LOS MISERABLES: TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN

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A la memoria de José Covarrubias, para que su chelo siga retumbando en las alturas.

Para disfrutar de un musical hay que ponerse a modo, porque eso de que hasta las gracias las den con una tonada entre épica y melodramática no es cosa que se vea todos los días. Claro que bien expresadas, las emociones de todo tipo, incluyendo un posible sesgo cómico, pueden darse cita en este género que tiene miles de años y que de alguna manera se ha incrustado en la estructura de diversas artes, aunque el nombre que ahora adopta le pertenezca al cine. En particular, durante la época dorada de Hollywood, se convirtió en uno de los géneros más recurrentes y tras largos años en penumbra, parece que desde hace algunos años quiere volver a levantar, literalmente, la voz.
La cinta Los Miserables (Les Misérables,EU-GB, 12) se basa en el famoso musical estrenado en los ochenta con la música de Claude Michel Schönberg, las letras de Alain Boublil y Jean-Marc Natel –en francés- y de Herbert Kretzmer –en inglés- que intentaba rescatar la esencia y el espíritu de la novela total escrita por Víctor Hugo, una de las más importantes en la historia de la literatura y en la que cabe buena parte de la condición humana: el amor, la muerte, la traición, la fidelidad, la lucha de clases, la justicia, la maternidad y paternidad, el sacrificio, la transformación, el idealismo, la soledad… todo un cúmulo de sentimientos, emociones y situaciones narradas a partir de diversas estructuras narrativas que pueden viajar entre el drama, la comedia, la épica, el intimismo, el romance y el apunte social.
Con la solvente realización de Tom Hooper (El discurso del rey, 10; El nuevo entrenador, 09; Longford, 06), otra vez mostrando capacidad para la dirección de actores y la recreación de época, y con la oportuna participación de William Nicholson en el armado de un guion que consigue darle continuidad al relato, quizá salvo la abrupta elipsis en la transformación del protagonista, el arriesgado filme sale avante y mantiene la emoción durante la mayor parte del metraje, gracias a un deslumbrante diseño de arte y, sobre todo, a la convicción de los intérpretes grabados en vivo sin mayores efectismos, estrategia que le brinda un aire de autenticidad y cercanía con sus respectivos personajes, ya muchas veces trasladados a la pantalla.
Con abundancia de primeros planos y close-ups que parecen confrontar y exigir a los actores, la dirección de cámaras apunta a brindar perspectivas de carácter contextual, pero poniendo el énfasis justamente en las emociones individuales, tanto en las angustias como esperanzas de los hombres y mujeres que viven una época de marcadas diferencias clasistas posterior a la Revolución francesa que, como suele suceder con estos movimientos, empiezan de manera libertaria y terminan en forma autoritaria: el conflicto entre los sujetos y las estructuras se refleja nítidamente, considerando los ámbitos de oportunidad para tomar decisiones o mantenerse imposibilitado para elegir un camino propio.Miserables
En términos generales, el elenco acaba resultando más que cumplidor: sin una voz particularmente poderosa aunque sí expresiva, Russell Crowe transmite la angustia de un personaje incapaz de aplicar criterios propios, cumplidor hasta la muerte; Hugh Jackman, más habituado en estos terrenos, logra transmitir las idas y vueltas de su cambiante encarnación, y Anne Hathaway sorprende por su capacidad para combinar la fragilidad de una mujer acorralada con el convencimiento de una madre que se doblega pero que no se rompe, aún con capacidades para soñar un sueño. Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter cumplen con su cuota de humor y los jóvenes Amanda Seyfried, Eddie Redmayne y Samantha Banks (ya conocedora previa del papel de Epónine) integran un triángulo amoroso que le aporta la creíble cuota romántica al musical.
Si bien el ritmo no es sostenido durante todo el tiempo, la propuesta visual que combina apoyos digitales con escenarios construidos, la cuidada coreografía en las secuencias multitudinarias y, sobre todo, el trabajo en la edición de sonido, se imbrican de tal manera que abonan a la construcción de una narración que termina por atraparnos, aunque ya conozcamos la novela fundacional publicada en 1862 y la adaptación al terreno del teatro cantado que tanta permanencia ha tenido en las tablas del mundo, particularmente en Londres y Nueva York. Como bien me comentaba mi amigo Ernesto, ahí está el guiño a Colm Wilkinson, quien interpretaba a Valjean en el teatro y acá hace lo propio con el obispo.
En síntesis, se trata de un musical que puede ayudar a que los niños y jóvenes cinéfilos puedan adentrarse en el género, los prejuiciosos pongamos a prueba nuestras necedades contra este género y los fans de antaño continúen disfrutando de la combinación artística entre el cine, el teatro, la música y, en este caso, la literatura.

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