EL LISTÓN BLANCO O CÓMO EL MAL NO SIEMPRE FUE BANAL

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El Mal se anida de manera silenciosa entre la represión, el dogmatismo, la ignorancia y la negación de la posibilidad para la reflexión: la obediencia irrestricta aún en la injusticia parece ser la única conducta viable. Las relaciones personales se basan en la independencia y la verticalidad, donde siempre uno manda, uno decide, uno impone: el otro, agacha la cabeza y asiente. Las puertas se cierran y en la intimidad de las habitaciones desaparece la bondad y el amor a Dios, solo para dar paso al castigo como forma privilegiada de aprendizaje y a la humillación como manera de vincularse con los demás. La ley de la selva con un falso barniz de espiritualidad religiosa.
Un campo fértil para que la violencia ya no solo simbólica (Bourdieu dixit), sino física y explícita, vaya emergiendo hasta alcanzar un estado de naturalidad y, al mismo tiempo, se ejerza como una reacción soterrada para alterar el estado de las cosas, el orden impuesto por los adultos hombres con cierta posición social o económica. Mientras tanto, las formas de rebeldía apuntan hacia la misma racionalidad destructiva, enfocada a quien se merece un correctivo ejemplar, a aquél que por alguna razón es diferente o considerado inferior o a quien representa, incluso sin quererlo, algún tipo de poder, ya sea económico, político o social: clases y generaciones enfrentadas.
Con solo tres años de retraso, después de ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes del 2009, el premio a la mejor película europea y el Globo de Oro, por fin llega a nuestra ciudad en formato de video, desde luego, El listón blanco (Alemania, 09), una de las grandes películas de la década pasada que confirmó al director austriaco Michael Haneke (El séptimo continente, 89; 71 fragmentos para una cronología del azar, 94; El castillo, 97; Amor, 12) como uno de las principales realizadores contemporáneos, capaz de crear un mundo propio en el que la perversidad, de manera velada o al descubierto, se confronta con la posibilidad de la armonía, usualmente mantenida solo de manera epidérmica.
En un pueblo al norte de Alemania, tres o cuatro años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, empiezan a suceder eventos que trastocan el férreo devenir de la vida cotidiana, cuya concatenación parece responder a una lógica de castigo o desprecio hacia ciertos personajes de la comunidad, niños y adultos. La vida transcurre entre la faena, la escuela, la fiesta de la cosecha y la misa dominical, pero al terminar o a media jornada, como una especie de Luz silenciosa (Reygadas, 07), surgen conflictos relacionados con la violencia doméstica, explotación laboral, abuso infantil, necesidad de venganza, secretos escuchados solo por los pasillos hogareños: doble moral.
Narrada por el maestro del pueblo (Christian Friedel), ya en su vejez y como tratando de entender qué sucedió, la cinta se ha interpretado como una explicación de la situación que privó en el país veinte años después, cuando la aparición del nazismo respondió a factores raciales, ideológicos, sociales y también económicos y morales: la generación de los niños de esta época es la que condujo las riendas de Alemania durante los años 30´s y 40´s del siglo pasado. ¿Qué fue lo que aprendieron a partir de la transmisión cultural de sus padres y maestros? ¿Con qué principios morales se formaron? ¿En qué contextos se desarrollaron?
Con marcada influencia de los grandes maestros Bergman y Dreyer, el director de El video de Benny (92) y La pianista (01), construye una narrativa seca, basada en una cámara por momentos de una quietud apabullante que guarda su distancia y que se entromete en la vida del pueblo, a manera de extrapolación de la condición humana en contraste: un pájaro amenazantemente sacrificado y otro amorosamente cuidado para su remplazo, todavía donde cabe un acto de bondad. Un Código desconocido (00) amenaza con apropiarse de la convivencia social en el que se permiten Juegos divertidos (97) y Juegos sádicos (07) que apuntan hacia la llegada de El tiempo del lobo (03).
La iluminación en interiores, desarrollada a partir de la luz natural y de las lámparas de aceite de la época, le brinda ese tono entre lúgubre y aparentemente meditativo que contrasta con ciertas tomas en exteriores de una plástica absorbente, reforzada por el riguroso blanco y negro, en el que los planos generales denotan los rasgos esenciales de este pueblo chico, pronto convertido en un infierno a fuego lento avivado por el rígido Pastor (Burghart Klaußner); el siniestro doctor (Rainer Bock) y la partera (Susanne Lothar); el barón cual señor feudal (Ulrich Tukur) y su esposa (Ursina Lardi); el administrador, los granjeros y un grupo de niños lidereados por la hija del primero (Maria-Victoria Dragus).
Como sucediera en Caché: observador oculto (05), donde el encuadre final a la salida de la escuela puede ser revelador, aquí la cámara se posa en el altar de la iglesia y permite que veamos cómo van llegando todos los feligreses -el Pastor incluido sentándose en una de las bancas- cuando la Guerra ha estallado y todo en la aldea parece volver a una frágil normalidad. Fundido a negro, créditos en silencio. Un filme que admite interpretaciones múltiples, desde sicológicas hasta sociológicas, pasando por una mirada filosófica. Un listón blanco que lejos de purificar, solo termina estigmatizando. Una obra maestra.

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2 comentarios to “EL LISTÓN BLANCO O CÓMO EL MAL NO SIEMPRE FUE BANAL”

  1. shawla Says:

    Holaa! soy shawla (mixup) donde te puedo dejar algunas recomendaciones de música??

    Me gusta

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