PROMETEO: EN BUSCA DEL FUEGO ILUMINADOR

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Los dioses pueden tener razones para estar arrepentidos de haber creado al ser humano, aunque por lo que nos cuenta la mitología griega, ellos tampoco eran un dechado de virtudes: siempre es más fácil ver los errores en el otro. Castigar al titán Prometeo, uno de los doce o trece según la versión que se tome, con un águila que le devoraba su hígado una y otra vez por robar y darle el fuego a los simples mortales, parecería excesivo, sobre todo porque las capacidades para usarlo como detonante del progreso, fueron diseñadas por los propios habitantes del Olimpo, quienes a fin de cuentas perpetraron una especie de golpe de estado celestial, mandando a sus rivales al Tártaro.
En una nave que toma el nombre del Titán referido, acaso como una metáfora dada su misión para encontrar las grandes respuestas de la humanidad -¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es nuestro propósito?- un grupo de tripulantes conformado por médicos, geólogos, arqueólogos, pilotos, una jefa corporativa, un androide y un fantasma en formato de holograma, se lanzan a buscar certezas en los confines del universo hacia finales de este siglo, específicamente en el planeta LV 223, dados los hallazgos, algunos años antes, de las coincidencias entre los mapas astrales de varias culturas ancestrales llevados a cabo por una pareja de investigadores.
Dirigida por Ridley Scott (Los duelistas, 77; Red de mentiras, 08) recuperando el brío mostrado en Los impostores (03) y Gánster americano (07), que parecía perdido con Robin Hood (10) y otras cintas demasiado genéricas, Prometeo (Prometheus, EU, 12) es una exploración arriesgada por los recovecos del cine de ciencia ficción, con el evidente sustento de Alien (79) y Blade Runner (82), sus dos obras maestras consecutivas del género, que consigue absorbernos como parte de la misión gracias a la abrasiva puesta en escena, al desarrollo de ciertos personajes, el diseño de las criaturas entre monstruosas y divinas, y a una premisa que termina por ser inquietante, a pesar de que el argumento pareciera hacer agua en ciertos lapsos del film.
El arranque de la historia es sumamente poderoso con un doblete de prólogos que saben dejar la mesa bien puesta: un alienígena humanoide destruyéndose y dejando su DNA en el agua cual impronta para la vida y el descubrimiento, milenios después, de una pintura rupestre con un mapa del cielo que confirma un pasado común de todas las grandes civilizaciones. En su desarrollo, se advierten claramente dos episodios: uno que se intenta acercar a 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 68) tanto en contenido como en forma y en cierta forma a Misión a Marte (De Palma, 00), y otro que resulta más derivativo y movido con todo y tintes terroríficos, para entroncar y retomar el camino con un abridor y emocionante desenlace que deja puertas abiertas a la imaginería del espectador y de los productores que gustan de secuelas rentables.
La porosidad del guión escrito por Jon Spaihts (La última noche de la humanidad, Gorak, 11) y Damon Lindelof, uno de los responsables de la serie Lost, va soltando intrigantes preguntas abiertas de interesante reflexión, pero también cayendo en una que otra incongruencia que lo hace ver, por momentos, perdido: ¿Por qué algunos de los atacados mueren y otros se vuelven agresivos? ¿Por qué el feto solo tiene forma de calamar y ningún rasgo humano? ¿Por qué la arqueóloga entra tan fácil a la sala para hacerse la cesárea si había tantas restricciones? ¿En qué momento mágico algunos asumen el papel de héroes kamikazes?
Scott vuelve a colocar la dimensión femenina vinculada al heroísmo como lo hiciera en su clásico Thelma & Lousie (91), en la figura de la protagonista, interpretada llena de fe y coraje por Noomi Rapace, en la línea de Sigourney Weaver y su inmortal Ripley. En contraste, Charlize Theron funciona como la gélida mandamás, mientras que Michael Fassbender nos regala una exquisita mixtura entre el Peter O’Toole de Lawrence de Arabia (Lean, 62) y David Bowie en El hombre que cayó a la Tierra (Roeg, 76). Un poco inexplicable resultan la selección de Guy Pearce para interpretar a un anciano y el escaso desarrollo del resto de los tripulantes.
A la Impecable dirección artística y puesta en escena minuciosa y nítida, a pesar de la envolvente construcción de atmósferas lúgubres y hostiles, habría que sumarle una fotografía y manejo de cámara siempre preciso, aprovechando el diseño minimalista de interiores, con los contrastes de grandilocuencia en la nave de los ingenieros, y las explanadas rocosas de Islandia, así como una edición tan fluida como la poderosa sustancia oscura que invade venas y organismos para transformarlos en definitiva.
La presentación de temáticas como la fe no solo en un creador sino en las propias convicciones; la evolución como cadena de eventos ajenos a la linealidad; la maternidad como incomparable posibilidad de crear vida y la reflexión acerca de la compleja naturaleza humana, resultado de la acción de algún ser supremo o de una milenaria concatenación de nexos causales y acaso casuales, permiten que el filme trascienda la sala de cine y se mantenga en las conversaciones posteriores de quienes también nos hacemos estas preguntas, cuando la sobrevivencia nos lo permite.

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