PYNCHON Y ANDERSON: VICIOS PROPIOS Y COMPARTIDOS

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Estamos en el fin de la década de los sesenta y el desvanecimiento de las utopías inherentes, entre ácidas realidades y nebulosas percepciones, ampliaciones fantasiosas de la conciencia y búsquedas astrales que pueden terminar con la puerta en las narices. Como en mundos paralelos, escenarios de un belicismo mortalmente impostado y luchas a plena luz del día para mantener el control económico y político. Saltando de una realidad a otra, personajes estrafalarios con dejos de un romanticismo condenado a una nostalgia perpetua por no cristalizar los alucines al alcance de una fumada.

Thomas Pynchon (Long Island, 1937) es uno de los escritores contemporáneos más importantes del mundo; uno de los pocos que hace honor al mito del autor desconocido y alejado de todo contacto público: no da entrevistas, no se conocen fotos de él desde los años cincuenta y cuando ganó un premio mandó a un cómico a recibirlo. Junto con Joyce Carol Oates, Philip Roth, Don DeLillo, Cormac McCarthy y Richard Ford, forma parte de los principales autores estadounidenses nacidos en los 30´s y 40´s.

Al igual que su vida, sus novelas suelen ser inescrutables, de compleja lectura y difícil avance dadas sus múltiples vertientes, brillante y densamente descritas; se ha dicho que es uno de los escritores que impulsó en definitiva el posmodernismo en la literatura, como se puede advertir, sobre todo, en la retadora El arco iris de gravedad (1974), obra que lo sumió en un misterioso silencio hasta que reapareció (es un decir) con Vineland (1990).

Vicio propio PynchonVicio propio (2009) es su novela más accesible, considerando sus propios parámetros. Además de sumergirnos en un ecosistema fascinante plagado por criaturas desternillantes (la tía es única), retoma la estructura detectivesca como eje argumental para que, junto con su protagonista Doc Sportello, retomando un poco la personalidad de los investigadores creados por Chandler, Hammet y Spillane, emprendamos un viaje, en todos sentidos, por un tiempo perdido para vivir el sueño eterno californiano, con los crímenes de Charles Manson, el fin de la guerra de Vietnam como telón de fondo y un mar siempre caprichoso.

La trama se detona a partir de que la exnovia del siempre volado investigador privado le pide ayuda para descubrir qué le sucedió a su nuevo amante, un magnate que, según se ha dicho, encontró la revelación y donó toda su fortuna en aras justicieras. Aparecen en escena la esposa del millonario y su respectivo enamorado, así como un saxofonista que anda de incógnito, la amiga que trabaja en la oficina policiaca, un agente conocido como Big Foot, que mantiene un vínculo entre cómplice y acechante con Sportello y una entidad llamada Colmillo dorado, de múltiples significados.

Con su habitual capacidad para las descripciones que no nos dejan más alternativa que introducirnos en ellas y un humor que nos doblega continuamente, el autor de V (1063) y Al límite (2013), entreteje una compleja telaraña de relaciones, intereses y situaciones en las que se ven involucrados narcotraficantes, policías de nóminas múltiples, masajistas de orientales complicidades, una asociación de dentistas que van más allá de sacar muelas, informáticos primigenios y personajes que van y vienen con alguna información clave e ideas fuera de esta realidad pero imprevisiblemente interconectadas

LA PRUEBA DEL ÁCIDO

El desafío de adaptar alguna novela de Pynchon al cine parecía demasiado grande. Tenía que ser el californiano Paul Thomas Anderson (Sidney, 1996; The Master, 2012) uno de los directores más sugerentes de la actualidad, con probado talento para recrear épocas y estados de ánimo y capaz de asumir buenas dosis de riesgo, quien le entrara al quite, acaso manteniendo la idea de asumir proyectos ambiciosos en cuanto a sus posibilidades de expresión puramente cinematográfica, como queda de manifiesto en Vicio propio (Inherent Vice, EU, 2014).

Tras escribir un guion más nutritivo que el que terminó plasmado en la pantalla, según se ha dicho, y con la anuencia del mismísimo autor de la novela quien parece que hace un cameo, de acuerdo con los rumores, emprendió la realización del filme que consigue capturar en esencia y a pesar de abandonar ciertos cabos argumentales o no incluirlos (algunos personajes cambian de función, otros no aparecen y algunas situaciones tienen diferente énfasis), la idea y el espíritu de su intrincado par literario. Pedir absoluta coherencia podría verse como un contrasentido.

Si la lectura de la novela genera poderosas imágenes en nuestra mente, la mirada al film homónimo nosVicio propio Anderson termina por atrapar pausadamente en las erráticas pesquisas de Sportello, encarnado brillantemente por Joaquin Phoenix, de contagiante parsimonia con el humeante alma paseándose por el cuerpo como si nunca sucediera nada, mientras que una narración en off, cortesía de la cantante Joanna Newsom, soltando el arpa, nos remite a una poética pasada por pachuli, coronada por un score de misteriosas reminiscencias encabezado por el Radiohead Johnny Greenwood y completado por Can, Neil Young y The Marketts, entre otros.

Josh Brolin, paleta helada en boca, interpreta al particular agente, mientras que un sigiloso Owen Wilson, Benicio del Toro y un desatado Martin Short, resultan tan breves como locuaces. El reparto femenino conformado por Jena Malone, Maya Rudolph, Katherine Waterston, Sasha Pieterse y Reese Witherspoon transita de la extravagancia a la seducción, entre oficinas descuidadas, casas revueltas o palacetes saturados de excesos en los que se busca algún karma incomprensible. En este universo, donde nada es lo que parece, el reencuentro sexual no significa que se haya vuelto a integrar la pareja en cuestión: no hay que hacerse ilusiones.

Como lo hiciera con el mundo del porno en Boogie Nights (1997) y el encuentro fundacional entre poder económico y religioso en Petróleo sangriento (2007), Anderson nos introduce en un universo puramente californiano donde conviven hippies rezagados, chicas desparpajadas, tipos siniestros, algún cadáver que flota a la deriva y diversos grupúsculos de intenciones ambiguas, transitando entre la ilegalidad tras bambalinas y complots reales o inventados, según la sustancia inhalada en la mañana.

El filme avanza impredeciblemente a partir de diálogos tomados directamente de la novela, ambientación detallada, edición cual recorrido por la prueba de sustancias de dudosa procedencia y la fotografía de Robert Elswit, que parece esconder la luz en una neblina relajante, incluyendo una cámara dubitativa para acentuar los estados mentales de estos personajes a quienes el fin de la década de los sesenta pareció atraparlos con los dedos en la puerta y el cigarro de mota a punto de apagarse.

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