EL REGRESO A CASA COMO SIGNIFICADO DE LA LIBERTAD

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A lo largo de nuestra historia como especie, hemos justificado y tratado de legitimar nuestra deshumanización de diversas maneras: creando leyes injustas y abusivas, (mal)interpretando a conveniencia los avances científicos y, una de nuestras favoritas, refugiándonos en una voluntad divina manejada con criterios absurdos y según los propios beneficios. Los genocidios y la barbarie perpetrada por una raza, etnia, religión o país sobre quien piensa o es diferente, encuentran una explicación que en realidad esconde las razones de fondo, más vinculadas con el poder y la hegemonía.
Con el paso de los siglos, estas formas de dominación se han desarrollados de manera más sutil, casi invisible: de ahí la importancia del concepto de violencia simbólica acuñado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Una violencia que de pronto queda legitimada no solo por el victimario, sino incluso por la víctima y por la normativa imperante; digamos que se legaliza y los actos abusivos no se ven como tales, sino como parte de la convivencia normalizada. El arte puede ser, en este sentido, una posibilidad para develar este tipo de abusos silenciosos y socialmente permitidos que al final terminan por destruir todo intento por construir un tejido social armónico.
Tal es el caso del artista visual Steve McQueen (1969), quien además de consolidarse como un gran director fílmico, se ha distinguido por sus instalaciones visuales que le han dado la vuelta al mundo a través de varias exposiciones museísticas. De las mejores exhibiciones del 2013 en el área del video, según un par de críticos y curadores de la revista Art Forum, fueron Charlotte y View of Steve McQueen presentadas en el Schaulager de Basilea, en colaboración con el Art Institute of Chicago. En ambas, el espíritu transgresor se despliega a través de una edición absorbente: en efecto, uno se queda pasmado, exigido, intrigado y completamente atrapado por las imágenes y sus secuencias.
En el ámbito propiamente cinematográfico, el realizador londinense ha retratado el sufrimiento a partir de ciertas convicciones políticas, vía la desgarradora Hambre (2008), y detonado por una adicción al sexo que imposibilita el compromiso afectivo en Shame: Deseos culpables (2011). En ambos casos, la propuesta visual implica un reto para el espectador no por un tremendismo gratuito, sino por la intensa carga dramática del dolor, en diferentes contextos, expresados por estos personajes al fin librando una batalla en solitario, encarnados por su actor cómplice Michael Fassbender.
Ahora, con la producción de Brad Pitt, quien interpreta un papel tan breve como fundamental, McQueen presenta 12 años esclavo (12 Years a Slave, EU-GB, 2013), historia basada en las memorias de Solomon Northup, un hombre libre que vive con su esposa e hijos en Nueva York en 1841 y que acaba siendo engañado y secuestrado en Washington para ser vendido como esclavo en un humillante mercado manejado por un labioso gestor (Paul Giamatti, incontenible), veinte años antes de que estallara la guerra civil estadounidense, periodo conocido como antebellum.
Con la mira puesta en volver algún día a casa, el ahora esclavo en la región de Louisiana mantiene una postura contenida que lo lleva a enfrentar fuertes dilemas morales, primero en la plantación algodonera de un consecuente patrón al fin esclavista (Benedict Cumberbatch), incapaz de controlar a su propio supervisor (Paul D’ano), y después en la de un desequilibrado hombre que Biblia en mano justifica sus actos (el propio Fassbender, explosivo), mientras lidia con su cruel mujer (Sarah Poulson, implacable) y se encapricha con una atormentada esclava (Lupita Nyong’o, desgarradora), para quien la muerte en los pantanos resulta ser el mejor destino posible.

12 AÑOS ESCLAVO, EL RESTO ABOLICIONISTA
La estructura narrativa basada en el guion del también novelista John Ridley, integra una serie de flashbacks que presentan la vida en libertad del protagonista como un doloroso recuerdo que no consigue aliviar su situación actual de padecimientos y cautiverio, aunque lo motiva para no sumergirse en la absoluta depresión. Desde que viaja hacia su cautiverio, conoce las dos alternativas encarnadas por sendos compañeros de angustias: pelear o asumir, íntimamente relacionadas con la disyuntiva entre vivir o solamente sobrevivir.
En una plantación de caña de azúcar donde pasó algún tiempo, la cámara avanza entre la maleza abriéndose paso para revelarnos una jornada en la nueva vida del protagonista, que termina con el intento fallido de escritura y un incierto encuentro sexual. Gracias a la puntual edición, el armado de la tragedia que atrapa a Solomon transcurre con creciente intensidad dramática, a la que contribuye la notable interpretación de Chiwetel Ejiofor, capaz de sostener la cámara con el rostro derrotado o bien elevando paulatinamente el canto y quien entrega la actuación de su carrera.
Con el visceral sello de la casa a pesar de entregar su filme más convencional, McQueen dirige desde las entrañas resaltando el dolor en la carne y el espíritu, ya sea sosteniendo la cámara con firmeza en los momentos más difíciles y proponiendo encuadres de una dolorosa belleza plástica, cual composición lastimosa siempre con una iluminación de contrastes cortesía del cómplice Sean Bobbit –con quien trabajó en la instalación Western Deep en Sudáfrica y en sus filmes anteriores-, aprovechando los fondos oscuros para resaltar los amarillos emanados de las lámparas (la secuencia donde el patrón le reclama el intento de enviar una carta) y los azules nocturnos que prevalecen cuando todo aparenta estar en calma, aunque las almas sigan padeciendo las vejaciones resistidas a lo largo del día y esperando la misma rutina por el resto de la vida.
El filme se inserta en la vertiente del cine estadounidense reciente que coloca el tema de la esclavitud o de la represión racial en el centro del discurso, aunque ha sido un tema recurrente desde hace muchos años, como en Lincoln (Spielberg, 2013), El mayordomo de la Casa Blanca (The Buttler, Daniels, 2013) y Django sin cadenas (Tarantino, 2013), así como de cineastas que han insistido en darle espacio a esta vergüenza nacional, como el caso del director Spike Lee. No obstante, la obra consigue trascender los contornos específicos del contexto abarcado para convertirse en un canto de protesta hacia las injusticias que comete un grupo humano sobre otro, sea por motivos raciales, religiosos, económicos o sociales.12 años esclavo
Las ideas abolicionistas y la puerta de esperanza pueden venir desde donde menos se espera: un canadiense errante con un discurso de avanzada, hábil para construir donde todo parece que se derrumba, empezando por los lazos mínimos de humanidad. Quizá Dios a su debido tiempo se encargue de cada uno, como plantea Mistress Shaw (Alfre Woodard), pero mientras la justicia parece nunca llegar acá en la Tierra, la expectativa se mantiene intentando negociar el envío de una carta o escapándose alrededor de los bayous solo para confirmar que la muerte acecha en cualquier páramo.
Un violín ahora destrozado que solo sirvió para acompañar bailes de máscaras o falsos festejos en los que únicamente se puede danzar alrededor de la injusticia y la melancolía forzada, exaltada de manera auténtica en los cánticos que acompañan la pizca de algodón o el triste entierro y que dieron origen a uno de los géneros musicales de mayor riqueza en la actualidad. La época histórica se recrea no solo desde el énfasis en los vestuarios y utensilios, sino en la expresión de la mentalidad imperante, así como en los usos y costumbres.
El emotivo tema central de la banda sonora compuesta por Hans Zimmer aparece de manera recurrente, por momentos para acompañar las penurias experimentadas por los esclavos y en otros para elevarse junto con ciertas tomas contextuales, meciéndose junto a los tristes árboles cargados de musgo colgante que bloquean la oportunidad de poder mirar directamente al cielo y preguntar qué es lo que está sucediendo con la humanidad.

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