ENCIERROS INEXPLICABLES

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Sin decir agua va, una persona se encuentra prisionera por alguna razón que no es clara; puede conocer a su captor, como acontecía en la agobiante El encierro (An American Crime, O’Haver, 2007), basada en un caso real, o ni siquiera eso: simplemente está atrapada y aislada del exterior como le sucedía al personaje de 5 días para vengarse (Old Boy, 2003), la durísima cinta de Chan-wook Park ya con todo y remake cortesía de Spike Lee.

Películas de tonos distintos que van del futurismo distópico juvenil, en la lógica del blockbuster postveraniego, a la crudeza de la vida real, con pequeños que sufren la privación de la libertad en cintas de carácter independiente disponibles en los videoclubes de la ciudad.

CORRE THOMAS, CORRE

Con múltiples referencias que van de El señor de las moscas (Brook, 1963; Hook, 1990), basadas en el clásico de William Golding, a la asfixiante El cubo (Natali, 1997), pasando por Lost (JJ Abrams, 2004-2010) y de ahí entroncando con la serie de películas sobre jóvenes luchando en sociedades ultra organizadas de tintes totalitarios, aunque considerando que la novela de James Dashner es anterior a las de Veronica Roth y Suzanne Collins, Maze Runner – Correr o morir (EU, 2014) busca centrarse en la forma en la que una tejido microsocial conformado por jóvenes varones, se organiza en un valle rodeado de un gran laberinto sin minotauro o fauno a la vista, al tiempo que reciben el sustento y a un nuevo miembro de vez en vez, vía un misterioso elevador.

Por supuesto, perdieron la memoria y apenas algunos de ellos alcanzan a ver destellos del pasado en formas pesadillescas; mantienen cierta armonía con liderazgos definidos, rituales y mitos estructurantes y división de roles, entre quienes se encuentran los corredores, responsables de lanzarse por las rutas cambiantes del laberinto cuando se abren las puertas, procurando regresar a tiempo antes de que se cierre y evitando caer en el aguijón de los penitentes, criaturas biomecánicas cual alacranes gigantes peores que nuestros güeros.

Pero a partir de que aparece Thomas, interpretado con ímpetu por Dylan O’Brien y Teresa (Kaya Scodelario), la primera mujer, además del mensaje que anuncia el fin de la entrega de víveres, empiezan las recomposiciones y los conflictos sociales, sobre todo por la toma de decisión entre seguir dentro del valle con sus limitantes pero al fin seguridades, o bien aventurarse por las murallas movibles y tratar de llegar hasta donde se pueda, arriesgándolo todo: una zona de confort son muy pocas comodidades, por cierto.

El director Wes Ball consigue en su primer largometraje sostener el interés no solo por la trama sino por sus personajes adolescentes, gracias a su habilidad para dirigirlos y a que varios de ellos ya cuentan con cierta trayectoria actoral. El guion es funcional y las secuencias de acción, bien dosificadas y montadas, consiguen equilibrar el ritmo de la narración. Quizá se antojaba aprovechar mejor el concepto del laberinto como alegoría de la ausencia de memoria y de los caminos sin principio ni destino plenamente definidos.

ABUSO A MENORES

Una temática tan necesaria como difícil de tratar en el cine, en particular porque las dolorosas situaciones de trata y abuso infantil siguen presentes en nuestras sociedades, no obstante la creación de leyes al respecto. Un par de películas sobre el tema en tesituras distintas.

Michael. Crónica de una obsesión (Austria, 2011), escrita y dirigida con sobriedad por Markus Schleinzer, cuya colaboración con Michale Haneke se le nota en el estilo, sigue a un pedófilo durante 5 meses y la forma en la que combina una vida rutinaria de empleado anodino con la retención de un niño de 10 años en el sótano de su casa, a quien por momentos trata como su hijo o como el objeto de su patología, según su capricho, estableciendo una relación perversa de premio-castigo cuya injusticia se puede diluir ante la mirada de la víctima, aunque aquí el pequeño parece darse cuenta de la situación en la que está y por ende, poder dar cierta batalla.Michael

Solitario como cabría esperar, este monstruo enfermo evade el contacto social aunque de pronto se da tiempo para salir con algunos amigos o hablar con sus familiares. Una cinta que dada la fuerte temática que plantea, logra eludir el tremendismo sin dejar de exponer con claridad el peligro social que representan estas personas de una siniestra normalidad aparente, incluso susceptibles de algún ascenso laboral, y que por lo tanto se convierten en criminales más difíciles de descubrir.

En contraste, Encadenado (Chained, Canadá, 2012) se mueve en los terrenos del gore, siguiendo a un asesino serial de mujeres que hace las veces de taxista; en uno de sus secuestros se queda con el hijo de nueve años de la víctima y lo convierte en su acompañante involuntario, obligándolo a ser testigo de sus crímenes y, en cierta forma, esperando que continúe su enfermo legado: sin embargo, la cordura y la moral tienen formas de resistirse ante contextos amenazantes.

Con una firme dirección de Jennifer Lynch, hija del ilustre David Lynch, quien ya había explorado la locura criminal en Vigilancia extrema (2008); un guion que todavía se da tiempo para una vuelta de tuerca que termina por desazonar; precisa iluminación generadora de atmósferas terroríficas por su realismo y una justa actuación de Vincent bien D’Oonfrio, la cinta funciona en su fuerte propuesta argumental.

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