LIENZOS EVOCATIVOS

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Un pintor cuyo vehículo de expresión más sensible es el pincel y los colores, cual instrumentos para capturar los misterios de la luz atrapada en las oscuridades de la naturaleza y del alma. Una pintura de significados diversos que no se detienen en la explicación técnica, en la fama alcanzada por el artista o en su valor en el mercado, sino que trascienden a la reconstrucción de un pasado emotivamente doloroso con posibilidades de transformarse en recuerdos vivificadores.

TURNER: LA TORMENTA PERFECTA

Considerado como uno de los pintores más importantes del siglo XIX y para algunos el más grande entre los ingleses, Joseph Mallord William Turner (Londres, 1775-1851) destacó en el ámbito del paisaje, particularmente marítimo, pero desde una perspectiva personalísima y claramente identificable, sobre todo por la tensión inherente en sus cuadros y la presencia de la luz como un elemento para ser reconstruido según los estados anímicos y los momentos del día, con todos sus imperceptibles misterios.

Famosa es su obsesión para capturar el instante amarrándose al mástil de alguna embarcación, según se cuenta, o asistiendo puntualmente a alguna escena natural. Antecesor del impresionismo y con tendencias románticas en cuanto al vínculo entre el ser humano y la naturaleza, Turner se enfrentó al rechazo y mala crítica de su obra, como se retoma en algunos pasajes del filme, enfocado a sus últimos veinticinco años de vida, en los que desarrolló un estilo más libre y arriesgado, alejado de su inicial enfoque academicista.

TurnerCon Mr. Turner (Inglaterra, 2014) Mike Leigh vuelve al género histórico después de Topsy-Turvy (1999), tomándose quizá algunas licencias, para construir una recreación de los gustos artísticos y el esnobismo predominantes de la época, no necesariamente en coincidencia con la propuesta del autor de El incendio de las Cámaras de los Lores y los Comunes (1835), y de ciertas costumbres en términos de relaciones familiares y sociales, así como de la asignación de roles según el género y la posición social.

El filme retoma su trayectoria cuando vivía con su padre (Paul Jesson), quien muere poco después acentuando el aislamiento del artista, y una fiel doncella con la que mantenía una relación ambigua (Dorothy Atkinson), al tiempo que tenía contactos generalmente conflictivos con la madre de sus hijas (Ruth Sheen) y con su colega John Constable (James Fleet). Encontraba cierta empatía en un burdel o con el escritor y crítico John Ruskin (Joshua McGuire), así como con una viuda a la que frecuentaba para hospedarse y con quien tiene un amorío (Marion Bailey).

El contraste entre la hosquedad y la sensibilidad del artista está notablemente encarnado por Timothy Spall, ganador de la Palma de Oro en Cannes y que ofrece una actuación compleja que transita desde el ensimismamiento hasta la expresividad pasional, tal como lo requería el protagonista, más afecto a gruñir que a hablar y a actuar impulsivamente que a dar explicaciones. La dificultad para comunicarse y relacionarse socialmente contrastaba con las escasas explicaciones que daba acerca de su visión estética.

La propuesta visual, cortesía del viejo colaborador Dick Pope, se plantea en consonancia con el estilo del pintor con todo y su paleta cromática, viajando de tonalidades rosáceas a tonos amarillos y cafés, como si el sol estuviera siempre presente o en proceso de abandono; si su propuesta pictórica tendía cada vez más hacia la abstracción, como se puede advertir en Lluvia, vapor y velocidad y en Amanecer con monstruos marinos (1845), la cinta opta por retomar sus clásicos paisajes en los que se advierte la pequeñez humana frente a la enormidad plástica del mundo tangible en plena ebullición.

ENFRENTAR A LOS FANTASMAS

“Mientras todos ven una obra maestra de uno de los artistas más exquisitos de Austria, yo veo a mi tía”, dice María Altman, una mujer judeo-austriaca que huyó de Viena cuando los Nazis ocuparon la ciudad y procedieron, como se advierte en Operación monumento (Clooney, 2014), a robarse las obras de arte de cuanta casa quedaba a su paso, además de someter a la población y devastar a los judíos.

Asentada en Los Ángeles desde entonces, buscó durante los años noventa recuperar el famoso Retrato de Adele Bloch-Dama de oroBauer, pintado por el genial pintor Gustav Klimt, que perteneció a su familia y que terminó en el Belvedere, después de la derrota alemana. Para ello contrata al joven abogado Randy Schoenberg (Ryan Reynolds, convencido), que venía de un fracaso laboral al intentar poner su propio despacho, y que resulta ser nieto del revolucionario músico, también de origen austriaco.

Dirigida por Simon Curtis y recurriendo a la ida y vuelta por el tiempo, inclusive en un momento yuxtaponiendo épocas de manera emotiva, La dama de oro (RU-EU, 2015) es una reflexión acerca del sentido que puede tener una obra de arte en cuanto a su poder para reconstruir recuerdos y llevarlos de un terreno sembrado por la culpa a un paisaje de absoluta reconciliación. Si bien el filme opta más por adentrarse en el asunto legal relacionado con el cuadro, la actuación de Helen Mirren, con una simple mirada, nos sumerge en el proceso de sanación de esta férrea anciana, querida sobrina de una de las mujeres más vistas pero menos conocidas del mundo de la pintura.

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