EL ARTISTA: SONIDO Y SILENCIO

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La transformación tecnológica más importante que ha experimentado el cinematógrafo fue la inserción del sonido, incluso por encima de la llegada del color, del cinemascope, de la digitalización y de la ahora renacida tercera dimensión, cuyas posibilidades fueron bien aprovechadas por James Cameron y Martin Scorsese. Pero como las alternativas para desarrollar una película no se van excluyendo, sino más bien sumando, y la historia no es lineal, siempre queda el campo abierto para que en la segunda década del siglo XXI se produzca un film con las lógicas de hace noventa años.
Cierto es que la aparición del sonido supuso, como ninguna otra innovación, una mirada estética alternativa pero sobre todo un fuerte impulso de carácter comercial: el cine como industria y la noción de clasicismo se consolidaron durante la década de los treinta del siglo XX y los estudios hollywoodenses empezaron a constituirse como emporios de largo alcance; aunque fue a partir de los cuarenta, sobre todo, que el lenguaje fílmico como tal dio un salto cuántico: “la fotografía plana es sustituida por la profundidad de campo, el montaje rápido y las figuras repartidas por el plano desaparecen a favor de los encuadres más compuestos y los grupos de personajes situados a diferentes distancias de la cámara. En los años treinta lo más habitual es que los personajes se recorten sobre fondos difusos o indefinidos. En los cuarenta empezamos a ver espacios: perspectivas.” (Losilla, Carlos. La invención de Hollywood. Ed. Paidós, 2003, p.13).
También la llegada del sonido, a partir de la exhibición de The Jazz Singer (Alan Crosland, 1927), provocó que algunos artistas se quedaran en el museo del cine mudo, unos lograran dar el salto y que otros aparecieran para configurar lo que se conoció como el star system, alrededor del cual rondaba un fuerte potencial económico y un cambio social en la forma de entender la cultura de la fama y el estrellato. No obstante, las obras maestras del cine mudo y sus creadores aún permanecen con la vigencia y trascendencia intactas: Murnau, Lang, Griffith, Melies, Wienes, Clair, Epstein, Dulac, Sjöström, Chaplin, Keaton, Lloyd, Vertov, Eisenstein y Pabst, por mencionar algunos apellidos, siguen siendo referencia obligada para cinéfilos y nuevos creadores.
Es así como El artista (Francia-Bélgica, 2011), se inscribe en el ámbito del metacine o del cine visto por el cine y en el de las cintas que prescinden de diálogos hablados como Tuvalu (Helmer, 1999). A través de la historia de una actor (Jean Dujardin, gesticulante) que ve cómo su trayectoria entra en decadencia con la llegada del sonido, inversamente proporcional a la de su compañera (Bérénice Bejo, mostrando habilidades para la mímica y la comedia física), el director aparecido como de la nada Michel Hazanavicius, realizador de cintas de espías y ahora con flamante Oscar en la repisa de su casa, propone una mirada entre nostálgica, cómica y melodramática de aquellos años en los que el cine cambió para siempre.
Sin embargo y a pesar de que el filme es mudo –no silente por la presencia continua de la música indicativa y algunos sonidos ocasionales como en la pesadilla donde el protagónico se queda sin voz- parece rendírsele homenaje también a grandes nombres que fortalecieron su carrera a partir de los cuarenta, como Wilder, Hitchcock (partitura prestada) y Welles (la secuencia del desayuno con Penelope Ann Miller, la esposa distanciada) y hasta a directores posteriores como Brooks y su cinta La última locura de Mel Brooks (Silent Movie, 1976).
El artista en depresión total ya sin esposa, con objetos en subasta, haciendo películas soporíferas y sin el respaldo del estudio dirigido con criterios más mercadológicos que artísticos por un dubitativo ejecutivo (John Goodman), será apoyado hasta las últimas instancias por su fiel perro, el chofer que se resiste a dejarlo a pesar de la falta de pago (John Cronwell) y, desde luego, su silenciosa enamorada con lunar impuesto, ahora vuelta diva de la pantalla gracias a su capacidad para sortear el cambio del silencio al sonido.
El blanco y negro, la inserción de letreros, el vestuario exacto y la fluida edición aún usando la mirilla para embonar las secuencias, consiguen que nos traslademos a la época propuesta en términos cronológicos y afectivos: en los encuadres se combinan las distancias –el de las escaleras, los close-ups- y las formas de la composición, en las que los elementos presentes interactúan en diferentes planos según la necesidad comunicativa de la toma.
El baile como alternativa se va anunciando paulatinamente, como presagiando la entrada del musical y, en particular, el fuerte impacto que tuvo Fred Astaire y Ginger Rogers, al grado que hasta Fellini los recordó en su Ginger & Fred (1986). Claro, mientras se le pueda dar al público lo que pida, o convencerlo de que le gusten los productos ofrecidos, puede resucitar una estrella que aunque los jóvenes no conocen, podrán aplaudirle gracias a su innegable talento histriónico.

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