EN LAS (INTER)CAMPAÑAS, TODO SE VALE

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Muy oportuna es la llegada de la película de George Clooney –recién arrestado por protestar frente a la embajada de Sudán en Estados Unidos- para los tiempos que corren en nuestro País, donde estamos viviendo un extraño periodo conocido como intercampaña, en el que el IFE lleva la voz cantante y los ya ahora candidatos guardan silencio: las promesas de carcajada, las vaguedades al por mayor, los clichés patrioteros, los lugares comunes sin pizca de imaginación y las profundas contradicciones entre los dichos y los hechos, tendrán que esperar. Como si fueran muy interesantes.
Para algunos, como varios medios de comunicación que no saben cómo llenar sus tiempos, se trata de un absurdo que rompe la dinámica electoral, mientras que para otros ha resultado ser un oasis revelador de otras prácticas partidarias, como la de la cuestionable selección de candidatos a las cámaras en donde, básicamente, confirmamos que los partidos están muy interesados en sí mismos, por si quedara duda. El pueblo queda reducido a una entelequia que siempre es bueno y tiene la razón, o que es incapaz de tomar decisiones o, de plano, a un mal necesario.
A pesar de desarrollarse en el contexto de las primarias del partido demócrata en Estados Unidos, Poder y traición (Ides of March, EU, 11), basada en Farraguth North del exconsejero Beau Willmon, encuentra diversos referentes con el periodo electoral en curso dentro de nuestro País, cada vez más desalentador y ausente de verdaderas expectativas de transformación. En efecto, la manera en que el cambio se convierte en una palabra vacía frente a un auditorio aullante o ausente, da igual, queda claramente plasmada en el cuarto filme del también actor, tras las sólidas propuestas de Confesiones de una mente peligrosa (02), Buenas noches, buena suerte (05) y Jugando sucio (08), comedia menor aunque muy entretenida sobre el inicio del fútbol americano.
El filme se centra en la figura ascendente de un joven treintañero (Ryan Gosling, confesándole a Hoffman que ha aprendido del mejor) que trabaja como parte del equipo de asesores del gobernador con ansias presidencialistas (George Clooney), lidereado por un viejo lobo de procelosas aguas empantanadas (Philip Seymour Hoffman, siempre digno) y enfrentado con el líder del equipo del candidato rival (Paul Giamatti, tentando). Primero con los ideales en alto y después transpirando real politik, el filme describe con prístino detalle la forma en la que un hombre no solo se vuelve parte del sistema, en lugar de cambiarlo, sino que incluso lo puede llegar a encabezar ya sin la intención de transformarlo por los beneficios que recibe del status quo.
No falta el lío de faldas vuelto tragedia que se vuelve moneda de cambio con practicante incluida (Evan Rachel Wood); las estrategias debajo la mesa que van y vienen cual boomerang impredecible; las complicidades odiadas pero necesarias para ganar como sea (Jeffrey Wright); las relaciones con la prensa entre lo institucional y el vínculo personal (Marisa Tomei) y, sobre todo, el despojo de los principios en aras del poder como si se trataran de un ropaje viejo que se deposita en el cesto de los ideales extraviados, ahora solo útiles al momento de los discursos y las entrevistas a modo.
Cuando la podredumbre de los sistemas políticos no alcanzar a reventarlo del todo, las prácticas se van manteniendo hasta el límite de la tolerancia popular o la de otros grupos que reclaman igual tamaño en su rebanada de pastel, como sucedía en El escándalo (Primary Colors, 98) y Juegos de poder (05) de Mike Nichols, Bob Roberts (Robbins, 92) o Bulworth (Beatty, 98). Actuaciones de realismo puro y fundamentado en una edición funcional de simbólicas transiciones que nos regala finas estampas de primeros planos y tomas abiertas con la bandera al fondo, el filme transcurre más en tono expositivo que analítico, quizá más descriptivo que reflexivo, aunque conservando la tensión narrativa en todo momento.
El argumento no nos dice nada que no supiéramos o imagináramos, pero se contextualiza de una forma creíble, nítida y bien articulada: pone el punto en la llaga de la moral puritana que tanto impera en el juicio a los políticos de nuestros vecinos –acá no acaban siendo tan graves los chismes de alcoba- y en cómo la práctica partidaria se ha ido ensuciando y “farandulizando”, al punto de que son las estrategias de publicidad las que determinan triunfos, más que las propuestas razonables de los candidatos (que no es que abunden, tampoco).
Hollywood y su star system se han cargado hacia los demócratas, sobre todo recientemente: todo un tema puede ser el análisis de cómo un poder de facto tan poderoso como la industria fílmica estadounidnse, cuya principal arma es la comunicación masiva, genere tantas molestias: claro, una película puede más que un discurso e incluso que un cambio de política pública, en términos de percepción a gran escala.

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