THE LIBERTINES: JUVENTUDES EN COLISIÓN

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Con el cambio de milenio el rock volteó a su propia historia, como para asegurarse del camino andado, y durante los primeros años del siglo XXI se desarrolló un revival que traía al presente tendencias como el garage de finales de los sesenta, el postpunk de la transición entre los 70’s y 80’s y los sonidos indies de finales de los años ochenta y principios de los noventa. El movimiento apareció en diversos países del planeta: The Strokes y White Stripes en Estados Unidos; The Hives desde Suecia, The Vines por Australia, The 5.6.7.8’s de Japón, The Datsuns por los rumbos de Nueva Zelanda y The Doves y The Libertines en Inglaterra, por mencionar los ejemplos más conocidos.

Éstos últimos, nombrados así en honor al espíritu transgresor del Marqués de Sade, resultaron de la combinación de talentos e intensidades puestos en conflictiva integración por Carl Barât y Pete Doherty, ambos compositores, cantantes y guitarristas, quienes sumaron después de algunos cambios a John Hassall en el bajo y a Gary Powell en la batería, justo para darle la necesaria energía a la base rítmica. Corrían los años de la transición del siglo en Londres, eterno epicentro rockero que genera o recibe pronto las diversas tendencias en la materia que se manifiestan alrededor del mundo.

Con Up The Bracket (2002), producido por Mick Jones, firmaron un debut hoy convertido en clásico, equilibrando la fiereza guitarrera con los despliegues melódicos, vocalizaciones muy propias de barrio, batería llegando siempre a tiempo y un bajo que cobija un sonido ubicado en la tradición del rock inglés con sus variantes (The Kinks, The Clash, The Jam, The Smiths…), pero con un inconfundible aire de novedad que conecta con las nuevas audiencias, como se advierte desde las abridoras Vertigo y Death on the Stairs, sentando bases de un estilo muy pronto identificable con ese juego de espejos de voces y guitarras chirriantes y potentes a la vez.

libertinesHorror Show y la titular Up the Bracket meten el acelerador con estilo a partir de una persecutoria batería que parece provocar a la vocal, pronto anunciando Time for Heroes y Boys in the Band, cual himnos declaratorios de principios, como The Good Old Days en la que se deja claro que los buenos tiempos son los presentes; no exentas de cierta ironía, las letras se inscriben en terrenos sociales, políticos y personales. En solo 36 minutos, el cuarteto londinense se presentó con frescura e intensidad en una escena rockera que ponía buena parte de su atención en el revivalismo estadounidense: ahora la tendría que dividir.

El reconocimiento inmediato y la presión adjunta, además de los problemas de adicción a las drogas de Pete Doherty, sobrevolaron la producción de The Libertines (2004), digno segundo álbum en lo general con todo y la cuota de buen humor, aunque por momentos se emplea cierta reiteración de estrategias o resoluciones sonoras y letrísticas muy vistas, a pesar de un inicio prometedor y premonitorio con Can´t Stand Me Now y cortes como el elusivo The Man Who Would Be King, el calmo Music When the Lights Go Out y la orgánica The Ha Ha Wall.

La esperada ruptura pareció truncar la carrera de una de las bandas más prometedoras del siglo XXI. Sobreviviendo a sus propios demonios, Doherty formó Babyshambles, mientras que Barât hizo lo propio primero con Dirty Pretty Things y después con Jackals. Algunas reuniones para tocar en vivo mantenían la esperanza de un nuevo disco que llegó once años después de su anterior obra: Anthems for Doomed Youth (2015) refleja para bien el proceso de crecimiento, tanto en las letras como en algunas de las composiciones, aún conservando una energía expresada de manera distinta, como a intervalos y a fuego lento.

La sensible canción que da título al álbum muestra que la capacidad compositiva se mantiene a tono, ahora con reflexiones efusivas (Fame and Fortune) y reposadas (Iceman) sobre las nuevas condiciones de vida, justamente como si se tratara de himnos para una juventud condenada a la incertidumbre. La abridora Barbarians muestra de inicio que no todo estaba dicho, mientras que Gunga Din recurre a sutil rítmica caribeña y la balada pianística You’re My Waterloo, composición de 1999, se inserta con pertinencia en este conjunto de sentencias que señalan el fin de un mundo imaginado en los años mozos, pero con miras a un futuro. Incierto, pero futuro al fin.

 

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