CUANDO EL CINE SE ANTICIPA A LA REALIDAD

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El asteroide 2012 DA14 pasó por la Tierra a solo 28164 kilómetros de distancia, según informó la NASA, el pasado 15 de febrero; mientras tanto, un meteorito provocó pánico y cientos de heridos al caer en la zona de los Montes Urales en Rusia: coincidencia cósmica, aunque suene esotérico, porque según han dicho los especialistas, no hay una relación entre ambos fenómenos. Por otra parte, Benedicto XVI anunció en días pasados su dimisión como Papa, situación que no se presentaba desde hace 598 años cuando Gregorio XII hizo lo propio en 1415. En un acto de humildad, Joseph Ratzinger reconoció que sus capacidades no eran suficientes para atender la profunda crisis de credibilidad que vive la jerarquía católica.
Dos de los principales directores europeos contemporáneos, pertenecientes a diferentes tendencias fílmicas, presentaron sendas películas en las que de una u otra forma este par de eventualidades con bajo grado de probabilidad fueron objeto del argumento central: primero las películas y después la realidad. Si se decía que el cine es mejor que la vida, en estos casos podemos suponer que el cine es antes que la vida, como si de extrañas premoniciones se tratara o de invisibles conexiones entre arte y realidad, cual reflejos y extensiones mutuas a la manera de vasos comunicantes. Ambas disponibles en los videoclubes de la ciudad.

MELANCOLÍA

El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá”. (Eugène Ionesco)

Dirigida y escrita en tono de ciencia ficción dramática por el explosivo, lacerante e impredecible Lars Von Trier (El elemento del crimen, 84; Anticristo, 09), gustoso de las trilogías y cada vez más alejado del Dogma 95, su propio manifiesto al parecer planteado justamente para romperse, e interpretada de manera absorbente por Kristen Dunst, quien entrega la actuación de su carrera, Melancolía (Melancholia, Dinamarca-Suecia-Francia-Alemania, 11) es un relato que conecta las dolorosas emociones humanas con fenómenos más allá de nuestra órbita, en el sentido que El árbol de la vida (Malick, 11) proponía para hacer emerger conexiones presentes pero habitualmente invisibles.
Con un hiperrealismo inicial de fuerte e intenso colorido, plagado de imágenes tan hermosas como inquietantes que dibujan anticipaciones notablemente acompañadas por sonidos wagnerianos, la cinta se estructura en dos episodios nombrados como las hermanas protagonistas. Primero nos instalamos en el día de la boda de la inestable y depresiva Justine (Dunst), sostenida con pinzas por su temerosa hermana Claire (Charlotte Gainsbourg) y su aparentemente racional esposo (Kiefer Sutherland), en cuya mansión se celebra el banquete. Melancolía
Durante La celebración (Vinterberg, 98) empiezan a saltar conflictos por todas partes que transforman lo que se supone un día de iniciación feliz en un momento casi terminal. Una familia que externa su disfuncionalidad entre discusiones de los papás de la novia (John Hurt y Charlotte Rampling), al tiempo que toda la planeación de la boda se va desarrollando de manera forzada, como si con ello se lograra sostener una relación de pasmosa fragilidad, como la vida misma en la Tierra. En la segunda parte, Claire recibe a su hermana en profundo estado depresivo y juntas enfrentan, junto al hijo de la primera, la angustia de ver cómo el planeta llamado Melancolía, de un azul hipnótico, se va acercando peligrosamente a la Tierra, mientras el marido insiste en que nada pasará, dado que ya fue así anunciado por los científicos (la ciencia cual nueva religión). Pero el mencionado planeta parece que te consume por dentro, al punto de acabar con las ganas de ponerte de pie, de abrir los ojos para despertar o de llevarte a la boca un alimento; o bien, es una presencia que te mantiene en estado de angustia y miedo a la muerte, imposibilitándote para disfrutar cualquier actividad o relación afectiva, como si te devorara las ganas de vivir, apenas paliadas por un círculo mágico.

HABEMUS PAPAM
Habemus Papam<
Dirigida en tono satírico y con un dejo tragicómico por Nanni Moretti, quien se interna en los pasillos y entretelones de El Vaticano –como realizador del filme e intérprete del psicólogo que atiende al recién elegido Papa- Habemus Papam (Italia-Francia, 11) sigue el cónclave para elegir al nuevo jefe de la Iglesia Católica y la posterior crisis que aqueja al elegido (Michel Piccoli, estupendo), entre el temor de la responsabilidad, la angustia de llevar adelante el papado y la nostalgia de no haber sido actor, profesión que le hubiera gustado desempeñar (como quizá a Joseph Ratzinger seguir siendo escritor y teólogo).
Mientras el Papa sale de su paralizante sorpresa, la encerrona en El Vaticano transcurre entre juegos de cartas, un torneo interno de volibol, un guardia que finge ser el pontífice encerrado en su cuarto, conversaciones de diversa índole y teorías acerca de lo que sucederá después. En busca de respuestas, el elegido se escabulle por las calles de Roma para asistir con otra terapeuta y de paso entra en contacto con la cotidianidad de las personas, como recordando la sencillez del mundo que fácilmente se puede perder cuando te dejas atrapar por tu jerarquía. Notable la secuencia de la elección y los pensamientos en off, así como el énfasis en proponer el necesario acercamiento de la jerarquía católica con la gente que viaja en metro.

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