X-MEN O LOS RECUERDOS DEL PORVENIR

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Cuando el presente es insostenible y no se vislumbra ninguna alternativa de cambio, conviene mirar al pasado, analizar las causas y sus relaciones que influyeron en el estado de las cosas y, desde ahí, aventurar algunas opciones de transformación. Si la historia se desconoce, la maldición es repetirla hasta que el tejido social aguante o, como suele suceder, se avizoren posibles modificaciones que a la mera hora terminan siendo más de lo mismo, aunque mantienen la esperanza en un mejor futuro que, paradójicamente, se vuelve un analgésico para intentar trastocar la situación actual y de paso, aceptarla como un mal necesario.
Para los humanos solo nos queda estudiar lo que sucedió, analizarlo y reflexionar sobre ello para tratar de hacer algo diferente y evitar la piedra resbaladiza. Para los X-Men, aparecidos en el universo Marvel en 1963, existe la oportunidad de mandar a alguien al pasado para tratar de modificar la historia justo cuando todavía no ha sucedido; un poco como le hizo la maligna inteligencia artificial en Terminator (Cameron, 1984), aunque no contaba con la astucia de la resistencia de carne y hueso, que hizo lo propio para procrear y salvar al líder del futuro aún no nacido.
En X-Men: Días del futuro pasado (EU-GB, 2014), se presenta un futuro distópico en el que tanto humanos como mutantes, cual Sospechosos comunes (1995), son dominados por los centinelas, unos quemantes robots sin rostro de diseño tan impersonal como paralizante, que se apropian de los poderes de quienes los atacan y, además, están hechos de un material que prescinde del metal, reduciendo el poder de Magneto a la mera añoranza por su comportamiento soberbio y bélico. Marginados, sobreviven en constantes trifulcas abriendo portales en el tiempo para engañar provisionalmente al enemigo y contar con más tiempo para encontrar la solución.
Un grupo de mutantes integrado por Iceman (Shawn Ashmore), Sunspot (Adan Canto), Bishop (Omar Sy), Colossus (Daniel Cudmore), Blink (Bingbing Fan) y Warpath (Booboo Stewart), conforman una célula que resiste una y otra vez la muerte o su acechanza, como sucedía en 8 minutos antes de morir (Jones, 2011) y en Al filo del mañana (Liman, 2014), gracias a la habilidad de Kitty Pride (Ellen Page), quien puede mover conciencias a través del tiempo que avisen con la suficiente anticipación de la llegada de los centinelas.
Así, los otrora antagonistas líderes de los dos bandos de X-Men, deciden enviar, con la ayuda de Pride, al incombustible Wolverine (Hugh Jackman ya asumido como todo un glotón, según traducción literal), único que aguantaría el periplo por los gusanos temporales, justo cuando se estaba cocinando la manufactura de estos artefactos terroríficos, con la misión de convencerlos a ellos mismos, ahora en situación depresiva, para que trabajen juntos y puedan detener el asesinato perpetrado por Raven/Mystique (Jennifer Lawrence con cara de perpetuo rencor) en contra del ambicioso diseñador de las armas (Peter Dinklage, todavía jugando a los tronos), cuyos planes fueron retomados con siniestras consecuencias.
X-Men futuroLa historia de Goldman, Kinberg y Matthew Vaughn (director de la cinta anterior) se plasma en un inteligente guion que combina pertinentemente apuntes históricos –Kennedy, Nixon, Vietnam- con un suficiente desarrollo dramático que sostiene los momentos tanto de acción como de humor, brindándole al film la necesaria variedad que exigen los blockbusters de estos tiempos. Además, se resuelve de manera ingeniosa la integración de las primeras entregas (X-Men, 2000; X-Men 2, 2003; X-Men III: La batalla final, Ratner, 2006) con la oxigenante X-Men: Primera generación (Vaughn, 2011) e incluso con las cintas de X-Men orígenes: Wolverine (Hood, 2009) y Wolverine: Inmortal (Mangold, 2013).
Responsable de las dos primeras entregas, Bryan Singer (Valkiria, 2008; Jack el caza gigantes, 2013) vuelve a dirigir con conocimiento de causa, tanto en relación con los personajes y su desarrollo, como con la lógica de las películas orientadas al entretenimiento inteligente que trasciende la pirotecnia visual para más bien aprovecharse de ella e, incorporando el componente fantástico, destacar la trama con los conflictos de los personajes por delante: mientras la vejez le ha dado una mayor sabiduría a los jefes, en su juventud insisten en operar bajo ciertos esquemas autodestructivos escondidos en comportamientos soberbios o derrotistas.
Claro que se requiere un sólido casting: tanto James McAvoy como Michael Fassbender interpretan con brío a los controladores de mentes y metales, respectivamente, mientras que Patrick Stewart remite de inmediato al profe y Sir. Ian McKellen es garantía para pasar de la maldad al arrepentimiento y de ahí a la grandilocuencia en un solo cambio de gesto: o sea, puede transitar de Gandalf a Magneto sin despeinarse y solo cambiando sombrero por casco. No obstante ciertos cambios de opinión de los personajes parecen demasiado fáciles, los diálogos refuerzan la fuerza de la historia, considerando motivaciones, angustias y afectos de los protagonistas.
No faltan las secuencias absorbentes como la fuga del Pentágono, con todo y el tono humorístico en cámara lenta; la del final de la guerra cuando Mystique hace de las suyas y conocemos al joven Striker (Josh Helman) y la del desprendimiento del estadio, como para que no se nos olvide que todo es parte de la sociedad del espectáculo. La recreación de los setenta no solo pasa por las patillas, la música y las chamarras de cuero café, sino también por la exposición de la idiosincrasia, particularmente la referida a la guerra fría, todavía lejos de enfriarse a pesar del fin del conflicto en Vietnam.
Cierto es que se desperdicia el potencial narrativo de Quicksilver (Evan Peters, siempre en el fugaz cotorreo) y algunos personajes importantes como Storm (Halle Berry), Beast (Nicholas Hoult) y Rogue (Anna Paquin) quedan reducidos en su desarrollo, quedando al nivel de comparsas; el desenlace, por su parte, no está a la altura del resto de la película aunque vale la pena quedarse al final de los créditos para ahora sí entender cómo se construyeron las pirámides de Egipto. Hasta el momento, se trata de la superproducción más sólida, junto con Godzilla, en lo que va de la colección primavera-verano del catálogo fílmico.

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