UN REINO BAJO LA LUNA: LA EDAD DE LA INOCENCIA

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Si un rasgo distintivo de los grandes directores cinematográficos es su capacidad para crear un universo propio con un sello particular que se convierta en adjetivo (hitchconiano, bergmaniano, chaplinesco), entonces Wes Anderson es un claro ejemplo de cómo desarrollar una propuesta innovadora desde el punto de vista narrativo, tanto de gramática fílmica como de estética visual, basada en su característica perspectiva frontal, como para que el intercambio con el espectador se desarrolle cara a cara, en forma cercana y directa. En efecto, sus historias están pobladas por seres que navegan entre una evocativa disfuncionalidad, cargada de un humor natural, y una plena autoconciencia de su propia condición, puesta a prueba en situaciones que rayan en un inocente absurdo, siempre desarrolladas en mundos personales que parecen ajenos a la realidad.
Sus filmes acaban por ser extrañamente luminosos, no solo por el enfático uso de los colores y de la iluminación, sino por cómo sus criaturas, habitualmente desarrolladas en peculiares contextos familiares (Los excéntricos Tenenbaum, 01), ponen el corazón por delante y emprenden aventuras de liberación entre inverosímiles y arriesgadas (Bottle Rocket, 96; Vida acuática, 04; Viaje a Darjeeling, 07), que usualmente llegan a buen puerto, aunque el tránsito no resulte como se había planeado.
Después de la estupenda El fantástico seño zorro (09), en la que igual conviven las temáticas familiares con la liberación, el riesgo y el humor sutil, el también productor del filme Historias de familia (Baumbach, 05) presenta Un reino bajo la luna (EU, 12) cual mirada estrafalaria a un primer amor desplegado a través de una aventura escapista, de paso transformando a una serie de adultos un cuanto tanto extraviados en sus propias lógicas de funcionamiento, acosados por una soledad no del todo reconocida. Estamos a mediados de los sesenta en una pacífica isla boscosa de Nueva Inglaterra, a donde todavía no llegaba la revolución hippie.
Sam, quien por momentos recuerda al Max de Rushmore (98), es un inteligente y seguro niño huérfano de doce años con personalidad definida (Jared Gilman), rechazado por todos sus compañeros de la tropa scout y hasta por sus padres adoptivos; durante un campamento, decide escaparse para encontrarse, de acuerdo a un plan previo orientado a vivir en un sitio recóndito de la isla, con una niña lectora de igual edad y problemáticas similares (Kara Hayward), que vive con sus papás y sus tres hermanos pequeños, puntualmente presentados al inicio de la cinta por medio del característico travelling, mientras se explica y suena la música de Britten.Un reino bajo la luna
A la búsqueda de los niños se suma un nutrido grupo de personajes con sus respectivas manías y angustias: además de los compañeros, el líder al fin sensible de la patrulla scout (Edward Norton); el tristemente solitario policía local (Bruce Willis); los padres de la niña, una desternillante pareja de abogados que hasta en las conversaciones de recámara lo siguen siendo (Bill Murray y Frances McDormand), con megáfono y hacha en mano respectivamente, y hasta la telefonista de pronto sumada a la travesía.
Por ahí aparecen también la ruda agente del servicio social (Tilda Swinton); un jefe scout de rostro adusto con cobijita a cuadros (Harvey Keitel) y el primo de uno de los niños rescatadores, quien parece hacerla de jefe informal en los campamentos y hasta de casamentero, según se ofrezca (Jason Schwartzman): notable casting con algunos de los actores de cajón y otros bastante dispuestos a probar con registros a los que no están acostumbrados.
Los diálogos adquieren por momentos una forma teatral en la línea del mejor Kaurismäki, combinando una franqueza casi inocente con una profundidad que solo logran alcanzar los niños de cualquier edad: la hilaridad se desboca y las relaciones se reconstruyen continuamente. El diseño de arte, particularmente en el diseño de interiores, en los vestuarios siempre combinados (esa abundancia de ropa a cuadros) y en los objetos propios de la época (sensacional el tocadiscos portátil), contribuye a la inmersión en esta particular comarca dentro de la que todo parece transcurrir como si se tratara de una caricatura costumbrista de múltiples dimensiones.
La estructura narrativa, con guion de Roman Coppola, se alimenta de un puntual flashback para identificar cómo se conocieron los protagonistas, la presentación de las rutinas en la casa y en el campamento y con la presencia en apariencia fuera de la lógica argumental del geógrafo local y narrador (Bob Balaban), vestido como duende e informando sobre las características de los territorios donde se despliega la historia, también expuestos en mapas indicativos de los desplazamientos de los personajes, en busca de reinos inexplorados pero bien alumbrados por una luna grandotota.
Al score del reconocido Alexander Desplat se le suman obras de Purcell, Schubert y Saint-Saëns, intercaladas con canciones tradicionales que acompañan la brillante puesta en imágenes, pintada de un amarillo omnipresente o tendiendo a tonalidades rojas y azules, según las situaciones en las que se encuentren los personajes. Como si de una maqueta se tratara, quizá para darle ese tono de cierta irrealidad, el fotógrafo de cabecera Robert D. Yeoman construye encuadres de atractiva composición, con los diversos elementos puestos en un mismo plano interrumpiendo el horizonte, o bien jugando con las sombras y los planos, enfatizando el recurso del close-up en los dubitativos rostros infantiles. Una obra maestra.

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