LE HAVRE: UN PUERTO ABIERTO A LA ESPERANZA

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Rasgo distintivo de los tiempos actuales es la migración clandestina en busca de oportunidades ausentes en el lugar de origen; a pesar de los riesgos que implica desplazarse a otro país, entre los que se cuentan las propias autoridades y las bandas criminales, hombres y mujeres no cuentan con otra alternativa más que jugarse la vida en estos tránsitos usualmente desarrollados en condiciones lamentables.
Pero de pronto surge el espíritu humano, espontáneo y desinteresado que motiva a muchas personas a brindar ayuda a los migrantes con alimento, refugio y aliento: dentro del peligro y frente al abuso sistemático de unos, aparece la solidaridad de otros, quizá adormecida hasta que se presenta una situación que demanda la contribución de todos, dejando de lado prejuicios negativos y egoísmos habituales.
Especialista en el retrato entre optimista y deliciosamente absurdo de personajes marginales, aún en contextos sociales de avanzada y donde el estado de bienestar todavía parece funcionar, Aki Kaurismäki (Crimen y castigo, 1983; La chica de la fábrica de cerillas, 1990; Luces al atardecer, 2006) nos entrega con todo el sello de la casa Le Havre: el puerto de la esperanza (Le Havre, Finlandia-Francia-Alemania, 2011), cinta de argumento sencillo que se centra en la relación de un viejo bolero y un niño africano, pero llena de evocativos personajes con los que inmediatamente se construye empatía y estructurada a partir de situaciones que nos invitan, desde nuestra intención, a colaborar con el propósito del protagonista.
Marcel Max (André Wilms) es un ex escritor ahora dedicado al oficio del lustre de calzado en el puerto del norte francés que da título al film; siguiendo La vida bohemia (1992), pasa el tiempo junto a su esposa de entereza inigualable (Kati Outinen, antigua cómplice del director), mientras se da sus escapadas por un trago ante ciertas miradas recelosas y negativas para fiarle comida y bebida. Su vida da un vuelco cuando su mujer se enferma y él se encuentra con Idissa (Blondin Miguel), un niño que logra escapar de un contenedor lleno de migrantes ya controlados por la policía, liderada por el inspector Monet (Jean-Pierre Darrousin), de ambigua postura.Le Havre
El protagonista decide ayudar al niño para que logre llegar a su destino en Londres junto a su madre, para lo cual tendrá que ir a buscar al abuelo a un campo de migrantes, capotear a la justicia y concitar el apoyo de la comunidad, incluyendo a un apoyador vietnamita y al roquero Little Boy, además de varios personajes en un inicio rejegos, con ciertos vínculos pasados que apenas se esbozan pero que son suficientes para darle la necesaria y suficiente dimensión a los personajes secundarios.
El tono premeditadamente teatral se inserta en una estética de thriller antiguo (el jefe dando instrucciones sin develar su rostro), con bruscos desplazamientos de cámara y ocurrentes encuadres con todo y el enfático empleo del campo-contracampo, combinado con una serie de perspectivas llenas de un aroma retro que va desde la música hasta las formas y actitudes de los personajes; el fuera de cuadro se usa de manera permanente, tanto desde una lógica cercana a la sátira como enclavada en el humor negro, incorporando esos diálogos que rayan en el surrealismo (“soy el hermano albino”) y que destilan una particular falsedad que termina por ser convincente, como magistralmente lo vimos en Un hombre sin pasado (2002).
El enfoque optimista no excluye el directo apunte social, en particular el que expresa la contradicción entre los crecientes esfuerzos por detener y apresar a los ilegales, con los sentimientos que se despiertan en las comunidades de conmiseración, sin dejar de ver aquellos que también se inclinan hacia el rechazo dirigido contra los extranjeros, como el chismoso que no se cansa de hablar (Jean-Pierre Léaud) para delatar a un niño respetuoso y comprensivo, encallado en un lugar ajeno que de pronto se va volviendo cercano. Así, se van conformando colonias de excluidos en los márgenes de las urbes que conforman fenómenos como el de la translocalización.
La temática que ronda la necesidad de moverse del lugar de origen, por diferentes motivos, ha sido retratada por el director finés en cintas como Calamari Union (1985), Ariel (1987), Los vaqueros de Leningrado van a América (1989) y Toma tu pañuelo, Tatiana (1994). Incluso en los países nórdicos, usualmente considerados como los más evolucionados del mundo en muchos sentidos, se viven condiciones de marginalidad y, cada vez más, de xenofobia.
Y claro, los milagros existen y son exactamente los mejores eventos para romper con nuestras certezas y con la predeterminación que en ocasiones nos agobia: el vestido amarillo puede volver a usarse; el carrito de la fruta tiene usos impensables y por más inverosímil que parezca, un puerto se puede bañar con la esperanza de recuperar nuestra esencia como especie y olvidarnos un poco del sitio donde nacimos, del color de piel o de la condición social que nos determina, separa y encasilla, en lugar de aprovechar y disfrutar nuestras diferencias.

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