MUNDIAL 2014: EL DISCUTIBLE PARTIDO POR EL TERCER LUGAR

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El partido por el tercer lugar siempre ha provocado entre indiferencia y polémica: para algunos se debiera omitir por parecer un castigo más que un reconocimiento, mientras que para otros resulta una especie de consolación o segunda oportunidad para regalarle a la afición una actuación que reivindique la dolorosa derrota sufrida en el juego anterior.
Me parece que depende de las expectativas que se tengan como selección: si un equipo dio la sorpresa y llegó hasta las semifinales, aun perdiendo en esa instancia, resulta reparador jugar un partido más, tanto para los futbolistas como para sus seguidores; pero si la exigencia sobre el seleccionado nacional es el campeonato o como mínimo llegar a la final, entonces el partido puede resultar más bien bochornoso o un duro recordatorio de que estás en el estadio equivocado.
De pronto un conjunto se siente tan cerca de la final y en menos de lo que se percatan ya están como todos los demás, excepto dos: al final del día, si se mira esquemáticamente, hay 31 derrotados y un ganador: ya sabemos que hay pequeños triunfos y grandes derrotas a lo largo del torneo, salpicando el negro y blanco de diversos matices de gris que dependen, otra vez, de las expectativas depositadas en cada selección.
Para la FIFA y los derechos de transmisión, este encuentro implica un mayor ingreso, asunto que por lo visto se ha vuelto central, antes de pensar en los mejores horarios para el desempeño deportivo, por ejemplo, y no para la televisión. Alguna vez comentábamos que se pudiera plantear que el que ganara el tercer puesto tuviera pase directo al siguiente mundial, al igual que el campeón y el subcampeón: de esta forma, el encuentro tendría una relevancia considerable. Pero ahora ni siquiera el ganador del torneo asegura su presencia dentro de cuatro años y tiene que ensuciar su uniforme con todo y estrellita en las larguísimas eliminatorias.

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
En este caso, dada la abrasadora derrota sufrida por los anfitriones en la fase previa, parecía un chiste cruel que se tuvieran que volver a exhibir frente al mundo. Una dura prueba de entereza y de recuperación casi instantánea de un ánimo que se arrastraba por el subsuelo. Cabría esperar que en lugar de salir a jugar más relajados ya sin nada que perder, los brasileños aparecerían en la cancha con la tensión a cuestas, una vez más obligados a un logro que estaba fuera de sus argumentos.
Así fue. Muy pronto, todavía con el recuerdo intacto de la goleada anterior y sin posibilidades de proponerle otras imágenes a la memoria, ya iban perdiendo por un penal cometido fuera del área que no mereció tarjeta roja: un doble error arbitral que simplemente confirma la necesidad de modificar el sistema de impartición de justicia en el campo, dada la imposibilidad de los colegiados para seguir el ritmo del fútbol actual. Ya no parece un asunto de incompetencia arbitral, sino de fallas estructurales que potencian las confusiones al momento de hacer sonar el silbato o silenciarlo inoportunamente.
Los locales dieron muestras de orgullo e intentaron ir al frente, tenían más la pelota pero carecían de ideas prístinas al momento de intentar arribar a la puerta contraria. Una segunda anotación de la armada holandesa puso las cosas en claro: los tulipanes querían ganar para terminar invictos el torneo (fuera de los penales) y no iban a dejar que la misericordia hacia el árbol caído les impidiera hacer más leña. El resto del primer medio cayó en una especie de parsimonia más producto de la depresión local que del dominio visitante.
Cambios desde la banca para el complemento pero escasa transformación en la construcción grupal y mental del juego. A pesar de que algunos jugadores brasileños seguían dando la cara, estaba claro que el colectivo se encontraba en estado avanzado de esclerosis: escasa comunicación, lances de heroísmo individual, nebulosidad al momento de intentar conectar con el otro y, en síntesis, la antítesis de la tradición brasileña para tratar el esférico como una auténtica comunidad de hechiceros.
Si bien los holandeses habían sentenciado el partido antes de empezar, aunque no lo supiéramos, todavía se dieron a la tarea de clavar una dolorosa puntilla con un tercer gol en lucidora jugada comunitaria, frente a un rival cuya anestesia ante la derrota no termina de funcionar y sigue buscando esa muerte anunciada que quizá devenga renacimiento centrado en una larga tradición, acaso aún viva en los niños y jóvenes que en cuatro u ocho años aparezcan más allá de las fronteras brasileñas.
De esta forma, los holandeses se despiden tras dar un gran mundial como la primera selección que pone a jugar a los 23 integrantes (antes eran 22), haciéndose de enemigos a diestra y siniestra pero también de admiradores más allá de sus contornos, sobre todo por esa capacidad para continuar en los primeros planos a pesar del tiempo. Robben podría ser el jugador del certamen si el fair play no fuera un criterio (no sé si se considera pero debería) y Van Gaal demuestra ser un hombre que sabe jugar desde el banquillo.

PeladaoOTROS TORNEOS
Una curiosidad futbolera llevada a cabo en Brasil se recupera en Peladao (2004), filme dirigido por el realizador alemán Jörn Schoppe, en el que se presenta el torneo más grande del mundo celebrado justamente en tierras cariocas, específicamente en la región del Amazonas: participan más de 1000 equipos y además se cuenta con un concurso de belleza, cuyas participantes tienen el poder de salvar a su respectivo equipo si queda eliminado, pero solo en el caso de que ellas sigan avanzando en su correspondiente certamen.
Ahí está también la Homless World Cup, cuya idea tomó forma en el 2001, gracias a los esfuerzos del escocés Mel Young y el australiano Harald Schmied. El propósito era brindar un espacio para que las personas en situación de calle pudieran reintegrarse socialmente. La primera edición se llevó a cabo el 2003 y la décima se realizó en México, durante el mes de octubre del 2012. Polonia fue el anfitrión del torneo celebrado en el 2013.

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