stills & Nash en plan de dream team se presentaron con su folkrock único expresado en el tocayo Crosby, Stills & Nash.

Con Gram Parsons como mente maestra, The Flying Burrito Brothers debutó con The Gilded Palace of Sin, country salpicado de diversas formas musicales sobre las que se expresaban deseos no cumplidos y culpas asumidas sin plena conciencia. Desde San Francisco: Jefferson Airplane nos revolucionó con Volunteers, bandera desplegada incluida; Grateful Dead brindó al respetable Live/Dead, capturando a la banda en vivo con todo su esplendor, y Aoxomoxoa, para ver el mundo con formas ondulantes; el grupo bautizado como Santana y liderado por nuestro estimado compatriota Carlos, inició su trayectoria con el homónimo Santana, psicodelia jazzera metida al caldo en plena ebullición del rock latino.

Merle Haggard produjo el vuelto tributo a Jimmie Rodgers Same Train, A Different Time, uno de sus mejores discos en el que nos condujo a través de parajes evocativos para revivir las tradiciones del folk y el country, terreno que el gran Jerry Lee Lewis sembró con maestría en los memorables Another Place Another Time y She Still Comes Around (To Love What’s Left of Me). Por su parte, Leonard Cohen presentó su segunda obra, Songs From a Room, incursionando en la intimidad de la habitación, integrando sutiles arreglos que acompañan a su grave vocalización, desde una perspectiva poética que abre puertas a la sensualidad.

Con el álbum Odessa, el grupo de los hermanos Gibb, mejor conocido como Bee Gees, alcanzaron su cima de la década de los sesenta a partir de un pop orquestal sensible y encantador, como se plantea desde el nombre mismo del álbum, desarrollando además un espíritu reconciliador, en tanto un joven de nombre cambiado que había hecho algunas pruebas por aquí y por allá debutaba con Empty Sky, abriendo la puerta rumbo al futuro camino amarillo: se rebautizó como Elton John.

FIAC 2019: TERRY RILEY EN LEÓN

23 noviembre 2019

Músico esencial de las vanguardias del siglo XX, particularmente la vinculada con el minimalismo, ha visitado con mente abierta diversos géneros y especies derivadas, tanto de las estéticas predominantes de occidente como de las propuestas sonoras de oriente, sobre todo de las reiteraciones meditativas provenientes de la India que entran por los oídos e invaden todo el sistema nervioso para colocarlo en otra dimensión. Sus famosas sesiones que duraban toda la noche hasta el amanecer, se convertían en una especie de viajes astrales cuyo vehículo era esa creación de una envolvente atmósfera sonora capaz de trasladarnos a (im)posibles mundos mentales.

Terry Riley (California, 1935) empezó a tocar piano en los años cincuenta del siglo pasado, mientras estudiaba composición en Berkeley, donde tuvo de compañero a La Monte Young, otro prominente exponente del avant-garde. Con una mano puesta en las ideas minimalistas de John Cage, compartidas con Philip Glass, y con la otra en el jazz que ampliaba sus fronteras justo en esos años buscando atonalidades significativas, compuso Mescalin Mix (1960), aprovechando las posibilidades de la música concreta en cuanto a tratar ciertas secuencias de sonido en forma separada, para después realizar innovadores procesos de cortar y pegar, insertando las reconocidas repeticiones que terminan por ser hipnóticas.

Compuso Music for the Gift (1963) para la obra de Ken Dewey que abrió paso para el clásico In C , compuesto en 1964 aunque editado en disco en 1968, una de las obras pioneras del minimalismo integrada por 53 fraseos rigurosamente organizados que podrían ser interpretados por un grupo numeroso de músicos: insignes colegas como Steve Reich, Jon Gibson, Pauline Oliveros y Morton Subotnick fueron de los primero en interpretar la hipnótica pieza. Una notable recreación de la obra fue la que se realizó Malí por parte de Africa Express, uno de los múltiples proyectos apoyados por Damon Albarn, líder de Blur (https://www.youtube.com/watch?v=_FXQ68ZkWVw).

Fueron años de producciones clave con la incorporación del saxofón como instrumento distintivo que entraba como anillo a la partitura de absorbentes loops: Poppy Nogood and the Phantom Band (1968), conformado por un solo corte en continua involución cual escalera que parece ir hacia abajo o para arriba pero nunca se sabe (cual dibujo de Escher) y el mayúsculo A Rainbow in Curved Air (1969), muy a tono con los tiempos progresivos y sicodélicos que se respiraban en el ambiente, cerraron la década en la que Riley cimentó su propuesta musical y, aun sin saberlo, su enorme legado para la música por venir.

Empezaron los viajes a la India y entretanto produjo con John Cale (The Velvet Underground) Church of Anthrax (1971), seguido de Les Yeux Fermes (Happy Ending) (1972), oscuro soundtrack para el corto francés homónimo y Persian Surgery Dervishes (1972), capturando un par de narcóticos conciertos de órgano. Vinieron después el score Le Secret de la Vie (Lifespan, 1975),  Descending Moonshine Dervishes (1975) y Songs for the Ten Voices of the Two Prophets (1983), experimentando con sintetizadores y acaso buscando clamar en los distintos ámbitos musicales los nuevos sonidos por venir.

El feliz encuentro con David Harrington del mítico Kronos Quartet derivó en varias presentaciones y grabaciones de impecable interpretación y cautivante composición como se deja escuchar en Terry Riley: Cadenza on the Night Plain (1985), el afamado Salome Dances for Peace (1989), Terry Riley: Requiem for Adam (2001), Sun Rings (2002), The Cusp Of Magic (2004) y G Song (2015), éstos últimos para celebrar su septuagésimo y octagésimo cumpleaños, respectivamente. El prestigiado cuarteto le rindió un homenaje vía One Earth, One People, One Love (2015), una caja de 5 discos que es todo un tesoro.

Vendría Aleph (2012), desplegado a partir del sintetizador y creado para un proyecto del Museo contemporáneo judío de San Francisco, si bien puede remitir a sumergirse un par de horas en el famoso concepto borgiano. Con su hijo Gyan, después del álbum Live (2011), compuso el score para el filme canadiense Hochelaga, Land of Souls (2017) y Way Out Yonder (2019); a partir de un entusiasta piano, presentó The Lion’s Throne (2019) con la cantante Amelia Cuni en una especie de diálogo litúrgico. Su presencia en nuestra ciudad por segunda vez, todo un acontecimiento cultural.

Shri Camel (1980), The Harp of New Albion (1986) y Terry Riley and Krishna Bhatt (1984), en conjunto con el maestro de la cítara indio, son muy buenos ejemplos de la lograda imbricación de elementos musicales provenientes de tradiciones distintas, interviniendo el órgano para experimentar con sonidos y secuencias, y aludiendo a los espíritus de la India para crear paisajes de inquietante relajación. Continuó grabando en diversas direcciones como lo muestran el paisajismo del destierro de No Man´s Land (1985) y Chanting the Light of Foresight (1987), explorando pequeñas frecuencias con el Rova Saxophone Quartet.

Entre guitarras españolas y tangos argentinos, grabó The Book of Abbeyozzud (1999), seguido por el casi imposible de conseguir en físico Atlantis Nath (2001); con el poeta Michael McClure grabó I Like Your Eyes Liberty (2005) y con el bajista experimental Stefano Scodanibbio hizo lo propio en Lazy Afternoon Among the Crocodiles (1997) y Diamond Fiddle Language (2005); siguieron Reed Streams (2007) con todo y enfáticos mantras; Banana Humberto (2008), concierto de piano de corte más lúdico con Paul Dresher, y Autodreamographical (2010), en el que se volvió hombre equipo, incluso narrando historias.

MUTEK 2019: FEMINISMOS INTERCULTURALES

18 noviembre 2019

La 16ª edición de esta fiesta de artes visuales, creatividad digital, performance y música cuyo origen se remonta a Montreal, llega a la Ciudad de México nuevamente, como uno de los centros urbanos donde se desarrolla, junto a Tokyo, Buenos Aires, Barcelona, San Francisco y Dubai; además algunos de los artistas, aprovechando el viaje, visitan otras ciudades de nuestro país. En esta entrega, un breve recuento sobre algunas de las distinguidas participantes.

DONDE LA VIDA SÍ VALE MÁS QUE ALGO

Orgullosamente leonesa y haciendo carrera en Guadalajara y la Ciudad de México, Concepción Huerta (1986) se ha movido por los terrenos de la experimentación tanto visual como sonora, igual en proyectos individuales que colectivos: aprovecha casi cualquier ruido para convertirlo en fuente de creación. Recientemente publicó el álbum Personal Territories (2019), transitando por un rasposo noise plagado de entrecortes que deconstruye paisajes de alteración impredecible, configurados por orgánicas estructuras digitales y análogas, según el medio empleado. De acuerdo con la página del festival, presentará un performance titulado A-way From Fiction, representación en la que confluyen varios elementos audiovisuales y escénicos para contar diversas historias de personajes inventados.

En tanto, la italiana asentada en Berlín Caterina Barbieri (Boloña, 1990), quien estudió en el conservatorio de su ciudad natal y se especializó en Estocolmo, gusta de jugar con ritmos e instrumentos, entreverando tiempos, secuencias y arreglos, recurriendo a secuencias de teclados que parecen permanecer y drones que ponen gravedad en el sonido, brindando una sensación de rítmica dislocada, como se advierte en el prematuro Vertical (2014) y sobre todo en Patterns of Consciousness (2017), álbum matizado de lances experimentales entre teclados y apuntes electrónicos para despertar, en efecto, patrones orientados a detonar los impulsos de conciencia personal y colectiva (si se vale el oxímoron).

Tras participar en diversas presentaciones y festivales, grabó junto con Carlo Maria el EP Remote Sensing (2017), tratando de ir a la médula y abriendo boca para Born Again in the Voltage (2018), en el que incorporó otros elementos tanto instrumentales como vocales, enriqueciendo su apuesta cual si se tratara de un renacimiento eléctrico; ese mismo año grabó otro álbum con Eleh, artista que se mantiene en las penumbras. Ecstatic Computation (2019), en tanto, se orienta a un sonido de carácter más informático, casi desnudo pero que juega con las temporalidades que transitan entre la falsa calma y el movimiento imprevisto.

Originaria de Nueva York y con formación clásica, la ecléctica compositora Kelly Moran (1988) se ha movido de manera natural por géneros tan contrastantes como el dream pop y el black metal, pasando por la electrónica y el jazz; gusta de trabajar con pianos preparados a los que les exprime diversas posibilidades sónicas y que terminan sumergidos en un ambient que, a su vez, deja una cierta sensación de alterada quietud, buscando las contradicciones desde los ecos auditivos que se van generando, a partir de un disfrazado minimalismo.

Debutó con Optimist (2016), de manufactura casera, en el que ya lanzaba sus ideas musicales entre el avant-garde y el énfasis electroacústico; presentó posteriormente Bloodroot (2017), apuntando hacia esa conjunción de atmósferas calmas que esperan el momento para escaparse de la tierra y se adentró a buscar la invisibilidad en Ultraviolet (2018), indagando sobre tonos y vibraciones para expandir el oído. Entre colaboraciones con otros artistas, se dio tiempo para mantener la producción propia en activo y grabó el EP Origin (2019) con un enfoque temático más naturista, entre noches reflexivas y aves de múltiples intenciones que se reflejan en el duelo entre las teclas y los rasgueos de las cuerdas.

RAÍCES Y ESPÍRITUS

Por su parte, la multifacética Deena Abdelwahed (Qatar, 1989), quien llegó a Francia a los 26 años, inserta sus orígenes tunecinos en texturas electrónicas para construir intrigantes y sinuosos callejones sonoros, como si se atravesaran esas enigmáticas edificaciones que conviven con ambientes arenosos: produjo el EP Klabb (2016) para poner en práctica su estética urbana que logró desarrollar en su debut largo titulado Khonnar (2018), álbum de nueve cortes en los que conviven rítmicas electrónicas de cierto frenesí, matizadas por improntas arabescas que sostienen unas intermitentes vocalizaciones.

Por su parte, la nacida en Suiza Aïsha Devi, quien durante los primeros años del nuevo milenio se dio a conocer en los circuitos de la electrónica como Kate Wax (álbumes Reflections on the Dark Heat, 2005; The Dark Heat Collection vol. 2, 2007), regresó a sus orígenes tibetanos ubicados en los vericuetos de los montes de Nepal, cual viaje a la semilla, para integrar los sonidos electrónicos con un enfoque espiritual, buscando conexiones significativas entre una estética musical que usualmente ha estado más asociada al cuerpo que al alma, más al movimiento que a la quietud, más a la respiración pausada y profunda que al frenesí.

Con el EP Aura 4 Everyone (2013) nos puso en plan meditativo, al que le siguieron algunos sencillos y el EP Conscious Cunt (2015), abriendo justamente el pensamiento con orientación feminista, continuada en Aurat (2015), otro EP que, junto con los dos anteriores, se integraron en el debut largo Of Matter and Spirit (2015), tecno reflexivo de largo alcance insertándose en la eterna dualidad cuando el espíritu está dispuesto pero el cuerpo apunta hacia otros derroteros. Tras otro EP de remezclas, grabó DNA Feelings (2018) entre coros infantiles, teclados efervescentes y cánticos ancestrales, acaso buscando el origen imposible de afectos ocultos siempre impredecibles.

CORONA CAPITAL 2019: DOS MOVIMIENTOS

16 noviembre 2019

MOVIMIENTO CÓSMICO

Tomando su nombre de un cierto tipo de peinados en forma de colmena, The B-52’s se formó como un lúdico quinteto mixto en Atenas, Georgia, a mediados de los setenta del siglo pasado. Los hermanos Ricky (guitarra) y Cindy Wilson (voz y percusiones), Keith Strickland (multiinstrumentista), Fred Schneider (vocales) y Kate Pierson (voz y teclados) decidieron formar una banda un poco de la nada y confiando en ir aprendiendo sobre la marcha, basados en la coincidencia de sus gustos por Yoko Ono, sus inclinaciones retro, sus aficiones cienciaficcionales de serie B y sus tendencias kitsch, enfatizadas en vestuarios y peinados.

Inesperadamente, debutaron con el clásico homónimo The B-52’s (1979), cual sueño bailable en tonos fosforescentes, vividos a través de cortes como Planet Claire, donde podrían crecer flores parlantes y por supuesto, las afamadas 52 Girls y, sobre todo, Rock Lobster, lanzándonos gozosamente de regreso a los años sesenta y que todavía sigue sonando en toda fiesta que se digne de ser recordada. Muy pronto nos volvieron a llevar de viaje con su peculiar combinación de voces casi en forma de alocada conversación en Wild Planet (1980), manteniendo el nivel de su efusiva obra predecesora con Private Idaho como corte pronto identificable.

Después del EP Party Mix! (1981), integrado por seis remixes que le metían buena vibra las conocidas canciones, y colaborar con David Byrne, presentaron Whammy! (1983) con fuerte tendencia new wave muy en consonancia con los tiempos que corrían, incluso explorando ciertos acentos postpunk, como se deja escuchar en Legal Tender. Vendría posteriormente la trágica muerte de Ricky Wilson a causa del SIDA en 1985 y el resto de los integrantes terminaron Bouncing Off the Satellites (1986), el disco que estaban grabando cuando sucedió la desgracia, acaso a manera de homenaje póstumo: desde luego, la pérdida sacudió a la banda.

Tras un periodo de duelo, se volvieron a reunir apoyados por una experimentada producción para entregar Cosmic Thing (1989), sonando fuerte y claro con Love Shack y Roam como sencillos que los volvían a poner en el radar de la efusividad acostumbrada, buscando los colores en los objetos no identificados; sin Cindy Wilson y en formato de trío, grabaron Good Stuff (1992), que pasó más o menos desapercibido y tras algunas grabaciones de sencillos, la propia Wilson volvió para producir dos temas nuevos que se integraron en el muy completo recopilatorio Time Capsule: Songs for a Future Generation (1998). Tras actividades diversas, se reunieron una década más tarde para generar el más electrónico Funplex (2008), último disco en estudio de este grupo que tanto nos ha puesto en movimiento retrocósmico. Están por despedirse de los escenarios.

MOVIMIENTO GEEK A COLORES

Colocados entre las vertientes guitarrera postgrunge y el artpop que levanta a la tribuna, pero con facha de empleados de algún gran corporativo de Silicon Valley, Weezer es un cuarteto liderado por Rivers Cuomo, un estudiante de arte que empezó a tocar en bandas de metal al mudarse a Los Ángeles de Massachusetts, y que al conocer al bajista Matt Sharp y al baterista Patrick Wilson formó la banda a la cual se sumó el guitarrista Brian Bell, poco después de empezar a grabar su álbum debut, bajo las órdenes de Ric Ocasek, ni más ni menos; por si fuera poco, Spike Jonze les dirigió el video de Undone (The Sweater Song), pieza integrada en Weezer  [Blue Album] (1994), su imparable primer disco con Say It Ain’t So y Buddy Holly como canciones que le dieron la vuelta al mundo.

Mantuvieron el listón a tono con Pinkerton (1996), salpicado de punkpop y revalorado tiempo después, maltratado en su momento de salida. De pronto el silencio: otros proyectos, rumores de ruptura definitiva y bloqueos creativos, entre otras causas. Pero contra todo pronóstico, volvieron a presentarse en sociedad, salvo Sharp, suplido por Mikey Welsh (bajista de Juliana Hatfield), para entregar Weezer [Green Album] (2001), un bienvenido regreso otra vez de la mano de Ocasek que incluyó canciones como Hash Pipe e Island in the Sun, confirmando que se mantenían en forma para ponerle la suficiente cadencia a las cascadas de guitarras. En aquella época, Welsh enfermó y murió en el 2011; fue sustituido por Scott Shriner, quien se integró para grabar el roquero Maladroit (2002), su siguiente álbum de estudio, cual ejercicio de búsqueda.

Tras algunos otros lances en paralelo y proyectos alternos y alguna edición especial, la banda se reagrupó para entregar Make Believe (2005), mostrando cierto enmohecimiento a pesar de contar con la mano experta de Rick Rubin y algunas canciones de rápido disfrute como Beverly Hills; más cohesionado y participativo resultó Weezer [Red Album] (2008), pronto seguido de Raditude (2009), con todo y can saltando fuera de la foto, y de Hurley on Epitaph (2010), con el famoso y entrañable personaje de la serie Lost sonriendo en la portada: ambos discos, desde la independencia, buscaron volver a las bases del sonido del grupo.

Retornaron bajo las órdenes del recientemente fallecido exlíder de The Cars para, de manera más cuidada, tejer un estimable y equilibrado poprock desparramado en Everything Will Be Alright in the End (2014), brindando impulso creativo que alcanzó para Weezer [White Album] (2016), incluyendo agradecimientos directos (Thank God for Girls) y preguntas sin rodeos (Do You Want to Get High?). Pacific Daydream (2017) pareció un intento por buscar nuevos caminos que se quedó en eso: salvo algunas canciones, el conjunto se asienta en la normalidad que indica quizá apresuramiento. Y para no perder el ritmo, grabaron Weezer [Teal Album] (2019), integrado por versiones en tonalidades verde azulosas de canciones del gusto popular y Weezer [Black Album] (2019), en tesitura luminosa como curándose las heridas de tiempos oscuros donde todo parecía perdido.

RESPLANDORES EN TIERRA DE ZOMBIES

9 noviembre 2019

Un par se secuelas no del todo esperadas, dado el tiempo transcurrido a partir de la realización de sus predecesoras, con enfoques contrastantes que recurren a sus mejores armas para alcanzar sus propósitos. El terror combinado con la fantasía y la comedia, según el caso, con resultados acordes a lo esperado.

DOCTOR SUEÑO: HASTA EL ÚLTIMO ALIENTO

Al igual que la lograda Blade Runner 2049 (Villeneuve, 2017), su realización cargaba con el peso de ser la continuación de un clásico absoluto del género y a partir de ahí, el nivel de riesgo era alto; una buena alternativa era asumirse como un tributo al filme sin descuidar su referente literario y al mismo tiempo desmarcarse y buscar nuevas vías narrativas: acertada decisión no del todo llevada con eficacia a la práctica, sobre todo por ciertos episodios que se antojan derivativos y algunas resoluciones fáciles que carecen de justificación, aún en la propia fantasía de la trama (el protagonista de pronto experto tirador, transiciones que pierden nociones temporales).

Si bien se supo que al estimable Stephen King no le gustó El resplandor (1980), obra maestra de terror con toda la carga obsesiva de Kubrick, la película se volvió un referente argumental y visual, no solo para el género, sino para el mundo del cine en general. Incluso hubo una miniserie televisiva de tres episodios que pasó relativamente desapercibida en 1997 apoyada por King sobre su novela: cada quien sus gustos. Después, el que quizá sea el escritor más conocido del mundo, publicó una continuación de su célebre relato en el 2013, base para el filme homónimo Doctor sueño (EU, 2019), escrito y dirigido por el oriundo de Salem Mike Flanagan (Oculus, 2013; El juego de Gerald, 2017), quien se encarga de la serie La maldición de Hill House (2018-2020).

La historia sigue a Dan Torrance (Ewan McGregor, ejercitando la contención) en su etapa adulta, el pequeño que sobrevivió a la locura de su padre en el hotel Overlook (el brillantemente desquiciado Jack Nicholson), con saltos que van y vienen en el tiempo que regresan a su infancia en Florida, ya sin su madre en vida, ahora buscando la misión imposible de huir de sí mismo entre el alcohol, la vagancia, pleitos de billar y mujeres ocasionales, apenas contando con el apoyo del viejo cocinero que habita todavía en su cabeza, hasta que termina asentándose en un pueblo de New Hampshire gracias a un comprensivo hombre que lo apoya (Cliff Curtis), capaz de reconocer cuando alguien está extraviado.

Consigue alojamiento y algunas chambas entre las que se encuentra la de fungir como enfermero para acompañar a personas moribundas, labor de donde se deriva, gracias a uno de los pacientes que está por lanzar un último suspiro, su sobrenombre de Doctor sueño, en complicidad con un sagaz gato de habilidades premonitorias que le avisa el momento justo para servir como especie de Caronte gratuito y benévolo a los pacientes para guiarlos hacia el más allá, brindándoles la esperanza que necesiten, ya sea que existe algo más o que se reencontrarán con quien los están esperando: el sueño eterno.

En tanto, un grupo conocido como The True Knot acecha, liderados por una especie de hechicera entre encantadora y siniestra (Rebecca Ferguson, en tesitura precisa): aunque al argumento le falta información sobre el origen de estos personajes que andan cual gitanos en casas rodantes cuya personalidad queda un poco difuminada, salvo el abuelo y el apodado cuervo, se trata de una especie de secta que se alimenta del temor de los niños que tienen el don de la telepatía y de meterse en la cabeza de los demás, para lo cual los atrapan y se alimentan de su vapor o bien lo guardan en recipientes por si se ofrece en tiempos de escasez. Andan por ahí de ociosos alrededor de fogatas en bosques o playas sin mayor oficio o beneficio.

No son inmortales pero pueden vivir mucho tiempo y necesitan detectar a quienes tengan lo que el protagonista llama, justamente, el resplandor, ya sea para sumarlos a su clan, como en el caso de la joven vengadora contra pederastas (Emily Alyn Lind), aprovechando la función de Casablanca, o para devorarlos hasta su último aliento, y los torturan con el fin de alimentarse del vapor que exhalan mientras son lastimados, como se muestra en la dura escena con el niño que adivinaba los lanzamientos del pitcher rival (Jacob Tremblay, padeciendo La habitación una vez más) o la ingenua pequeña que va a recoger flores en la tensa secuencia inicial.

La trama se entrelaza cuando una puberta (Kyliegh Curran) con fuertes poderes relacionados con la telequinesis entra en contacto con Dan para advertirle sobre los crímenes del susodicho grupo, a la vez que es detectada por éste, particularmente por su lideresa, y se vuelve oscuro objeto de su deseo en aras de su sobrevivencia, volviéndose casi asunto personal: quedan atados los cabos argumentales, acaso un poco tarde, pero que terminan siendo recuperados en la secuencia climática que regresa a donde todo comenzó, como suele suceder en la vida de toda persona con o sin resplandor, en la infancia que transita los pasillos montada en un triciclo buscando la aventura de la existencia donde se abren y cierran cajas según las posibilidades de la mente.

La propuesta visual se apoya en su referente kubrickiano, apostando por las transiciones difuminadas, los desplazamientos de cámara con acercamientos y alejamientos enfáticos y los picados reiterados, como para ubicar los contextos de incertidumbre de los personajes, incluyendo explosiones como el viaje astral que modifica la lógica de la física: no saber dónde se está, si en la realidad tangible o en la cabeza de alguien más, si se trata de un truco o de una situación que implica peligro corporal. Especial atención se puso en la similitud de los actores y las escenografías, así como en los movimientos y acciones, como por ejemplo en la famosa secuencia del padre caminando con el hacha; la banda sonora remasterizada e incidental, hace su parte para este trabajo de recreación, en parte, y de búsqueda de diferenciación.

ZOMBIELAND: GRACIAS POR EL TIRO

Dirigida con soltura por Ruben Fleischer, retomando al equipo original salvo Bill Murray que hace un cameo postcréditos por no dejar, Zombieland: tiro de gracia (EU, 2019) es una tardía pero entretenida secuela de su Tierra de Zombies (2009), que conserva la frescura de su predecesora y transmite la humorística interacción entre sus integrantes, con adhesiones oportunas (Rosario Dawson, Zoey Deutch, Avan Jogia, Luke Wilson) y un tono que se mantiene en la tesitura justa entre la comedia y la aventura, sin pretender excederse en la segunda; tiene la virtud, también, de no entrar al territorio del melodrama o la camaradería excesiva, o la acción angustiante.

Peca, quizá que el guion parece no ir a ninguna parte y resultar convencional, articulándose a partir de un conjunto de viñetas propias de la fórmula de “nos vamos”, “te buscamos”, “te encontramos” y “nos regresamos”, pero se sostiene por la inserción de personajes que aparecen y desaparecen en los momentos precisos, algunos diálogos ingeniosos e interacciones que capturan el interés en el contexto de un mundo devastado y los absurdos que ello provoca, con buenos efectos y maquillajes que ya quisieran series al respecto que vienen a la baja. Cuando intérpretes como Harrelson, Stone, Eisenberg y Breslin se divierten y disfrutan su trabajo, lo transmiten a la audiencia. Se nota.

Colaboraron: Gonzalo y Max Cuevas.

CAGE THE ELEPHANT: ROCK FUERA DE LA CAJA

21 octubre 2019

Con un rock de energética frescura rozando con escondidos matices punketos, atravesado por acentos pop de rutas alternativas e influenciados, según se ha señalado, por Pixies, Oasis, The White Stripes, Black Keys, Arctic Monkeys y, sobre todo, por el sello indeleble de Beck, los originarios de Bowling Green (Kentucky) se mudaron a Londres para lanzar su carrera, de notable consistencia a la fecha, con su álbum largo debut, el homónimo guitarrero Cage the Elephant (2009), partiendo de Ain’t No Rest for the Wicked como canción estandarte de texturas oblicuas que invitaban a orientar las orejas en esa dirección, reforzada por la emotiva Cover Me Again, aderezada por unas cuerdas que contrastaban con el resto de las piezas, más de índole incisiva.

Antes, Matt Shultz (vocal), Brad Shultz (guitarra rítmica), Jared Champion (batería), Lincoln Parish (guitarra), Matthan Minster (teclados, guitarra) y Daniel Tichenor (bajo), sexteto ya muy bien conocido como Cage the Elephant, habían presentado el sencillo Free Love en el 2007. Conservando sus raíces estadounidenses y respirando los sonidos británicos, grabaron el inmediatamente identificable y ampliamente sacudidor Thank You Happy Birthday (2011), espolvoreado con toques de electrónica y manteniendo la tensión vocal intacta para sostener pasajes melódicos o de áspera gravedad que explotan alrededor de la cabeza; le siguió el directo Live from the Vic in Chicago (2012), capturando un par de logradas presentaciones en las que se advertía ya la sólida compenetración del quinteto.

Con la entusiasta presencia invitada de Alison Mosshart (The Kills, The Dead Weather) en el roquero corte It’s Just Forever, entregaron el espléndido Melophobia (2013), superándose a sí mismos y compartiendo composiciones de mayor alcance, como se advierte en Come a Little Closer, pegadora canción que invadió ondas radiales para solicitar cercanía, así como el sensible clasicismo puesto en la mira de Telescope, en la abridora Spiderhead, cual buscando arañas en la cabeza y en la cerradora Cigarette Daydreams, efectivamente en tesitura onírica. Su mejor disco a la fecha, aunque en el transcurso Lincoln Parish salió de la banda para emprender algunos proyectos de producción.

Volvieron al ruedo con el más reposado pero sólido Tell Me I’m Pretty (2016), bien encauzados en la producción por la mano especialista de Dan Auerbach (Black Keys), logrando diversos reconocimientos y asumiendo un enfoque orgánico y de cierta soltura; pareciera que se dejaron llevar por sus instintos pero con miras claras hacia un horizonte común, como se expresa claramente en Mess Around para acabar como Punchin’ Bag y, en otro sentido, a través de la calma paradójica de Trouble, la indefensión asumida en Too Late to Say Goodbye y el pausado reconocimiento de How Are You True.

Continuaron con el álbum en vivo de carácter intimista Unpeeled (2017), recogiendo cortes de diversas presentaciones de carácter más cercano, incluyendo versiones ajenas a la electricidad, para dar paso a Social Cues (2019), cual válvula de escape emocional y temáticamente inundado del divorcio de Matt Shultz’s, como queda de manifiesto en la inicial Broken Boy, ya aceptando la propia condición, pero todavía confiando en que Love’s The Only Way y The War Is Over; en la confesional Ready to Let Go, reconociendo que hay que soltar amarras a partir de atreverse a decir Goodbye, y en Night Running donde figura Beck, uno de sus grandes ídolos como invitado especial para sumarse en esta travesía por la sensación de fracaso que implica una ruptura matrimonial y analizar en qué nos vamos convirtiendo: seguramente en algo que no quisiéramos.

Ubicando al elefante en el cuarto, visitan nuestro país en estos días.

SONIDOS DE NUEVA YORK

15 octubre 2019

Un par de grupos esenciales del nuevo milenio visitan nuestro país; de sólidas trayectorias en las que mantienen un nivel compositivo y creativo en el que no bajan la guardia, han contribuido a mantener de manera decisiva el gusto por el rock en sus diversas variantes. Ambos se formaron en algunos de los barrios de Nueva York para dejarse escuchar en el resto del planeta. Reconocen y no ocultan sus elevadas influencias, más bien las aprovechan para fortalecer sus enfoques y buscar nuevos derroteros dentro de los contornos de sus respectivos estilos: por supuesto, en sus sonidos resuenan los gigantes Velvet Underground y Paul Simon.

LOS PROBLEMAS DE LA BESTIA

De las cenizas del grupo punketo Nancy de Cleveland, el compositor y vocalista de tonos gruesos y melancólicos a la vez Matt Berninger, junto con el guitarrista y bajista Aaron Dessner y los hermanos Scott (bajo, guitarra) y Bryan Devendorf (batería), surgió The National, saliendo de la alberca cuando se mudaron a Brooklyn para grabar su álbum debut con el apoyo del gemelo Bryce Dessner (ya parte del grupo), titulado simplemente The National (2001), como para levantar la mano y anunciar una presencia de tristeza contenida, en la línea del slowcore de grupos como Low. Estudiantes distinguidos todos, cimentaron la base de la banda que corría en contrasentido de las tendencias imperantes del revivalismo del nuevo milenio.

Sad Songs for Dirty Lovers (2003) incorporó influencias del country alternativo embalado con un pop orquestal y letras de perdedores reconfortados, ya profusamente potenciado en el EP Cherry Tree (2004) y enfatizando el uso de cuerdas cargadas de lágrimas contenidas en Alligator (2005), su tercer disco largo en el que se asomaba esa característica mirada apesumbrada con ciertos parajes luminosos; fue con Boxer (2007) que lograron abrir las orejas de públicos amplios, procurando que la introspección explotara como en el clásico Fake Empire, buen ejemplo de la propuesta instrumental de la banda ya nutrida con música de viento y un excelso uso de los teclados, así como del amplio rango letrístico tanto desde la perspectiva temática como poética, confirmada con el EP The Virginia (2008), integrado por cortes de diverso origen.

Con ese tono de áspera melancolía confrontada con elocuentes melodías surgidas de narrativas en penumbras, entregaron High Violet (2010), su quinta obra, ya confirmándose como grupo imprescindible del nuevo milenio. Terrible Love va dominando sigilosamente el espacio sonoro, tal como sucede en las relaciones abrasadoras, por más que busquemos el arrepentimiento: Sorrow coloca al frente la gruesa vocal de Berninger, en la tesitura de un Nick Cave reflexivo y de Leonard Cohen apesadumbrado, cobijada por la característica instrumentación austera, por completo puntual, extendida a Anyone´s Ghost y Little Faith.

De la obsesión paranoica expresada en Afraid of Everyone, al romanticismo apenas esbozado en Bloodbuzz Ohio, para de ahí entroncar con una segunda parte que cierra con la bella contención de England y la discreta euforia de Vanderlyle Crybaby Geeks. Uno de los discos de aquel año en el que participaron también Richard Reed Parry (Arcade Fire), Nadia Sirota, Nico Muhly y Justin Vernon (Bon Iver). Continuando con su inclinación a servir como anfitriones de varios invitados, grabaron Trouble Will Find Me (2013) con la presencia de Thomas Bartlett (Doveman), Sufjan Stevens, Sharon Van Etten, Nona Marie Invie y Annie Clark, prestando éstas tres últimas sus voces y acaso buscando reflejos imposibles en los que se pudiera advertirse el origen de los conflictos afectivos.

En tono experimental, presentaron durante seis horas la canción Sorrow en el MoMA, repitiéndola tantas veces como fuera necesario para cubrir el tiempo establecido. Vendrían después varios proyectos personales: Bryan Devendorf, Danny Seim (Menomena) y Dave Nelson (David Byrne y St. Vincent) formaron Pfarmers, firmando los discos Gunnera (2015) y Our Puram (2016); Berninger se reunió con Brent Knopf (Menomena, Ramona Falls) para integrar un dueto llamado EL VY, que generó el apreciable Return to the Moon (2015), y bajo el nombre de LNZNDRF, Bryan y Scott Devendorf unieron fuerzas con Ben Lanz (Beirut) para grabar el homónimo LNZNDRF (2016) y el EP Green Roses (2016).

Volvieron al estudio para entregar el notable Sleep Well Beast (2017), salpicado de tristeza al filo de las banquetas cargadas de culpa, apenas iluminadas por los focos de las licorerías y despertadas por rítmica inquieta y ráfagas guitarreras pronto acalladas por la presencia de la desolación para dejar que, en efecto, la bestia no se despierte más allá del daño irreparable, con la muerte esperando paciente su turno. Después del directo Boxer: Live in Brussels (2018), entregaron I Am Easy to Find (2019), especie de continuación de su entrega anterior pero ahora mostrándose de frente, impulsados por el cineasta Mike Mills y las voces invitadas, entre las que se encuentran Gail Ann Dorsey, Eve Owen y Sharon Van Etten.

PENUMBRAS LUMINOSAS: YA ES VIERNES

Retomando la estética del afropop e incorporando matices del ska y el del hip-hop, Vampire Weekend es una banda que gusta de la sutileza en la composición y de la multiplicidad de ritmos acotados. Estudiantes en Columbia, Ezra Koenig (vocal, guitarra), quien filmó un corto que dio título a la banda, Rostam Batmanglij (entrándole a lo que haga falta), Chris Baio (batería) y Chris Tomson (bajo), decidieron unir talentos sonoros expresados en el EP Vampire Weekend (2007), anunciando lo que vendría después con su largo debut, el ya clásico postmilenario también ídem Vampire Weekend (2008), álbum que revitalizó el escenario musical con esa particular dulzura que explota de manera cercana en los tímpanos. Uno de los grandes debuts del nuevo milenio.

Volvieron al estudio para grabar Contra (2010), a partir del cual el agua de horchata sabría diferente y a los primos se les iba a visualizar de otra manera, entre lances de festiva cadencia y superando con creces la prueba del segundo disco. Incorporando sonidos de sofisticada estructuración, articulados en un pop que se eleva sobre rítmica africana y de cierto clasicismo roquero, presentaron el brillante Modern Vampires of the City (2013), su tercera entrega con la que consiguieron ampliar sus márgenes estéticos y, de paso, entregarnos uno de los grandes discos de aquel año, plagado de melodías evocativas y armonías que muestran un par de colmillos cada vez más largos y penetrantes. 

Tras la salida de Batmanglij en el 2016, la banda empezó a trabajar en su siguiente álbum, en el que contarían con la presencia de Dave Longstreth (Dirty Projectors), Rechtshaid, Justin Meldal-Johnsen y Danielle Haim; una vez escuchado y disfrutado Father of the Bride (2019), queda claro que la espera de seis años valió aboslutamente la pena. Desde el emotivo inicio con Hold You Now y sus coros infantiles, siguiendo con la efusiva Harmony Hall y las otras 16 canciones que integran este álbum doble, se denota que la capacidad compositiva cobijada por el reconocible estilo se mantiene en elusivos niveles, jugando con sutileza rítmica y melodías evocativas.

JAMES GRAY Y SUS EPOPEYAS AL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

5 octubre 2019

Gran realizador neoyorquino que se ha mantenido relativamente fuera del radiar mediático, James Gray (corto Cowboys and Angels, 1991) ganó en el festival de Venecia con Little Odessa (1994), su debut cuando apenas contaba con 25 años. Sin prisa, dirigió La traición (2000), Los dueños de la noche (2007), Amantes (2008) y Sueños de libertad (2013), sólidos dramas que integraban crimen, romance, lealtades familiares y apuntes políticos, entre cuyos repartos la constante fue la presencia de Joaquin Phoenix, hoy convertido en el actor de moda. Pero como lo hiciera Coppola en Apocalipsis ahora (1979) y muchos más, sus dos películas recientes retoman en cierto sentido el clásico texto de Joseph Conrad, cada una representando al mítico Kurtz de diferente forma.

DEL AMAZONAS A NEPTUNO

En efecto, el director y también escritor coloca a sendos hombres en situaciones de partida hacia destinos inciertos pero inevitables: uno se obsesiona con llegar a una ciudad en medio de la jungla amazónica, después de haber encontrado vestigios en viajes anteriores, y el otro asume la misión de encontrar a su padre en los confines del sistema solar, en donde presumiblemente se encuentra vivo tras muchos años de extravío. Ambos tienen el temple necesario para efectuar los prolongados viajes y parecen estar dispuestos a desaparecer de su vida cotidiana el tiempo que sea necesario, si bien los recuerdos y pensamientos de sus seres cercanos los invaden en momentos de reposo o angustia: o sea, siempre.

Con base en el libro de David Grann, Z. La ciudad perdida (The Lost City of Z, 2016), retoma la vida aventurera durante los primeros 25 años del siglo XX del coronel británico Percival Fawcett en busca de reconocimientos (Charlie Hunnam, convencido), enviado primero por la Royal Geographical Society a resolver cartográficamente un conflicto entre la frontera de Brasil y Bolivia, bien apoyado por su colega (Robert Pattinson, resolutivo), y después continuando las expediciones por su cuenta por diferencias con uno de los involucrados, incluso acompañado por su hijo distante al final cercano (Tom Holland), para encontrar esa mítica ciudad con la que se obsesionó y que lo hacía separarse de su esposa (Sienna Miller, estoica) por periodos prolongados.

Por su parte, Ad Astra: Hacia las estrellas (EU, 2019) cuenta la historia en un futuro cercano del eficaz astronauta Roy McBride (Brad Pitt, sensible y controlado a la vez), a quien se le encarga, bajo la vigilancia de un viejo lobo de mar (Donald Sutherland), el proyecto de averiguar qué sucedió con una misión enviada varios años atrás para buscar vida inteligente, encabezada por su padre (Tommy Lee Jones en plan Kurtz espacial), con la que se perdió toda comunicación. El trayecto implicará una parada en la base de la luna y otra en Marte, última instalación humana, en donde empezará a descubrir secretos, y continuará con diversos eventos que pondrán a prueba su estabilidad física y emocional, incluyendo la aparición sorpresiva de unos simios como si estuviera navegando por el río africano de Conrad hacia el encuentro existencial.

EL TRAYECTO ES EL DESTINO

El cine de Gray se caracteriza por el cuidado en el desarrollo de los personajes y en la construcción narrativa pausada, acelerando cuando se debe pero deteniéndose en motivaciones, contextos emocionales y dilemas de difícil resolución. En los dos filmes, los protagonistas se enfrentan a estructuras que les impiden seguir con sus objetivos y, a pesar de ello, buscan continuar con sus planes aludiendo a otras posibilidades y encontrando aliados fuera de las esferas de poder que los intentan coartar. La temática de la paternidad es crucial en las dos películas: qué tanto un padre es responsable de estar cerca de sus hijos y qué tanto de cumplir las trascendentes misiones que se le encargan, sobre todo cuando implican ausencias prolongadas. Y aquí surge la reflexión sobre la contención materna como exigencia socialmente asumida.

Fawcett empezó mostrando su capacidad cazando un venado en situaciones complicadas y aceptó un encargo que en principio parecía intrascendente: pero el Amazonas cual pulmón del mundo, en peligro ahora que no lo cuida el obtuso presidente de Brasil, encanta a cualquiera y más en aquellos años. Su sencillez y capacidad de admiración lo llevó a establecer buenas relaciones con los indígenas, intercambiando regalos y tratando de hablar en su idioma, mostrando una humildad inexistente en su nación de origen, soberbia desde la ignorancia construida sin conocer el campo de acción ni entendiendo que las diferencias culturales son la riqueza de la humanidad como especie.

McBride se ve envuelto en un proyecto corporativo, bien delineado por el guion que incluye situaciones y personajes que le imprimen al filme un halo de misterio, entre la rebelión y la obediencia institucional. Al final, la soledad en un inabarcable espacio exterior, determinará las reflexiones del astronauta añorante, como sucedía con En la luna (Jones, 2009) y las obras cumbres del género espacial-existencial de Kubrick y Tarkovsky. Como suele suceder, el hombre será una pieza necesaria por un momento pero igual desechable después para lograr los fines propuestos: no hay mucho heroísmo allá fuera, solo cumplimiento del deber y, si se puede, introspección absoluta.

RECREACIONES Y TRANSICIONES

A la par de la manera en la que los personajes asumen las transformaciones que implican sus interminables viajes sin resultados a la vista, la propuesta visual de los filmes apuestan por la elegancia en la edición –como los trenes y naves espaciales que cobran vida a partir de un detalle visual- y por indagar por las perspectivas más adecuadas para la imagen: espejos y reflejos expresando dualidad; horizontes abiertos que reflejan la pequeñez del humano ante la vastedad del entorno selvático o espacial; interiores de cuidado detalle en su diseño y ambientación que nos coloca en el contexto y época descritas. Las esporádicas secuencias de acción están filmadas con brío: ataque de nativos, enfrentamientos en la superficie lunar o durante la I Guerra Mundial y asedios de animales hambrientos.

Las secuencias con las tribus amazónicas resultan certeras en cuanto a la relación que establecen con los occidentales recién llegados, así como en sus celebraciones. De igual forma, la Inglaterra de principios del siglo XX queda puntualmente retratada, sobre todo en términos de pensamiento dominante: los salvajes son los otros, a pesar del irracional pensamiento colonial que tanto fustigó el explorador protagónico que, con todo y su evolucionada forma de pensar, todavía quería a su mujer en casa. En tanto, las instalaciones lunares y marcianas están diseñadas con una asepsia escalofriante de precisión evaluativa infalible, donde parece no existir el error o la desviación, salvo cuando en la intimidad de las naves se suscitan eventos que pueden acabar en tragedia y rompen la lógica estructural.

En síntesis, dos hombres enfrentados a un destino en primera instancia impuesto del exterior pero después asumido como propio, ya en posibilidad de elección pero a estas altura vuelto casi obsesión, construida por la propia percepción del mundo: parece que la vida juega en ambos sentidos, proponiendo alternativas, obligando por momentos y posteriormente dejando que el individuo decida por cuál río navegar o por cuál curso planetario volar para encontrarse de frente con ese corazón que ilumine las tinieblas o bien, que termine por confirmar que el trayecto era más importante que el punto de llegada, señalando que la vuelta a casa es en realidad el fin último de la existencia.

EXCÉNTRICOS Y DISRUPTIVOS: EN SU MEMORIA

21 septiembre 2019

Tres músicos seminales han muerto recientemente, considerados de culto y reconocidos, en ocasiones, más por sus influencias asimiladas por otros artistas que alcanzaron reflectores de mayor alcance. Sus mentes sufrieron deterioros pero aún así dejaron una impronta que se advierte tanto en la obra propia como en la que los entendieron e incorporaron. Lidiaron con sus demonios internos y lograron que la batalla dejara frutos que permanecen en nuestras orejas, gracias a un talento que se sobrepuso a la enfermedad en múltiples momentos.

ROKY ERICKSON: ENTRE LA PIRÁMIDE Y EL OJO

Oriundo de Dallas, Roger Kynard Erickson (1947-2019) se interesó pronto por la música y estuvo en The Spades aún siendo adolescente; a mediados de los sesenta y apenas con 18 años, formó junto con Tommy Hall, entre otros, The 13th Floor Elevators, una de las bandas clave de la psicodelia, expresada desde su nombre: un piso que se omite en muchos edificios por aquello de la mala suerte pero que se puede encontrar en otras dimensiones. De acuerdo con Gonzalo (Rockdelux, julio-agosto, 2019), cuando le preguntaban sobre el significado de la música psicodélica, él respondía de manera gráfica: es cuando su juntan la pirámide y el ojo, justo el concepto que dio origen y título al disco homenaje aparecido en 1990 que le hicieron varios colegas notables.

Blues ácido y guitarras salidas del garage caracterizaron The Psychedelic Sounds of The 13th Floor Elevators (1966) y el abridor de percepciones coloridas Easter Everywhere (1967), dos álbumes clásicos del rock psicodélico que de alguna manera cimentaban la propuesta desde Austin, fuera del radar de San Francisco, cuna del movimiento. Y ya lo advertía desde entonces: You’re Gonna Miss Me, título que retomó el documental sobre su vida presentado en el 2005. La aventura lisérgica, ya disminuida por razones de separaciones y enfermedades, continuó con Live (1968), integrado por piezas previamente grabadas, incluyendo aplausos de utilería, y con Bull of the Woods (1969), obra final del esotérico piso inexistente.

A finales de los sesenta fue diagnosticado con paranoia y esquizofrenia, a partir de que empezó a vocalizar sin sentido y fue tratado con terapia electro convulsiva en el hospital de Houston; estuvo entrando y escapándose de clínicas hasta que a mediados de los setenta formó una nueva banda que terminó llamándose, como cabría esperar, Roky Erickson & The Aliens, producida por Stu Cook (bajo de CCR), más orientada hacia el horror y la ciencia ficción vía un estilo hardrockero, entregando I Think of Demons (1980), The Evil One (1981), Casting the Runes (1987) y Love to See You Bleed (1992), entre ladridos de cancerberos, zombies jugando a las runas, y fantasmas y vampiros pasando lista en tesitura de rock crepuscular.

El resto de la década no fue fácil: desarrolló una extraña obsesión con el correo, revisando el de los vecinos o escribiendo cartas a celebridades vivas y muertas, e incluso tuvo problemas con la ley; no obstante, alcanzó a grabar en solitario el conciso y directo Don’t Slander Me (1986). Retomando grabaciones previas en las que se evidenciaba una energía de otra dimensión, presentó Beauty & the Beast (1993), bajo la firma de Roky Erickson & The Resurrectionists, en efecto, volviendo a la vida roquera.

Tras la salida al mercado de discos en vivo o de versiones alternativas, como para llenar el vacío, volvió a grabar en forma All That May Do My Rhyme (1995), al que le siguió otro periodo de grabaciones previas y recopilatorias, concluido con la inesperada aparición del luminoso True Love Cast All Out Evil (2010), contando con el invaluable apoyo de Okkervil River. Todavía se hizo presente en compañía de sus compinches del elevador en el 2015 para una actuación especial: queda su visión para encontrar esos puntos de intersección entre pirámides sonoras y ojos que parecen ver en colores imposibles.

DANIEL JOHNSTON: EL DIABLO SALIDO DEL CÓMIC

Lidiando buena parte de su vida con problemas mentales relacionadas con la manía depresiva e incluso padeciendo reclusiones por resistirse a seguir los tratamientos indicados, este artista se fue convirtiendo poco a poco en un músico de culto, transitando entre la estética del cantautor y el rock independiente, como se advierte en Songs of Pain (1980), Don’t Be Scared (1982) y The What of Whom (1983), grabaciones primigenias que anunciaban un talento natural para la composición honesta y frontal, inocente y al mismo tiempo profunda sobre el amor, la pérdida y la dificultad para vincularse con los demás.

Nacido en Sacramento, aunque vivió en Virginia y Austin, Daniel Johnston (1961-2019) se distinguió también como dibujante y como una gran influencia ideológica para músicos clave de finales de los ochenta, sobre todo después de grabar obras de culto como Hi, How Are You (1983) y Yip/Jump Music (1983), seguidas de Retired Boxer (1984), Continued Story (1985) y Respect (1985), además del navideño Merry Christmas (1989); entraría en contacto con Jad Fair,líder de Half Japanese, para producir It’s Spooky (1989) y el clásico, Jad Fair and Daniel Johnston (1989), uno de sus más logradas entregas. La asociación todavía alcanzó, años después, para entregar The Lucky Sperms: Somewhat Humorous (2001).

Con ayuda de varios amigos, Paul Leary (Butthole Surfer), Lee Ranaldo y Steve Shelley (Sonic Youth) por poner algunos ejemplos, desplegó su capacidad compositiva a su máximo nivel en los primeros años de la década de los noventa, como se advierte en 1990 (1990), Artistic Vice (1993) y Fun (1994), trío de álbumes que mostraban cómo la música puede vencer las barreras de la condición mental. Vendría otra pausa en cuanto a grabaciones se refiere para volver con Rejected (1999) y el álbum en vivo Why Me? Live Volksbuhne Am Rosa Luxemburg-Platz 6/6/99 (2000), buena muestra de la sinceridad que emanaba en el escenario, como también se puede ver en su emotiva interpretación de True Love Will Find In The End, acaso su composición más conocida (https://www.youtube.com/watch?v=qu0RAMwH20k).

En el siglo XXI continuó integrando álbumes estimables como Rejected Unknown (2001), Fear Yourself (2003), junto con Mark Linkous, incluyendo sus dibujos como parte del arte de los discos; More Songs of Pain (2005), el producido en directo Frankenstein Love (2005); The Electric Ghosts (2006), cual lance comiquero; Lost and Found (2006), en clave roquera; Is and Always Was (2009), quizá el más sólido de estos años; Beam Me Up! (2010), en conjunto con una pequeña orquesta holandesa, y Space Ducks (2012), su última obra con cortes originales. The Devil and Daniel Johnston (Feuerzeig, 2005) es un premiado y abarcador documental para adentrarse en esta figura fascinante de la cultura pop.

DAVID BERMAN: ESCALAR LA MONTAÑA PÚRPURA

Músico, cartonista y escritor que se dio a conocer con Silver Jews, su banda de cajón formada junto con sus colegas de Pavement. Enclavados en el country alternativo cercano a Wilco, nos regalaron álbumes de un nihilismo desafiante durante los noventa, como Starlite Walker (1994), The Natural Bridge (1996) y American Water (1998). No bajaron los brazos y mantuvieron altos estándares en Bright Flight (2001), Tanglewood Numbers (2005) y Lookout Mountain, Lookout Sea (2008), obras que forman parte importante del repertorio del género para entender su evolución en el nuevo siglo.

Originario de Virginia, David Berman (1967-2019) se dedicó también a la escritura dadas sus habilidades poéticas, publicando un par de libros, y apenas en el 2019 regresó al mundo de la música para grabar con una nueva banda llamada Purple Mountains un álbum homónimo, que seguro forma parte de los mejores discos del año. Vivió en Chicago y se separó de su esposa; tuvo problemas de abuso de drogas y había intentado quitarse la vida anteriormente. Se le encontró muerto en su departamento de Brooklyn: un gran talento que se va pronto.

KURSK: NEGLIGENCIA CRIMINAL

14 septiembre 2019

Tras el desastre humano y ambiental en Chernobyl, el sistema estatal soviético siguió su proceso de colapso que estalló a finales de los años ochenta. Poco más de diez años después, en el arranque del siglo XXI, otra catástrofe se vivió ahora en Rusia: un submarino nuclear de 154 metros de largo y poco más de diez de alto conocido como Kursk K-141, se hundió el 12 de agosto del 2000 en el mar de Barents por la explosión de un torpedo sobrecalentado que no se alcanzó a lanzar en un ejercicio de prácticas, mismo que provocó pocos minutos después que otros artefactos similares corrieran la misma suerte, matando a la mayoría de la tripulación, conformada por 118 personas; los sobrevivientes, alrededor de treinta, alcanzaron a refugiarse en la sala 9, esperando ser rescatados y luchando con sus propios medios para prolongar su vida.

Basada en Un tiempo para morir (2002) de Robert Moore, con guion de Robert Rodat y dirigida con solvencia intachable por el versátil danés Thomas Vinterberg (Todo es por amor, 2003; La caza, 2012), quien se diera a conocer con su aclamada La celebración (1998), inserta en el movimiento Dogma 95, Atrapados: una historia verdadera (Kursk, Bélgica-Luxemburgo-Francia, 2019) arranca con la realización de una boda de uno de los marinos que muestra el compañerismo del resto, vendiendo sus relojes para terminar de pagar la fiesta y lanzando brindis y cánticos jubilosos, antes de embarcarse en la inesperada calamidad. La apertura funciona para que podamos identificar a los personajes y en cierta forma conectarnos con ellos, sobre todo para darle mayor fuerza afectiva a las secuencias posteriores.

El realizador de la profunda Submarino (2010), de título premonitorio sobre su actual cinta, aunque en otra tesitura dramática, consigue aprovechar los espacios físicos y emocionales para desarrollar las diversas emociones que flotan en la historia, algunas hundiéndose irremediablemente y otras surgiendo frente a la adversidad; notable es el aprovechamiento de la luz propia de la narración para filmar las escenas al interior del submarino. La edición consigue entreverar con fluidez las secuencias en los dos ámbitos principales donde se desarrollan los acontecimientos: el interior angustioso y solidario, y el exterior controvertido y conflictivo, cargado de incertidumbre. Un score por momentos apesadumbrado y en otros más emotivo, acompaña los sucesos de dolor y esperanza en torno al hundimiento con puntual coherencia.

El reparto cumple con interpretaciones que permiten adentrarse en la tragedia, desde las diversas perspectivas contempladas: Matthias Schoenaerts, a quien el realizador ya había dirigido en Lejos del mundanal ruido (2015), combina el tono heroico con el íntimo, en tanto Léa Seydoux en el papel de su esposa, muestra la desazón y la capacidad de enfrentamiento con el sistema, topándose con pared en la figura del venerable Max Von Sydow, acá como el imperturbable y mentiroso jefe que impide la posibilidad de toda ayuda extranjera. Colin Firth asume el rol del líder de la flota británica en plan apoyador, en tanto Peter Simonischek (Toni Erdmann, 2016) el del comandante ruso que lamenta la situación de infraestructura y política de su patria; el resto del elenco cumple con la representación de las claustrofóbicas y dramáticas situaciones.

Inscrita en el cine de desastres y tangencialmente bélico, si bien particularmente emparentada con filmes como Colosos del mar (Wise, 1958), Al borde del abismo (Harris, 1965), Das Boot (Petersen, 1981), La caza al Octubre Rojo (McTiernan, 1990), Marea roja (Scott, 1995), U-571: La batalla del Atlántico (Mostow, 2000), K-19: The Widowmaker (Bigelow, 2002) y Misión submarino (Marsh, 2018), entre otros, que se han sumergido en los mares desde la realidad o la ficción para adentrarse en los laberínticos submarinos y sus peripecias, la cinta logra mantener la tensión a pesar de conocerse el desenlace de la historia, entre las intentonas de los rusos con su equipo obsoleto –el otro se fue para que los turistas bajaran a ver el Titanic- y la llegada de buzos noruegos y británicos, a pesar de las resistencias de la burocracia.

Por alguna equivocada razón (probablemente para evitar problemas políticos de mayor escala), en la película no se menciona en ningún momento al presidente Putin (sí, el mismo que está ahora), quien optó por irse de vacaciones (en aquel momento), acentuando el desprecio de un sistema por sus propios hombres, considerados solo marineros dispuestos a morir por su patria. El orgullo absurdamente entendido de no pedir ayuda a tiempo, por aquello de no mostrarse falibles y acaso ocultar algunos secretos militares, fue una de las principales causas de la profundización de la tragedia, en similar tesitura al desastre acaecido 14 años antes.

Por supuesto, la mentira descarada se usó como arma –fallida- de contención ante el juicio de un mundo más globalizado y sobre todo frente a la desesperación de los familiares, tratados como ciudadanos de segunda fácilmente manipulables. Elocuente es la mirada y actitud del hijo del protagonista: un sistema que le quitó a su padre no merece recibir un saludo, solo miradas de dolor, desprecio y absoluta incomprensión por cómo un gobierno puede tratar así a su propia gente, tanto a los marinos al pie del cañón, como a sus seres queridos.