EL ESGRIMISTA O LA PEDAGOGÍA DEL TOUCHÉ

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La vieja confrontación entre el individuo y el sistema; el sujeto en aras de convertirse en agente, es decir, con capacidad para tomar decisiones sobre el curso de su vida y modificar los contextos en los que se desenvuelve, frente a las estructuras que obstaculizan su desarrollo o bien, en determinados y felices casos, que lo potencian. Sin caer en determinismos absolutistas, la persona tiene algún margen de maniobra, incluso en las sociedades más dictatoriales, aunque en ello se ponga en riesgo la existencia.

La experiencia del estalinismo es reveladora en este sentido. Ahí están Shostakovich y su atribulada relación con el poder unipersonal de Stalin, magistralmente novelada por Julian Barnes en El ruido del tiempo (Anagrama, 2016); o el caso de Vida y destino (De bolsillo, 2007), obra cumbre de Vasily Grossman que sobrevivió gracias a las fotografías clandestinas tomadas al borrador, y el premio Nobel Solzhenitsyn, dando a conocer sus vivencias en el Gulag y abriendo los ojos del mundo ante uno de los mayores horrores de la historia.

CONSTRUYENDO LA VOCACIÓN

Abundan las películas sobre entrenadores de equipos de fútbol, beisbol, fútbol americano, básquetbol y rugby, con todo y sus tribulaciones para convertir a sus equipos en dignos contendientes; también la figura docente ha sido revisitada de múltiples maneras, desde el profesor motivador al límite de lo creíble, hasta quienes padecen dificultades más realistas para poder acompañar a los alumnos en su aprendizaje. Pero combinar estas dos vertientes no ha sido común en el cine y tampoco retomando la práctica del esgrima.

Basada en el caso real del estoniano Endel Elis y dirigida por Klaus Härö El último duelo – El esgrimista (Finlandia-Estonia-Alemania, 2015) presenta la historia de un hombre inscrito forzadamente de joven en las filas nazis tras la conquista de la provincia de Estonia –como sucedía con muchos adolescentes en esa época, Gunther Grass incluido- que tiene que dejar Leningrado, una vez que el ejército rojo tomó el control de la situación, para evitar caer preso en los infernales campos de trabajo forzado, situación descrita en Koba el terrible (2004), libro de Martin Amis en clave personal con desgarradora puntualidad y dura crítica a los intelectuales de occidente.

Tratando de pasar desapercibido, quien alguna vez fuera un esgrimista reconocido (Märt Avandi, ecuánime) ingresa a una escuela para hacerse cargo del club de deportes. Alentado por Marta (Liisa Koppel, de mirada decidida), una enjundiosa niña de ánimo inquebrantable, se pone a dar clases los sábados ante un grupo sorpresivamente numeroso: son niños que soportaron, en muchos casos, la pérdida de sus padres en la guerra y buscan de alguna manera tanto figuras tutelares como referentes afectuosos en su vida. De esta forma, la sencilla escuela del pequeño pueblo ya contará con El maestro de esgrima (Olea, 1992)

EsgrimistaEl improvisado profesor se enfrenta primero a la resistencia en la misma escuela, encarnada por un burócrata prototípico de grises tonalidades que hará cualquier cosa por salvar el pellejo, sin ningún tipo de interés por la innovación y siempre apoyado por un asistente con aspecto copiado del jefe supremo incluyendo bigotito ridículo, quien se hace presente, además, en todos los cuadros visibles de las estructuras gubernamentales.

Como sucedía en Los coristas (Barratier, 2004), la fuerza del proyecto se empezará a abrir paso gracias también al apoyo de los familiares participando en una inusual votación considerando la dominante cultura autoritaria, en particular la de un abuelo (Lembit Ulfsak, sereno), cuyo nieto es de los alumnos más entusiastas con el nuevo club deportivo (Joonas Koff). Finalmente, hasta el mismísimo Marx practicó este deporte en sus juventudes.

Una cámara pausadamente persecutoria sigue al protagonista, mientras hace los recorridos rumbo a la escuela o en busca de algún destino que le devuelva el sentido y el gusto por vivir: la docencia en un inicio parecía no ser la mejor alternativa para tal efecto, aunque paulatinamente, al ver a los niños interesados en aprender, la perspectiva va cambiando, además de iniciar una relación amorosa que lo saca un poco de su ensimismamiento. Pero eso sí, que en una clase opcional el salón esté lleno de rostros llenos de expectativas, resulta ser una fuerte motivación para cualquier profesor.

Sin recursos suficientes para la enseñanza, se buscan las opciones: varas humedecidas en lugar de floretes y, sobre todo, expresar el gusto por el contenido y ayudarle a los pequeños estudiantes a que encuentren los significados que puede tener para sus propias vidas. En cierta forma, compartir sus saberes para los elegantes desplazamientos, la defensa y el ataque, revive un entrañable pasado en el improvisado maestro: el touché pedagógico, acompañado de un suspensivo score de Gert Wilden Jr., terminará en promesas vueltas compromisos formativos.

Vale asumir los errores en la práctica docente, como el excesivo regaño o la autolimitación, pedir ayuda a la colega con más experiencia (Ursula Ratasepp), detonando de paso un vínculo romántico, y actuar en consecuencia para mejorar y acompañar los despertares de estos niños, asombrados con la llegada del equipo para practicar el esgrima, cortesía del amigo esgrimista, como cuando los pequeños chinos recibían los gises de colores en Ni uno menos (Yimou, 1999). La estación del tren, siempre tan evocativa, se convierte en espacio para despedidas y encuentros anhelados.

La relación entre la gran ciudad y la periferia se plasma de manera conmovedora en el viaje que realizan los niños seleccionados para participar en el torneo de esgrima: fotografía salpicada de nieve y emoción que captura el logro de los pequeños, festejados también por los compañeros que no fueron elegidos. Los primeros años de la década de los cincuenta se ambienta no solo a partir del diseño artístico, sino también en el perfil de los personajes, con esas miradas de cierta tristeza aún en los momentos de alegría.

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