EL FÚTBOL COMO EL MUNDO DE LO IMPREVISIBLE

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Este Mundial se sigue empeñando en destacar una de las condiciones esenciales del fútbol: la imprevisibilidad, sin la cual se perdería buena parte de la gracia. Es como ver un partido cuyos detalles y resultado ya se conocen. En los encuentros aparentemente disparejos del certamen, llegamos hasta el drama del gol en minutos finales, tiempos extra o penales; en cambio, en la semifinal que se suponía equilibrada, con dos gigantes históricos en paridad de fuerzas, el partido estaba decidido al minuto 25 del primer tiempo en favor de los visitantes, que venían de ganar sus partidos apenas con lo justo.
Hubo un momento, después del cuarto gol alemán, en que el partido se convirtió en un drama depresivo para los brasileños y probablemente para algunos quienes no le iban particularmente a los anfitriones: ver tanta disparidad cuando se esperaba una contienda cerrada, con el llanto acompañando la tribuna y el desconcierto generalizado del equipo, no resultaba agradable. Ya sabemos que Alemania juega siempre como si el marcador fuera cero a cero, así que no iban a cuidar el golecito, sino a atacar con toda la batería para amarrar el resultado. Mientras tanto, el naufragio brasileño era ya irreversible, sin sus dos hombres clave a bordo y el capitán rebasado por la inundación germana.
No recuerdo un segundo tiempo de un partido de esta importancia tan carente de sentido. Al igual que en el primer medio, los brasileños salieron más entusiastas de lo esperado y generaron llegadas, pero se toparon con un portero que parece ir un tiempo por delante de los rematadores. Claro que la dignidad se mantuvo en los de amarillo y las ganas de seguir jugando en los de negro, a pesar de que en cierta forma los 22 jugadores estaban sorprendidos y en una representación cuyo guion no se terminaba de asimilar. En este inesperado escenario, el árbitro Marco Antonio Rodríguez mantuvo una buena línea de flotación y conjuró los posibles desaguisados.Alemania
Es difícil ir en contra de tu historia estilística que casi forma parte de tu código genético, y salir victorioso: no hay determinismos ni formas únicas de jugar, pero si se quiere transformar un conjunto, parecería que habría que ir poco a poco y no dar un viraje tan brusco. Porque ver a Brasil recurriendo a la brusquedad, metiendo el cuerpo y jugando con el físico más que con la imaginación, costaba trabajo. Tanto, que sus jugadores más brillantes, Neymar y Thiago Silva, recordaban la vieja escuela y no parecían pertenecer del todo a este equipo de Scolari, que al final ya no logró el objetivo, quizá para bien del futuro del fútbol en general y de Brasil en particular, paradójicamente.
Claro que también está el corazón de Marcelo y David Luz, las intentonas de Oscar y Hulk, así como la entereza de Julio Cesar. Viéndolo en retrospectiva, Brasil pareció un anfitrión desconocido, acaso demasiado presionado por obtener el triunfo, antes de jugar a la pelota: echar el camión para adelante y a ver qué pasa funciona ante ciertos rivales, pero no frente a la selección que al final del día siempre gana y que, dicho sea de paso, jugó su mejor partido del Mundial con un desempeño por nota, casi tan perfecto que ni en los sueños más dulces de los aficionados alemanes se hubiera dado una realidad como ésta.
Klose se convirtió en el máximo anotador de las copas mundiales, dejando atrás a un brasileño en su propia tierra y, de paso, los alemanes saldaron cuentas de la final del 2002: ya le tocará a los sudamericanos la suya, porque si bien el fútbol tiene sus pasajes crueles, siempre abre posibilidades para la esperanza del ajuste y la reconciliación. Justo a partir de perder esa final, el equipo teutón empezó a trabajar en una especie de refundación con el ADN intacto, incorporando jugadores naturalizados o de otros orígenes, para refrescar la sangre, y con un equipo base –Bayern Munich- y un técnico entusiasta y arriesgado: Klinsmann, cuya labor fue continuada por Low.
Es difícil decir que si gana Alemania se puede hablar de una sorpresa, quizá salvo cuando derrotaron a los húngaros en la final de Suiza 1954, después de haber sido vapuleados por el equipo magiar en una fase previa. Pero sin duda que la forma de triunfar y el resultado de este partido constituyen un de los más inesperados de la historia de las copas mundiales: golear a la selección del país más futbolero del mundo, con cinco mundiales en su cuenta, en su propia casa, y en la instancia de semifinales, resulta un logro que jamás se les va a olvidar a los futbolistas alemanes.
A los brasileños tampoco, pero les queda la alternativa de procesar pronto la derrota, convertirla en aprendizaje, regresar a sus bases y volver a mirar hacia la portería contraria. Nada fácil. Nada pronto. Lo hicieron después de perder frente a Uruguay en 1950 también en su patio propio con tintes tan o más trágicos que esta vez. Seguramente lo volverán a hacer, para bien del fútbol.

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