DE SECUELAS, PRECUELAS Y DEMÁS ARTILUGIOS

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Sucede desde hace mucho tiempo: una película exitosa en pantalla de pronto se vuelve objeto de saga, franquicia o piedra de toque para llenarse los bolsillos a través de volverla a presentar como continuación, en otro formato, con distinto nombre o con el anuncio de que ahora sí, se trata de la versión del director; casi siempre responde a razones comerciales, aunque rece el viejo adagio que segundas partes nunca fueron buenas. No siempre: ahí están El padrino y Alien para demostrar lo contrario, entre otros ejemplos, no demasiados; El señor de los anillos no cuenta porque en realidad es una sola película de nueve horas.

Hay casos de excepción en los que la segunda o tercera entrega acaba siendo mejores que la primera: como que el concepto fue madurando (Véase Batman de Christopher Nolan o, viceversa, la saga empezada por Tim Burton) y la dinámica argumental se fue afilando. Otros casos como Harry Potter, Juegos del hambre o Crepúsculo, nacieron ya en partes, en estos tiempos de fragmentación, para mantener mercado cautivo durante varios años, desde la industria editorial, hasta la fílmica, pasando por los parques de diversiones o los tours turísticos.

La discusión se mantiene en el sentido de cuál es el propósito y cuándo es recomendable hacer una secuela o una precuela, más allá de las obvias motivaciones económicas o de la falta de creatividad ligada a la nula capacidad de riesgo: mejor jugar a la segura que probar con historias novedosas, que ciertamente, no por ello van a ser buenas: de entrada, tampoco las segundas partes están condenadas a la ignominia, pero el reto argumental es fuerte. La sorpresa ya no es la misma, pero la posibilidad de exprimir el éxito queda presente: siempre hay una última gota en un limón jugoso, al menos para engañar a los incautos.

Cada verano fílmico es lo mismo. El saqueo de fórmulas probadas no muestra tener límite, pero este año parece haber un abuso que ya es demasiado notorio y que augura una temporada flojita en sorpresas gratas; puro conformismo y comodidad que advierte para no engañar. Véase, por ejemplo, la manera en la que se ha ido degradando ¿Qué pasó ayer? (2009), que de una primera parte decididamente entretenida, ha derivado en un par de secuelas (2011/2013) francamente lamentables y repetitivas; pero también le sucedió a Iron Man, cada vez más predecible y menos desfachatado, sobre todo desde que formalizó con su asistente: adiós tensión romántica y bienvenida la corrección patriotera.

Hay más ejemplos que saturan este verano de remakes, secuelas y precuelas: la nueva entrega de Superman, tema viejo con disfraz de cambio; Lluvia de hamburguesas 2; Monsters University, mostrando que Pixar también quiere (¿o tiene que, desde que es parte de Disney?) ser negocio; Son como niños (Dugan 2013), aunque usted no lo crea (si la primera dio pena ajena, cómo estará ésta); Scary Movie 5, Rápido y furioso 6 (que resulta mejor que la mayoría de sus predecesoras), Wolverine inmortal y Thor en la oscuridad.

Sumemos las versiones digitalizadas en 3D de importantes obras anteriores, como en el caso Parque jurásico (que también tuvo más secuelas que especies descubiertas de dinosaurios) y Buscando a Nemo, para la cual ya se anuncia una derivación, ahora con Dory como protagonista; continuando con la tendencia hacia la falta de búsqueda, ahí está la de los aviones, tipo Cars, que repite el esquema, nada más cambiando gato por liebre o llantas por alas: otra vez nos preguntamos acerca de qué sucede con Pixar.

Hay también actores que suelen ser sujetos de esta tendencia: el usualmente eficaz Bruce Willis (basta con verlo en la magistral Un reino bajo la luna) es un buen ejemplo; véase si no: Red 2 (2013), G.I. Joe: el contraataque (2013), Duro de matar: un buen día para morir (2013) y Los indestructibles 2 (2012). También el star system cuenta para decidir qué películas pueden ser rentables cuando se les asigna una continuación, aunque argumentalmente ya no haya nada más que decir. Y claro, si la opción veraniega a las segundas o terceras partes va a ser Después de la Tierra, mejor nos quedamos con lo malo por conocido.

Encontremos la contraparte para evitar generalizaciones reduccionistas: ahí está la sensible trilogía de Richard Linklater sobre un amor en pausa que coincide con la salida u ocultamiento del sol: Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Otro ejemplo notable: Toy Story, que fue de más a mejor. Valen también los casos en los que la segunda entrega falla pero se aprecia recuperación en la tercera o cuarta (Hombres de negro, Shrek, La era del hielo) o cuando la precuela supera al resto, como en el caso de X-Men: primera generación (Vaughn, 2011).

Mi villano favorito 2Para complementar el análisis, otra vertiente es la de identificar un personaje secundario que cobra relevancia inesperada (la ya mencionada Dory), como El gato con botas o los pingüinos de la saga Madagascar (que por cierto, fue de menos a más o menos). Por su parte, Mi villano favorito 2 (Coffin y Renaud, 2013) es un buen ejemplo de cómo unos personajes de soporte se sitúan como el sello distintivo de un filme que funcionó muy bien en su primera entrega pero que en la segunda da muestras de agotamiento: claro que ahí están estos herederos de los Gremlins para salvar el barco a la deriva, que en lugar de enfocarse a la misión de espionaje, se diluye en tramas románticas sin mucho sentido, tanto del protagonista como de su hija adoptiva.

Y una aclaración: los mexicanos y los españoles son dos pueblos con tradiciones distintas, aunque para estos señores guionistas todos los que nos decimos amigous, seamos lo mismo, usemos sombrero de charro o nos gusten las castañuelas, da igual.

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