HELI: LA LUZ DESPUÉS DE LAS TINIEBLAS

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En el panorama actual de las películas dirigidas por compatriotas (que es diferente a hablar del cine mexicano como tal), podemos ubicar tres tipos de cineastas: los que andan en el mainstream de los grandes estudios hollywoodenses; quienes se enfocan a un mercado local filmando comedias, melodramas, cine histórico y algún híbrido, y los que se orientan a los festivales europeos, ubicándose en un estilo vanguardista a tono con las tendencias innovadoras del cine mundial pero sin abandonar las lógicas contextuales del terruño: donde la vida no vale nada, por lo que todo sucede con anticipación, desde la violenta interrupción de la juventud hasta la invasiva llegada de la adultez, a pesar de apenas andar en la segunda década de vida.
Este grupo está representado, principalmente, por Carlos Reygadas y Amat Escalante, ambos ampliamente apreciados en el Festival de Cannes: si en un momento fueron los directores japoneses y después los iraníes, coreanos, rumanos, filipinos y singapurenses quienes más llamaban la atención de los programadores, ahora parecen ser los mexicanos: han ganado la Palma de Oro en las dos recientes ediciones con sendas películas que presentan vasos comunicantes desde una perspectiva tanto temática como formal.Post Tenebras
Se trata de, por una parte, Post Tenebras Lux (México-Francia-Holanda-Alemania, 2012), cuarto filme del defeño Carlos Reygadas, después de la obra maestra Luz silenciosa (2007), la fallida Batalla en el cielo (2004) y Japón (2002), su sorprendente debut y, por la otra, de Heli (México-Alemania-Francia-Holanda, 2013), tercer opus del guanajuatense Amat Escalante, director de los largometrajes Sangre (2005) y Bastardos (2008), en los que planteó de manera prematura un sello personal, vinculado con el del mismo Reygadas, a quien ha asistido y de quien ha recibido apoyo como productor.

TEMAS Y CONTEXTOS
En las dos películas el epicentro es la familia, viviendo situaciones peligrosas por las amenazas externas y por las propias dificultades derivadas de conflictos sexuales y de insatisfacción generalizada. Mientras que en la cinta de Escalante el problema del narcotráfico y la descomposición social a su alrededor se erigen como el componente destructivo, en la de Reygadas aparece el consabido conflicto de clases sociales –el problema de adicciones del trabajador y el de la pornografía virtual del patrón es un contraste claro- y la dualidad cargada de fricción entre la vida del campo y la ciudad.
Los contextos sociales refieren a estas tensiones que vivimos como país, entre la corrupción sistémica, el resentimiento y la violencia expresada de distintas formas, desde las más salvajes hasta las más sutiles. Ahí está el contrapunto entre la reunión rural del grupo de adictos y la cena navideña de la familia ampliada con todos los lujos del caso, así como la drástica ruptura de los sueños de una pareja de adolescentes que planea casarse e irse a Zacatecas. Aunque pareciera incidental, en las historias hasta los perros son víctimas de agresiones absurdas.
Los hogares son invadidos simbólicamente: unos paquetes de cocaína escondidos en el tinaco por el novio de la hermana del protagonista y un diablo luminoso con todo y caja de herramientas, como para instalar el mal entre los pasillos y una habitación de la cabaña. La diferencia es que la cinta desarrollada por los caminos de Guanajuato se enclava en un duro realismo de crudeza gráfica retratada de manera directa, mientras que la ambientada en los bosques de Morelos incorpora ciertos puntos de fuga, como una secuencia en un salón francés de intercambio sexual y un partido colegial de rugby.
La normalidad de la violencia –la tortura en la sala de la casa con los niños en los videojuegos y laHeli señora en la cocina; la humillación en el entrenamiento militar dirigido por un estadounidense- termina por ser espeluznante, así como la forma en la que el mal se instala sin que nos percatemos y se convierta en parte del paisaje, con árboles derribados por capricho, agresiones físicas y verbales, cadáveres colgados en los puentes, abusos de poder y, lo peor de todo, una absoluta ausencia de culpa y una flagrante impunidad, a menos que no estés del lado correcto: pero cuidado si juegas por tu cuenta o estás en el lugar y momento equivocados, aunque no tengas vela para tu propio entierro.

UN NATURALISMO DE CONEXIONES POR CONSTRUIR
El ritmo es un rasgo compartido por los directores: optan por secuencias largas desplegadas en forma pausada, insertando un dejo de angustia y acaso de desesperación que el espectador puede sentir junto con los personajes. La cámara frontal se posa como una presencia inevitable y pareciera resistirse a abandonar la escena, llevándola hasta sus últimas consecuencias: o la exasperación o el detenimiento frente a los sucesos que adquieren conexión a partir de los significados que cada quien quiera construir: como cuando un personaje pierde, literalmente, la cabeza, mientras los árboles se desploman sin remedio.
Si bien la dinámica de la narración puede verse afectada en determinadas secuencias, en la mayoría de los casos los discursos fílmicos fluyen con naturalidad, en particular por la notable capacidad para la construcción de encuadres y la diversidad de planos: de los cada vez más secos territorios del Bajío, capturados en toda su incertidumbre, a los amenazados bosques de la zona de Morelos; de las miradas a los interiores de las casas a las tomas de las comunidades instaladas en ámbitos rurales, aunque con cercanía a las lógicas urbanas, como la planta automotriz donde trabajan Heli y su padre, muy ad hoc con la tendencia industrial de la zona.
La fuerza visual de Reygadas vuelve a centrarse en la naturaleza: una niña corriendo entre perros y vacas, un cielo incomprensible, un mar caprichoso, un bosque en sobrevivencia. La cámara se mueve, se torna subjetiva, se convierte en nuestra mejor aliada para el goce estilístico, con todo y ese margen que duplica las imágenes en exteriores, con empleos de lentes que resaltan la profundidad de campo; la fuerza narrativa de Escalante recurre, sobre todo, a la composición: el protagonista encañonado por una bestia, entre la muerte y la pared; el joven que se sube al podio y nos intenta decir algo sin lograrlo o la pareja recorriendo en coche el inhóspito territorio donde no hay escapatoria.
También está presente la idea de trabajar con personas comunes que no necesariamente tienen experiencia actoral, acaso buscando un realismo que no siempre se encuentra, dado que en algunos casos se pierde la fuerza dramática de los diálogos, aunque en otros se gana cuando el hombre o mujer que está a cuadro pareciera no enterarse de que se está rodando una película: sucede sobre todo con los niños y los participantes en la sesión de adictos.
Escalante propone una historia directa, de dolorosa cercanía y completo realismo, más allá de la secuencia shock de tortura tan comentada y discutida que en realidad puede distraer la atención del fondo del discurso crítico del film; Reygadas plantea situaciones diversas que se pueden difuminar para donde uno quiera, en la realidad o en la imaginación, en el despertar o en el sueño, en el vapor cargado de sexualidad o en un árbol de navidad profusamente adornado.
Pero en ambos casos, queda claro que después de las tinieblas podemos esperar la luz, como lo dijeran Job y El Quijote. Para Heli y para todos los que lo rodean, al menos los que han tenido su día de suerte. Para Juan, con todo y su epifanía mientras su esposa canta It´s a Dream de Neil Young, y para sus pequeños hijos, recorriendo los campos como lo hacen los jóvenes tras el ovoide de trayectoria inesperada.

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