THE MASTER: DEL RECUERDO A LA IMAGINACIÓN

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Dos hombres que representan el estado de una nación después de la II Guerra Mundial, buscando respuestas o inventando preguntas; aunque la batalla se ganó, pareciera que los combatientes perdieron su centro y ahora buscan adaptarse a un contexto que los considera héroes la primera semana para después dejarlos en el limbo de la sospecha y la desconfianza. Ante el extravío absoluto, una improbable embarcación se puede convertir en la guía rumbo a cualquier parte, desde el análisis de vida pasadas hasta la imaginería de nuevos universos: da igual, súbete al barco y mañana a ver qué se nos ocurre para reparar tu torcida mente.
Un país en el que empiezan a proliferar las sectas alternativas a las grandes religiones y a las teorías psicológicas dominantes, sustentadas en principios pseudocientíficos, mientras la sociedad industrial entra en un auge económico creciente. Terapias al uso, despojando de la responsabilidad al individuo (la culpa es de una vida anterior o alguna entidad ajena a ti), usando el recuerdo y la repetición como analgésico o la imaginación como escapatoria, y agotando física y mentalmente al paciente para que pueda ser programado sin oponer resistencia alguna, entregándose a los preceptos y al endiosamiento del gurú de amable apariencia.
Un líder carismático que sí se la cree (al estilo del “dianético” L. Ron Hubbard), de evidente simpatía y paciencia, con exabruptos incluidos,, navega entre la auto convencida charlatanería, la curación de insondables males del alma, y hasta algunos del cuerpo según él, y la exploración de verdades trascendentales al vapor; su secta está formada por allegados y parientes, entre quienes se encuentra la sutilmente controladora esposa actual (Amy Adams, de congelante dulzura), la hija mosca muerta (Ambyr Childers) y su inocuo prometido después casados por las leyes de La Causa (que ha sido comparada con la Cienciología, aunque en ningún momento se menciona), y su reservado hijo que parece seguir los designios de su padre sin oponer resistencia ni expresar mayor entusiasmo (Jesse Plemons).
Después de andar deambulando por la vida y tener problemas en sus actividades anteriores –como fotógrafo en un gran almacén y en la cosecha de coles- un ex marine traumatizado y alcohólico, obsesionado con el sexo, de volátil carácter y gesto paralizado, se sube al barco que lleva al grupo y pronto es aceptado por el jefe cósmico, quien le pide que siga preparando las bebidas con solventes, perfumes o lo que haya, y que se someta a una de sus terapias: sin más, lo convierte en su conejillo de indias y su protegido, iniciando una extraña relación que incluirá el sometimiento a ejercicios de repetición absurda, un paso por la cárcel con efervescente discusión incluida, defensas mutuas frente a las críticas y necesarias rupturas para seguir adelante.
Escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (Sidney, 96; Punch-Drunk Love, 02) con arrasadora fuerza expresiva y con el aliento de las grandes obras cinematográficas que con el paso del tiempo se irán valorando cada vez más, como sucedió con El ciudadano Kane (Welles, 41), The Master: todo hombre necesita un guía (EU, 12), es una profunda mirada a los contextos relacionales de un hombre roto y de una secta a principios de los años cincuenta, cual microcosmos que al momento de entrar en contacto con el mundo exterior, experimenta los rechazos por las lógicas distintas de entender la vida o las adhesiones absolutas y acríticas: frente a los dogmas y al maniqueísmo no existen los grises y cualquier cuestionamiento, cuando viene de afuera, no puede generar reflexión, sino solo rechazo a gritos y sombrerazos.The Master
Con una narrativa argumental dislocada, premeditadamente episódica y aprovechando las elipsis para tensar un amplio arco en el que los personajes se desarrollan con profundidad, enfatizando su humanidad cargada de convicciones, contradicciones y formas de vincularse entre sí, con las pulsiones de vida y muerte en batalla campal, el filme se articula a partir de brillantes planos secuencia y tomas abiertas que se entremezclan con una abundancia de primeros planos soberbiamente sostenidos por el implacable duelo de actuaciones: Joaquin Phoenix, quien venía de hacer el falso documental I´m Still Here (Affleck, 10), le imprime una psicótica fuerza angustiante a Freddie Quell y confirma sus altísimos vuelos actorales, mientras que Philip Seymour Hoffman despliega su enorme solvencia en la piel de Lancaster Dodd, como si se tratara de Elmer Gentry (Brooks, 60) o El Apóstol (Duvall, 97), filmes con los que se le ha relacionado.
El argumento alcanza niveles de complejidad que ameritan diversas perspectivas de índole social y psicológica, orientadas a la revisión del comportamiento de las sectas y su devenir histórico; las secuelas de las guerras y los procesos de reinserción; las adicciones evasivas, la megalomanía pseudoreligiosa y las reacciones sociales frente a estos líderes carismáticos que van de la veneración traducida en apoyo económico, como en el caso de la benefactora tímidamente cuestionadora (Laura Dern), a la confrontación directa, señalando que el libro al fin publicado, pudiera haber sido un panfleto de tres hojas para repartirse en el Metro.
La mujer de arena, compañía silenciosa y concreta de principio a fin, contrasta con la novia ya inasible e imposible de recuperar, con la modelo de tienda departamental, con las telefonistas recibiendo recaditos o con las convidadas al baile que se van desnudando en su mente como en un cuadro renacentista de alguna escena de la mitología griega. La moto cual vehículo para la liberación o la llamada telefónica en la sala cinematográfica vacía. Anderson, cuyas influencias incluyen a Malick y Altman, vuelve a la mirada fundacional de Petróleo sangriento (07), al retrato sociocoral de Magnolia (99) y a la intromisión de un submundo particular como en Boogie Nights: Juegos de placer (97).
El score avant-garde de Jonny Greenwood se inserta en la notable captura del espíritu de una época, con dejos de objetivismo que propugna la primacía del individuo para pensar que su cura está al alcance de la mano, con el debido soporte económico y la sumisión del caso: si no eres profeta en tu tierra, ahí está Inglaterra o cualquier otro destino donde los acólitos y la aceptación social se manifiesten en los discursos y las sanaciones grupales. The Master es, valga la redundancia, toda una obra maestra compleja, intensa, difícil, absorbente, fascinante, y su creador, Paul Thomas Anderson, uno de los directores imprescindibles de nuestros días.

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